Muchos habitantes de esta gran ciudad albergaron extraordinarios planes y sueños sobre la conquista de China a finales del siglo XVI. Fueron consecuencia directa de la conquista de Filipinas, que se realizó saliendo desde estas orillas en la década de 1560.
Esas islas, como es sabido, entraron en la imaginación de los europeos cuando la maravillosa expedición de Magallanes llegó hasta ellas en 1521. Magallanes era un portugués al que la corona española había encargado realizar su viaje global. Llamó al archipiélago islas de San Lázaro. Pero el nombre no duró. Magallanes murió en combate en la isla de Cebú. Su llegada encontró la resistencia de los naturales del lugar, que él y los demás exploradores llamaban indios. El mando de una expedición muy disminuida recayó en Juan Sebastián Elcano, un vasco que demostró la esfericidad de la tierra.
El error de Magallanes fue gastar más en manzanilla antes de dejar Sanlúcar de Barrameda que en la pólvora que le habría podido salvar la vida.
Estas aventuras planteaban la cuestión de dónde terminaba el interés portugués y dónde comenzaba la responsabilidad española, en lo que España consideraba el extremo Occidente.
El papa en 1492 y el Tratado de Tordesillas en 1493 habían trazado una línea que separaba los intereses portugueses y españoles en la región del Atlántico y Brasil. Pero entonces nadie sabía con seguridad que el mundo fuera redondo. La incertidumbre con respecto a Oriente se resolvió en 1529 con un tratado firmado en Zaragoza. Según ese acuerdo, los españoles renunciaban a todo interés en las legendarias islas de las Especias, las Molucas, y aceptaban una divisoria a 17 grados al este de las islas: lo que quedaba al oeste estaría bajo control portugués. A cambio,el rey de España, siempre necesitado de dinero, recibió la formidable cantidad de 350.000 ducados. El tratado de Zaragoza podría haber terminado con los intereses españoles en las Indias Orientales y las misteriosas islas de San Lázaro, pero la especulación en torno al archipiélago continuó. El aparentemente inmortal Pedro de Alvarado –el gran amigo y segundo de Cortés, a quien los mexicas llamaban “hijo del sol” por su cabello rubio– organizó una flota cuyo objetivo sería visitar y quizá colonizar esas islas. La expedición de Alvarado nunca llegó a realizarse, por razones vinculadas a la rebelión chichimeca en Nueva España, pero uno de sus comandantes, Ruiz López de Villalobos, atravesó el Pacífico y alcanzó el extremo sur del archipiélago. Aunque los portugueses lo superaron, dejó su marca en la historia al dar a las islas el nombre de Filipinas en honor de Felipe, el joven regente de España y futuro Felipe II. Uno de los hombres que viajaban en la flota de López de Villalobos era el piloto y fraile Andrésde Urdaneta. Le costó mucho tiempo regresar a México, pero cuando llegó informó de lo que había visto al virrey Luis de Velasco, que encargó a López deLegazpi establecer una presencia española en Filipinas. López de Legazpi era un vasco originario de Guipúzcoa, donde, como su padre, había sido escribano, y mantuvo esa ocupación en México. Actuaba en nombre del gobierno local y fundó una cofradía, el Dulce Nombre de Jesús. En 1564, cuando atravesó el Pacífico, era un viudo de avanzada edad y tenía nueve hijos.
Al principio López de Legazpi se instaló en la isla de Leyte y después fue a Cebú, donde había muerto Magallanes. Finalmente se dirigió a la gran isla de Luzón. La conquista de esos y otros lugares fue relativamente fácil, puesto que, como escribió elfraile agustino Martín de Rada, en Filipinas no había reyes ni señores que gobernaran grandes extensiones. La forma de gobierno típica era un pequeño pueblo, que constituía una diminuta república independiente, dirigida por una especie de oligarquía. Las excepciones a esta regla eran lugares como Manila, donde los musulmanes habían establecido un régimen más ambicioso y, supongo, más efectivo. Esos musulmanes, decía Rada, eran tan conquistadores como los españoles, y probablemente menos sutiles y más brutales. A Legazpi le resultó fácil convencer a los indígenas de que los españoles eran libertadores en la misma medida que nuevos amos.
Aun así, la expedición de Legazpi tuvo algunos momentos difíciles en los primeros años, porque durante un tiempo los “naturales”se negaron a cultivar cualquier producto que a los españoles les gustara comer. Legazpi fundó una ciudad española en Manila, en el lugar donde anteriormente había habido una gran población musulmana, y más o menos al mismo tiempo uno de sus nietos, Juan de Salcedo, y su segundo Martín de Goytí comenzaron la conquista del resto de la isla de Luzón. Manila se convirtió en la capital española de las islas. El galeón de Manila, que llevaba productos chinos como porcelana o seda a Acapulco, en la Nueva España, para cambiarlos por plata, comenzó su larga y extraordinaria historia. Fue por entonces cuando empezó el romance español con la idea de trasladar la conquista de Filipinas hasta China. Primero podemos ver al propio Legazpi escribiéndole a Felipe II para proponer la construcción de seis galeras que debían “correr la costa de China y contratar con la tierra firme”. Muy pronto un agustino escribía sobre China como si ya fuera el siguiente asunto de la agenda imperial española: “para conquistar una tierra tan grande y de tanta gente es necesario tener cerca el socorro y la acogida para cualquier caso, aunque según me he informado [...] la gente de China no es nada belicosa”. Las frases pertenecen a una carta de julio de 1569.
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Edición España



Comentarios (3)
Tiempo en la historia de la Iglesia Católica en donde el poder estaba dividido. Es muy interesante ver como el poder estaba muy centralizado. Sin embargo pienso que la Iglesia no hubiera logrado esa conquista.
Rafael Bernal ya hablaba de ello en en el Gran Oceano.
Interesantísimo texto de Hugh Thomas, que nos da una idea muy acertada del poderío y las ambiciones que llegó a tener el Imperio Español en el siglo XVI. También son muy atractivas las ilustraciones de Raúl Arias, aunque en apego a la historia hay que señalar que el barco que navega sobre un dragón es un velero del siglo XIX, mucho más grande y moderno que los galeones, carabelas y carracas que Magallanes y otros exploradores y conquistadores utilizaron en sus extraordinarias aventuras.
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