El ensayo no puede ser otra cosa, ya que le está permitido serlo todo.
Ezequiel Martínez Estrada
Más que la imagen del centauro, que Alfonso Reyes propagó pero que deja un sabor a quimera o a hibridación, a no sé qué de forzado y casi imposible, la imagen que más me gusta para representar el ensayo es la serpiente. Como una serpiente fue que Chesterton sintió que se deslizaba el ensayo: sinuoso y suave, errabundo y a veces viperino. El ensayo, al igual que la serpiente, tienta y es tentativo; no se anda por las ramas sino que avanza por tanteos. Chesterton veía también en él la semilla de algo maligno, de algo capaz de ufanarse de su irresponsabilidad, de no querer llegar a nada sino de solo recorrer el camino, ¡y para colmo de manera ondulante! Pero ese toque maligno que percibía Chesterton –el ortodoxo y católico y gran ensayista Chesterton, padre del padre Brown–, que se manifiesta en su naturaleza elusiva, impresionista y cambiante, en ese estar de lado de lo incierto y lo fuera de lugar, es nada menos lo que hace que el ensayo ocupe un lugar en la literatura y sea, por decirlo así, una forma de arte, algo más que una vía egotista de proferir opiniones o una mera “prosa de ideas”.
Lo mismo en Montaigne que en Bacon, los dos fundadores del ensayo, está la idea del tanteo, de experimentación, la inquietud de paladear las cosas por uno mismo. Su verbo característico es “probar”, no en el sentido de demostración, sino de ver a qué sabe. Con el ensayo se avanza por el terreno solitario de la subjetividad, de espaldasa las doctrinas establecidas, con el fin de sopesar un asunto, cualquiera que este sea, en la báscula interna, someterlo al escrutinio de la experiencia personal, a su ensayo. El género nace con un ojo puesto en el escepticismo y otro en la reivindicación de la experiencia; descree de lo aprendido, sigue el sendero de la herejía y entonces voltea hacia la propia subjetividad, ese asidero no menos tambaleante. El ensayo sería poca cosa si no fuera también una forma de palparse, de ir al encuentro de uno mismo, de tentarse: Montaigne, explorador de sí mismo, concebía al yo como algo tentativo, en construcción, inestable; decía que había hecho su libro tanto como su libro lo había hecho a él.
Todo esto lo escribo con un poco de bochorno pues sé que es de sobra conocido; pero lo escribo de todas formas porque me parece que esas dos cualidades del ensayo –su acento subjetivo y su sinuosidad tanteadora– están ausentes de mucho de lo que hoy se considera ensayo. Pasa tal vez que la libertad con que discurre el género ha contagiado nuestro vocabulario y entonces cualquier texto en prosa, desde el artículo deperiódico hasta la tesis académica, desde el comentario político hasta en últimas fechas la novela, se consideran ensayos. Como de pronto todo mundo dice escribir ensayo, y hay colecciones de ensayo y premios de ensayo que no publican ni premian ensayo –sino más bien estudios, monografías, colecciones de artículos, tesis para obtener un grado, maquinazos, reseñas presuntamente críticas, discursos–, a fin de distinguirlo de esa variedad de textos de una cercanía engañosa algunos se han visto en la necesidad de denominarlo “ensayo literario”, “ensayo libre” o “ensayo personal”, mientras que otros hemos preferido referirnos a él, con algo de énfasis y de nostalgia, como “ensayo ensayo”. Es verdad que el género es tan elástico y movedizo, tan receptivo y abierto que no tiene mucho caso preguntarse por su pureza; pero tampoco tiene mucho caso reflexionar y hasta organizar mesas redondas sobre el ensayo cuando en realidad estamos hablando de otra cosa.
Algunos rechazan que sea propiamente un género; otros pretenden que también los escritos formales, teóricos, que siguen un rigor lógico han de ser llamados ensayos. Yo creo que estas dos posiciones son una necedad, un resignado estatismo de la ignorancia. Etiquetas como la de “ensayo formal” o “ensayo impersonal” rechinan en mis oídos, en mis oídos quizá anticuados, como la idea de una novela sin narrativa o un soneto en prosa. Mi escalofrío se produce no por cerrazón, sino por la sospecha de que al entenderlo así, de esa manera tan laxa, se pierde justamente su cariz experimental, su condición de laboratorio sobre el papel. El ensayo es un “género degenerado”, sí, y por si fuera poco de lo más hospitalario, pero no hasta el extremo de traicionarse. ¿Qué ganamos con decir que sus únicas constantes son la apertura temática y la libertad compositiva, cuando eso mismo podría decirse de muchísimas cosas? “Prosa no narrativa”, han dicho otros. Pero como el ensayo con frecuencia incluye anécdotas o adopta la estructura del relato, nos quedaríamos solo con la prosa. El ensayo es prosa. ¡Fabuloso! No hay que olvidar que el libro de Montaigne fue considerado por Brunschvicg “el libro más original del mundo”; si me resisto a llamar a todos esos tratados, informes de investigación y artículos de toda laya ensayos, es porque no encuentro en ellos los rasgos que hicieron del libro de Montaigne el libro más original del mundo.[1]
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Comentarios (5)
Me parece una crítica demoledora y gratificante, que despierta el ánimo corroído por la masiva publicación de los supuestos "ensayos" sin carácter "...experimental y de laboratorio", que ha sido promovido por la instittucionalidad y la formalidad, recuerda los esfuerzos históricos por la verdad y las contribuciones profundas desde los presocráticos, socráticos y las discusiones ilusionistas, modernistas y posmodernistas, de cuya lista es larga pero elocuente.
Cito algunas ideas de "El ensayo como herramienta de enseñanza", del docente Andrés Olaizola:
Me parecen acordes al espíritu de esta la reflexión de Luigi Amara. Coincido totalmente: hoy los académicos de diferentes niveles confunden el ensayo con la monografía, los reportes de investigación, el simple comentario y otros escritos ortodoxos.
NADA QUE DECIR: EL ENSAYO ES EL ENSAYO, PARA QUE BUSCARLE CHICHES A LAS SERPIENTES O A LAS GALLINAS, EL ENSAYO ES POR DECIR LO MENOS, LA CONTRACORRIENTE DE TODO LO QUE SE CREE ARTE, EL ENSAYO ENSAYO ES LA CARNE VIVA DE LA PALABRA, LA LLAGA QUE NUNCA CIERRA PORQUE DE OTRA MANERA NOS QUEDARIAMOS MUDOS PARA SIEMPRE. EL ENSAYO ES LA LIBERTAD DE TODO AQUEL QUE NI SE LAS DA DE POETA NI DE NOVELISTA. VIVA EL ENSAYO ENSAYO.
Coincido, principalmente con la última parte del comentario.
Muy apreciado Luigi, la revaloración o aclaración de lo que es el "ensayo ensayo" viene a oxigenarme luego de un proceso largo de varios años recorriendo lugares y culturas en busca de una razón o varias que expliquen la "TEOLOGÍA SIN DIOS", proyecto documental que ha terminado por ser un esfuerzo de ocho ensayos sobre crisis civilizatoria.
Tomando un café con el intelectual mexicano Carlos Monsiváis en la Ciudad de México previo a la presentación de un libro, me comentó sobre "algo que no entiendo muy bien pero que tiene que ver con la deshumanización".
Busqué en muchos rincones las posibles respuestas, no lograba armar una teoría y fue la necesidad de escribir la que me llevó a una serie de conclusiones y más dudas.
Creo que debo revisar mis textos para liberarlos de algunas formalidades innecesarias pero creo que la aventura está justificada en la necesidad de redescubrirme y también a la otredad.
Como no encuentro una salida al sapiens de no ser a través de su propia evolución, el capítulo final se titula: "Homo ex novo (La tierra prometida de la palabra nuestro)".
Daniel Marmolejo.
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