artículo no publicado

José Luis Cuevas en dos tiempos

1. En la época en que Fernando Benítez inventaba la Zona Rosa desde México en la Cultura se apareció por la Galería Prisse, o quizá fue en la Proteo, un adolescente delgado, de frente voluntariosa, mirada metálica y mandíbula tensa, con una precoz y sombría dureza en una sonrisa que era como la elaborada coraza de una timidez de huesos adentro. De su gris gabardina bogartiana extrajo un cartapacio del cual fue sacando cartulinas con dibujos a la tinta china, a la aguada, al carboncillo, a la punta seca. Gironella, Bartolí, Covisa y yo (me parece que esos estábamos, pero ya se sabe que la memoria, esa piadosa argucia del olvido, baraja seres y cosas y gestos a su manera) parpadeábamos de asombro y acaso de incredulidad ante aquellos finísimos tonos y rayas, aquellos claroscuros y tenues colores que componían una tenebrosa comedia humana de rostros lancinantes, de cuerpos de delirio, de miradas flotantes en un tranquilo clima de espanto: era aquello una dispersa desbandada hacia la muerte, un desfile salvaje y triste, una humanidad pasada por el vitriolo de la locura, por la miseria y el dolor tanto físicos como espirituales: cuerpos y almas de prisión, de burdel, de manicomio, que fosforescían con alguna inexplicable belleza de submundo, y todo tratado con la delicadeza de un Hokusai nuevo, inesperado. Debimos soltar muchas frases de sorpresa y admiración, y José Luis Cuevas (pues, como decían los antiguos folletines, “tal es el nombre de nuestro personaje brotado de la nada”) nos oía silencioso, atrincherado ya en el firme orgullo de su talento, en la prefiguración de su carrera ascendente. Más tarde (o tal vez en otro día y con otros personajes, pero con él) fuimos a gustar una prodigiosa paella a casa de otro pintor, no sé quién (aquí la memoria definitivamente se niega), donde José Luis comía callado y finalmente dejó las almejas sin abrir y se le preguntó si el plato le había gustado y dijo que sí, muy sabroso, “menos esas piedras”. Rasgo de su fingida inocencia que era, para nosotros, el primer peldaño de su anecdotario.

2. Veinte años después, o más (la memoria es un mal contador privado), veo a José Luis tal como José Luis lo quiere: una fiera que desde su peñasco a veces lúcido ha dominado el mundito artístico mexicano, un dandi risueñamente desafiante, un ave de presa cuya garra está en su mirada. Ha madurado, no pudo evitarlo, pero en la sonrisa sigue habiendo tensión, en los ojos claros permanece un riesgo de fragilidad al acecho. Y mientras sigue sobrepoblando sus finos, elegidísimos papeles de elegantes marcas, con figuras humanas de pesadilla e infierno cotidianos, es de advertir que la mano minuciosa trazadora de esa corte, de esa cohorte, de esas semblanzas inscritas en pelos y señales, de esa gran comedia de terror, cuando no de horror, es la mano de un ángel pugilista, por eso lleva muñequera de cuero. Siempre hace boxeo de sombra, siempre mantiene el fuego nutrido de zarpazos, de caricias sarcásticas contra el ninguneo, contra el importamadrismo, y contra la mediocridad y la mierdocridad, aun si vienen de próceres del arte marmóreo, inmortalmente ranchero y de sombrerote, guitarrazo y machismo politicón. Y esa mano feroz sigue siendo la mano cálida del muchacho amigo. ~

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Ciudad de México, 1979, escrito para un libro colectivo sobre Cuevas que, hasta donde sé, no fue impreso.


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