El definitivo e irremediable cierre del Ballet Teatro del Espacio ha ocurrido en dos meses, entre septiembre y octubre de este año, con vergonzosa velocidad –frente a los 32 años de historia hecha por sus directores Michel Descombey y Gladiola Orozco, a través del trabajo de cada día, de las clases desde la siete de la mañana, de la incesante producción de nuevas obras– y con lenta crueldad –un desgastante y sistemático descuido soportado durante los últimos años. Lejos han quedado el mínimo respeto y los máximos honores que la trayectoria del bte ameritaba.
¿Quiénes son los ejecutantes de estas malas maneras, de esta indiferencia agraviante? Dos instancias: las instituciones públicas bajo cuya égida el BTE nació, floreció, padeció y desapareció, y la propia comunidad de la danza mexicana, coreógrafos y bailarines, supuestos colegas del medio, quienes con sus distintas formas de apatía no han podido ver en este caso la antesala de muchas otras muertes: la de sus propias profesiones, la de la danza, la de la cultura.
No hay la pretensión en estas líneas de hacer un panegírico del BTE, ni de convertir a sus hacedores en mártires ni de desligarlos de responsabilidades o posibles errores. Por lo mismo, y antes de señalar la relevancia de la labor del BTE y la consecuente injusticia en los recientes acontecimientos, valgan algunas consideraciones:
● Ellos mismos, Descombey y Orozco, al no haber nombrado nunca un heredero de sus saberes y responsabilidades, eligieron que el BTE algún día perdiera continuidad. Ellos, rondando ambos los ochenta años de edad, decidieron que su aventura terminaría y nada puede agregarse a esa voluntad consciente o inconscientemente ejecutada, con el justo derecho que todo autor tiene sobre su propia obra.
● Ellos mismos dieron a esta compañía un sello inconfundible –inmutable, anacrónico, quieren catalogarlo sus detractores– que no por viejo carece de valor: hacer de la danza un vehículo para la comunicación de ideas, ideas fundamentalmente de corte político y social. ¿Suena añejo, setentero, utópico? Sí, pero, en tiempos de ultraderecha retardataria, voces como la del BTE, paradójicamente, aportaban frescura, esperanza, lucidez: juventud contestataria, inconformista.
● Ellos mismos permitieron que, en los últimos años, la compañía mostrara a algunos de sus bailarines fuera de la forma ideal que la estética de un ballet demanda. El caso pone sobre el tapete la vida útil de un bailarín: el BTE sostuvo, como parte de una decidida unión sindical, a intérpretes que demostraron fidelidad humana y artística a la compañía, pese a los años y libras que sumaban, y el BTE permaneció dando funciones casi mensualmente gracias a esa fidelidad no carente de responsabilidad y profesionalismo. Por otra parte, junto a estas figuras, bailarines impecables ocupaban los roles principales en las piezas de repertorio.
● Ellos mismos –aducen las autoridades del inba y de Conaculta–, luego de ser informados de que, en razón de racionalizaciones del gasto público, dejarían de recibir su habitual subsidio, rechazaron promesas de financiamientos alternativos y así decidieron su final. Ante la postergación de la entrega de subsidios ya legalmente acordados, ante la falta de sustancia de los concursos a becas a los que supuestamente deberían presentarse, ante la infinidad de cartas y llamadas telefónicas sin responder, ante la negativa de las autoridades a presenciar al menos una sola función de la compañía con la cual respaldar los reclamos nunca atendidos, no parece descabellado que la última promesa –¿acaso esta sí era firme?– haya parecido una mentira más en la lista de las anteriores.
● Ellos mismos –quieren hacer decir los paladines del neoliberalismo embrutecedor– no consiguieron financiamiento externo. ¿Desde cuándo eso es un pecado? ¿Desde cuándo no es parte de las tareas del Estado sostener el patrimonio simbólico de su nación, para el provecho de sus ciudadanos? Hasta hace algunos años, el acuerdo funcionaba: el Estado financiaba el BTE, y el BTE devolvía a la gente, con los resultados del arduo trabajo diario, lo que los propios impuestos de la gente estaban pagando. El pacto comenzó a resquebrajarse cuando la crisis económica fue la excusa para esgrimir argumentos falaces.
Hechas estas prevenciones, vaya este epitafio:
En 2009 el Ballet Teatro del Espacio, creado por Michel Descombey y Gladiola Orozco en 1977, deja de existir. Todos sus productos son rematados por monedas o entregados a la basura. Sin tiempo ni energía para siquiera empacar las escenografías, vestuarios, registros fílmicos e impresos que albergaba el local de la calle Hamburgo, todo se pierde: se pierde no sólo para Descombey y Orozco sino para el patrimonio y la memoria de los ciudadanos de México y del mundo. Con préstamos de amigos, el BTE otorgó finiquito laboral a diecinueve bailarines y un régisseur, con sumas de entre 15 mil y 70 mil pesos (según criterios de antigüedad en la labor). El INBA y Conaculta señalan que todas las depreciaciones insultantes sobre el BTE que, como declaraciones de sus altos funcionarios, se publicaron en los medios de comunicación, durante septiembre y octubre de 2009, son falsas o malinterpretaciones periodísticas, aunque no se vislumbra ninguna ceremonia de “gracias” ni de “adiós”. Las instituciones culturales prometen entregar las cuotas faltantes del subsidio mensual de 236 mil pesos hasta fines de 2009, con las cuales el BTE espera reponer los préstamos recibidos, y prometen también ayudar a almacenar los restos de objetos que alojaría un todavía quimérico museo de la danza mexicana.
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