Memorias del encuentro: "La experiencia de la libertad"

En el verano de 1990, poco tiempo después de la caída del Muro y unos meses antes de la disolución de la URSS, sucedió en la ciudad de México un evento extraordinario: intelectuales de todo el mundo se reunieron para pensar y debatir en libertad. Christopher Domínguez Michael vuelve a esos días.

Noviembre 2009 | Tags:

"La experiencia de la libertad”, el encuentro organizado por la revista Vuelta del 27 de agosto al 2 de septiembre de 1990, fue un momento insólito en la historia intelectual de México. Octavio Paz y Enrique Krauze, al lograr que varios de los protagonistas de las transiciones democráticas que conmovían al mundo interrumpieran por unos días la gran historia que protagonizaban y cruzaran el Atlántico para rendir testimonio entre nosotros, llegaron con puntualidad a una cita histórica de aquellas que pocas veces se cumplen. A menos de un año de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y antes de la disolución de la Unión Soviética a fines de 1991, durante ese verdadero interregno que fue 1990 se juntaron en la ciudad de México, en aquella fiesta de lucidez, los veteranos (algunos aún jóvenes) de las batallas cuyo fragor estaba desmoronando el edificio del eufemísticamente llamado “socialismo real”.

La memoria editorial de aquel encuentro, realizada de manera estupenda por Fernando García Ramírez y agotada hace años, se compone de siete volúmenes con la trascripción entera de las once mesas redondas y un doble apéndice con entrevistas a los principales invitados. Releerla es una segunda experiencia que enriquece el recuerdo vivo de aquel encuentro de la libertad.

Las naciones mejor representadas fueron, no en vano, aquellas que habían tomado la delantera en la restauración democrática: Polonia y Hungría. Encabezados por el recién fallecido Leszek Kołakowski (1927-2009), uno de los grandes filósofos contemporáneos y autor de Las principales corrientes del marxismo (1978), quizá el libro indispensable para seguir el derrotero del siglo, vinieron Bronisław Geremek (1932-2008), Adam Michnik (1946) y el poeta Czesław Miłosz (1911-2004), premio Nobel de Literatura en 1980.

Geremek fue el historiador de la pobreza medieval, ya entonces bien conocido por el público francés, que se convirtió en el parlamentario liberal más respetado de la nueva Polonia, víctima en sus últimos años de las calumnias de la derecha clerical como lo había sido del régimen comunista. Con él estaba el activo periodista Adam Michnik, uno de los disidentes obreros históricos y editor, hasta hace poco tiempo, de la Gazeta Wyborcza.

Junto a los polacos ligados al mundo de Solidaridad, el sindicato obrero que acabó de poner de cabeza a Marx y al marxismo al convertir el movimiento obrero en la esencia de la oposición a un Estado que se tenía, por definición, como proletario, estaba un matrimonio húngaro, el compuesto por Agnes Heller y Ferenc Fehér. “Una alianza intelectual”, los llama Isabel Turrent en la entrevista que les hizo y que aparece en Las voces del cambio. Si Geremek y Michnik representan la manera en que, siguiendo un camino original, la intelectualidad polaca se ligó con la revolución democrática en los años setenta, Heller y Fehér, discípulos bienamados de Lukács, vienen de más lejos: del marxismo clásico occidental que se turna irrecuperable para la ortodoxia tras la revuelta húngara de 1956.

Tras los polacos y los húngaros (a los que hay que sumar al economista János Kornai) aparecían los representantes de la antigua Checoslovaquia, que, ante la ausencia, muy lamentada, de Milan Kundera, viejo amigo de Vuelta, eran el novelista Ivan Klíma (1931) y Valtr Komárek (1930), conocido por haber sido asesor económico de Ernesto Guevara y la voz más atendida cuando se hablaba de la transición a la economía de mercado. De Rumania asistió el narrador Norman Manea (1936), hasta la fecha colaborador de Letras Libres. De Cuba, un emotivo Carlos Franqui (1921), el doble cronista de la Revolución cubana: de las ilusiones forjadas por su victoria y de la manifestación, sobre todo a partir de 1968, de su verdadera naturaleza.

Mención aparte merecen los escritores soviéticos que vinieron al encuentro y cuyo testimonio aparece en La experiencia de la libertad. Para empezar, todavía –con la excepción del poeta lituano Tomas Venclova (1937)– aquellos escritores eran ciudadanos soviéticos y lo serían por quince meses más. No hablaban, ni Vitaly Korotich (1936) ni Nickolay Shmeliev (1936) ni Tatyana Tolstaya (1951), con la distancia (y la libertad) que a los polacos, por ejemplo, les daba ser parte de un movimiento democrático que había vencido en las urnas al régimen comunista. Korotich era director de Ogoniok, una de las tribunas de la glasnost, y él, como Shmeliev y Tolstaya, apostaban por el éxito de la perestroika.

Al lado de Paz, la figura sin cuya irradiación intelectual y prestigio internacional hubiera sido imposible reunir ese quórum, acaso la figura más vivaz del encuentro fue Cornelius Castoriadis (1922-1997), el infatigable heterodoxo griego. Fulminante en la crítica del llamado socialismo real y de las herejías que se negaban a ir a la raíz de la falsificación, Castoriadis no se ahorraba nada en voluntad de utopía: las sociedades capitalistas avanzadas le parecían invivibles e irrespirables y ante la democracia parlamentaria –defendida, en el encuentro, por los liberales– reivindicaba la nunca del todo agotada democracia directa, que arribaría al nuevo siglo nutrida por el ecologismo. Junto a la voz un tanto opaca, oracular, de Kołakowski, y a la inteligencia penetrante de los húngaros, la alegría de aquel encuentro fue Castoriadis, feliz, griego al fin, discutiendo en el ágora.

De Estados Unidos vinieron dos neoyorquinos legendarios, Daniel Bell (1919) e Irving Howe (1920-1993), el teórico de la sociedad postindustrial y el crítico literario, que en sus diferencias sostuvieron la pertinencia de seguir siendo socialistas y democráticos, definiciones (o etiquetas) que exasperaban, dado su uso prostituido, a no pocos de los intelectuales del mundo poscomunista. Un tercer neoyorquino invitado fue otro intelectual judío: Leon Wieseltier (1952), ya entonces director literario de The New Republic. No poca importancia tuvo Jean-François Revel (1924-2006) en los debates, el solitario hombre de letras que vindicó al maldecido liberalismo francés y se opuso a la modosa y taquillera filosofía universitaria, al “estado de revolución permanente” impuesto por los maîtres à penser. Revel, viejo amigo de México, se reencontró con el país de su juventud; Howe –según le confesó en su entrevista a Julián Meza– cumplió, en esos días del encuentro, un viejo sueño: conocer la casa y la tumba de Trotski en Coyoacán.

De Italia estuvo el filósofo Lucio Colletti (1924-2001), de intervenciones magistrales y amargas. De España, el novelista Jorge Semprún (1923), sobreviviente de Buchenwald, conspirador antifranquista, uno de los más carismáticos disidentes del comunismo en Occidente, en ese entonces ministro de Cultura de Felipe González. De Brasil, una inteligencia finísima que moriría meses después del encuentro, José Guilherme Merquior (1941-1991), el crítico de Foucault y del estructuralismo. También murió prematuramente el filósofo venezolano Juan Nuño (1927-1995), convocado, a su vez, en la reunión. De Canadá vino Michael Ignatieff (1947), discípulo y biógrafo de Isaiah Berlin. De Chile, el novelista Jorge Edwards (1931), quien era y es como de casa. De Alemania, el filósofo Peter Sloterdijk (1947), que en aquel año no gozaba de la popularidad mediática y académica que tiene actualmente. Cierran mi recuento dos ingleses, Hugh Trevor-Roper (1914-2003) y Hugh Thomas (1931), historiador de la conquista de América (y de la Guerra Civil española y de la Revolución cubana), que le dieron al encuentro lo que se esperaba, idiosincráticamente, de ellos: la flema insular, cierto desapego escéptico, ante el entusiasmo de los revolucionarios –¿qué otra cosa sino revolucionarios eran el joven Michnik o Agnes Heller?– húngaros y polacos.

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Sugiero que suban a You Tube los videos de este encuentro intelectual, ya que su trascendencia y su alto nivel así lo ameritan.

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