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Entrevista a Lawrence Wright. “El periodismo tiene un carácter casi sagrado: la obtención de la verdad”

Lawrence Wright (Oklahoma, 1947) es uno de los periodistas más reconocidos de Estados Unidos. Staff writer de The New Yorker, sus artículos y crónicas sobre el mundo islámico, los servicios de inteligencia en Estados Unidos o la cienciología funcionan como telescopios que nos acercan a mundos en eclosión. Experto en el polvorín de Medio Oriente –de joven enseñó inglés en la Universidad Americana de El Cairo–, Wright es autor de La torre elevada: Al-Qaeda y los orígenes del 11-s, que obtuvo el Pulitzer en 2007. Con la gracia de un narrador hábil, Wright explica las fuerzas que condujeron a la hecatombe del 11 de septiembre. Una serie de televisión que dramatiza el contenido del libro saldrá pronto a la luz.
Wright es un personaje del Renacimiento: ha escrito reportajes, pero también guiones para películas, obras de teatro y una novela. Lo conocí en el bar Skylark Lounge, donde, detrás de un teclado, acompañaba a su banda de blues. Su audiencia los festejaba bailando en una escena que habría envidiado más de un rodeo. A la mañana siguiente me encontré con Wright en su casa de Austin, Texas. Ahí hablamos de los retos y amenazas del periodismo, de Medio Oriente y de su prolífica obra.

Un encabezado reciente del usa Today dice: “Trump ataca a los medios, niega el caos.” El periodismo atraviesa un momento inusual. ¿Cuáles son los desafíos del oficio en la era Trump?

No me gusta la polarización que caracteriza la relación entre los medios y el gobierno. Pero es una batalla que Donald Trump ha elegido porque le gusta pelearse con todo el mundo. Ha decidido que la prensa es el enemigo, pero es importante que la prensa no caiga en su juego. El trabajo de la prensa es reportar hechos e intentar entender lo que sucede y evitar el partidismo. Pero es muy difícil no tragar el anzuelo cuando un presidente trata de excluirte de la conversación. Los problemas de la prensa se han agravado en la era Trump. En los países con líderes autoritarios, como Turquía, Rusia, o incluso México, donde la labor de los periodistas enfrenta grandes riesgos, el periodismo es casi un deporte de riesgo. Hasta ahora había sido un lujo reportar en Estados Unidos, donde el periodista normalmente no está bajo amenaza. Pero ahora esto podría cambiar, pues si el presidente dice que la prensa es el enemigo del pueblo, este podría actuar en consecuencia.

Trump se ha apropiado del término fake news para denostar a la prensa que lo critica. ¿Esta resignificación es una amenaza para el periodismo?

En nuestra sociedad, el trabajo periodístico tiene un carácter casi sagrado: la obtención de la verdad. Para mí, nada ha sido más obsceno que la contaminación de nuestras fuentes de información. No vi venir el reciente ataque a la prensa en Estados Unidos, a pesar de que viví varios años en el mundo árabe, donde hay muy poca fe en los medios porque están controlados por el gobierno o por grupos de interés. Si no tenemos cuidado, hay un riesgo de que la prensa en Estados Unidos se empiece a parecer a la árabe.

Se ha dicho que la proliferación de noticias falsas se debe a internet y a la capacidad de las redes sociales de compartir esa información.

Para bien o para mal las redes sociales han llegado para quedarse. Tienen, desde luego, una parte positiva. Ahora cualquiera puede ser un reportero: solo se necesita un teléfono inteligente. Todo ello abre un nuevo horizonte para el ejercicio periodístico. En Estados Unidos hemos sabido de casos de abusos policiacos solo porque un ciudadano grabó el incidente en un celular. Los nuevos medios pueden crear conciencia sobre la forma en que se trata a las minorías en Estados Unidos, y eso es positivo. Por otro lado, en las redes sociales la tendencia no es reportar noticias sino amplificar rumores o teorías de la conspiración. Es difícil saber qué es verdadero y qué es falso en el tráfico de información de las redes sociales.

¿Ve alguna solución a este problema?

Facebook o Twitter deberían emprender algún tipo de acción en contra de fuentes que de manera evidente esparcen noticias falsas. Me gustaría ver acciones judiciales por fraude en contra de quienes desinforman a la sociedad. Reconozco, sin embargo, que se trata de un tema espinoso. Algunos humoristas que utilizan la sátira, en medios como The New Yorker, podrían perder un juicio, en buena medida porque es difícil distinguir lo humorístico de lo fraudulento. Eso sería un retroceso de la civilización. Veo una grave tendencia autoritaria que incluye a algunos legisladores. Recientemente un congresista en Austin dijo que los estadounidenses solo deben fiarse de las noticias que vengan de Trump. Cómo distinguir la verdad de la mentira es uno de los grandes desafíos de nuestra sociedad.

Paul Berman decía en estas páginas que el éxito de Trump era inseparable de la crisis de autoridad de algunas instituciones en Estados Unidos, como el periodismo (cuyo financiamiento ha ido a menos). ¿Estaría de acuerdo con esta idea?

En este momento, los ciudadanos sienten poca estima por la prensa. Periódicos como The New York Times o The Wall Street Journal ya no tienen el monopolio de la autoridad y a menudo son desafiados por medios que no tienen como objetivo informar, sino vender o desinformar. La única manera de enfrentar eso es tener una prensa que concite la confianza del público. Desafortunadamente quienes defraudan a sus audiencias en internet permanecen impunes; esa es la razón por la que internet se ha convertido en una especie de película del oeste. Un problema añadido de internet es que refuerza el aislamiento del pensamiento: los lectores solo frecuentan lugares que confirman sus opiniones, una suerte de espejo que a la vez nos resguarda y nos aísla. Nuestra vida política y cultural se ha atomizado a un grado que es peligroso.

Hace algunos días una corte federal de apelaciones en Estados Unidos juzgó improcedente una ley que habría prohibido el ingreso y permanencia en Estados Unidos de ciudadanos de siete países con mayoría musulmana. Usted, que ha investigado el origen y evolución de Al Qaeda y otros grupos terroristas de Medio Oriente, ¿considera acertada esta política de Trump?

Uno de los objetivos de ISIS y Al Qaeda es promover la idea de que Occidente está en guerra contra el islam. Con sus decisiones, Trump parece darles la razón al reforzar esa percepción entre una buena parte de la opinión pública. Europa tiene un gran problema con la inmigración de países musulmanes. Han creado una comunidad que se siente alienada de la sociedad de la que forma parte. El problema es que esto ha generado una reacción por parte de grupos de derecha. La población musulmana es una minoría en Francia, pero es la mayoría en el sistema penitenciario. Este dato es revelador. En contraste, en Estados Unidos la comunidad musulmana está bien integrada en la sociedad. En términos generales, el musulmán promedio en Estados Unidos tiene un alto nivel escolar y de ingresos. Se trata de una historia ejemplar. Por ello, el número de musulmanes que han abrazado la causa terrorista en Estados Unidos es muy reducido. Los refugiados en busca de asilo ya han sido exhaustivamente inspeccionados. La arbitrariedad de la ley de Trump, rechazada por la corte, refleja lo confundida que se encuentra su administración. Otro problema que parece no estar en el radar de Trump es el efecto que la diáspora siria –más o menos la mitad de la población de Siria– puede tener en el orden interno de varios países vecinos, por no hablar de lo que sucede en la Unión Europea. De acuerdo con la UNICEF, la mitad de los cinco millones de refugiados sirios son niños, que podrían ser la base del terrorismo de los próximos años. El statu quo es peligroso y Estados Unidos debería ayudar a estos refugiados, si no por decencia elemental, al menos por su propio interés.

Uno de los principales asesores de Trump, Steve Bannon, concibe el mundo como una lucha de civilizaciones, cuyos principales protagonistas son el cristianismo y el islam.

Esa idea es reduccionista. El islam es un mosaico de culturas. De hecho, los dos grandes grupos en el islam, los chiitas y los sunitas, libran una guerra civil. Lo curioso es la convergencia de ideas. Paradójicamente, el grupo de asesores más cercano a Trump piensa igual que la fracción ideológica más radical de ISIS, ambos creen que hay una guerra de civilizaciones. Ante esta promoción de la simplicidad, lo que debiera hacerse ahora es hablar de lo complejas que son las cosas. Al matizar nuestras interpretaciones contribuimos a encontrar verdaderas soluciones.

Hace diez años se publicó La torre elevada, su libro sobre los acontecimientos que culminaron en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. ¿Qué ha cambiado desde su publicación?

La evolución de ISIS. Cuando estaba haciendo la investigación para La torre elevada, me causaba perplejidad enterarme de que Al Qaeda estaba compuesto por individuos de muchas naciones, pero sobre todo del Levante o Sham, como le llaman en árabe. Después me enteré de que había otro campo de entrenamiento de Al Qaeda al sur del Kurdistán, en Iraq, encabezado por Abu Musab al-Zarqawi. Él era de Jordania y había reclutado gente que procedía del Levante con dinero de Bin Laden, entre otros. Aunque eran personas muy distintas, Bin Laden y Al-Zarqawi tenían objetivos similares. El primero era un multimillonario saudí y el segundo un rufián que se quitó, él mismo, tatuajes con un cuchillo. Recordemos que los tatuajes son tabú en el wahabismo, la rama del islam a la que Al-Zarqawi se convirtió. Los dos personajes querían recrear el califato perdido tras la caída del Imperio otomano. Pero Al-Zarqawi tenía tácticas distintas en mente, empezando por la purificación del islam. Lo primero que había que hacer era comenzar una guerra contra los chiitas. Bin Laden nunca vio Iraq como un país donde su lucha prosperaría, en parte porque es una nación de mayoría chiita.

Se habla de que Sadam Husein dio permiso a Al-Zarqawi de instalarse en Iraq. Estamos hablando de tiempos anteriores a la intervención militar de la coalición angloamericana en 2003.

Dado el control que tenía Husein sobre su territorio es difícil pensar que los campos de entrenamiento de Al-Zarqawi operaran sin que él supiera. No olvidemos que Sadam era suní, como Al-Zarqawi. Cuando el libro se publicó, la guerra de Iraq llevaba ya casi tres años. Al-Zarqawi moriría ese mismo año. Parecía que la organización de Al-Zarqawi vivía sus últimos días. Sin embargo, fue el germen de ISIS. Hay explicaciones teológicas para ISIS. De acuerdo con los dichos del Profeta, en el fin de los tiempos los musulmanes se unirían en Iraq. La última confrontación se llevaría a cabo en Dabiq, nombre, por cierto, de la revista de ISIS.

¿Cuál es la situación actual de ISIS?

Está pasando por momentos difíciles. Una cosa es crear un movimiento terrorista como Al Qaeda y otra pretender administrar un califato, como lo hace ISIS. En vez de ser un movimiento insurgente, funciona casi como un Estado nación. El problema es que ISIS, como Estado nación, es muy débil, un país como Turquía podría destruirlo muy fácilmente.

Estudiosos como Reza Aslan dicen que no hay vínculos entre Al Qaeda y los Hermanos Musulmanes. Sus investigaciones revelan, sin embargo, la existencia de una relación no solo operativa sino ideológica.

Así es. Aunque la relación entre ambos no siempre ha sido amigable. El mundo árabe ha sido por mucho tiempo un terreno fértil para la tiranía, con países gobernados muchas veces por dictaduras militares. La manera en que muchas personas se han opuesto a ellas es acercándose a la mezquita y adentrándose al mundo religioso, buscando maneras de oponerse a las autocracias. De ahí vienen los Hermanos Musulmanes. Gamal Abdel Nasser fue el primero en tratar de destruir estos movimientos. Hay momentos en que los Hermanos Musulmanes han recurrido al terrorismo, sobre todo en los años cincuenta. Pero luego renunciaron a la violencia. Ciertos grupos terroristas, como Al-Jihad, tuvieron su origen en la Hermandad, después de que esta abandonó la vía terrorista. Los Hermanos Musulmanes nacieron como un movimiento que pretendía establecer la sharia de manera pacífica, lo cual me parece legítimo. Sin embargo, la asociación de los Hermanos Musulmanes con movimientos terroristas como Hamás y Hezbolá debilita su legitimidad. Por otro lado, yo respeto mucho a Reza Aslan, su libro El zelote es una formidable recreación del mundo en que vivió Jesús.

Leszek Kołakowski escribió una historia del marxismo en la que argumenta que las ideas de Marx llevarían ineluctablemente a las acciones revolucionarias de Lenin. Quizás algo así suceda con el islamismo, con Sayyid Qutb como Marx y Al-Zawahirí como Lenin.

Es interesante cómo siempre hay un libro detrás del redentorismo. Milestones, de Sayyid Qutb, podría ser considerado lo que El capital fue para el marxismo. Eso pasa en todas las religiones: el Corán, la Biblia. Es divertido pensar que muchos escritores se conciben a sí mismos como habitantes de la torre de marfil, alejados del tremor del mundo, cuando son precisamente las ideas las que cambian el mundo.

Se podría decir que uno de los temas centrales de su obra es la religión, un aspecto de la sociedad que ha sido poco abordado con rigor periodístico.

Como periodista siempre he estado interesado en el poder de la religión en la vida de las personas. Lo que hemos aprendido en los últimos años es que las ideologías políticas son poderosas, pero no tanto como las pasiones religiosas. Es quizás una deficiencia profesional que los periodistas tiendan a no enfocarse en la religión. Nosotros somos escépticos por naturaleza y muchas veces evitamos hablar de religión, a veces por pura cortesía.

Going clear, uno de sus libros más recientes, es una investigación de una religión estadounidense bastante joven, la cienciología.

Desde su fundación, la libertad religiosa ha sido una cualidad del régimen estadounidense. No es casual que así sea, pues la república americana fue fundada por espíritus heterodoxos que escapaban de la persecución religiosa. En Estados Unidos han florecido muchas religiones y una de las más recientes fue la creada por L. Ron Hubbard. Lo que me parece fascinante es el hecho de que Hubbard logró fundar una religión en la era de la ciencia y la tecnología. A pesar de que sus creencias y doctrinas son estrafalarias, la cienciología ha sido capaz de sobrevivir a su creador e incluso florecer. Quizás hay que darle crédito a Hubbard por eso. Ahora la cienciología está atravesando por un momento complicado. Aunque la iglesia tiene mucho dinero, el número de sus fieles no crece. Sin embargo, no es imposible que la cienciología sobreviva todavía por décadas, o incluso siglos. Debemos recordar que la iglesia mormona en el siglo XIX era la más odiada en Estados Unidos: su líder fue asesinado, tuvieron que migrar de un estado de la Unión a otro, e incluso existió la posibilidad de una guerra cuando llegaron a Utah. Pero los mormones progresaron e incluso tuvieron un candidato presidencial, Mitt Romney, en 2012. Alguien como Tom Cruise podría ayudar a transformar para bien la cienciología, pero su incapacidad para hablar en contra de los abusos de los derechos humanos dentro de la organización hace muy difícil que pueda convertirse en una fuerza reformadora.

El padre de Donald Trump lo llevaba a escuchar los sermones del predicador Norman Vincent Peale. Por otro lado, una abrumadora mayoría de evangélicos votaron por Trump en la pasada elección. ¿Cuál es la relación de Trump con la religión?

Trump no me parece un espíritu religioso. Vincent Peale desarrolló el concepto del pensamiento positivo. Pero esta es menos una idea religiosa que una noción psicológica. No está alejada de la idea del evangelio de la prosperidad. Trump parece ser alguien muy poco instruido en el cristianismo. El movimiento evangélico apoyó a Trump, pero lo hizo por hipocresía. Si los evangelistas realmente votaran en favor de los candidatos más cristianos lo habrían hecho por Jimmy Carter. Es verdad que el movimiento pentecostal es aún multirracial y pluricultural, pero la mayor parte de los grupos evangélicos se han inclinado por el conservadurismo de derecha radical. Reconozco, sin embargo, que el populismo es lo que tienen en común Trump y los grupos evangélicos.

Su próximo libro es sobre Texas y el título que tiene en mente es God save Texas. ¿Qué lo motivó a escribirlo?

El editor de The New Yorker, David Remnick, me sugirió escribir un libro sobre Texas. Mucha gente de Manhattan o Los Ángeles, donde paso mucho tiempo, no puede creer que yo viva en Texas. En 1980 me mudé a Austin para trabajar como reportero del Texas Monthly. Pronto hice muchos amigos aquí y mis hijos se educaron en escuelas texanas. Además toco en una banda desde hace años. Tengo muchos vínculos con la cultura y la vida en Texas. Lo interesante es que crecí en Texas y después me mudé a otro estado, y había jurado que no regresaría. Pero cuando volví a Austin ya no me quise mover. Hay algo estimulante en vivir en esta isla liberal que es Austin en medio de un Texas conservador. Nunca puedes estar demasiado cómodo intelectualmente aquí. Mi proyecto sobre Texas es también una forma de entender por qué estoy aquí. Un ejercicio de autodescubrimiento. Es importante que el resto del mundo conozca lo que pasa en Texas. Se trata del segundo estado más grande del país. Pero lo más importante es que es un estado donde han florecido las minorías de todo tipo. En ningún otro estado viven más refugiados de todo el mundo que en Texas. Los musulmanes han encontrado aquí un hogar. Solo California es más diverso. Creo que el resto del país reflejará la realidad de Texas en el futuro. Uno de mis objetivos es matizar los estereotipos con que se juzga a Texas. Quiero llamar al libro God save Texas porque hace tiempo escribí una obra de teatro, que luego quise convertir en un musical, a la que llamé así.

Ha escrito obras de distintos géneros y para plataformas diferentes: ha pasado por el cine, el teatro, la serie de televisión, por no hablar de sus libros (desde su novela a sus reportajes).

Lo que me importa, ante todo, es contar una historia. Las formas de expresión pueden ser diferentes, pero el impulso es el mismo. La parte más difícil de escribir es saber qué tema abordarás. Debe ser un tema al cual le dedicarás mucho tiempo, quizá meses o años. Por lo regular, la idea se anuncia a sí misma: soy una novela, soy una obra de teatro, soy una película. No quieres oír soy un poema. Pero muchas veces esta idea puede mutar de medio. Imagínate esta escena: Manuel Noriega está siendo acosado por las tropas estadounidenses y habla con el nuncio tratando de encontrar una forma de escapar, mientras tanto se escucha música de rock que los soldados americanos utilizan para presionar a Noriega a entregarse. Esto sucedió en la realidad y a mí se me ocurrió escribir una obra de teatro, que no funcionó. Después pensé que podría hacerse una película, así que escribí el guion. Oliver Stone se interesó, lo compró e incluso contrató a Al Pacino para el papel de Noriega. Compré esta casa con el dinero del guion. Al final Stone no hizo la película. Pasó un año y decidí escribir una novela contando la historia. Pero después otro director se interesó y terminé escribiendo la novela en el set. La película se llamó Noriega: God’s favorite y la novela God’s favorite. Fue una idea en busca de tres géneros. Lo mismo me pasó con el libro Thirteen days in September, que narra los acontecimientos que llevaron a los acuerdos de Camp David, donde en 1978 Jimmy Carter convenció a Menájem Beguín y a Anwar el-Sadat de firmar los tratados de paz entre Egipto e Israel. Lo que al principio fue concebido como una obra de teatro se convirtió al final en un libro de historia diplomática. Periodismo poliédrico. ~


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