artículo no publicado
Ilustración: Fernando del Villar

Tulpa Max, la vida después de una resurrección. Pasión, muerte y resurrección de Maximiliano

En palabras de Alfonso Reyes, Maximiliano “despierta hoy la compasión de todos, no su perdón”. Poemas, novelas, cuadros han intentado descifrar su drama personal, su papel en la historia mexicana. Este mes se cumplen ciento cincuenta años de su fusilamiento.

Una forma de decirlo es que los novelistas históricos nos dedicamos al oficio de la resurrección.

¿Pero a quién, o qué es lo que precisamente traemos a la vida? Estos personajes surgidos de nuestra imaginación, con todo y que estén basados en seres que fueron alguna vez carne, sangre y hueso, ¿son capaces de escapar de la página y, como los tulpas de la tradición esotérica tibetana, adquirir su propia voluntad y acechar a sus creadores? En el caso de Maximiliano de Habsburgo, ese archiduque de Austria que terminó tanto su reino de emperador de México como su vida ante un pelotón de fusilamiento en Querétaro hace ciento cincuenta años, y sobre quien basé un personaje en mi novela sobre la verdadera historia de Agustín de Iturbide y Green, El último príncipe del Imperio mexicano, debo confesar que sí. Este Maximiliano me acecha.

Para empezar, poco después de la publicación de la novela (hace más años de lo que me gustaría contar), “Tulpa Max”, así le podemos llamar, incitó una pequeña avalancha de correspondencia digital, la cual hasta la fecha continúa retumbando en mi programa Outlook Express.

¿Había visto el megaalebrije “Amor por México, Maximiliano y Carlota”?

¿Era Maximiliano masón?

¿Qué pensaba de la leyenda de Justo Armas (supuestamente se trataba de Maximiliano que había escapado del pelotón de fusilamiento y había hecho una nueva vida en El Salvador)?

De otra lectora, Maruja González, amiga de un amigo en San Miguel de Allende, recibí, junto con el generoso permiso de publicarlo en mi blog, su relato de familia titulado “Las peritas del emperador”. Sucedió que cuando Maximiliano visitó aquella ciudad en 1864 se hospedó en la casa de sus tatarabuelos:

...y ahí se le hizo solemnísimo banquete con música y solistas y las señoras encopetadas lamentaron mucho la ausencia de la emperatriz, Carlotita, como ya le decían de cariño. Todas estas señoras de la crema y nata de San Miguel se pulieron haciendo rebuscados manjares a cual más exquisito y lucidor. Una de mis tías tuvo a bien preparar unas peras en almíbar que encantaron al monarca, quien se volcó en elogios a tan maravilloso postre...

Un mensaje como de ultratumba –aunque más bien se tratase literalmente de una tumba– vino de Jean Pierre d’Huart, tatarasobrino del oficial belga asesinado de un tiro en la cabeza en la carretera cerca de Río Frío en marzo de 1866. Ese desafortunado oficial era miembro de la delegación que vino a México después de la muerte del padre de Carlota, el rey Leopoldo de Bélgica, y de la asunción a ese trono de su hermano, Leopoldo II (sí, el responsable del episodio infame del Congo). Que unos bandidos atacaran de forma tan descarada a un personaje de altísimo nivel en esa arteria de comunicación –de la Ciudad de México a Veracruz– fue considerado en aquel entonces y lo es hasta hoy, tanto en México como en el extranjero, un parteaguas para el gobierno de Maximiliano, un heraldo de su derrota. Había una imprecisión en mi novela, de la cual Jean Pierre me informó con gentileza. El barón d’Huart asesinado en Río Frío no era Charles, que en ese momento se encontraba en México con el ejército francés imperial, sino su primo distante, Frédéric Victor. Adjunto encontré una fotografía tomada en Tintigny, Bélgica, de su lápida, la base tapizada en musgo.

Pero el mensaje más edgarallanpoesco que hasta la fecha he recibido vino de un amigo, Roberto Wallentin, y consistía en la traducción que hizo su padre, el doctor Roberto Wallentin, de un artículo publicado en un periódico húngaro de 1876 y escrito por el también doctor Szender Ede. Los expertos en el Segundo Imperio reconocerán al doctor Ede como el individuo responsable del grotescamente inepto embalsamiento del cadáver de Maximiliano. Szender Ede dice en su texto:

Durante mi labor en el embalsamiento, y después también, hubo mucha gente que me pidió si podía conseguir los objetos personales del difunto. Que yo sepa, Maximiliano durante su cautiverio en Querétaro, todo lo que tenía personal, lo mandó por interpósitas personas a diferentes miembros de su familia. Lo único que quedó en su habitación era la cama de “fierro” donde dormía. El doctor Rivadeneyra le aseguró al doctor Basch que el emperador se la había regalado y por eso el doctor autorizó de buena fe la “donación” a él. Por otro lado el doctor Licea (y esto inclusive lo comentó la prensa mexicana) hizo un verdadero negocio con objetos que –según él– eran de Maximiliano. Yo me quedé con algunos mechones del cabello de Maximiliano y gran parte de ellos se la regalé a mis amigos en San Luis Potosí.

Más que correspondencia desde las profundidades del ciberespacio, Tulpa Max incita comentarios, por lo general amables, pero de vez en cuando agresivos. Estos últimos me han revelado, y no enteramente para mi sorpresa, que muchos mexicanos están convencidos ciegamente de que por haber publicado una novela que tiene que ver con Maximiliano su autora debe de ser aficionada tanto a los supuestos encantos de ese antiguo aristócrata de barba rojiza como a su anacrónica filosofía política. Obviamente tales personas no han leído mi libro, en el cual, siguiendo de cerca la historia documentada, Maximiliano es capaz de decisiones crueles –tales como su trato de la joven madre estadounidense de Agustín de Iturbide y Green, y el decreto de la banda negra (la proclamación de que cualquier persona encontrada con un arma podría ser ejecutada sin juicio), ni hablar de su determinación de reinstalar la esclavitud–. Es cierto que llevo toda la empatía de la cual soy capaz a mi retrato de Maximiliano. Pero la empatía –ver con el corazón– es para una novelista la primera, mejor y más poderosa facultad, y no necesariamente implica simpatía por los hechos o ideas del personaje en cuestión.

Hay muchas maneras de comprar un yate. Una de ellas ciertamente no es escribir una novela, a menos que seas J. K. Rowling. Por resucitar a Maximiliano mi más rica recompensa ha sido la cornucopia de oportunidades para “el banquete de la razón y el flujo del alma”. Cito al poeta inglés Alexander Pope, pues me gusta imaginar que así lo haría Maximiliano para describir mis reuniones con lectores, escritores colegas, y los estudiosos de una época de la historia mexicana tan sangrienta, exótica y laberínticamente trasnacional.

Así que debo agradecer a Tulpa Max mi recorrido por Querétaro con la novelista Araceli Ardón. Y también por ese almuerzo en la Zona Rosa de la Ciudad de México con los historiadores Amparo Gómez Tepexicuapan y Michael K. Schuessler, en donde, entre rollos primavera y camarones en salsa agridulce y la pequeña interrupción de un terremoto, hablamos de las declaraciones de Maximiliano en náhuatl, de su jardinero Wilhelm Knechtel y de la visita que en 1865 le hicieran los kikapúes.

Porque sabía que iba a ser igual de fascinante como divertido, entrevisté para mi blog al historiador mexicano Alan Rojas Orzechowski acerca del pintor de la corte de Maximiliano, Santiago Rebull –quien fue, años después, profesor de Diego Rivera–. En el programa de radio de Guadalupe Loaeza charlé largo y tendido con ella y con Verónica González Laporte sobre los bailes imperiales de Maximiliano, la locura de Carlota y esa esposa tan joven e inverosímil del mariscal francés Achille Bazaine, Pepita de la Peña. Y hubo un momento brillante aquella tarde en la terraza del Centro de Estudios de Historia de México en Chimalistac cuando por casualidad pude hablar con Luis Reed Torres sobre uno de los generales de Maximiliano, el inmerecidamente olvidado Manuel Ramírez de Arellano, quien escapó de un pelotón de fusilamiento para terminar muriendo de fiebre en Italia.

Viajé a Puebla por la alegría de escuchar a Margarita López Cano hablar de óperas de Bellini y de Verdi en la época de Maximiliano.

El más memorable de mis encuentros fue un almuerzo de una tarde entera con el historiador Guillermo Tovar de Teresa en su casa antigua en la colonia Roma –mantel de encaje y tamborileo de lluvia en las ventanas–. Siempre quise conocer al autor de ese glorioso libro, La ciudad de los palacios. Hasta que oscureció conversamos sobre Maximiliano y los Iturbide, de Miramón y los más escasísimos libros de colección.

Hablando de libros de colección, atesoro mis ejemplares autografiados por el historiador austriaco Konrad Ratz. Hasta su fallecimiento en 2014, fue incansable investigador de la vida y gobierno de Maximiliano. Fue un gran honor presentar el libro que escribió al lado de Amparo Gómez Tepexicuapan, Los viajes de Maximiliano en México (1864-1867), una noche estrellada en el mismísimo Castillo de Chapultepec.

Tulpa Max, que lo que más ama es oír hablar de sí mismo (incluso de su cadáver desecado con los ojos alzaprimados de una estatua de la Virgen y sus piernas rotas para que cupieran en el ataúd), ahora se encuentra de pie. El color se ha levantado en sus mejillas y sus ojos abiertos brillan como los de un zorro. Desliza la palma de su mano enguantada sobre su barba y levanta la nariz para aspirar lo que desearía que fuera una brisa de mar. Pero es apenas el aroma de mi taza de café. Nada de ajo, no todavía.

Ahora, con tu permiso, querido lector, voy a bajar mi correspondencia cibernética. ~


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