Artes y Medios

Fotografía

Arca de noé de Francisco Mata

Hace seis años, cuando fui invitado a dirigir el Museo de Historia Natural de la ciudad de México y comencé a concebir su necesaria refundación –misma que a mi pesar aún no se concreta–, me encontré de pronto frente a un debate: la pertinencia de la taxidermia como elemento central del lenguaje museográfico de estas instituciones. De entrada se definieron dos campos, dos tendencias: de un lado los que, con la arrogancia propia de quienes defienden la modernidad y los conceptos políticamente correctos ligados a sus últimas modas culturales, anunciaban que la taxidermia ha llegado a su fin pues es fruto de la cultura de la cacería, de la supremacía del ser humano sobre el resto de las especies y resulta francamente de mal gusto. Del otro lado, con menos entusiasmo y con más humildad, se manifestaba una corriente, que definiré como nostálgica, que pronto me trasmitió su preocupación sobre el destino de las taxidermias, pero también de los dioramas mismos, esas cajas escenográficas inventadas por Louis Daguerre a principios del siglo XIX.

Los modernos no solo dirigen su crítica a la taxidermia, sino que pronto extienden su rechazo al diorama mismo: ¿qué interés puede tener –se preguntan– esta escenografía construida con pieles disecadas, aserrín, ojos de vidrio, plantas de plástico, escenografías de cartón, y paisajes pintados, si hoy puedes observar en una pantalla a los leones en plena cacería, al antílope agonizando, a las hienas chillando de hambre y las crías esperando su bocado? En mi diálogo con otras instituciones y colegas, me di cuenta de que estas reflexiones formaban parte de todas las mesas directivas de los museos de historia natural, lo mismo en Londres que en París, Washington o Nueva York, y aunque es innegable la instauración definitiva del imperio tecnológico de la imagen, y las pantallas se multiplican como hongos en los museos y crecen hasta envolvernos en impresionantes terceras dimensiones, IMAX y otras tecnologías, en ninguno de los grandes museos de historia natural, aquellos que por décadas se han convertido en referentes de esta cultura museológica, se ha prescindido del todo de los dioramas y sus taxidermias; mientras las salas nuevas, las interactivas y virtuales, se han renovado constantemente en la última década, las salas históricas del Museo de Historia Natural de Nueva York, por poner un ejemplo, permanecen prácticamente igual que hace cien años, y en ellas los visitantes detienen la velocidad de su visita, y bajan el tono de su voz, y toman el noventa por ciento de las fotografías con que pretendan registrar su paso por el museo. ¿Qué tienen entonces estas escenografías que contienen esas pieles que cubren inertes estructuras y rellenos, cuál es su poder, su influjo, la magia que las hace sobrevivir, ser tan apreciadas?

Mi convivencia cotidiana con los viejos dioramas del Museo de Historia Natural del Bosque de Chapultepec me han colocado, sin proponérmelo de antemano en un principio, del lado de aquellos a quienes he llamado nostálgicos, porque me parece que, desde el punto de vista museográfico, las taxidermias provocan una experiencia diferente en el visitante a la que propician las pantallas –por más desarrollada que sea su tecnología–. Se trata de una experiencia que tiene que ver, en primer lugar, con la proporción y la materia: la comparación que establece un niño, por ejemplo, entre su estatura y la del oso polar que preside el museo al que asisto casi todos los días, o la impresión que provoca a cualquier visitante del mundo el elefante en estampida que lo recibe en el museo smithsoniano de Washington, es un suceso que registra el cuerpo con todos sus sentidos y que ninguna pantalla es capaz de reproducir: el tamaño, la textura de las pieles y los pelajes, la calidad escultórica de quien armó la pieza y fue capaz de otorgarle una postura natural, de trasmitir no solo su manera de plantarse en la tierra sino la actitud, el carácter mismo de la especie, el dramatismo verosímil de un instante preciso de su existencia, son algunos de los elementos formales que hablan por sí mismos y propician la experiencia. Incluso la inmovilidad, antes que una desventaja frente al video, es una invitación a aceptar las condiciones del ejercicio escénico, de la ficción teatral que el diorama convoca, de la representación de lo real que implica; y todos estos elementos, afortunadamente conjugados, propician la participación de la imaginación, sin la cual no es posible completar la escena, animarla, darle vida a la acción congelada.

No me convencen, por último, aquellos que argumentan contra la cacería y promueven la extinción definitiva de la última forma de presencia del animal sacrificado entre nosotros, su piel, y así como me parece que ningún animal que sufra debe permanecer encerrado en vida para el entretenimiento de nuestra especie, y que en la medida de lo posible ningún felino, ningún oso, delfín o ballena debería padecer el encierro y ser obligado a divertirnos –y me repugna ver cabezas decapitadas y pieles adornando salones de políticos, burgueses y aristócratas–, encuentro mucha dignidad en las taxidermias que ocupan los museos, y me parece que frente a ellas es posible pensar, meditar, descubrir e imaginar el mundo.

Además de conocer la pasión de Liliana Montañez, la taxidermista, enamorada de la fauna, que realiza su trabajo con reverencia ceremonial, desde que trabajo en el Museo de Historia Natural he visto el interés que dioramas y taxidermias provocan en algunos fotógrafos y artistas. Menciono algunos casos: Patricia Lagarde, con su interés por las aves y la estética del gabinete del ornitólogo; Cristina Faesler y sus intervenciones humanas dentro del diorama; Ilán Rabchinskey con sus fotografías de los dioramas desde dentro, con los ojos puestos en el interior de la mecánica teatral donde los animales son los actores; Ariel Guzik, que interviene el diorama y el espacio museístico con registros sonoros de la naturaleza; Carmen Tostado, historiadora y curadora el Museo de Historia Natural, que ha desarrollado el diálogo entre los acervos tradicionales del museo y las manifestaciones del arte moderno; Yolanda Paulsen y sus paisajes de cielos y bosques construidos con alvéolos pulmonares; Carlos Somonte, que se propone liberar a las piezas del diorama y devolver al paisaje “natural” –lo que equivale al mismo tiempo a reconocer que hemos convertido al mundo en diorama, en representación–; y el trabajo que hoy nos convoca, el de Francisco Mata, con su libro Arca de Noé, que mira en las taxidermias a los últimos sobrevivientes del verdadero diluvio universal, el que ha significado para gran parte del reino animal la civilización humana, por lo menos desde la revolución industrial hasta nuestros días.

Arca de Noé recoge las imágenes captadas por Francisco Mata con cámaras Holga y Diana entre 2003 y 2009. Justo en la explosión de la era digital, cuando la fotografía argéntica, química o analógica, como se le quiera llamar, comienza a ser ella misma una pieza de museo, es cuando este artista fundamental de la fotografía mexicana se acerca a los acervos de la historia natural, y con unos instrumentos voluntariamente arcaicos se propone rescatar del olvido la presencia de estos seres desafortunados, cuyos descendientes viven, si es que no se han extinguido todavía, bajo la amenaza de la especie humana, de la especie urbana, que les arrebata el territorio y los recursos, les envenena el agua y los somete a formas extremas de oprobio: que les hace, literalmente, la vida imposible.

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Comentarios (2)

Mostrando 2 comentarios.

Que ameno e interesante análisis del libro de Francisco Mata. Desde el principio quedé capturado por el debate de las pieles en los museos; algo que también he escuchado entre varios biólogos; igualmente con los mismos dos bandos y sus posturas opuestas. Me recordó también el libro de "Technological Nature", de Peter H. Kahn sobre la asimilación de la naturaleza por medio de pantallas, que alguna vez tuve el gusto de comentarte. Y terminé de leer tu artículo con inesperado interés por el libro Arca de Noé. Gracias por compartirnos una lectura por medio de otra ilustrativa lectura.

Qué buen texto. Está además el ensayo de Luigi Amara "El taxidermista fantástico", en su libro Los disidentes del universo.

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