artículo no publicado
Ilustración: Martín Kovensky

"He vivido en un trauma privilegiado" (entrevista con Norman Manea)

Norman Manea (Bukovina, Rumania, 1936) fue trasladado a los cinco años al campo de concentración de Transnistria (Ucrania) junto con su familia por su origen judío. En 1945 regresó a Rumania, donde participó de la efervescencia comunista. Estudió ingeniería, y desde 1974 se dedicó en exclusiva a la literatura. Su temprana separación de la doctrina oficial comunista, y poco más tarde también nacionalista, lo convirtió en escritor incómodo, con dificultades para publicar sus libros. En su artículo autobiográfico “El informe del censor” explica el absurdo proceso editorial en la Rumania de Ceaucescu: “Todos estábamos atrapados por el mismo mecanismo aplastante. Sin la dudosa relación entre tenacidad y duplicidad, sin relaciones personales e insistencia no habría aparecido ninguno de los libros que, finalmente, lograron atravesar la tupida red de la Policía de la Palabra.”

En 1986 recibió una beca en Alemania y consiguió exiliarse de su país. Vive en Estados Unidos desde hace veinte años.

En castellano han aparecido varias de sus obras de ficción –las novelas Octubre a las ocho (Emecé) y El sobre negro (Metáfora) y la recopilación de relatos Felicidad obligatoria (Tusquets)–, una selección de artículos –Payasos  / El dictador y el artista (Tusquets)– y un libro autobiográfico, el mejor de los suyos y el más turbador, El regreso del húligan (Tusquets), en el que se presenta como un adolescente utilizado por el partido, como ingeniero incapaz y como escritor castrado y espiado por amigos y por enemigos; como comunista rechazado por negarse a las pamemas del régimen y como intelectual rechazado por los intelectuales oficiales y como judío rechazado por no obedecer las consignas del judaísmo tolerado.

La cita es en un hotel de la Gran Vía de Madrid. La hispanista rumana Ioana Zlotescu, amiga de Norman Manea, especialista en la obra de Gómez de la Serna y anterior directora del Instituto Cervantes de Bucarest, me acompaña en la entrevista como intérprete de lujo.

Norman Manea tiene la mirada menos dura que en sus fotografías, sonríe abiertamente, tiene un aire juvenil y muestra mucha curiosidad por lo que ve, por lo que pasa. Lo primero de lo que habla es de sus recuerdos de Octavio Paz. Cuenta los ataques que recibieron de la izquierda en un encuentro celebrado en México.

No me resulta nada extraño que las primeras palabras que escucho de un escritor que ha vivido cincuenta años de su vida aplastado por dictaduras, la nazi y la comunista, sean una defensa de la libertad y una crítica del dogma.

 

 

Nunca he hablado con un superviviente de un campo de concentración, y no quiero parecer un turista del horror, pero no puedo evitar empezar por preguntarle por su estancia en el campo de concentración de Transnitria.

Cuando era niño, era un pequeño salvaje. Sentía pavor, frío, hambre... pero esas sensaciones no pasaban por mi “conciencia”, eran sólo una sensación, porque yo dependía completamente de mis padres, que hicieron todo lo posible por protegerme en el Lager. [Lager es la palabra que Manea emplea para referirse al campo de concentración, y es como si realmente se tratara de un nombre propio y no de un nombre común.] La vuelta a Rumania fue un momento de extraordinaria exaltación. Me sentí feliz. El milagro de la banalidad cotidiana, de una vida protegida, fue eso: un milagro. Este despertar a la normalidad continuó en los años siguientes, a pesar de que la situación en Rumania se complicaba cada vez más. La “confusión feliz” de la posguerra se acabó y se consolidó el Estado comunista de un solo partido, pero continuó mi exaltación. Caí en las redes del Partido Comunista. Ese proyecto utópico era atractivo para un niño. Trabajé incluso abnegadamente ante esta idea. Tuve problemas con la familia. No soportaba volver a la psicosis del gueto, quería pertenecer a una comunidad mayor, universal, como parecía ser la idea comunista. Pero como no era muy tonto, y no perseguía la carrera política, desperté bastante pronto. A los dieciséis años la historia había terminado. Y pude volver de una pesadilla.

 

Habla de la protección que le dieron sus padres en el campo de concentración y en El regreso del húligan hace un retrato muy penetrante de ellos. E incluso incluye un texto que hizo escribir a su padre sobre su propia vida, maravilloso en su concisión sintáctica y brutal en su significado: su padre era un gran ser humano, y quisieron destruirlo brutalmente.

Retrospectivamente, mi admiración por mi padre aumenta. Pasó situaciones muy difíciles y él llevaba su sufrimiento con una gran sobriedad. De una manera muy digna. Me sentí muy indignado cuando leí en una revista rumana de extrema derecha que El regreso del húligan pone de manifiesto que no hubo Holocausto, que no hubo sufrimiento y que mi padre se escapó del Lager para pasarse a los rusos porque era comunista. Todo lo contrario a lo que escribo en el libro y... todo lo contrario a la verdad. Mi padre no tenía simpatía por los rusos, perteneció al ejército rumano y habría ido al frente. Habría ido al frente... si los judíos hubieran podido ir al frente, pero lo tenían prohibido. La misma manipulación de antes. Volví a sufrir, esta vez por mi padre, porque yo ya estaba acostumbrado a los insultos. Mi padre demostró un gran coraje. Abandonó Rumania a los ochenta años para instalarse en Israel. Él llevó adelante la tramitación, la mudanza, el viaje... Los últimos siete años de su vida los vivió en una enorme soledad en Jerusalén. Yo estaba en Estados Unidos en una situación no demasiado buena, pero iba dos veces al año a visitarlo. El final de una vida con muchas dificultades para alguien que empezó a los nueve años, huérfano, que tuvo miles de trabajos pero que quiso también estudiar. Fue el único de su familia que siguió los estudios. Un hombre hecho a sí mismo. [Norman Manea hace una pausa bastante prolongada.] Noto mucho su ausencia. Mis padres eran muy distintos y no se influyeron recíprocamente nunca. Mi preferido era mi padre, pero me parezco más a mi madre. Una vez le confesé a un amigo que no soportaba las obsesiones de mi madre. Él me dijo que ella había sido quien me había dado el talento. No era culta, pero tenía un sentido especial del drama humano. No sé si existe el gen del talento, pero hay un dicho judío que a lo mejor explica algo: “¿Por qué nunca los hijos de los sabios son sabios? Para que no se crea que la sabiduría se puede heredar.” Volviendo a la falsificación de ese detalle biográfico de mi padre (que había dejado el Lager para unirse al ejército soviético): el Lager fue liberado por los soviéticos y todos los hombres, esqueléticos, fueron reclutados por el ejército rojo, sin preparación militar. Los rumanos deberían aplaudir a mi padre porque abandonó el ejército rojo que invadió Rumania. Lo que sé es que si mis padres siguieran vivos no habría podido escribir un libro como El regreso del húligan.

 

Me gustaría hablar de algunos escritores rumanos de los que habla a menudo en sus libros. Quizá el más importante de ellos sea Mihail Sebastian (1907-1945), escritor, judío, rumano, disidente, y en especial las reflexiones que dejó en su Diario (1935-1944) (Destino, 2003).

Me identifico con Mihail Sebastian desde el punto de vista intelectual, pero no necesariamente desde el punto de vista artístico. Definió mi posición de solitario, de alguien que nunca tomó partido, siempre disidente... Su situación en Rumania y en la comunidad judía después de publicar su novela De două mii de ani [dos mil años] fue violenta: ataques de la derecha, de la izquierda y de la comunidad judía. Sebastian le pidió un prólogo a su maestro, Nae Ionescu. Desde el momento de prometerle el prólogo hasta que se publicó la novela (tres años después), Nae Ionescu se había convertido en partidario de la Guardia de Hierro, el fascismo rumano. El prólogo era una condena a muerte. Nae Ionescu afirmaba que no se podía ser rumano sin ser cristiano ortodoxo, y cualquier conversión era falsa. Así que no había salida para Sebastian. Era rumano, educado en la cultura rumana y era un judío del Danubio. En el prólogo le llamaba con su nombre judío, Iosif Hechter, y le preguntaba: “¿No sientes cómo llega el frío?” Sebastian fue a hablar con Mircea Eliade y le dijo que se trataba de una condena a muerte. Sebastian no sospechaba que muchos de sus amigos evolucionarían a la derecha, y que su situación iba a ser un callejón sin salida. Como dice en el Diario: te sientes abrazado por el frío cuando entras en la habitación de tus amigos y se detiene la conversación. Fueron tiempos confusos y esto potenciaba el estado de incertidumbre y de pavor. La prensa judía lo atacó duramente por aceptar el prólogo antisemita... y la prensa rumana lo atacó diciendo que era un “juego”. Estaba viviendo en una tremenda soledad.

 

Norman Manea le pregunta a Ioana Zlotescu acerca del uso social del usted. Le pregunta cuál es la forma natural en España y me pide que lo tutee, después de hablar sobre la hipocresía rumana del trato de cortesía.

 

¿Y tú sentiste durante la dictadura de Ceaucescu el frío en una habitación, sentiste cómo se paraban las conversaciones de tus amigos?

Viví otra época. Todo el mundo vivía una solidaridad contra el sistema... y si había antisemitismo no estaba en mis amigos. El Estado sí era antisemita. Todos pertenecíamos al mismo mundo y todos nos sentíamos judíos, perseguidos. Tras 1989 [que fue el año de la muerte de Ceaucescu y la caída de la dictadura comunista en Rumania], cuando se destapó la olla en la que se cocían, volvió a aparecer lo que se cocinaba abajo y los judíos volvieron a ser “malos” o “los que trajeron al ejército rojo” o “agentes del imperialismo”. Todo el abanico de suspicacias. Hubo muchos ataques antisemitas contra mí por los comunistas: me consideraban un extraterritorial. Pero esos ataques nunca vinieron de mis amigos. Surgían de los intelectuales oficiales que me concedieron otros títulos, como “el enano de Jerusalén”, “el hombre que come sándwiches apoyado en la Casa Blanca”. Para algunos críticos yo sólo era “medio rumano”. No soy religioso, así que ¡cómo iba a cambiar de religión! No puede haber tantos dioses. De existir, habrá un solo dios. En Los Ángeles hay 250 sectas cristianas; pero ¿hay 250 dioses? No he tenido conflicto con esta situación. En el exilio sentí, cuando me hacía falta, que quizá la fe me habría ayudado, porque yo estaba solo.

 

Hay otro escritor rumano a quien has desenmascarado, amigo en una época de Mihail Sebastian: Mircea Eliade (1907-1986), con un gran prestigio internacional por sus estudios sobre las religiones y los mitos, que vivió como tú en Estados Unidos. En “Felix culpa”, un largo texto sobre Mircea Eliade incluido en Payasos / El dictador y el artista, escribes, reprochándole su condición nazi: “Únicamente el reconocimiento del error puede respaldar una ruptura auténtica con ese error. ¿Acaso no es la honestidad, a fin de cuentas, el enemigo moral del totalitarismo? ¿Y no es la conciencia (el examen crítico de las preguntas incómodas, es decir, el compromiso ético y lúcido) la prueba última del distanciamiento de las fuerzas corruptas de la ideología totalitaria? Fuerzas éstas en absoluto simples y directas, que actúan por vías indirectas y complejas sobre la vulnerabilidad humana.”

El problema de Mircea Eliade, desde los comienzos, se convirtió en un gran problema. Era muy difícil para mí escribir de Eliade porque la bibliografía era muy pobre y no se podía acceder a los archivos. Creo que “Felix culpa” es un texto equilibrado en torno a un personaje complicado. Yo sabía lo que me esperaba, incluso matizando mucho, y la respuesta rumana ha estado por encima de mis expectativas negativas. Han pasado dieciséis años desde que lo escribí, era una reseña del último tomo de su Diario y ni siquiera hoy se ha olvidado. Después aparecieron libros que confirmaron mis certezas y también mis intuiciones. El problema de Eliade no es sólo de Eliade, así lo dije y lo sigo pensando hoy, es un problema de la elite intelectual rumana: muy dotada culturalmente, aparentemente occidentalizada, pero en el fondo retrógrada y con los tics bizantinos de toda la vida. Cuando Eliade, en el Diario portugués (1941-1945) [publicado en castellano por Kairós], está desesperado por el fracaso alemán, nos podemos preguntar cómo un intelectual que vivió la guerra en un país neutral, donde estaba toda la información, quedó colgado en esa asombrosa perspectiva. Hace muy poco escuché en la tele que decían que durante la Segunda Guerra Mundial Eliade estaba sólo preocupado por los rumanos, y me planteé de nuevo las preguntas: “¿Qué es ser rumano?, ¿era Mihail Sebastian rumano?” Si Alemania hubiera ganado la guerra, yo no habría sobrevivido ni tampoco Sebastian, y los dos somos rumanos, y éste es el meollo de un pensamiento que tiene ambigüedades culpables.

 

Sin duda, te sientes mucho más cerca de Eugène Ionesco (1909-1970) y has hablado, en relación con su obra El rinoceronte (editada por Alianza en su versión teatral y por Abada en su versión narrativa), de una “rinocerontización” de Rumania. En los Diarios (recién reeditados por Páginas de Espuma), Ionesco escribe mucho sobre la memoria y el recuerdo, y en una anotación escribe algo que me parece muy cercano a tu obra: “Tenemos el pasado detrás de nosotros, el porvenir delante. No se ve el porvenir, se ve el pasado. Es curioso, porque no tenemos los ojos en la espalda.”

Me siento muy cercano a Ionesco. Me reconozco en su humor absurdo, que tiene raíces rumanas. Pero Ionesco es un escritor francés. Me gusta su paradójica lucidez, porque era un artista muy iconoclasta, tan vanguardista... Y también me gusta mucho su actitud política: fue antinazi en una Rumania pronazi y anticomunista en una escena francesa pueril y frívola y procomunista.

 

Aunque también estuvo con los legionarios fascistas rumanos, sientes simpatías por otro escritor muy relevante en el último tercio del siglo XX, E.M. Cioran (1911-1995).

Cioran es nihilista, sardónico, con un agudo sentido del humor. Es un melancólico que se refugia en el sarcasmo. Su adhesión al movimiento legionario fue mucho más fervorosa que la de Mircea Eliade, pero después pasó por un proceso de introspección. En sus Diarios evoca varias conversaciones con Eugène Ionesco en las que Cioran, abochornado, avergonzado, le pregunta a Ionesco: “¿Cómo he podido ser tan idiota?” Y Ionesco le responde: “No eras idiota. Estabas loco.” El antisemitismo de Cioran es la misma forma de nihilismo. Él escribió cosas del pueblo rumano, cosas mucho más terribles que de los judíos. En cualquier caso, resulta más difícil enfrentarte a alguien que ve los defectos de la gente. Estaba en su temperamento. Son un poco ridículas y difíciles de justificar frases de Cioran como que “Hitler es el mejor hombre de la historia”. Sin duda, Cioran tenía motivos para avergonzarse. No he ignorado estas lucubraciones, pero está claro por qué he guardado cierta simpatía por él. Cioran no dijo, como Eliade, que “nosotros los legionarios haremos un país como la luna que está en el cielo”. Cioran dijo que lo primero que había que hacer era “prender fuego a este burdel”. Cioran me parece un extraño, un raro. Un legionario romántico.

 

Cuando Manea habla de Cioran, y aunque sé que hay algunos paralelismos sé que son pobres, pienso en Dionisio Ridruejo, un falangista también “arrepentido” y que también podría ser considerado como “romántico”.

 

Hemos hablado de Ionesco y de Cioran, que abandonaron el rumano para escribir en francés. También otros exiliados del comunismo, como Milan Kundera, han dejado de escribir en su idioma. En tus libros has escrito mucho sobre la lengua, e incluso has hablado de tu sueño de despertar en una América que “hablara rumano”.

Si me hubiese quedado en Europa (en Alemania o en Francia), quizá podría haber cambiado el idioma de mi escritura... pero en Estados Unidos, donde llegué sin hablar inglés, cuando ya no era joven... ahora estoy contento de poderme defender con la lengua social y puedo dar clases, pero tengo un gran respeto por la lengua literaria y no quiero adentrarme en esa impostura.

 

¿Cómo has vivido tu exilio y ahora tu condición de extranjero en Estados Unidos?

Quiero acabar una novela que se llama, de forma provisional,  La  impostura. Des-de hace años me torturo con ella. Trata del exilio y una de las facetas desde la que miro el exilio es la impostura. ¿Qué es la impostura? Es cuando asumes un papel que no es el tuyo. En el exilio te ves obligado muchas veces a representar un papel para poder asumir lo desconocido. Eres como un mimo. El exilio tiene muchos aspectos. En los últimos veinte años aprecio cada vez más el exilio como una experiencia benéfica, una experiencia humana fundamental: como un trauma privilegiado.

 

Lo que dices del exiliado como mimo me recuerda a tus reflexiones sobre las relaciones entre el payaso y el dictador. Allí escribías: “¿Se habrá encarnado el Mal sólo en mensajeros tan mezquinos y ridículos? ¿Acaso el grandioso emblema del infierno sólo se manifiesta en esos estúpidos, aunque terribles, pantomimos balbucientes?”

El aspecto burlesco de la vida me ha preocupado dentro del universo grotesco en el que he vivido. Tengo que decir que he encontrado menos estímulos en esta preocupación en el mundo libre.

 

Aharon Appelfeld (Czernowitz, Rumania, 1932), con el que tienes más de una afinidad, como el campo de concentración y el exilio, escribió en su autobiografía, Historia de una vida (Península), que la obra de Kafka no era para él literatura de ficción sino su biografía: cómo se había convertido en un insecto.

Sí, la misma realidad en la que vivíamos los rumanos, en la que vivía yo. En los relatos de Felicidad obligatoria, describo un universo de pesadilla, cerrado, tenebroso, sin salida. Cuando debuté como prosista en Rumania muchos críticos dijeron que yo era proustiano, y a lo mejor tenían algo de razón, pero la vida que llevé, incluida la época comunista, ha sido cada vez más kafkiana. Y es normal que me haya influido. No podía quedarme indiferente ante la realidad circundante.

 

En esta entrevista hemos hablado mucho del terror, o de los terrores, pero me gustaría terminar hablando de algo muy diferente. En tus libros, y en especial en El regreso del húligan, tiene una gran importancia el amor, que aunque sea fugaz o genere culpa también trae felicidad.

La intimidad era la única salvación en un universo opresivo que dominaba todo. En el amor conseguías retirarte a un lugar donde “algo” se podía guardar lejos del ojo público. Era la única riqueza y la única manera de vivir. Han caído todos los tabúes, pero el amor sigue teniendo esa fuerza. Ocurre lejos y fuera del foco, y no sólo la pulsión erótica. Creo que la relación más profunda, incluso la erótica, queda fuera del ojo. Hay una irradiación que a veces es sentimental; otras, erótica. Se trata de necesitar al otro: la expresión discreta de una atracción, de una imaginación.

 


Me quedan muchas preguntas por hacerle a Norman Manea. Sobre la Rumania contemporánea y sobre Paul Celan, judío y procedente también de Bukovina, y sobre el estado de Israel y sobre Philip Roth y... Nos despedimos comentando que podrá sin duda hablar mucho rumano en España, pues hay una gran cantidad de compatriotas que viven aquí, ya ciudadanos de una Europa democrática. ~

 


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