artículo no publicado

Merlí o la vida de las ideas

Ante la proliferación de series televisivas en plataformas de internet se ha vuelto cada vez más difícil encontrar las perlas escondidas en la montaña de estiércol. La aparente variedad de la oferta es engañosa, sobre todo en materia de series policiacas, porque los cartabones de mercadotecnia que siguen al pie de la letra los productores de Estados Unidos (y sus imitadores de todo el mundo) tienden a mecanizar el entretenimiento, como en los bodrios más ramplones de la televisión abierta. Por fortuna, la internacionalización de Netflix, que produce o compra series habladas en cualquier lengua, está ofreciendo al televidente un abanico de opciones que puede vacunarlo contra la plaga del refrito disimulado. La serie catalana Merlí es una de las sorpresas más gratas de esta apertura. Su tema es el aprendizaje de la libertad. Los personajes: un grupo de adolescentes y un profesor de filosofía desempleado que al inicio de la serie pierde su departamento por insolvencia económica. Bordea ya los sesenta años, de modo que según los valores burgueses podría ser considerado un perdedor. Pero como Sócrates o Diógenes, Merlí desprecia los bienes materiales y los signos de estatus con una alegre convicción subversiva que no está fundada en la humildad, sino en la conciencia de su valía.

 

Rebelde, provocador, enamoradizo, dotado con un sexto sentido para escrutar las almas, Merlí personifica a la inteligencia en rebeldía contra el pensamiento autoritario. Cuando regresa a la docencia en la misma preparatoria pública donde estudia su hijo, el aparente perdedor muestra un talento pedagógico excepcional: despierta el espíritu crítico de sus alumnos, les inculca el maleficio de la duda, saca de su letargo burocrático a los demás profesores, coloca al director en graves dilemas y seduce con desparpajo a maestras y madres de familia, como si la magia implícita en su nombre le allanara el acceso a todos los corazones y a todas las camas. Pero no hay nada sobrenatural en su comportamiento ni en la influencia que ejerce sobre la comunidad escolar: solo una firme confianza en la capacidad transformadora de las ideas. El protagonista debe gran parte de su carisma al talento histriónico de Francesc Orella. ¿Por qué no le ha sacado más partido el cine español?

 

Merlí se gana muy pronto el respeto de los alumnos, pero también la enemistad de Eugeni, un mediocre maestro de literatura que obliga a los alumnos a memorizar fichas biográficas de autores canónicos y, por falta de talento para imponerse a las fieras, emplea como latiguillo el argumento de autoridad. Merlí tiene otra clase de autoridad, la que se obtiene por medio de la persuasión y la simpatía. Con esas virtudes se echa en la bolsa a todos los alumnos del salón menos a su propio hijo, Bruno, un adolescente gay abrumado por la culpa y el miedo al repudio social. Merlí se desvive por sacarlo del clóset, pero él se aferra con uñas y dientes a una ilusoria normalidad. Esta inversión de papeles es uno de los muchos aspectos originales de una serie ligera, pero incisiva, en la que el humor no trivializa los conflictos de los adolescentes: más bien los observa con una perspectiva irónica y liberadora. El escritor Héctor Lozano y el director Eduard Cortés entienden muy bien las encrucijadas decisivas en la formación del carácter. Haberlas dramatizado con una mirada empática y a la vez irónica es uno de los grandes aciertos de la serie. El otro es la ingeniosa estructura que vincula las lecciones de Merlí con los vuelcos de la trama. En cada capítulo, los postulados básicos de distintas corrientes filosóficas (los peripatéticos, los escépticos, los epicúreos, Nietzsche, Schopenhauer, etcétera) aclaran las disyuntivas existenciales de los alumnos o subrayan las paradojas de su conducta. Las ideas filosóficas transformadas en seres vivos contribuyen a mantener la tensión dramática, y de paso, a incitar la curiosidad intelectual del espectador.

Antes de ver Merlí yo era alérgico a las teleseries de colegiales, tal vez porque las nauseabundas películas de preparatorianos pergeñadas en Hollywood me habían vacunado contra el género. Ahora me queda claro que su error es tener un concepto muy estrecho de la educación. En Merlí, por el contrario, la educación es la higiene del alma y por lo tanto, abarca todos los aspectos de la existencia. Ojalá llegue pronto a México la segunda temporada de este garbanzo de a libra. ~


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