Antonio Cisneros, poeta

Antonio Cisneros, el gran poeta peruano, falleció en Lima el pasado 6 de octubre. Héctor Manjarrez lo conoció, lo padeció y gozó de su presencia en la magnética Londres en los sesenta, lo reencontró en Perú una década más tarde y selló para siempre su amistad con un abrazo a la vera del Zócalo de la ciudad de México. Aquí sigue su recuerdo.

He conocido y tratado y queridoy admirado y observado y toreado a decenas de poetas de todos los sexos, pero para mí Antonio Cisneros siempre será El Poeta. La mala noticia de su muerte reciente me agarró como uno de esos calambres matutinos que te sacan a dar de brincos fuera de la cama. Como resultado me he puesto a releerlo y recordarlo, mientras se me pasa la impresión y recuerdo cuánto lo quiero y cuánto le debo.

Nos conocimos en Londres en los años sesenta. Aunque Toño practicaba un machismo peruano tan irreductible como severo, una de mis imágenes indelebles es la de él, alto y flaco y melenudo y fotogénico, empujando el carrito de su niño por las calles nubladas y pluviosas de Earls Court. Fue mi primer contemporáneo en ser padre, del mismo modo que siempre fue tres años mayor que yo. La pequeña tribu latinoamericana que a veces componíamos unos cuantos lo compadecía por su falta de libertad absoluta, pero también veía en esa paternidad una confirmación del carácter sagrado de Antonio, carácter que se vio ratificado por el premio Casa de las Américas 1968 para su Canto ceremonial contra un oso hormiguero, que era original y deslumbrante desde el título.

En algunas cosas todavía éramos unos inocentes, si bien Toño, por ejemplo, ya tenía veinticinco años y deudas. El caso es que nos recuerdo asando en un sartén nuez moscada y/o cáscaras de plátano (“Dicen que hay que tostarlas apenas”) para ingerir la plasta resultante y obtener, sin necesidad de mariguana o hachís, lo que llamábamos un high por falta de un nombre en español.

–¿Qué sientes?

–Algo extraño.

–¿Ya estás jai?

–Creo que sí. O más bien no.

Ignorábamos cómo y dónde adquirir los paraísos artificiales que invadían la ciudad.

Ciertos poetas despiden unas ondas magnéticas singulares que los hacen mágicos: atractivos y repelentes en extremo. El plumaje del Cisne Negro Cisneros era de esos. Yo, que prefería no juntarme con latinoamericanos de ser posible, me aficioné a ser miembro ocasional de una cierta cohorte sin objeto cuyo tótem era Toño. Era un poeta con premio –todo lo cubano tenía prestigio en aquel entonces– y además un poeta culto y popular, declamable y personal.

En mi ejemplar del Canto ceremonial, firmado y dedicado en octubre del 68, leo estos versículos a la vez jocosos y solemnes:

Ah el viejo Karl moliendo y derritiendo en la marmita

                                                           [los diversos metales

mientras sus hijos saltaban de las torres de Spiegel

                                                              [a las islas de Times

y su mujer hervía las cebollas y la cosa no iba y después

                                                                         [sí y entonces

vino lo de Plaza Vendôme y eso de Lenin y el montón

                                                     [de revueltas y entonces

las damas temieron algo más que una mano en

            [las nalgas y los caballeros pudieron sospechar

que la locomotora a vapor ya no era más el rostro

                                                    [de la felicidad universal.

“Así fue, y estoy en deuda contigo, viejo aguafiestas.”[1]

 

Éramos Pseudomarxistas Moralistas y Marxistas Tendencia Groucho, y sentirse joven y revolucionario era una emoción realmente muy agradable y trepidante:

No hay ni vuelta que darle, después de siete plagas y un diluvio ciertas cosas tenían que cambiar.[2]

En Europa por entonces había tres poetas peruanos de una simpatía arrolladoramente antipática: Rodolfo Hinostroza, Mirko Lauer y Antonio Cisneros. Al primero no lo traté, el segundo fue mi amigo por años y el tercero siempre me sirvió de faro, también cuando se apagaba.

Antonio era cambiante y saturnino y bebía por tres hombres apenas más bajos que él. Con el Premio Casa, un cierto Londres bohemio lo abrazó y lo convidaba a leer sus poemas en centros de cultura y cafés y pubs poéticos. Estas últimas ocasiones acababan mal, por lo menos en mi experiencia, entre reclamos y a veces gritos y empujones y hasta puñetazos. En pleno apogeo del peace and love, nuestro arrogante Cisne Negro desencadenaba trifulcas: se negaba terminantemente a soltar el micrófono para que otros bardos también nos deleitaran o estremecieran con sus versos. A mí nunca me tocaron los golpes, únicamente los regaños y empujones, pues la gente entendía que yo era su cómplice solo en la medida en que leía las versiones inglesas de sus poemas. Alguna vez sopesé mi egoísmo contra su narcisismo y lo dejé que arrostrara solo la ira de unos irlandeses tan vates y tan bebedores como él. ¿Qué tal si él, a diferencia de mí, sí estaba dispuesto a morir por la poesía?

Usted gusta de Kipling, mas no se ha enriquecido con

                                                               [la Guerra del Opio.

Gusta de Eliot y Thomas, testimonios de un orden y un

                                                                   [desorden ajenos.

Y es manso bajo el viejo caballo de Lord Byron.

                                           Raro comercio este.

Los Padres del enemigo son los nuestros, nuestros sus

                                         [Dioses. Y cuál nuestra morada.[3]

En el Perú (como en Chile) los Poetas lo son con mayúscula y pisan fuerte hasta cuando se quieren morir; pertenecen a una estirpe noble que camina por el centro de la acera o del arroyo, muy orondos y con frecuencia muy beodos. (Se asegura que el verdadero nombre de la autobiografía de Neruda es Confieso que he bebido.) De manera que si a Toño lo echaban de un estrado por las buenas o por las malas, y de un pub por las muy malas, él –hidalgo de la Higuera del Campo de Golf– lo consideraba una ofensa imperdonable de los pérfidos albioneses y acababa marchándose con altivez y declamándoles hasta de qué socialismo se iban a morir.

Y a veces regresaba, tres o diez minutos después y más iracundo, a tildarlos de jodidos imperialistas, hasta que a veces lo hacían sangrar de los belfos heroicos y la fina nariz por razones casi terapéuticas.

Es un hecho incontrovertible que cada vez que le quitaban el micrófono a Antonio Cisneros, la poesía moría un poco en este mundo y César Vallejo mismo se sabía de nuevo desdichado entre sus huesos húmeros, por lo que nuestro tótem emulaba más los drinking habits de Dylan Thomas (que no era un puto inglés de mierda sino galés, camarada). ¡Ya volveríamos a este pub de morondanga, y a todos los pubs como este, tal como Emiliano Zapata y el Che Guevara, a instaurar la justicia poética, ye running dogs of imperialism!

Era imposible saber, al menos para mí, dónde empezaba el actor y dónde se salía de cauce la embriaguez de licor y de narcisismo. Para entonces yo andaba prefiriendo la nuez moscada marroquí y me alejé de aquellas noches de ronda.

Las primeras lluvias son una oportunidad para meterse

                                                                               [en la cama,

las siguientes para que los zapatos se desclaven y rechinen

                                               [como tiza mojada en la pizarra,

para que la casa se inunde (+ líquenes + musgos

                                                                            [+ culebras),

para que el hígado engorde como un canto de guerra,

y después el silencio,

que ya no ha de acabarse aunque cese la lluvia.[4]

Con Cisneros uno puede pensar que su poesía nos ayuda a sentir y entender aun más que lo que el propio  poeta siente y entiende. Como si fuera un pedagogo que nos deja terminar las oraciones y los sentimientos que le manan al escribir inspirado.

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