Felipe Calderón, las tribulaciones de la fe

Se alza el telón y Sabina Berman pone en clave dramática la evolución de un político que ya llegó más lejos de lo que nadie esperaba. ¿Quién es Felipe Calderón? Un pragmático que, a pesar de serlo, no siempre sabe separar los principios de su fe de las necesidades de una sociedad dinámica.

Una mujer embarazada sostiene a un niño en brazos en el centro de un mitin, mientras a un costado su marido reparte volantes.
El mitin corresponde a la campaña del candidato del PAN a la gubernatura de Michoacán en 1962, Jorge Eugenio Ortiz. El repartidor de volantes es el candidato del PAN a una de las diputaciones del estado, Luis Calderón Vega. Su esposa, María del Carmen Hinojosa, carga a su hijo Juan Luis y alberga en el vientre a quien bautizará en un par de meses como Felipe de Jesús.
La imagen es una de las favoritas del álbum de la memoria familiar de los Calderón Hinojosa y confirma el aserto del actual candidato del PAN a la Presidencia, precisamente el bebé dentro del vientre: “Nací, prácticamente, en el PAN.”
Es 1962 en la imagen. Los candidatos a la gubernatura y a la diputación perderán, como es acendrada costumbre panista por entonces. Se da la lucha contra el ogro invencible del PRI –y se pierde. Se da la lucha más con ideas y una orgullosa pobreza material contra la maquinaria colosal del PRI, vaciada hace décadas de ideología y alimentada de los ríos de dinero del Estado –y se pierde.
Otras imágenes del álbum de la familia Calderón: En la casa los cinco hijos doblan cartas, ordenan volantes y preparan engrudo en la cocina. Por la noche salen a la calle a pegar los volantes. A veces se topan con los militantes profesionales del PRI que les deshacen la labor, arrancan la propaganda, y los corretean por las calles. O se topan con la policía que igual los persigue, alzando las macanas.
Dice Felipe Calderón, en una entrevista, que a partir de los ocho años participaba en esas corretizas nocturnas.1 Lo corrige en otra entrevista su hermano Juan Luis: su madre no habría permitido que tan niño corriera esos peligros, pero a los trece ya de seguro sí. 2 En todo caso Felipe es el más joven de aquella brigada adolescente del engrudo, que corre de los priistas por las calles de Morelia.
El más joven: en su biografía la frase parece un apellido más de Felipe Calderón: a menudo lo será. El más joven de su familia y el más joven presidente del PAN (en 1996 a los 33 años), así como en el 2006 el más joven de entre los candidatos a la Presidencia de México (a los 42 años). El precoz, le ha llamado más de un cronista.
La madre de los Calderón Hinojosa se ponía nerviosa cuando volvían a acercarse los tiempos de elecciones y volvían a presentarse los militantes panistas a su casa. Se encerraban en el estudio con el señor Calderón y luego se iban muy sonrientes. Y en la comida el señor Calderón avisaba a su familia “que había llegado la fecha (de las nuevas elecciones), nadie se había animado a ser el candidato del PAN y ni modo, él había aceptado”.3 Lo que significaba que el proveedor de la familia dejaría de percibir salario mientras bregara en la campaña. Dice Juan Luis Calderón, hermano de Felipe: “No era una existencia holgada, pero nunca nos faltó algo.”4
Pero es que Luis Calderón padre tenía responsabilidades especiales con el PAN. Se le considera, junto con Manuel Gómez Morín y Efraín González Morfín, uno de sus principales ideólogos y fue su historiador. Hombre religioso, católico, escribió un texto de sociología para los colegios maristas y dio clases en colegios allegados a ésta y otras órdenes de sacerdotes. Leer la lista de sus pertenencias a sociedades civiles es acumular en la palabra “católico” su filiación central. La Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC), la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACIM), la Unión Social de Empresarios Mexicanos, USEM, también declaradamente católica.
Sin duda, sólo una dosis abundante de metafísica hace comprensible la resignación de don Luis y su familia ante su rotunda falta de éxito en las contiendas electorales. Durante la infancia de Felipe fue siete veces candidato y resultó siete veces vencido.
Otra imagen más del álbum de la memoria familiar. En la mesa del comedor, los padres y los niños Calderón hablan a diario de política y usan como moneda corriente frases de los ideólogos panistas. La predilecta, de cuño de Manuel Gómez Morín: “Ésta es una brega de eternidad.”
Se me ocurre de pronto: sentados a esa mesa instalada en los años sesenta, los cinco hijos y los dos padres podrían volverse a nosotros, instalados ya en otro siglo, y levantar las manos para mostrarnos las palmas y entonces decir a coro: “Tenemos las manos limpias”, leitmotiv de los anuncios de Felipe Calderón en la brega actual por la Presidencia del país. Termina Felipe la reminiscencia de su padre: “Era un gran tipo, con un enorme sentido del humor; muy congruente y muy fuerte. Él llenó de árboles el jardín de la casa.”5
 
El cielo de la oposición
¿Qué hace un adolescente con sus sábados? Típicamente, los días entre semana los dedica a la escuela. Los domingos a la familia –con quien va a misa por la mañana, si es católico. El sábado será el día del que dispondrá con mayor libertad, para estar con amigos probablemente.
Calderón, preparatoriano, pasa los sábados con un grupo de jóvenes dirigido por los hermanos maristas y dedicado al auxilio de comunidades pobres. Los jóvenes prestan sus manos en la cosecha del frijol, la siembra de huertos o la construcción de habitaciones; enjarran –ponen cal y cemento– capillas rurales o alfabetizan a las amas de casa.6
 
La convivencia con los campesinos marca inevitablemente al joven Felipe. Le revela “el tamaño de la pobreza en México”7 y también la insuficiencia de la filantropía. “Por más fosas sépticas que uno hiciera no se acabaría la insalubridad; por más huertos familiares no se acabaría la desnutrición; ni por más alfabetización se daría fin al problema de educación que en México era inmenso.”8
El sistema político que recicla indefinidamente la indigencia es el que debe cambiarse. Desde la oposición política organizada el sistema debe infiltrarse para “...cambiar a los que toman las decisiones”.9
Más que una epifanía, se trata de la confirmación de los peldaños del ideario paterno. La buena voluntad no basta; ni siquiera bastan las buenas acciones: ambas deben conducirse a la lucha política. Como sus hermanos mayores antes que él, Felipe ingresa formalmente al PAN en 1980. Y ahí pronto conoce a su segundo padre, su formador político, Carlos Castillo Peraza, intelectual recién vuelto de Europa con un programa para el partido.
De sus andares en el Instituto de estudios y capacitación dirigido por Castillo Peraza, Felipe recuerda viajes por la República señalados, otra vez, por una pobreza de recursos que confirman la honestidad de su propósito. “Me tocó hacer un viaje a Tijuana en autobús que duró más que mi estancia allá; y luego otro a Tampico en el que hicimos diez horas de camino y luego dos de brecha para llegar a Chicoltepec, un pueblo donde impartimos un curso con traductor al náhuatl a gente que había caminado hasta seis horas para llegar a donde estábamos; fue una cosa impresionante.”10 Aquello, resume Felipe, era “prácticamente una tarea de misiones”.11
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