artículo no publicado

Mi semana con Macron

Una de las primeras declaraciones del actual presidente francés fue: “Si no transformo radicalmente el país, será peor que no haber hecho nada.” ¿Es Macron un milagro político o un espejismo que empieza ya a desvanecerse?

Este hombre no suda. Lo descubrí el 12 de septiembre en la isla de San Martín, territorio francés en las Antillas, devastado unos días antes por el huracán Irma. Árboles arrancados de cuajo, tejados destruidos, calles obstruidas por montañas de escombros: al cabo de tres horas, Emmanuel Macron, presidente de la República francesa, recorre dando zancadas lo que queda del pueblo de Grand Case en medio de un calor húmedo y tórrido, en un olor intenso de canalizaciones desventradas –es decir, de mierda–. Todos los que lo rodean, incluido quien firma estas líneas, están literalmente doblados, empapados en sudor, con largas aureolas bajo las axilas. Él no. Aunque en ningún momento se ha podido retirar para cambiarse, su camisa blanca de mangas orgullosamente recogidas sigue impecable y seguirá así hasta bien entrada la noche, cuando todos estemos agotados, apestosos, aturdidos, y él todavía fresco como una rosa, siempre listo para estrechar nuevas manos.

Toda interacción con Macron obedece al mismo protocolo. Hunde su mirada azul y penetrante en la tuya y no la aparta. En cuanto a tu mano, la coge en dos momentos: primero la toma de manera normal y después, como para demostrar que esta forma de agarrarte la mano no era distraída ni rutinaria, acentúa la presión mientras redobla la intensidad de su mirada. Se lo hizo a Donald Trump y el juego se transformó prácticamente en un pulso. Por otro lado, te aprieta el brazo o la espalda y, cuando llega el momento de separarse, afloja la tensión lentamente, como a su pesar, como si le diera pena abreviar un encuentro en el que ha puesto toda el alma. Esta técnica hace maravillas con la gente cercana a él, pero es todavía más espectacular con los adversarios. La contradicción lo estimula, la agresividad lo galvaniza. A los que se quejan de que el Estado haya intervenido demasiado tarde les explica que el Estado no domina los fenómenos meteorológicos y que todo lo que se podía prever se previó. Al mismo tiempo –volveremos sobre este al mismo tiempo– no deja de repetir, con paciencia y calma: “He venido a San Martín para escuchar su indignación.”

Y justo ahí llega una mujer encolerizada, una tal Lila que se interpone en su camino y lo acusa de que le importan un carajo los sufrimientos de los que han padecido el siniestro, de no haber venido más que “para montar el espectáculo” delante de las cámaras de televisión, con su camisa bien planchada y su pequeña y bonita corbata que no parece gran cosa pero debe costar una fortuna. La mujer es tan vehemente que el círculo de isleños reunidos a su alrededor empieza a abuchearla, a decir que no se le habla así al presidente. Otro aprovecharía para decir: “Mire, el pueblo me apoya.” Macron no. Lila es un desafío para él. La toma de la mano y su rostro, como he observado a menudo, se divide en dos: la mitad derecha, con la ceja fruncida, aparece determinada, grave, casi severa, uno siente que lo que hace lo hace ante la historia; la mitad izquierda es cordial, optimista, casi traviesa, uno siente que como él está aquí van a pasar cosas. Durante cinco, diez minutos apacigua el furor de Lila. Hay un programa que respetar, el equipo tiene prisa, se le ve inquieto por retrasarse y además se retrasará, siempre ocurre, pero da la impresión de que él tiene todo el tiempo: y es cierto, es el jefe. Nos preguntamos si logrará convencer a Lila que, bastante satisfecha de sí misma, murmura con áspera coquetería: “Soy una jodona.” A lo que él responde, con su sonrisa más encantadora: “Le confieso que me había dado cuenta.” Bien jugado: la mujer sonríe, va a ceder, cede. Sin embargo, al final, se sobresalta. Dice: “Suelte mi mano. ¡Carajo, suélteme la mano!”

Ese “¡suélteme la mano!” me ha parecido una tentativa desesperada de preservar su cólera y su integridad. De escapar a la hipnosis presidencial, a su poder de persuasión digno de un flautista de Hamelín, a su seducción casi aterradora. Al verlo, recordé los créditos iniciales de la serie The young pope, donde Jude Law avanza de perfil con una sotana inmaculada, como sobre una nube, en cámara lenta, ingrávido, y en un momento se vuelve hacia el público para guiñarle el ojo. Macron guiña el ojo a menudo. Me lo guiñó a mí. Al margen de lo que uno piense de él, al margen de que veamos su advenimiento como un milagro político o como un espejismo destinado a disiparse, todo el mundo está de acuerdo en una cosa: seduciría a una silla. Los comentaristas profesionales, que después de unos meses de presidencia empiezan a abandonarlo, pueden tratarlo de acicalado pequeño marqués o megalómano de pretensiones reales, de presidente de los ricos o de comunicador sin agenda. En cuanto a la gente, en cambio, la famosa “gente de verdad” con la que se pone directa, físicamente en contacto, está de su lado. Quien deja que Macron le dé la mano está perdido para la oposición: votará fatalmente por él, se convertirá al macronismo. Pero no se le puede dar la mano a todos los franceses y, de hecho, ¿qué es el macronismo?

Echémosle un nuevo vistazo a su expediente: tenemos un chico que, hace solo tres años, era totalmente desconocido para el gran público. Muy conocido, en cambio, en el medio parisino, donde se mezclan más o menos incestuosamente la política, las finanzas y los medios. En ese ambiente que hoy trata con altivez –como si nunca hubiera pertenecido a él– todo el mundo presume de ser su amigo, de tener su número de celular, de recibir, en mitad de la noche, sus mensajes alegres y cómplices. A los 32 años, era banquero de inversión en Rothschild –en ese terreno no se puede hacer nada mejor–. A los 34, se unió al equipo de François Hollande en calidad de secretario general adjunto. Y, sea dicho de paso, ganando una décima parte de lo que ganaba como banquero: no es el dinero lo que lo mueve. Recuerdo que en esa época vi un documental sobre el presidente socialista: todo el mundo, empezando por el propio Hollande, tenía un aspecto rígido, apático, embutido en las oscuras ropas del poder. Todo el mundo salvo un tipo joven con pequeñas patillas, enérgico, agudo, sonriente, el único en esa galería de momias que parecía vivo. Ese fue el día en que aprendí el nombre de Emmanuel Macron. Dos años después, el joven es ministro de Economía, de industria y de asuntos digitales. Hollande lo adora: es un hijo ideal, que sabe cómo agradar a sus mayores, hasta el punto de que una figura importante del Partido Socialista lo llama “el hombre de los viejos”. Los viejos en cuestión, sus mentores, le dicen que si quiere hacer carrera en política debe elegir una circunscripción, hacer campaña, ser elegido diputado: así es como se hace, así se ha hecho siempre en la Quinta República. Macron agradece el consejo pero no se postula en ninguna parte: no le interesa hacer lo que siempre se ha hecho.

La elección presidencial se acerca. Pensamos que se disputará entre una izquierda socialista lastrada por el moroso quinquenato de Hollande, una derecha absorbida por sus guerras fratricidas y el eterno comodín populista que durante cuarenta años se llamó Jean-Marie Le Pen y ahora lleva el nombre de su hija, Marine: business as usual, por tanto. Cuando falta exactamente un año para la elección, en abril de 2016, el joven y apuesto ministro de Economía anuncia ante una sala apenas ocupada de su ciudad natal, Amiens, la creación de su propio partido: En Marche!, con un signo de exclamación. Los comentaristas tardan un poco en darse cuenta de que E. M. también son las iniciales de un tipo joven del que todavía no se sabe muy bien hacia dónde va. Un mes más tarde, presenta su dimisión ante un perplejo Hollande y deja el gobierno. Aunque todos están de acuerdo en reconocer su inteligencia y su carisma, nadie en ese momento habría apostado por su éxito en la elección presidencial. Nadie, o casi: a los primeros espectadores de sus mítines, a los primeros miembros de su partido, Macron les repite como un conjuro que más tarde recordarán ese momento, como lo recuerdan quienes se unieron a De Gaulle en Londres en 1940: estaban ahí, al principio de la aventura.

¡Y qué aventura! La de un tipo que se presenta solo una vez en la vida a una elección, y es la elección para convertirse en presidente de la república, y gana. La de un tipo que ha comprendido que los partidos que estructuran la vida pública francesa desde el final de la Segunda Guerra Mundial están clínicamente muertos y hay que proponer a los franceses, como dice, una nueva oferta política. El enfrentamiento, analiza, es entre lo viejo y lo nuevo, el repliegue y la apertura, la rutina y la audacia, el conservadurismo y el progreso. Y él, Macron, encarna por supuesto el progreso, la audacia, la apertura, lo nuevo. Dice que no es de derechas ni de izquierdas, pero reivindicar eso en general a menudo significa que eres de derechas. ¿Y no será más bien al mismo tiempo de derecha y de izquierda? Aquí estamos en el famoso “al mismo tiempo”. Esta expresión banal, utilizada con mucha frecuencia, se ha vuelto casi inutilizable en Francia si no es como chiste. Para el francés promedio en la actualidad, decir “al mismo tiempo” ya es hacer una broma sobre Macron, que ha elevado este tic lingüístico al rango de posición filosófica. Tan pronto piensa en algo, se dice a sí mismo que también se podría pensar lo contrario, que de hecho otras personas piensan lo opuesto y que tiene que ver las cosas desde su punto de vista. Del “al mismo tiempo” generalizado desembocamos en una vieja utopía: superar las fracturas, escoger a los más abiertos y competentes de cada campo, gobernar en el centro, unificar. Muchos han soñado eso que en el siglo pasado todavía se llamaba “la tercera vía” entre el liberalismo y la socialdemocracia. Nadie lo ha conseguido hasta que apareció Macron, con su seguridad inoxidable y su extraordinaria buena fortuna.

Al parecer, cuando le hablaban a Napoleón de un oficial que no conocía, solo planteaba una pregunta: “¿Tiene suerte?” En su asombroso ascenso al poder, el joven que no detesta que lo comparen con Napoleón se ha beneficiado de una alineación de planetas que carece de precedente. El presidente Hollande decide no postularse de nuevo –y eso, al menos en parte, porque se presenta este hijo espiritual del que dirá: “Me traicionó metódicamente”–. El Partido Socialista escoge un candidato, Benoît Hamon, simpático pero de poco peso. El candidato de la derecha, François Fillon, arruina todas las esperanzas de su facción a fuerza de avaricia y escándalos. Queda Marine Le Pen, que se autoinmola en el debate con Macron, al mostrar su sectarismo y su total falta de preparación para el ejercicio del poder. El camino está libre. Macron, a los 39 años, se convierte en el jefe de Estado más joven de la historia de Francia y en una estrella internacional, toda la clase política del país queda desbaratada y se oye a un asombrado Nicolas Sarkozy decir una frase de desconcertante humildad: “Soy yo, pero mejor.”

A lo largo de su campaña, Macron cambió. Lo vimos, en un día de ferviente homenaje a Juana de Arco, comparándose casi explícitamente con la doncella de Orleans, en aquella misma ciudad: llegada de su lejano pueblo, sola, desconocida por todos pero habitada por voces que le ordenaban salvar Francia –y, lo más bonito de todo: la salva–. Antiguo alumno de la Escuela Nacional de Administración –que desde la posguerra ha formado a la élite política del país–, banquero, alto funcionario, joven ministro, prototipo absoluto del insider que conoce como la palma de la mano las reglas de la política, se reinventó como outsider inspirado, místico, capaz de terminar un mitin dando la vuelta ante ocho mil personas, con los brazos en cruz, los ojos entrecerrados, salmodiando hasta que se le rompía la voz: “¡Los quiero!” François Hollande, apenas elegido, dijo que sería un presidente “normal”: y Francia, ingrata, no tardó en pensar que “normal” no era una cualidad del líder. Macron, que vio cómo su predecesor se enfangaba, por lo que de manera sistemática ha tomado la estrategia contraria, anuncia que será un presidente “jupiterino”. Esta ambición da que pensar, como la decisión de suprimir la tradicional entrevista televisiva del día de la toma de la Bastilla, con el argumento de que las preguntas de un par de periodistas corrían el peligro de no hacer justicia al “pensamiento complejo” del nuevo jefe de Estado. Esas palabras –“pensamiento complejo”– dieron mucha risa, pero no se arrojaron al azar: entrecomilladas, fueron validadas por la gente que se ocupa de su comunicación. Se supone que el “pensamiento complejo” es el nuevo nombre de la idea de “al mismo tiempo”, que ve lo real desde muy arriba y agota todas las facetas. Igualmente, en el entorno de Macron ya no se habla de “reformar” el país, sino, claramente, de “transformarlo”. Fue una de las primeras cosas que me dijo: “Si no transformo radicalmente Francia, será peor que no haber hecho nada.”

Sin embargo: ¿a qué tiende el macronismo, más allá de exaltar la personalidad de Macron? Casi seis meses después de su elección, la pregunta es cada vez más frecuente. Conquistó el poder gracias a su encanto y por ofrecer a su país una bocanada de optimismo que le hacía mucha falta. Desafió con gallardía a los profetas de la decadencia. Como Inglaterra, Francia fue una potencia mundial, sueña con volver a serlo y él prometió que a su lado era posible. Que el país, si lo seguía, se volvería tan seductor y eficaz como él, Emmanuel Macron, ese joven presidente que el mundo entero envidia. Durante unos meses, los franceses nos sentimos deseables, pero parece que este efecto del “prínci- pe encantado” se está desvaneciendo. Este verano, la cantidad de franceses que tienen una buena opinión de él ha pasado del 66% al 32%, una caída histórica en los sondeos. ¿Por qué? ¿Porque un hombre de Estado que quiere cambiar las cosas de verdad se vuelve, inevitablemente, impopular? Eso es lo que responde, y es verdad. ¿Porque prometió ir rápido, y efectivamente va rápido, y para ir rápido no tiene miedo de usar la fuerza? ¿Porque su reforma laboral, aprobada por decreto presidencial, beneficia más a los patrones que a los asalariados? ¿Porque al aligerar el impuesto sobre la fortuna favorece a los ricos? ¿Porque, elegido con un plan de gobierno que superaba el divisionismo, asume cada vez más claramente una política de derecha, que asombra a sus votantes de izquierda? Hay un poco de todo eso y, sobre todo, de forma más difusa, más grave, una sospecha de arrogancia y de desprecio de clase. Cuando denuncia a los “fainéants” [vagos, holgazanes] y “los que provocan caos”, son los pobres y los desempleados los que se sienten aludidos. Y cuando habla de las estaciones de metro “donde se cruzan la gente que tiene éxito y la que no es nada”, nadie oye lo que sin duda quería decir: que la desigualdad le apena, que pretende reducirla. No, todo el mundo entiende que, a sus ojos, la gente que no tiene éxito no es nada.

Pasé una semana con Macron y su círculo inmediato para escribir esta crónica, y como era una semana de viajes –a San Martín, a Toulouse, y dos días antes a Atenas–, mis conversaciones con Júpiter tuvieron lugar, lógicamente, en pleno cielo. Todo poder suscita fenómenos cortesanos, que se pueden observar libremente en el avión presidencial. Pero esta corte es una corte hipercool, porque la guardia más cercana al presidente se compone de jóvenes que a los treinta años ocupan puestos a los que, en el mejor de los casos, no se puede acceder hasta los cincuenta y que, sin dejar de ser control freaks, han adoptado el estilo relajado y directo de su jefe. Dicho esto, por relajado y directo que sea, el jefe no olvida nunca su dimensión de personaje histórico, y con ese traje efectúa en Grecia su primera visita de Estado. La dificultad, y lo que desde mi punto de vista hace que el viaje sea un desafío, es que el presidente debe decirles a los griegos cosas que quieren oír –a grandes rasgos, que se defenderá su causa ante Alemania– sin pronunciar una palabra que pueda molestar a Angela Merkel. Cuando le comparto este embrión de análisis, lo esquiva –a decir verdad, no esperaba que me respondiera: “exacto”–, pero dice, aun así, algo bastante firme: “La crisis griega fue una crisis europea, e incluso un fracaso europeo. En lugar de castigar a los dirigentes que mintieron, se castigó a los griegos, cuyo único error fue escuchar sus mentiras. Esta crisis ha producido una fractura muy grande en Europa, por eso para mí es esencial ir a Atenas: para volver a las fuentes, para hablar de la democracia.”

Hablar de la democracia, eso es lo que hace en el Pnyx, esta colina del centro de Atenas, donde, en la Antigüedad, la asamblea de ciudadanos votaba a mano alzada las leyes y el presupuesto. Desde el Pnyx se ve la Acrópolis, y al caer la tarde era un espectáculo de una belleza impresionante. Casi sesenta años antes, André Malraux, gran escritor y ministro de Cultura del general De Gaulle, pronunció aquí uno de los discursos memorables y brumosos que tan bien se le daban, y se nota que Macron se quiere situar en esa línea: la de los visionarios y no los gestores, los filósofos y no los burócratas. Comienza rompiendo el hielo de manera particularmente eficaz, dos minutos de introducción en griego, aprendido fonéticamente, y por haber practicado un poco el griego moderno puedo decir que es una pequeña proeza pero una proeza a fin de cuentas. Y luego se lanza sobre su tema favorito: Europa. La soberanía de los pueblos europeos que no quiere dejar, dice, a esa gente pusilánime y encogida que llamamos soberanistas. El combate por nuestros valores comunes y por dar esperanza a la juventud europea. Toda esa hermosa retórica desemboca, al cabo de media hora, en este clímax de oratoria: “Miren el tiempo que vivimos: es el momento del que hablaba Hegel, el momento en que la noche cae y donde la lechuza de Minerva levanta el vuelo.” Macron no explica esa metáfora, sin duda sobrevalora la cultura filosófica de sus oyentes: Minerva es la diosa de la sabiduría, la lechuza su atributo y esta lechuza, decía Hegel, espera la noche para sobrevolar el gran campo de batalla de la historia: en otras palabras, la filosofía llega siempre con un poco de retraso sobre la acción. “La lechuza de Minerva –continúa– trae la sabiduría, pero siempre mira hacia atrás. Mira hacia atrás porque es más fácil y tranquilizador mirar lo que tenemos, lo que conocemos, más que lo desconocido...”

Más tarde, por la noche, le dije a Macron que me había gustado su discurso, y me miró con una gratitud intensa, como si ninguna opinión pudiera parecerle más valiosa. Añadí, sin mala intención, que también me había gustado el discurso de su anfitrión, el primer ministro griego Alexis Tsipras: de un solo golpe su mirada azul se nubló, me dio la espalda, le llamaban otros asuntos, más urgentes. Yo era, no obstante, sincero: me había parecido un discurso de gran estilo, y no todos los días un jefe de Estado cita a Hegel. No lo hacía como alguien a quien un asesor le ha añadido una referencia a su discurso, sino como alguien que sabe de lo que habla. Cree en la idea hegeliana de la “astucia de la razón”, esa astucia que está en la historia y que en la economía es la mano invisible del mercado, y que explica cómo los grandes hombres, al servir sus intereses y deseos particulares, participan sin saberlo en la realización del Estado universal. Cuando no es Hegel, cita a Spinoza, a quien ama por su combate contra las “pasiones tristes”: la amargura, el resentimiento, el derrotismo, a las que parece notablemente poco expuesto. Dialoga hoy, en entrevistas acordadas, con Peter Sloterdijk y, en torno a los veinte años, fue colaborador de Paul Ricoeur, pensador octogenario e infinitamente respetado, el filósofo humanista de la relación con el otro y del rostro humano. Hemos perdido la costumbre, desde Mitterrand, de tener un presidente culto. El día posterior al discurso del Pnyx, tenía una comida con intelectuales griegos. Estos intelectuales eran ardientemente francófilos y no paraban de citar a grandes poetas franceses. Tras cada una de esas citas, Macron era capaz de tomar el relevo, de recitar los versos siguientes. Baudelaire, Rimbaud, de memoria: es difícil no creer que este hombre ame de verdad la poesía.

Tanto control intriga: buscamos la falla. Macron tiene adversarios políticos, pero sobre su persona circulan muy pocos chismes. Un rumor dice que es homosexual: su mujer y él lo han desmentido con elegancia y humor, y, lo más importante, sin hacer un drama. Aun así, hay en su biografía no oficial al menos una anécdota divertida, un enredo que lo humaniza: es el caso de la compra de Le Monde. En 2010, Le Monde, el diario francés más respetado, estaba en venta. Cosa excepcional, los estatutos del periódico permitían que los periodistas escogieran al comprador. Se presentaron ofertas, los periodistas se perdían un poco, es así cuando apareció el joven y espabilado Macron, en ese momento banquero en Rothschild, que les propuso sus servicios. Pro bono, porque le gustaba Le Monde, dijo, y la prensa, y la libertad de prensa y todas esas cosas. La gente de Le Monde pensó que era muy simpático, les parecía divertido y novelesco que viniera de Rothschild, al final de la tarde, después de que se cerrara la oficina. Dos grupos poderosos se postulaban para comprar el periódico. A Macron no le entusiasmaba el primero, que gozaba del favor de los periodistas, porque en el grupo había un banquero que detestaba. El comprador rival, por su parte, era aconsejado por un tal Alain Minc. Eminencia gris detrás de numerosos políticos franceses en los últimos cuarenta años, Minc tiene la reputación de poseer una clarividencia tortuosa, incluso pese a que buena parte de los candidatos que ha respaldado han sido derrotados en las votaciones. Sin embargo, por casualidad, Adrien de Tricornot, un periodista de Le Monde, que trabaja en un edificio cercano a los Campos Elíseos, donde se encuentran las lujosas oficinas de Minc, vio a este salir en compañía... de Emmanuel Macron. A partir de aquí, tenemos que creerle a Adrien de Tricornot, pero es un periodista serio y, sobre todo, el episodio nunca ha sido desmentido. Con pánico a que lo sorprendieran haciendo un doble juego, Macron da media vuelta precipitadamente, entra en el edificio, se abalanza hacia la escalera y desaparece. Tricornot corre tras él y termina encontrándolo en el último piso. Arrinconado, sin salida, fingiendo ridículamente llamar por teléfono: un niño al que han atrapado con la mano en el tarro de mermelada. El periodista, entonces, se da el placer cruel de decirle al futuro Júpiter: “¿Qué pasa, Emmanuel, ya no saludas a los amigos?”

En un momento de la campaña, Macron declaró que la Guyana, departamento francés de ultramar, era una isla, lo que es falso. El error reapareció en muchos sitios y él se defendió diciendo que, por supuesto, sabía que la Guyana no era una isla, pero que, metida entre el océano y la Amazonia, era una especie de isla, más una isla en todo caso que una no isla. Este aplomo de jugador de póker, este terror a ser pillado en el error, los pude observar también en directo cuando lo volví a ver brevemente en la Feria del Libro de Fráncfort. Francia era el país invitado, hizo un discurso de inauguración lleno de referencias culturales, Angela Merkel le respondió en su registro más rústico, después él partió, en medio de una auténtica riada humana, a dar la mano a autores y editores. Todo va bien hasta que el escritor francocongolés Alain Mabanckou se separa de la masa para decirle que ha escuchado su discurso y que tiene un reproche que hacerle. “¿Ah?”, pregunta Macron, dándole la mano. El reproche de Mabanckou es que no ha hablado de la francofonía –es decir, toda la comunidad de habla francesa, especialmente las excolonias–. Sería fácil contestar que, cuando se celebran las relaciones francoalemanas, esto no es el centro del asunto, pero Macron responde otra cosa, mirándolo a los ojos: “¿Hablar de la francofonía? No he hecho otra cosa.” Mabanckou, un poco sorprendido, insiste: “Ni una vez ha citado el nombre de un gran autor de la francofonía, me habría gustado al menos haber oído el de Léopold Sédar Senghor.” “No ha escuchado bien –responde Macron–, he hablado de él.” La situación se vuelve incómoda, cientos de personas estaban allí, y ninguno de ellos ha oído el nombre del gran poeta y político senegalés, igual que Mabanckou y yo. En ese momento, se percibe que el incidente podría crecer, volverse viral, Macron entiende que debe recular, y su forma de recular es decir que, claro, no ha pronunciado literalmente el nombre de Senghor, pero que este nombre se sobreentiende cuando se habla de francofonía, de manera que si se pronuncia una sola vez la palabra “francofonía”, a nadie se le escapa que también estamos hablando de Senghor. (Como dice un antiguo profesor de matemáticas entrevistado en un documental: “En mi materia las cosas son sencillas, en principio: o lo sabes o no. Pero descubrí que hay una tercera posibilidad, y esa tercera posibilidad es el alumno Macron.”)

Cuando pedí el permiso para acompañar y entrevistar a Macron, se daba por hecho que yo sería totalmente libre y que él leería su perfil cuando se publicara en el Guardian, no antes. La única condición: me comprometí a someter a su gabinete sus frases literales, entre comillas. Este compromiso, habitual en la prensa, protege al entrevistado de la extrapolación del periodista, pero también al periodista contra la mala fe del entrevistado: no puede fingir que no ha pronunciado las frases que ha validado, o que han sido deformadas. Tengo delante de mí, en efecto, unas decenas de páginas de notas, salidas de media hora de entrevista en el vuelo hacia Atenas. De estas decenas de páginas de notas sobresale a mi juicio una frase verdaderamente fuerte, verdaderamente hermosa, y esa frase verdaderamente fuerte, verdaderamente hermosa, esta frase que tiene el acento de la verdad, es la que su gabinete me ha prohibido citar. En su lugar me propuso una variante perfectamente formateada, perfectamente aburrida, que ahorro al lector. En su defecto, entonces, aquí van unas muestras de la palabra presidencial: “Pienso que nuestro país está al borde del precipicio, pienso incluso que podría caer. Si no estuviéramos en un momento trágico de nuestra historia, no me habrían elegido. Yo no estoy hecho para presidir un tiempo tranquilo. Mi predecesor, sí, estaba hecho para gobernar en la calma. Yo estoy hecho para la tormenta.” O aquí: “Cuando se quiere llevar un país a alguna parte, hay que avanzar cueste lo que cueste, no ceder, no tomar hábitos, y al mismo tiempo hay que aceptar escuchar. Escuchar a la gente es aceptar su parte de cólera y de sufrimiento, que es irreductible. Yo no estoy aquí para prometer la felicidad pero puedo reconocer esa parte irreductible, esta singularidad de las vidas: es la única manera de respetarlas.” Y esto, además: “Francia no es cínica, pero sus élites piensan que lo es. Francia no está hecha para ser un país posmoderno.” Le oigo decir este tipo de cosas, que son bastante interesantes o en todo caso las dice bien. La voz es juvenil y suave, la frase fluida, natural, persuasiva. Alguna vez, me río un poco, in petto: por ejemplo, cuando dice que para el mundo político y mediático es un meteco: esa es la palabra que emplea, “meteco”, y para describir a Emmanuel Macron es cierto que anima a la sonrisa. ¿Por qué no “paria”, en todo caso? Lo escucho, por tanto, semiencantado –venga, digamos quizá tres cuartos encantado–. Y recuerdo la observación de mi colega Michel Houellebecq: “Intenté entrevistarlo... Con la gente que habla muy bien, francamente, para llegar a que digan algo, una verdad cualquiera, es difícil...”

Sigo buscando la falla. Es mi credo de escritor: todo el mundo tiene una, una parte de sombra y de secreto, una zona de melancolía, y mi oficio consiste en verlas. En Macron, lo mínimo que se puede decir es que no saltan a la vista, pero seguro que existen o al menos espero que existan. Entonces le pregunto qué piensa. La cuestión lo desconcierta un poco. Busca, duda, luego: “¿Mi falla? Quizá que soy claustrofóbico...” Se queda pensativo, y por primera vez oigo entre sus palabras colocadas en formación de batalla algo parecido a unos puntos suspensivos. “... No en el sentido de encerrado, tengo que escapar, y por eso no puedo tener una vida normal. Mi falla, en el fondo, es sin duda que no me gusta la vida normal.” De alguna manera, queda bien: la vida de un tipo que quiere ser presidente y lo consigue no puede ser una vida normal. Y la relación que se tiene con él tampoco puede ser una relación normal. No dejo el terreno, ataco el tema desde otro ángulo. Philippe Besson, un escritor francés que conoce bien, le ha consagrado un libro titulado Un personnage de roman, donde se puede leer esto: “Este hombre tan afectuoso, tan táctil, este hombre que conoce a tanta gente y que tanta gente conoce, este hombre no tiene amigos.” ¿Es eso cierto? Responderá enseguida que de ninguna manera, que tiene pocos amigos de verdad pero que los tiene y que la intimidad es esencial para él. Pero antes de responder cosas razonables, antes de toda reflexión, hay otra cosa que brota: “¡Mi mejor amigo es mi mujer!”

Es tentador ver a Macron como una especie de cyborg, una máquina de seducir desprovista de todo afecto. Es tentador pero nada más pensar eso uno se ve obligado a pensar lo contrario. Porque hay afecto en este caso, incluso una cantidad enorme, y hay que admitir que el joven y ambicioso tecnócrata, el hombre que le dice a cada uno lo que quiere oír, es también, al mismo tiempo, el héroe de una gran historia de amor. Yo creo que esta historia es lo que más les gusta a los franceses y todavía más a las francesas. Las venga de siglos de patriarcado en los que todo el mundo cree normal que un hombre tenga veinticuatro años más que su mujer, pero no lo contrario. Colmo de la transgresión: la mujer que le lleva veinticuatro años parece estar totalmente cómoda y su marido la ama como el primer día.

Retomemos el expediente, bajo este ángulo que se ha hecho casi mitológico: he aquí una mujer, Brigitte Auzière, venida de una sólida burguesía de provincias, casada con un banquero (no un banquero de inversión), madre de tres hijos. Profesora de francés, la acaban de destinar al lycée de La Providence de Amiens, un centro católico a cargo de los jesuitas. En la sala de profesores, solo se habla de un alumno, que deslumbra a todos por su inteligencia y su conocimiento: es el joven Macron. Tiene quince años, viene también de una buena familia burguesa, sus padres son médicos, tiene una apariencia tranquila y agradable, lleva media melena y está más a gusto en compañía de los mayores que de sus compañeros. La señora Auzière da un curso de teatro. Él se matricula, se enamora locamente de ella, dedica dos años a conquistarla. “Nadie es serio cuando tiene diecisiete años”, dice un poema de Rimbaud, y ella, que lo cita al contar la historia, dice riendo: “Él era muy serio a los diecisiete años.” Con mucha seriedad la convenció de que lo que había entre los dos era de por vida, y de que abandonara a su familia por él. Un alumno que se enamora de una profesora guapa y que le hace juramentos románticos no es tan raro. Lo que es más raro es que veintidós años más tarde el alumno y su exprofesora sigan juntos, y que el alumno sea presidente de la República.

Durante el vuelo a Atenas, los observo. Están en la parte central del Falcon 7x, y lo que veo desde donde estoy, a tres metros de distancia, es que se tocan sin parar. Si él se levanta para ir al baño, le abraza la espalda al pasar. Le sonríe, ella levanta la mano para responder a esa sonrisa. Sus miradas se buscan, se encuentran, a menudo se dan la mano. Es asombroso verlo, emocionante, pero aun así: esta intensa intimidad, esa necesidad insaciable que tienen uno del otro, la muestran como si posaran todo el tiempo para la portada de una revista del corazón. Y uno se pregunta: ¿habrá ahí una parte de teatro? ¿De storytelling cuidadosamente puesto en escena? Quizá, pero ¿quién cubrirá qué? ¿Qué pacto? ¿Qué secreto? Cuando todo parece tan armonioso en la superficie, uno no puede evitar buscar un doble fondo. Al mismo tiempo, me parece evidente que lo que dejan ver no se puede fingir: no tanto tiempo, no todo el tiempo. Podemos interrogarnos sin fin sobre lo que es auténtico y lo que es falso en la personalidad de Macron, pero basta verlo una hora con su esposa para estar seguro de que en él hay una parte de verdad inexpugnable y que esa parte de verdad está ahí: es ella.

Viajé con Brigitte Macron en la vuelta de Atenas, y empecé bastante mal nuestra conversación porque estaba todavía obsesionado por la cuestión de la falla y la melancolía. Le dije que su marido, según todas las apariencias, pensaba su vida en términos de destino. Es verdad, confirmó ella. En tanto un destino, un destino de verdad, supone la adversidad y la derrota, yo me preguntaba qué forma podían cobrar la adversidad y la derrota para un hombre como Emmanuel Macron. Cómo ella, su esposa, imaginaba la retirada de Rusia y el Berézina que, obligatoriamente, le esperaban, o de lo contrario no sería sino un político como tantos otros, no un gran hombre ni un héroe. Cuanto más avanzaba en mi pregunta interminable y lúgubre, más veía la consternación en su rostro habitualmente abierto y lleno de energía. Pero no es una mujer que se ensombrezca mucho tiempo. Aparecieron dos copas de champán en el momento justo: era el cumpleaños de uno de sus jóvenes colaboradores. Ella animó a todos a cantar, con ganas: “Happy birthday to you, Tristan.” Le dijo a Tristan, riendo y moviendo su cascada de cabellos rubios: “¡Tu regalo somos nosotros!”, y pensé que era así como debía ser su clase, en Amiens.

Fue una de esas profesoras que los alumnos adoran, hasta el punto de que se quedan al final de la clase para hablar con ella de Stendhal o de Flaubert. Incluso jubilada, sigue siendo profesora. Asume con buen humor una pedantería leve y encantadora: donde otros dirían “No quiero hablar en el lugar de mi marido”, dice lo que no he oído a nadie más: “No me gusta la prosopopeya” (la prosopopeya, por si no lo sabe, es la figura retórica que consiste en hacer hablar a una persona ausente o una abstracción). Volviendo a mi pregunta, ella observó amablemente que los dos habían tenido su parte de adversidad. “De derrota, sinceramente, no, pero de adversidad sí. Para vivir un amor como el nuestro, tuvimos que blindarnos contra los comentarios maliciosos, las burlas, los chismes. Tuvimos que hacer frente, ser valientes, estar alegres”, y ella estaba alegre al decir eso, tan alegre y simpática como me la habían descrito (a todo el mundo le cae bien). Para terminar, me contó una bonita historia, una historia del curso de teatro. El joven Macron y ella buscan una obra para montar juntos. Hay una que les gusta, del dramaturgo napolitano Eduardo de Filippo: de entrada, una elección bastante particular. El problema es que la obra solo tiene cinco personajes y hay veinticinco alumnos en el curso. No pasa nada: el joven Macron la reescribe, inventando los veinte papeles que faltan. Queda un fragmento del espectáculo, una cinta de vhs que a Brigitte le gustaría ver un día –pero su marido, dice, le ha pedido que espere porque quiere verla con ella.

Como muchos de los que me rodean, he pasado por tres fases con Macron. En la campaña, pensaba: “Algo pasa.” En el momento de la elección, pensé: “Quiero verlo.” Al mismo tiempo, era consciente de que mi voto era un voto de clase: es normal que la gente que está en el lado bueno de la sociedad vote por Macron. Y ahora que está en el poder, pienso: “Estaría bien que lo lograse.” Pero ¿qué sería lograrlo? ¿Entrar en la historia? ¿Transformar Francia? ¿Que crease un país de startups donde cada uno se volviera emprendedor de sí mismo, donde la única ley fuese la de la eficacia? ¿Y después, que refundara Europa, porque en cierto momento Francia puede parecerle poca cosa? Todo es posible. En fin, no imposible. Es posible también que se vuelva loco: es un riesgo, cuando te cae tanto poder encima, tan deprisa. O, simplemente, que fracase, que se una a la galería de políticos ambiciosos que han buscado la “tercera vía” y se han topado con el principio de realidad, para acabar actuando como de costumbre. Ese es su gran miedo, creo. Es lo que le hace decir: “Si no transformo radicalmente este país, será peor que no haber hecho nada.” Entre tanto, está dispuesto a escribir papeles para toda la clase, siempre que sean Brigitte y él quienes dirijan la obra. ~

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Traducción del francés de Daniel Gascón.

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