artículo no publicado

Estafadores y estafados

Es difícil pensar en la crisis que sacudió a Argentina a principios de siglo en otros términos que no sean los de un desfalco. El primero de diciembre de 2001, el presidente Fernando de la Rúa decretó un límite en la disposición de efectivo de doscientos cincuenta pesos argentinos por persona a la semana con el propósito de contener el colapso del sistema bancario. Fue lo que, coloquialmente, se denominó el Corralito, una restricción que un cómico televisivo explicó con mayor claridad que el ministro de Economía al que parodiaba: “Usted podrá visitar a su dinero al banco los días domingo de dieciocho a veinte horas, y se lo darán para que lo toque, para que haga juegos recreativos, para que dialogue con su dinero. Luego se le retira, pero el dinero es suyo, porque el dinero queda en el banco.” El decreto requería de un sigilo comparable a un operativo militar, pero era evidente que hubo personas mejor enteradas que otras –un empleado del ministerio de Economía contó tiempo después que nadie les había avisado nada, pero que “si ves que tu jefe saca la plata del banco, vos hacés lo mismo”–. En los días previos, poseer algún tipo de información privilegiada marcó la diferencia entre despertar en medio del derrumbe y contemplarlo del otro lado de la valla de seguridad.

A quince años de distancia, las imágenes más emblemáticas del desastre –en un extremo, un jubilado exigiendo con una granada de utilería la devolución de sus ahorros y, en el otro, decenas de camiones contratados por las grandes empresas para sacar sus dólares del país– han abierto una brecha ya insalvable entre víctimas y victimarios, embaucados y embaucadores. Esa clara línea divisoria ha marcado, por otra parte, la manera en que los libros retratan aquellos años. «Estafa» fue la palabra que el periodista Lucio Di Matteo utilizó para el subtítulo de su muy informado reportaje acerca del tema (El Corralito. Así se gestó la mayor estafa de la historia argentina, Random House, 2011) y no es asunto menor que al menos tres narraciones ambientadas en la crisis estén escritas en clave policiaca:Nadie ama un policía, de Guillermo Orsi (Almuzara, 2007), La última caravana, de Raúl Argemí (Edebé, 2008), y la ganadora del premio Alfaguara 2016, La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri. Y es comprensible: el género negro parece ofrecer herramientas más eficaces para dibujar lo que la memoria colectiva recuerda como un atraco en toda regla.

De las obras mencionadas, La noche de la Usina es acaso la de mejor factura porque no se centra en desentrañar un misterio sino en construirlo. Algunos habitantes de la localidad ficticia de O’Connor –entre los que se encuentran el exfutbolista Perlassi, su hijo Rodrigo, los hermanos López, el viejo Medina, el otrora anarquista Fontana, el acaudalado Lorgio y su hijo Hernán– reúnen a duras penas el capital necesario para instaurar una cooperativa y poner de nuevo en marcha la desgastada economía de la zona. Para obtener con mayor facilidad un préstamo, el gerente del banco convence a Perlassi de depositar la guita en una cuenta. Un día después, cuando se anuncia el Corralito, los amigos tienen que enfrentarse a la idea de que, en las actuales circunstancias, tardarán dos décadas para disponer de todo su dinero y también a la evidencia de que el efectivo fue a parar a la maleta de un empresario, Fortunato Manzi, que había pedido un generoso préstamo, con la complicidad del gerente. Ese movimiento legal, pero ventajoso, deja en claro en qué lado de la línea se encuentra cada uno de los personajes.

Sacheri ha evitado dos inconvenientes que le habrían impedido avanzar por la vía rápida que necesitaba su relato: el conflicto moral y el desorden social. A fin de no distraerse en esas escenas recurrentes de protestas y saqueos –de todo eso que «pasó en la tele, en la radio y en los diarios», es decir, en Buenos Aires–, el novelista ubica a sus personajes en un pueblo de provincia, donde hasta el delegado municipal ha sido defraudado y no hay nadie contra quién protestar. Emancipada la novela de otros responsables que no sean el gerente y el empresario oportunista, Perlassi y compañía (un grupo formado por «ocho chambones movidos por la desesperación») dirigen todos sus esfuerzos a recuperar el dinero, luego de que, un año más tarde, se enteran de que Manzi ha construido una bóveda en un inmenso terreno recién adquirido en medio de la nada.

La noche de la Usina sostiene su suspenso alrededor de si esta banda improvisada de ladrones logrará o no su cometido y si librará, gracias a su ingenio, obstáculos casi todos prácticos: localizar el punto exacto en donde se encuentra la bóveda, desactivar la alarma, actuar con absoluta discreción. Salvo un desacuerdo aquí o allá y ciertos resquemores familiares, los antagonismos dentro del grupo son inexistentes, no digamos ya los conflictos al interior de cada uno de los personajes. Contada de ese modo da la impresión de que estamos ante una novela sin alma, pero lo que sorprende es toda la vitalidad que Sacheri es capaz de extraer de un universo cuyos elementos pueden describirse en términos tan convencionales. Es mérito suyo la vibrante naturalidad de los diálogos, el humor de las situaciones y su representación de la codicia como una variedad de la paranoia, pero una parte del trabajo ya se encuentra hecho cuando el narrador pide la empatía para personajes con tan pocas fisuras y que pertenecen a un grupo social que es, por decreto, el de los agraviados.

Como novela de la crisis, la de Sacheri se libra demasiado pronto de las contradicciones de las crisis, del caos que propician, de la calma bajo sospecha a la que conducen; como novela de aventuras permite, en cambio, preguntarnos dónde se han ido las buenas historias que, cuando caen en nuestras manos, dejan esa sensación de que las habíamos extrañado todo este tiempo. Que el cine clásico ronde como un fantasma a lo largo de la novela ilustra el encanto y la comodidad de La noche de la Usina: confiar en que la vida puede parecerse, de vez en cuando, a las ficciones que recordamos con emoción. “¿Sabes cuál es tu problema, Fermín? –dice uno de los personajes en un diagnóstico que podría ampliarse a la narración entera–. Mucho cine.”


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