Correspondencia

de Saul Bellow

Saul Bellow fue uno de los grandes escritores del siglo XX y una de las voces con más autoridad moral de su época. Como recoge esta correspondencia, la suya fue una vida tan comprometida con la ficción como con la realidad.

Diciembre 2011 | Tags:

Las Cartas de Saul Bellow (1915-2005), que ha editado Benjamin Taylor y publica en castellano Ediciones Alfabia, ofrecen una mirada única a su trayectoria. En ellas vemos el recuerdo de su niñez en una familia inmigrante, la pasión política de su juventud, su vocación de narrador, una intensa dedicación a la literatura –llena de polémicas y complicidades con muchos intelectuales y escritores, desde Ralph Ellison hasta John Cheever, pasando por Hannah Arendt y Martin Amis–, y una ajetreada vida sentimental. La fascinación, a veces gruñona, por el mundo exterior, se mezcla con cierta búsqueda espiritual, con la obsesión creativa y con un salvaje sentido del humor. Como dice Taylor, las cartas son el otro lado del tapiz de la obra de Bellow: muestran muchos de los personajes y episodios que transformó en ficción y los asuntos –Estados Unidos, el judaísmo, la historia o el amor– que atormentan a sus criaturas, con la mezcla de erudición y vitalismo que cambió la literatura norteamericana para siempre.

 

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Al director de The New York Times

Chicago, Illinois, 7 de enero de 1974

Al director:

Andréi Sájarov y otros cuatro intelectuales soviéticos han llamado a “la gente decente de todo el mundo” a intentar proteger a Aleksandr Solzhenitsyn de la persecución.

La palabra “héroe”, que lleva mucho tiempo desacreditada, ha sido redimida por Solzhenitsyn. Ha tenido el coraje, el poder mental y la fortaleza de espíritu necesarios para decirle la verdad al mundo entero. Es un hombre de un absoluto honor intelectual y, en su fortaleza moral, es peculiarmente ruso. Los mejores escritores rusos de este siglo infernal han tenido totalmente claro que solo el poder de la verdad es igual al poder del Estado.

Puede esperarse que los Brezhnevs y Kosygins del mundo sean capaces de entender lo que el comportamiento de un hombre como ese significa para el mundo civilizado. La persecución de Solzhenitsyn, su deportación, su confinamiento en un manicomio o su exilio se interpretarán como la prueba definitiva de la completa degeneración moral del régimen soviético.

No podemos esperar que nuestros diplomáticos abandonen su política de détente (sea lo que sea que significa eso) o que nuestras grandes empresas rompan sus contratos con Rusia, pero los físicos y matemáticos, biólogos, ingenieros, artistas e intelectuales deberían dejar claro que defienden a Solzhenitsyn. Fallarle sería una absoluta traición a los principios. Puesto que Estados Unidos es el socio del gobierno soviético en la détente, los estadounidenses tienen una responsabilidad especial en este asunto.

Lo que Solzhenitsyn ha hecho al revelar la irrestricta brutalidad del estalinismo también lo ha hecho por nosotros. Ha recordado a todos y cada uno de nosotros lo que le debemos a la verdad.

Saul Bellow

A John Cheever

Chicago, 23 de noviembre de 1976

Querido John:

Bueno, esperaba lo mejor y eso es exactamente lo que obtuve en Falconer. Es espléndida. Durante dos días fue mi refugio para los ciclones; me escondí en ella. No carecía de sorpresas. Normalmente adoptas una visión más ligera de las ruinas. Este es el libro más duro que has escrito: bélico, nada suavizado. Pero, en cuanta más decadencia te metías, más puro se volvía el libro. Falconer es elegante. Recuerdas lo que Orwell dijo sobre Henry Miller, que Henry había devuelto el lenguaje hablado a la literatura y se había librado del lenguaje del protocolo. Es verdad, hasta cierto punto, pero Henry echaba su peculiar ensalada de frutas de cafetería –su “filosofía” y su “poesía”– por todas partes. Tú consigues que lo mejor y lo peor vivan juntos por todo lo alto. Pero sé que no te gusta esa cosa literaria, y escribo a toda prisa. Lo que sentí todo el rato era una airada determinación de declarar los hechos básicos. Los declaraste, muy bien, y le diste a tu amigo una satisfacción muy intensa. Que te agradece de todo corazón.

Deberías vender centenares de miles de ejemplares, a menos que el país haya caído en la depravación más profundamente de lo que yo pensaba. Me encantó que en la Paris Review mencionaras a la gente agradable e inteligente que lee los libros y escribe cartas reflexivas sobre ellos y no tiene conexión visible con la publicidad, el periodismo o el mundo académico. Amo a esa gente. También me sostienen a mí, como observaste. Tu entrevistador podría haberte seguido en esa declaración importante.

Siempre tuyo,

Saul

 

¿Normalmente no te marchas después de terminar una novela? Lo que necesitas ahora son unas deliciosas vacaciones.

A Midge Decter

Chicago, 7 de febrero de 1984

Querida Midge:

Después de oír preguntas y quejas –sobre todo quejas– acerca de mi participación o patrocinio de vuestro número especial de Confrontations (“Winners”), leí el número culpable, que se me había pasado, y aunque los libros premiados de los que os burlabais parecían bastante escuálidos, vuestras propias reseñas eran de tan mal gusto que me deprimió que se me asociara conellas. Desde hace tiempo lucho con la creciente percepción de que existe un problema: Podemos estar de acuerdo sobre Nicaragua, pero en cuanto empiezas a hablar de cultura me pones los pelos de punta. Estuve a punto de retirarme del Comité cuando el año pasado Joseph Epstein leyó una ponencia en vuestro simposio donde me adscribía opiniones que no tengo y me ponía en una dirección que no soñaría tomar. Fue incómodo que se me malinterpretara y se me tergiversara en un encuentro del que era uno de los patrocinadores y todavía más incómodo ver que Commentary publicaba su discurso. Pero donde hay política hay compañeros de cama y donde hay compañeros de cama es probable que haya ladillas, así que me rasqué los habones en silencio. Tu número especial, sin embargo, es diferente. No puedo permitir que los editores de Confrontations hablen en mi nombre, o con mi consenso tácito como miembro del consejo de redacción, sobre los escritores y la literatura. Cuando se trata de ganarse enemigos prefiero hacerlo yo mismo, por mis propios motivos y con mi propio lenguaje. Le mauvais goût mène aux crimes,[1] dijo Stendhal, que tenía razón, por supuesto, pero no se dio cuenta de cuántos criminales estaba a punto de liberar la historia.

Dimito del consejo de redacción y pido que quites mi nombre de tus anuncios. Lo siento.

Tuyo sinceramente,

Saul

 

[En realidad, la revista del Comité para el Mundo Libre era Contentions, no Confrontations, aunque puede que Bellow confundiera el nombre deliberadamente. El ensayo “Winners”, de su Número Especial, se burlaba de los ganadores de varios premios literarios estadounidenses.]

A Philip Roth

Chicago, 7 de enero de 1984

Querido Philip:

Pensé que haría algo bueno dando una entrevista a People, lo que fue extremadamente estúpido por mi parte. Le pedí a Aaron [Asher] que te dijera que la Compañía de Embaldosado de las Buenas Intenciones había vuelto a cagarla. La joven entrevistadora puso mis opiniones patas arriba, cortó los elogios e hizo que todo pareciera desautorización, denuncia yexcomunión. Bueno, los dos estamos acostumbrados a esa clase de cosas, y nada nos escandaliza. Al aceptar la llamada y hacer una declaración, fui sencillamente atolondrado. Pero, si me hubiera entrevistado un ángel para el Semanario Serafín y Querubín, habría dicho, como le dije a esa putilla retorcida, que eres uno de nuestros mejores y más interesantes escritores. Habría añadido que me estimuló y me entretuvo enormemente tu última novela, y que por supuesto después de tres decenios entiendo perfectamentelo que dices sobre el oficio del escritor: cómo podría no entender, o no sufrir por los mismos dolores. Aun así nuestros diagramas son diferentes, y la descripción más breve de las diferencias sería que tú pareces aceptar la explicación freudiana: la motivación de un escritor es su deseo de fama, dinero y oportunidades sexuales. Mientras que yo nunca me he tomado en serio esa trinidad de motivos. Pero esta es una nota explicativa y no quiero convertirla en un acontecimiento rabínico. Por favor, acepta mi arrepentimiento y mis disculpas, y también mis mejores deseos. Me temo que no podemos hacer nada con los periodistas; solo podemos esperar que se extingan, como los tábanos a finales de agosto.

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

Desde "El 18 Brumario" hasta su propio "Ravelstein", sus amigos y contemporáneos así como un Tolstoi que emerge en la onírica de Bellow, cuántas apreciaciones imprescindibles podemos conocer ahora de este lúcido hombre del siglo XX que, de varias maneras, se (y nos) insertó en los dilemas y los traumas de la posmodernidad, porque pudo entrever y abrirnos las aproximaciones hasta algunos de los grandes dilemas del nuevo milenio. No me queda más que esperar que la traducción corresponda a la altura del autor de esta correspondencia. Oscar Hidalgo, en San José de Costa Rica.

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