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Trata de blancas. Entrevista con Marcela Loaiza

Marcela Loaiza sabe que es guapa, pero nunca imaginó que esa belleza le ocasionaría tantos problemas. El más grave, convertirse en víctima de trata.

Además de su hermosura influyeron otros factores: el azar, las necesidades económicas y la inocencia. Tenía sólo veintiún años cuando decidió irse a Japón a trabajar con un contrato verbal de bailarina. Muchas mujeres de la zona cafetalera, como ella, se iban a Tokio para desempeñar diversos oficios, pero su belleza fue el factor que determinó su futuro. Fue elegida por la red de trata que funciona entre Japón y Colombia para abastecer prostitutas a la mafia yakuza, un grupo criminal cuyos orígenes se remontan al siglo XVII y que controla el negocio del tráfico de mujeres con fines de explotación sexual. La mafia recluta sólo extranjeras para consumo nacional, particularmente latinoamericanas porque las considera “las más calientes”.

El nombre yakuza proviene de un juego de cartas. La peor mano es 8 (ya), 9 (ku) y 3 (za). Es una de las mafias más poderosas del mundo y está dividida en tres mil clanes con aproximadamente cien mil miembros radicados en Japón con el cuerpo tatuado como sello distintivo. La Organización de Estados Americanos señala que anualmente dos mil mujeres latinoamericanas son llevadas a ese país, engañadas, para ser explotadas sexualmente, pero hay organizaciones no gubernamentales que elevan las cifras considerablemente. La Asociación de Mujeres Hispanas con sede en Miami considera a Japón un paraíso sexual y calcula que cada año cerca de tres mil mexicanas son explotadas sexualmente en ese país, hasta donde llegan engañadas con ofertas de trabajo para cuidar ancianos y niños o bailar en centros nocturnos.

Marcela también fue engañada, vendida y explotada durante dieciocho meses. Padeció la esclavitud sexual en muy distintas formas. Estuvo a punto de morir a consecuencia de una paliza propinada por un yakuza. Escapó a base de coraje y determinación. Ahora vive en Estados Unidos, donde ha podido rehacer su vida. Ha esperado diez años para romper su silencio.

Camina por las calles bulliciosas del centro de Coconut Grove. Aún le cuesta trabajo recordar lo que vivió. Es de noche y las luces de neón que adornan la terraza del bar resplandecen en su cabellera rubia. Se sienta en un sillón de terciopelo rojo y pide un daiquiri de mango. Es menuda, tiene ojos color miel y piel blanca. Cuando empieza a ordenar sus recuerdos, sus ojos se humedecen. Japón, dice, es un tatuaje gravado en el alma con mucho dolor. Su historia es la de muchas, la de cientos o miles de mujeres. La cadena Telemundo pretende convertirla en una telenovela. Editorial Planeta publicó un libro bajo el título Atrapada por la mafia yakuza / Historia de una joven víctima del tráfico de personas. Esta es la primera vez que habla para un medio mexicano.

 

¿Por qué esperar diez años para romper el silencio?

Dejé pasar diez años porque desafortunadamente no tuve apoyo psicológico de nadie. No tuve apoyo gubernamental de Colombia, ni jurídico. El gobierno no cumplió su promesa de ayudarme. No tuve a nadie más que a mi familia. Necesité armarme de fuerzas, de bases, de información sobre el tráfico de personas para poder contar mi verdad.

 

¿Y qué la hizo decidirse a escribir un libro contando su historia?

Al ver que el problema sigue creciendo, que la demanda de mujeres latinoamericanas a Japón sigue aumentando y que nadie denuncia, que nadie pone rostro a este flagelo, pensé: “Algo tengo que hacer al respecto, no puedo permitirlo, tengo que alertar a otras generaciones de mujeres.” Me decidí a alzar la voz, a contar públicamente lo que me pasó. “Aquí está mi rostro. Aquí está mi nombre. Fui víctima de trata.”

 

¿Usted se fue a Japón pensando que iba a trabajar de bailarina?

Nací en Armenia [capital del Quindío colombiano], pero vivía en Pereira. Me subí a ese avión con el sueño de salir adelante. Tenía que pagar la deuda del hospital de mi hija de tres años. Quería ayudar a mi mamá y a mis hermanos.

 

¿Buscaba el sueño japonés?

Esa niña que subió al avión rumbo a Japón, esa niña inocente, ilusionada, nunca más volvió a Colombia. La asesinó Japón. El sueño se convirtió en pesadilla. Ese sueño se fue desmoronando cuando aterricé y me encontré a Carolina, la proxeneta que me había comprado.

 

¿Cómo fue que la compró?

Es una cadena. Una red completa. Yo nunca supe quién es quién. Sólo conocí al amigo del amigo del amigo y así llegué a Japón.

 

¿Quién fue el enganchador?

Me dijo que se llamaba Pipo. Me citó en un restaurante en Pereira y me entrevistó. Yo le conté mi situación económica, y él aprovechó las circunstancias. Yo le dije que me quería ir para pagar una deuda, y él me ofreció un millón de pesos y me dijo: “Yo te doy el dinero pero tú te vas conmigo a cumplir un contrato de trabajo en Japón de bailarina.” Nunca me hablo de otra cosa.

 

¿Ni de table-dance?

Nada de eso. Dijo que sólo iba a ser bailarina, como en Pereira, donde yo bailaba amenizando fiestas. Hacíamos eventos para las familias. Hacíamos coreografías y enseñábamos a bailar a la gente.

 

¿Viajó sola hasta Japón?

Me fui de un día para otro. Pipo me pidió que no le dijera a nadie adónde iba, ni siquiera a mi mamá. Preparé mi viaje en secreto. Recuerdo que cuando subí a su coche para irnos a Bogotá me dijo: “No llores, Marcela. No te vas a morir, sólo te vas a trabajar unos años. Con tu belleza vas a volverte millonaria.” Estuvimos dos días en Bogotá y me dio dos mil dólares de viáticos. Me explicó que me iba a ir por Holanda a Narita, Japón, y me dio un pasaporte holandés perfectamente falsificado. Yo me sorprendí, pero él me aclaró: “Nunca te dejarían entrar a Japón con tu pasaporte colombiano.” A partir de ese momento pasé a llamarme Margaretta Troff.

 

¿Qué supo después de la proxeneta?

Era de Medellín, tenía en esa época como 35 años, estaba casada con un japonés y vivía con su hijo de ocho años. Al principio me llevó a su casa. Así lo hacía con todas las mujeres que compraba mientras nos hacía lavado cerebral. Constantemente me amenazaba: “Voy a asesinar a tu familia”, me decía. Pipo le pasó toda la información sobre mí. Sabía dónde vivía, qué hacían mi mamá y mis hermanos, mi hija. Yo le dije: “¿Qué pasa si me escapo?” Y ella me contestó: “No sé si llegue a tiempo al entierro de su hijita.”

 

¿Qué pasó entonces?

Me dijo que había pagado “mucho dinero” por mí, que ahora era de su propiedad y que si me portaba mal me vendería a la mafia yakuza. Me dijo: “Así es la vida. Le tocó a usted. A partir de ahora me debe cinco millones de yenes (doscientos millones de pesos colombianos) y deberá pagarme veinte mil yenes diarios. Es su deuda por los trámites de documentos, pasajes y su manutención. Le pagará a la mafia Yakuza cada día diez mil yenes para poder trabajar. Tiene que ser bien puta. Siéntase orgullosa y deje el drama para luego. Ahora se llama Kelly.” Lloré. Intenté explicarle que todo era un error. Le dije que fui contratada como bailarina. Me siguió amenazando y le dije: “Hago lo que me pida, pero no toque a mi familia.” Me vestí con una minifalda, zapatos de tacón y plataforma y una blusa con escote. Me llevó a “putear” a la calle Ikebukuro en Tokio. Esa misma noche empezó mi pesadilla. Me dejó tirada en la calle y alcancé a gritarle: “¿Cómo me regreso?” Madame contestó: “Ya se lo dije: comiendo mierda y puteando.”

 

¿La calle Ikebukuro está controlada por la mafia yakuza?

Sí. Es la calle de las prostitutas. Yo no sabía qué hacer. Caminé un poco y vi a un grupo de mujeres. Les fui preguntando de dónde eran. Había quince colombianas, cinco mexicanas, dos brasileñas, tres venezolanas. Las de Colombia decían que eran de la zona cafetalera sin serlo; unas eran de Bogotá, de Cali y otras ciudades, pero la mayoría decían que eran de Pereira, Armenia o Medellín. Después supe que las de la zona cafetalera somos consideradas por los japoneses como las más calientes de las latinoamericanas calientes.

 

¿Cómo fue su primera noche?

Una de las chicas, Patricia, se hizo mi amiga. Me dijo: “Los japoneses son polvo de gallo. La tienen pequeña y casi no duele.” Atendí al primer cliente. Me fui a un hotel de la zona. Yo lloraba mientras él se movía encima de mí sin decir una sola palabra. Duró seis o siete minutos y eyaculó. Fue horrible. Pero lo peor estaba por venir. Debía trabajar de 10 de la noche a 5:30 de la mañana. Caminaba junto a Patricia y escuchamos un estruendo de motos y gritos: “Es la mafia china, escóndete”, me dijo. Nos ocultamos detrás de un contenedor de basura. En ese momento pude ver cómo un grupo de hombres con cadenas descendieron de sus motos y empezaron a golpear a una de las prostitutas. Vi cómo la mataron, cómo acabaron con ella a golpes. No pude ayudarla. Fue una de las peores experiencias de mi vida.

 

Además de la mafia yakuza, ¿también hay mafia china?

Sí, los de la mafia china odian a las prostitutas y las matan impunemente. Entre la mafia china y la yacuza no hay pleitos, se respetan mutuamente. Cuando la mafia china llega a cazar prostitutas, la mafia ya-
cuza se va. Yo quería morirme. Prefería morirme que seguir viviendo así. Pero uno no se muere cuando quiere, aunque una vez me golpearon y casi me matan.

 

¿Quién la golpeó?

Sucedió a los pocos meses de llegar a la calle Ikebukuro. En la habitación del Hotel Rosado supe lo que era un yakuza. Llevaba todo el cuerpo tatuado. Sentí mucho miedo. Me pidió sexo de mil maneras. Me penetraba violentamente. Cuando me pidió sexo anal me negué. Fue entonces que me empezó a golpear tan fuerte que finalmente accedí. Sentí tanto dolor que perdí prácticamente el conocimiento. Terminó. Me volteó y siguió golpeándome la cara.
Me dejó desfigurada, con varias costillas rotas. Estuve hospitalizada catorce días, inconsciente varios días. Cuando desperté tenía los ojos tan hinchados que no podía ver, tampoco hablar porque no podía mover los labios.

 

¿Qué hizo el yakuza que la dejó media muerta?

Para que no me volviera a golpear, mi manilla (proxeneta) decidió cambiarme de lugar. Me llevó a los pinkos, a las salas de masaje. Me trasladó a Kisarazu, un pueblo ubicado a dos horas en tren desde Tokio. Mi “toka” (deuda) era de cinco millones de yenes y tardaría en pagarla aproximadamente dos años. Aunque el trabajo era un poco más tranquilo, jamás tuve paz en Japón, pues tenía el temor de que si cometía un error me venderían a la mafia yakuza o simplemente matarían a mi hija o a alguien más de mi familia.

 

¿Qué características tiene la mafia yakuza?

Ellos son el poder mayor. La mafia yakuza manda en Japón. No pude saber mucho. Tienen chimpiras, es decir, escoltas que nos amenazaban todo el tiempo con bates de beisbol de aluminio. Nunca supe quién era el jefe mayor. El negocio de la mafia es la prostitución; de hecho, ellos no están de acuerdo con las drogas. No permiten extranjeros, las prostitutas latinas son sólo para japoneses.

 

¿No hay prostitutas japonesas?

Existen japonesas pero en los prostíbulos cerrados; en la calle sólo hay extranjeras. Los japoneses tienen diferentes niveles de prostitución: las geishas, que son de alto nivel, y la prostitución más popular en lugares nocturnos como night clubs o pinkos.

 

Los pinkos son salas de masajes, pero en realidad se trata de prostíbulos disfrazados. ¿Me imagino que conoció todo tipo de hombres?

Hay cosas que viví que nunca voy a contar. Hay hombres muy locos, pero en general la mayoría sólo quiere sexo y ya. Diez, quince o veinte minutos y adiós. Van a lo que van. Su momento de placer y chao. Eran pocos los clientes japoneses que maltrataban a las mujeres.

 

Aunque usted sufrió un nuevo ataque de otro japonés...

Fue del jefe del pinkos donde trabajaba. Él me contó que habría una redada de la policía de inmigración. Yo avisé a mis compañeras para que escaparan. Y él me castigó. Me apretó el cuello muy fuerte dejándome sin respiración. Me tiró contra un clóset. Me violó. No usó condón.

 

¿Y la policía japonesa? ¿Por qué no acudir a denunciar lo que le pasaba?

Ellos saben que la mafia yakuza se dedica a la trata de mujeres. De hecho, yo trabajé en una calle donde había una estación de policía móvil y ellos pasaban y nos veían. Sabían lo que estábamos haciendo allí, sabían que estábamos en contra de nuestra voluntad, secuestradas... Todos en Japón saben: la policía, el gobierno, los jueces... El negocio es así.

 

¿La deuda iba a aumentando?

Mi deuda era de cuatro millones de yenes. No tuve intereses. En otros casos, cuando las niñas se ponían rebeldes, las vendían a la mafia yakuza. Y la mafia te vende dos o tres veces por cuatro o cinco millones de yenes. Trabajas y trabajas y te siguen vendiendo. Te cambian de sector, ciudad y zona para seguirte explotando.

 

¿Cómo logró escapar?

Fui a la embajada colombiana de Tokio. Pedí ayuda. Ellos me dijeron que me iban a apoyar a mi regreso a Colombia, que tendría el apoyo del gobierno, de organizaciones no gubernamentales, que se haría justicia, que me darían ayuda psicológica. Que si interponía una denuncia tendría escolta policiaca. Un trabajo.

 

¿La repatriaron inmediatamente?

Mi familia me estaba esperando en el aeropuerto de Pereira. Luego hice las denuncias y el gobierno nunca cumplió sus promesas. Me cansé de tocar puertas. Jamás recibí protección policial, ni siquiera apoyo psicológico, algo que necesitaba urgentemente. Nunca detuvieron a Carolina la proxeneta ni a Pipo el enganchador.

 

¿Por qué cree que no se hizo justicia?

La proxeneta me dijo que podía comprar a la policía, a los fiscales y jueces.

 

¿Cómo fue su vuelta a Pereira?

Muy difícil. Mi familia me apoyó, pero socialmente fue otra cosa. Me han juzgado. De víctima he pasado a ser señalada e insultada. La mayoría de la gente no entiende lo que quiero hacer.

 

¿Cuáles son sus proyectos?

Quiero ayudar. Quiero fundar una asociación. Dar talleres sobre trata. Con la mafia yakuza no me quiero meter. ¿De qué serviría? Son tan poderosos. Durante mucho tiempo pensé que no habría manera de combatirla, pero he encontrado una: previniendo, denunciando, alzando la voz para que otras mujeres no caigan en el engaño. No me lo estoy inventando. Es una historia real. Aquí está mi nombre y mi rostro: soy yo, lo viví y lo padecí por dieciocho meses. Si mi historia no las conmueve, que por lo menos piensen dos veces antes de irse a trabajar a Japón. Y las que ahora sean víctimas de trata que sepan que es posible regresar y rehacer su vida. Curar el alma como yo. Ahora estoy felizmente casada. Tengo dos hijas y un trabajo. No voy a parar hasta conseguir mi objetivo. Esta es la nueva causa de mi vida. ~