El nacimiento de la crítica

El gran crítico del siglo XIX, Charles-Augustin Sainte-Beuve, y uno de sus más torrenciales creadores, Victor Hugo, fueron buenos amigos. Sin embargo, Sainte-Beuve inició una relación amorosa con la esposa de Hugo, Adèle, y la amistad terminó. Esa ruptura tendría también grandes y profundas implicaciones literarias.

a Ed.V.M.

Jeune, avide, inconnu, j’ai désiré la gloire,
j’ai voulu quelque éclat à mon front ennobli;
puis, quand j’eus obtenu plus que je n’osais croire,
j’ai soudain demandé l’oubli.
Sainte-Beuve, Livre d’amour, XIV

 

Cuatro personas se dieron cita, el 29 de octubre de 1885, para llevar a cabo un peculiar auto de fe, la quema de las cartas de amor cruzadas durante once años entre el crítico Charles-Augustin de Sainte-Beuve y Adèle Hugo. Adèle, Foucher de nacimiento y esposa del poeta Victor Hugo desde 1822, había muerto en 1868, Sainte-Beuve en 1869 y Hugo apenas el 22 de mayo de ese año de 1885, en calidad de gloria nacional y poeta predominante en el universo.[1]

Los cuatro pirómanos, entre los cuales estaba Paul Foucher, sobrino de Adèle, obedecían los deseos de ambas familias, los Foucher y los Hugo, interesadas en borrar la huella de un adulterio célebre. Menos que el buen nombre universal de Hugo, justificado en su bigamia y en sus aventuras galantes más notorias por la bardolatría que lo rodeaba, se trataba de defender el buen nombre de madame Hugo, quien había tolerado con estoicismo a su poeta, llevándole impecable y sufridamente su casa, la cual había sido visitada por el luto: su hija mayor, la recién casada Léopoldine, se había ahogado junto con su marido, en un naufragio ocurrido en el Sena, en 1843, protagonizando un episodio mediático grabado en la memoria colectiva. No vivió Adèle lo suficiente para ver del todo loca, extraviada, a Adèle II, su hija menor y famosa en el siglo siguiente gracias a una película que unió a François Truffaut con Isabelle Adjani, en 1975. Sí le alcanzó el tiempo, a madame Hugo, para escribir un libro dizque anónimo y escrito en colaboración con su marido, Victor Hugo raconté par un témoin de sa vie(1863), que sigue siendo la principal fuente biográfica sobre el poeta. Conservar desesperadamente, recurriendo al fuego, el buen nombre de Adèle significaba, para no pocos literatos de la Tercera República, nacida tras los fracasos de las monarquías y de los imperios, limpiar al nuevo orden republicano de toda sospecha de liviandad y asociarlo con la virtud familiar. Aquella –la de la inocencia de madame Hugo– fue una causa moral, hasta los años veinte, de la Acción Francesa, causa promovida primero por Jules Lemaître y Émile Faguet y al final por Léon Daudet, emparentado con los Hugo. Todos ellos osaron disputarle la hugolatría a la izquierda.

La historia, doblemente romántica por su intensidad sentimental y por ocurrir en el hogar mismo de la poesía romántica, comenzó en 1827 y relata el enrollo entre el poeta, su esposa Adèle y el joven crítico que además de darle a su obra una inigualable sonoridad pública fue durante varios años su amigo más querido. Para Sainte-Beuve, quien de los tres es el que me importa, sus amores con madame Hugo fueron el acontecimiento capital de su vida. Adèle, para él, resultó ser mucho más que la materia sublimada de su única novela (Volupté, 1835) y de un par de relatos (“Arthur”, escrito a dos manos con Ulric Guttinguer y “Madame de Pontivy”) que se regodean, obsesivos, en aquello que, con su siempre atinada y siempre genial pedantería los franceses llaman “la razón adúltera”.[2] Adèle fue la fuente (líquida, lacustre, estacada, según Jean-Pierre Richard[3]) de su poesía, tan infravalorada, y el tema de una curiosa autobiografía poética, Livre d’amour.

Sainte-Beuve, empeñado en 1827 en escribir una reivindicación muy osada de Ronsard y de los poetas del siglo XVI que será canónica para los románticos, publica dos artículos, en Le Globe, sobre Odes et ballades de Hugo. No solo elogiosos, sino inteligentes y sustanciosos, los textos concitan la emoción del poeta, quien, al írselos a agradecer personalmente al crítico, descubre que han sido vecinos sin darse cuenta: Hugo vive en el 90 y Sainte-Beuve en el 94 de la rue Vaugirard. El flechazo de la amistad es inmediato y pese a todo, duradero: las causas de fuerza mayor que los separaron nunca borraron del todo a la complicidad apasionada que los unió. Vivieron y murieron extrañando aquellos días inaugurales en que Sainte-Beuve, un provinciano que vivía modestamente con su madre, se convirtió en un miembro más de la familia Hugo, visitándola hasta dos veces al día, ocasiones festejadas por un Victor de veintiséis años y por Léopoldine, la hija mayor, quien hizo del crítico, su querido tío postizo, un munidor de regalos y ternuras. Adèle, en esos primeros meses, aparece en segundo plano. En noviembre de 1830, habiéndose cambiado los Hugo a una casa más grande, en el 11 de la rue Notre-Dame-des-Champs, mamá Sainte-Beuve e hijo los siguen, instalándose de manera esta vez voluntaria, y ya hasta belicosa e intrusiva, en el número 19 de la misma calle.

Pluma alabada por su erudición y valor en las páginas de Le Globe, el diario liberal cuyo viraje a la izquierda acabará por convertirlo en propiedad de los sansimonianos, Sainte-Beuve, en ese entonces, no es todavía Sainte-Beuve, es decir, no monopoliza, todavía, a la crítica como profesión y como vicio. En 1827, y ello es crucial saberlo para entender la relación establecida entre él y los Hugo, es un poeta muy prometedor gracias a Vie, poésies et pensées de Joseph Delorme, donde, en una operación entonces en buena medida inédita, el yo lírico se duplica en un otro yo capaz de mayor libertad para la confesión y el autoanálisis, procedimiento que llevará hasta el patetismo en el Livre d’amour y que en ese primer libro queda resuelta de una manera decisiva: a los poemas les siguen los pensamientos de Joseph Delorme; a la poesía, su comentario, su crítica.

Hugo no ve en Sainte-Beuve, al principio y menos aún cuando se va enterando de los amores entre él y su esposa, solo a un crítico cuyos servicios le son indispensables sino a una verdadera competencia como poeta. Por ello, Les feuilles d’automne (1831) es una demostración dirigida lo mismo para el todavía muy amigo que para Adèle, ya convertida en la depositaria tanto secreta como pública de la poesía del crítico, de que él, Hugo, también puede escribir gran poesía en el tono menor cultivado con tan rara maestría en Les consolations (1830), el segundo libro de poesías de Sainte-Beuve. Tan importante fue entonces el Sainte-Beuve poeta que Léon Séché, uno de sus biógrafos y no precisamente el más amistoso con su memoria, llamó al mundillo romántico de 1830 “el cenáculo de Joseph Delorme” y no el de Hugo, para acabar calificándolo, al crítico, como “el Judas del cenáculo”.[4]

A la distancia, puede decirse, sin temor a errar, que Sainte-Beuve, uno de los grandes poetas menores, no tenía el vuelo de Hugo pero que lo obligó a demostrárselo, cortándole las alas con Les feuilles d’automne. Pero en 1830, Hugo, cuyo destino todavía dependía de su consagración teatral (Hernani, por la cual Sainte-Beuve batalla en primera fila, se estrenó el 25 de febrero de ese año), pensaba y temía otra cosa. Su mujer se estaba enamorando del crítico.

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