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¿Vivimos tiempos bipolares?

Las condiciones culturales establecen formas de existencia en las que varían los modos de padecer y de interpretar el sufrimiento. Mientras que el siglo XVII constituyó una época de frecuentes casos de posesión demoniaca, el XVIII y el XIX fueron tiempos predominantemente histéricos y neuróticos. En la actualidad se ha difundido la idea de que vivimos “tiempos bipolares”.

El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (dsm-v) considera que un paciente tiene un Trastorno bipolar i cuando ha vivido un episodio maniaco y un Trastorno bipolar ii cuando ha sufrido un episodio hipomaniaco y un episodio depresivo mayor. Los trastornos bipolares han recibido especial atención por los inconvenientes que conllevan: actividad sexual sin protección, compras compulsivas, adquisición de deudas, irritabilidad, euforia, actividades de riesgo, problemas legales, posibilidad de suicidio. Los peligros reales y los peligros imaginarios generan una rápida medicación que pretende normativizar el comportamiento y prevenir que la situación del paciente se agrave.

En su libro Estrictamente bipolar (Sexto Piso, 2015), el psicoanalista Darian Leader ha sostenido que la bipolaridad es el paradigma psíquico de nuestra época: “si el periodo de posguerra fue denominado ‘era de la ansiedad’, y las décadas de 1980 y 1990 ‘era de los antidepresivos’, ahora vivimos en tiempos bipolares”. Sin embargo, Leader falla en su valoración. Por principio de cuentas, no plantea líneas de distinción entre el trastorno bipolar y los trastornos de ansiedad, que en ocasiones se confunden. Después toma ejemplos vagos con los que pretende afirmar aseveraciones contradictorias: por ejemplo, dice que “la manía supone una forma de rechazar el sentimiento consciente de culpa y de deuda”, y luego asevera que una característica del paciente bipolar es una extraordinaria lealtad. El resultado es que el trastorno bipolar se convierte en un cuadro clínico tan ambiguo que algunas de las características descritas por Leader –“les resulta difícil decir que no a una tarea, por miedo a defraudar al otro”– se confunden con la condición subjetiva general del ser humano. Este método poco riguroso conlleva el riesgo de incrementar falsos diagnósticos, lo que hace concluir que vivimos tiempos bipolares.

Aunque han aumentado los diagnósticos de episodios maniacos, decir que vivimos tiempos bipolares puede ser una exageración. Según la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica (enep, 2003), los trastornos que más afectan a los mexicanos, para centrarnos en un ejemplo concreto, son las fobias específicas, los trastornos de conducta, la dependencia al alcohol, la fobia social y el episodio depresivo mayor. Solo el 0.9% de los encuestados sufrió un episodio maniaco y el 1.1% un episodio hipomaniaco en los últimos doce meses. Aunque el libro de Leader tiene sus aciertos, el uso del método de investigación es impreciso, el aparato crítico irreflexivo y el resultado contradictorio y confuso.

Si se quiere comprender la bipolaridad, es necesario entender bien la relación entre manía y melancolía. En Duelo y melancolía, Freud afirma que la melancolía y la manía son respuestas opuestas ante un mismo hecho: la pérdida de una persona amada, de un ideal, de un proyecto o de un modo de vida. Mientras que el melancólico está abatido por una pérdida insuperable, el maniaco hace de la pérdida una afirmación de un yo enaltecido. Mientras que el melancólico es un desertor del teatro del mundo, el maniaco es un gladiador que cree dominar todas las dificultades. En principio, la manía es un estado contrario a la melancolía con el que el ser desamparado pretende curarse de una profunda desazón. Por diferente camino, la evasión maniaca produce el mismo fracaso que la melancolía: mientras que el melancólico dice una y otra vez que la vida es miserable, el maniaco siempre está planeando grandes proyectos que rápidamente fracasan; mientras que el melancólico enmudece, el maniaco no para de hablar y de escribir, pero en realidad no dice nada; mientras que el melancólico se retrae del mundo, el maniaco multiplica sus relaciones, pero en realidad no crea vínculos íntimos y duraderos.

Más que hacer un diagnóstico psiquiátrico de la época, es necesario comprender los modos en que acontece la cotidianidad en las grandes ciudades. El neoliberalismo se caracteriza por ser un discurso que pretende aumentar al máximo las posibilidades individuales y las redes sociales han multiplicado las interconexiones desvinculadas, por eso puede dar la impresión de que hay una manía generalizada. Hay una pasión desenfrenada por adquirir posesiones y servicios, acumular experiencias y buscar reconocimiento, conseguir “amigos” y “seguidores”, ganar mimos y prestigio, lo que se traduce en una exigencia de aumentar la capacidad laboral, producir más dinero, promocionar la propia personalidad y luchar por tener un lugar visible en medio del ciberrebaño. Este esfuerzo de “aumentar la potencia” puede interpretarse como una megalomanía de un yo que ya no puede establecer vínculos profundos, pero constantemente busca adquirir objetos, elogios y adeptos.

Antes de afirmar si estamos viviendo episodios bipolares, habrá que comprender el modo en que esta exaltación ciega que rinde culto a la propia personalidad es un modo desesperado de tener un lugar en una cultura cada vez más indolente. No se puede comprender la manía contemporánea si no se comprenden las dificultades de vida en un mundo regido por la imagen y el dinero. ~