artículo no publicado

Luces y sombras de McCullers

Lula Carson Smith –McCullers al casarse con Reeves McCullers, quien soñó, con los nervios y el alcohol, ser un escritor reconocido pero fracasó en su intento y solo el suicidio le dio la paz eterna– es autora de relatos y novelas notables. Discípula de Chéjov y emblema de Raymond Carver, sus cuentos son capítulos de un todo ausente, estampas donde la añoranza y la grieta emocional mezclan sus turbaciones; escritura desde la enfermedad, repasa los días de hombres y mujeres destruidos, sin destino ni ilusiones: escritores, obreros, enfermos, niños angustiados, músicos malogrados –Carson estudió piano en su niñez y esta actividad fue primordial en su vida hasta la adolescencia.

En sus relatos, McCullers dibuja con tonos grises y brumosos a individuos que deambulan por madrugadas frías, mamarrachos en busca de la felicidad etílica, intelectuales muertos de hambre que jamás lograrán el éxito. Sus personajes se acomodan en dilemas existenciales para perderlo todo. Sin embargo, a pesar de contar con un puñado de cuentos admirables, su consagración como narradora vendría con su primera novela, El corazón es un cazador solitario.

La novela de McCullers es un esplendor siniestro en el mundo de la literatura, una obra capaz de situar a un autor entre los elegidos –del mismo modo en que lo han hecho Una soledad demasiado ruidosa de Hrabal o Infancia y mocedades de Adrian Zograffi de Istrati–. La historia sigue a un sordomudo, John Singer, que vive con un amigo griego, un Pantagruel melancólico, en iguales condiciones de nostalgia. Pero un día el griego deja de ser un bonachón, pierde la razón hasta ser internado y muere vencido por la demencia. El sordomudo, afectado por el deceso de su camarada, cambia de casa y ocupa una pequeña vivienda a la cual llegan visitas tan raras como inolvidables: entre otros, un obrero alcohólico y una niña encantada por la música clásica. Para hacer más cómoda la estancia, Singer compra un radio para sus visitantes y pasa sus días enfrentado a la violencia, la fe rota y la desesperación de sus nuevos amigos.

Como es patente en otras de sus novelas –por ejemplo, Frankie y la boda, en la que somos testigos de la noche más oscura de una niña cuando llega al umbral de la adolescencia, o Reflejos en un ojo dorado, en la que la historia de un militar que mira excitado sexualmente a un joven soldado culmina en asesinato–, McCullers posee las anécdotas y los personajes, pero en ocasiones es vencida por la ocurrencia irrelevante y la resolución atropellada. Eso le ocurre en La balada del café triste, donde una mujer abandonada por su marido –alta, ruda y bizca, dueña de un almacén que deriva en cafetería– ve alterada su rutina con el arribo al pueblo de un enano andrajoso y jorobado que dice ser su pariente. La presencia del enano, adoptado por la mujer, despierta la curiosidad de un pueblo apagado y reseco; las intrigas aumentan cuando el esposo regresa a su hogar; entonces, entre los tres, se despliega una relación marcada por el desprecio.

En esta obra, McCullers reúne a dos personajes singulares pero transforma su acierto en bufonada y horror artificial. Con la presencia del enano y del marido de vuelta, la historia crece en cuanto a misterio y después se desplaza hacia lo grotesco, para asentarse, sin más, en el terreno de lo retorcido. De la pelea feroz del matrimonio, al final de la obra, mejor ni hablar: resulta prescindible.

El corazón es un cazador solitario nunca cae en estos pantanos; no llega a lo ridículo ni al esperpento. El señor Singer es un hombre frágil, jamás irrisorio; el alcohólico, en el filo de lo patético, encarna la voz del hombre aniquilado, pero dispuesto a levantarse para compartir una bondad áspera. El propósito de McCullers no fue solo contar la vida del señor Singer, de la turbulenta Mick, del borracho brutal o del idealista doctor negro. La escritora ofrece un corazón y sus arterias: un pueblo con sus vibraciones existenciales: la tristeza es el centro; le siguen la música, el alcoholismo, la lealtad taciturna, la rutina de los condenados. Y, sí, matiza la novela una dulzura tenue, lejana, trágica.

Carson McCullers murió en 1967, en Nueva York, luego de una vida marcada por la enfermedad crónica, la gloria literaria, los intentos de suicidio, las relaciones tormentosas con su marido y amoríos con amigas y amigos. Postrada en hospitales o al cuidado de su madre, escribió como vivió: en un torbellino de alcohol, medicamentos, depresiones y, para salvarse, atenta a la música y a los libros. ~


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