ETA es uno de los grandes malentendidos que sobre España tiene la opinión pública mexicana. La primera razón se encuentra en que ETA nació en plena dictadura franquista, y aunque sus fines y sus objetivos siempre fueron totalitarios, el enfrentamiento a cara de perro con la cruel y ridícula dictadura del nacionalcatolicismo del “Caudillo de España por la gracia de Dios” la revistió de un aura de legitimidad democrática que en realidad nunca tuvo. De hecho, la actividad etarra se incrementó exponencialmente en la transición a la democracia, y, lo que es aún más grave e imperdonable, creció más ya en plena democracia. Los “años de plomo”, como se denomina a ese terrible bienio en que ETA atentaba casi todos los días, coinciden con la llegada al gobierno de los socialistas, por primera vez desde la Segunda República.
La razón segunda tiene que ver con que una parte de la izquierda mexicana nunca ha hecho con justicia la crítica de la vía revolucionaria para acceder al poder, pese a sus evidentes y dolorosas consecuencias; capaz de sacrificar a los mejores jóvenes de varias generaciones en una espiral de violencia en los países en que fracasó (Argentina, El Salvador...), y de construir regímenes autoritarios, cuando no totalitarios, allí donde triunfó (Cuba, Nicaragua). La tercera está relacionada con la memoria histórica mexicana; esa opinión inconsciente que mira a España como la vieja metrópoli opresora –el estereotipo de nuestra historiografía romántica– y, por lo tanto, siente empatía instintiva por cualquier fuerza política o movimiento que cuestione esta fantasmagoría. La cuarta es que la retórica de ETA se inscribe parcialmente en el lenguaje de los movimientos anticolonialistas de liberación nacional que cambiaron el mapa del mundo en los años sesenta, discurso que sintoniza con la opinión pública mexicana, y olvida la otra mitad de la retórica etarra, claramente racista, o cuando menos etnicista. Por último, la comunidad vasca en México, fuertemente enraizada en la sociedad mexicana (inmigrantes de los siglos XVIII a XX) y con ilustres representantes en la economía, la política, las artes y el deporte, ha sido muchas veces poco clara en denunciar y condenar la violencia terrorista, e incluso, en algunos de sus miembros, francamente cómplice.
Notas sobre una ficción
La realidad de España y del País Vasco es, sin embargo, contraria a estos filtros y distorsiones. España es un Estado de derecho y una democracia plena, con alternancia en el poder, libertad absoluta de prensa y expresión, un aparato judicial independiente, y todas las características y señales que permiten definirla como una de las sociedades más libres y justas del mundo. Además, España llevó a cabo desde su transición un proceso de descentralización del poder sin paralelo en ningún país europeo, incluido el Estado federal alemán. El País Vasco, a través de su gobierno autónomo, tiene amplias competencias sobre la educación, el turismo, la industria, la cultura y la lengua, entre muchas otras; además, tiene su propia policía y un sistema fiscal, el famoso “cupo”, que le permite recaudar todos los impuestos correspondientes al Estado y pagar exclusivamente por aquellos servicios que no se manejan desde la Presidencia autónoma, la Lehendakaritza. La soberanía española en el País Vasco está también diluida por el hecho de pertenecer a un marco político mayor, la Unión Europea, que legisla sobre materias tradicionalmente propias de los Estados, como las fronteras, el mercado laboral, el libre comercio y la moneda.
El País Vasco está gobernado, desde que se instauró la Comunidad Autónoma en el año de 1979, por el Partido Nacionalista Vasco (PNV), una institución que ha orientado las políticas educativas y lingüísticas en función de su credo político (tienen la libertad de enseñar a los niños y jóvenes, desde hace lustros, una historia mítica, improbable y abigarrada, con la obsesión en separar lo vasco de lo español y que para muchos analistas es un verdadero caldo de cultivo de nuevos terroristas). El PNV gobierna el País Vasco con una mezcla casi priista de demagogia nacionalista y cooptación corporativista; se ha convertido, más que en un partido en el poder, en el partido del poder. Frente a su discurso, se encuentran las dos filiales de los grandes partidos nacionales, el Partido Socialista y el Partido Popular. Son sus militantes y sus partidarios contra los que la vesania del terrorismo se ha cebado. Incluso hay pequeñas poblaciones del País Vasco en donde estos grandes partidos nacionales, defensores de la Constitución Española y el Estatuto de Guernica, que regula el gobierno autónomo, pero contrarios al fanatismo identitario y la quimera histórica del nacionalismo vasco, han tenido problemas para presentar candidatos a las corporaciones municipales. Los que se atreven a ser candidatos son simples ciudadanos de a pie que se juegan la vida por estar en la oposición y no en el gobierno, ya que ETA, a lo largo de su negro historial de casi novecientos muertos, nunca ha atentado contra los que considera sus hermanos mayores, los militantes de los demás partidos vascos nacionalistas, “equivocados” y “timoratos” pero “verdaderos vascos” al fin y al cabo, hijos de Sabino Arana, que en el Aberri Eguna (en vasco “Día de la Patria”) celebran su “lealtad” nacional.
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