artículo no publicado

Hugo Hiriart cumple 75 años

Hace días pasé una hora completa en un avión que no se movía. Era el segundo avión, pues el primero se había descompuesto (también en aquel estuvimos una hora, esperando a que despegara) y por lo mismo nos tuvieron que cambiar. Yo releía La destrucción de todas las cosas, la novela de Hugo Hiriart que me había parecido hasta entonces deliciosamente delirante, y ahí me di cuenta de que no era sino realismo puro. En aquella novela, los marcianos invaden el mundo y los primeros indicios de su presencia consisten en que las escenas de la vida se repiten. Páginas adelante, el presidente decide que para remediar la invasión, él y una larga comitiva irán en busca de cierto animal, el mrobro. Lo hacen desplazándose en un avión que no puede volar. Así, temo decirles que todo es real y los marcianos nos han invadido.

Soy de la generación que leyó y disfrutó Galaor como puesta al día de dos géneros ya antiguos: novela de caballerías y novela por entregas o folletín, en el antiquísimo suplemento de Unomásuno. De la que presenció con asombro y admiración Minotastasio y su familia. La que soñó a la gitana con barbas en El tablero de las pasiones de juguete. La que asistió a Ámbar en el Cervantino, la que, tras ver Intimidad con aquel bebé gigantesco, reconsideró las relaciones de pareja, la que leyó maravillada la imaginería pródiga y detallada de los Cuadernos de Gofa, la que vivió con una mezcla de sorpresa y angustia La destrucción de todas las cosas. A lo largo de los años, las obras, los libros, las películas y los artículos de Hugo Hiriart han sido para nosotros una especie de compañía salvadora, el recordatorio constante de que su imaginación activa, infantil y cultísima, capaz de relacionar a las cosas entre sí con la gula misteriosa de los sueños, extenderá nuestro pensamiento hacia lugares desconocidos.

Los muchos y diversos ámbitos en los que Hugo Hiriart ha desplegado este trabajo del pensamiento y la creación inagotable me hacen pensar en un titiritero magistral, ocupado en desentrañar y recrear mecanismos, en echar a andar ensayos sorprendentes como autómatas, espectáculos absorbentes, para hablar de la mosca y las fábulas, de las telarañas y la caligrafía, del ajedrez y el detalle, en abarcar toda clase de temas, los grandes y los pequeños, con la curiosidad del naturalista y la naturalidad de la conversación. Es la misma curiosidad de los gabinetes de especímenes que aparece con detalle en los borgianos Cuadernos de Gofa y su civilización milenaria e imaginaria. Tanto su teatro como su narrativa cuentan historias en las que siempre suceden cosas extraordinarias, no en el sentido convencional de lo que sale de la normalidad sino en el de las imágenes que deforman u otorgan misteriosa gracia a los sueños y la divagación libre, no porque busque lo raro sino porque su concepción del mundo tiene un lado distinto e infantil.

La erudición de Hugo Hiriart es vastísima pero también muy generosa. Su arte del ensayo, que se muestra en los reunidos en Disertación sobre las telarañas o Discutibles fantasmas –muchos de los cuales han andado por el mundo en suplementos y en Letras Libres, abriendo huecos libres y pródigos en nuestros domingos somnolientos–, es un teatro de las palabras que desarrolla las ideas y los ejemplos con juguetona inteligencia, disertación que camina un poco al estilo de Sterne.

Yo no sé si alguien ha dicho algo sobre los nombres que inventa Hugo. Nombres de personajes, de países, de animales, nombres siempre un poco infantiles, un poco comestibles también. En Discutibles fantasmas él habla precisamente del nombre, del nombrar como una atribución divina pues al nombrarlas se les da existencia a las cosas. El naturalista busca nombrar a sus creaciones inexistentes con nombres igualmente inexistentes, y así nuestro mundo está poblado de seres que se llaman Dódolo, Glogo, Carapanzo, nombres sonoros y a la vez comestibles que parecen provenir del teatro de marionetas con su gracia levemente siniestra.

Paradójicamente, quienes pertenecemos a esta generación de jóvenes que hemos seguido a Hugo Hiriart a lo largo de las décadas, hemos dejado de serlo, pero Hugo no, y eso que este año cumple 75. ¿Cómo lo hace? Debe existir un nombre para eso. También sé que Hugo Hiriart tiene algo de adivino. Como les decía, los marcianos nos han invadido, lo he podido comprobar. ~


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