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Entrevista a Camille Paglia

Camille Paglia (Endicott, Nueva York, 1947) es una de las críticas culturales más brillantes de Estados Unidos. Controversial y mordaz, Paglia se ha descrito a sí misma como una “notoria feminista amazónica”. Desde hace treinta años es profesora de humanidades y estudios mediáticos en la Universidad de las Artes en Filadelfia y sus libros la han posicionado como una intelectual pública que, como Groucho Marx, es reticente de pertenecer a un club que la tiene como miembro. Paglia ha cuestionado los cimientos de los grupos de los que forma parte: con su obra ha subvertido el feminismo desde el feminismo y a la academia desde la academia. Su formidable tesis de doctorado –bajo la égida de Harold Bloom en 1970–, una revisión del arte y la decadencia “desde Nefertiti a Emily Dickinson”, fue rechazada por distintas editoriales hasta que se publicó casi veinte años después con el título Sexual personae (Valdemar, 2006). El éxito de este ensayo la convirtió en una figura de la cultura popular a la que los presentadores de televisión introducían como a feminist provocateur.Su libro más reciente, Glittering images. A journey through art from Egypt to ‘Star wars’ (Vintage, 2012), una exhaustiva interpretación de obras de arte occidentales a través de la historia, no está exento de polémica: compara a George Lucas con Andy Warhol. En esta conversación, Paglia habló de la educación visual en el siglo XXI, la espiritualidad en el arte, el papel de la academia y repasó algunas de las ideas más controversiales de su carrera: las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, la negación de la homosexualidad innata, su postura crítica ante Susan Sontag y Martha Nussbaum e, incluso, la negación de que la acción humana ha incidido en el cambio climático. Con Camille Paglia podemos estar de acuerdo en estar en desacuerdo, pero sus posturas abren un espacio, siempre indispensable, para el debate. Las palabras de Paglia son un torrente de silogismos inesperados: la lógica al servicio de la provocación. En una sala de juntas de la Universidad de las Artes, Camille Paglia me lanzó sus dardos verbales.

Ha dicho que vivimos un momento de revolución digital y recientemente apareció su recorrido personal por la historia del arte, Glittering images. ¿Qué la condujo a escribirlo?

Los jóvenes del siglo XXI son bombardeados con imágenes a través de los medios tradicionales y digitales. Esto ha creado un panorama caótico que imposibilita discriminar entre lo que tiene calidad y lo que no. Con cierta tristeza y preocupación constato la falta de conocimiento de la historia del arte en la sociedad estadounidense. En Europa aún se enseña historia de arte a los jóvenes, en parte porque es la forma en la que aprenden su herencia nacional. Pero en Estados Unidos, un país aún muy joven, no existe un acervo artístico grande. Quizás por ello en las escuelas se pide a los alumnos que desarrollen su creatividad artística, una idea que viene del pedagogo John Dewey, que pensaba que lo importante era promover la creatividad de los estudiantes –dejando de lado cualquier información histórica que pudiera servir de contexto–. El problema parece ser global: me indigna saber que los jóvenes europeos y latinoamericanos –conozco el caso de Brasil– están tan seducidos como los estadounidenses por lo que ven en las redes sociales e internet. Están perdiendo su herencia cultural.

La vista debe ser educada. La tecnología es fascinante, pero las imágenes que produce caducan muy pronto. Los jóvenes parecen habitar un mundo digital divorciado por completo de la realidad. Si añadimos a ello una completa ignorancia de la historia, la juventud se encuentra incapacitada para entender las grandes obras maestras que han marcado a la humanidad.

En sus ensayos ha señalado la responsabilidad de la academia en esta crisis de comprensión estética.

He escrito libros sobre poesía y arte dirigidos al gran público porque pienso que la academia es responsable de la decadencia del arte moderno. El problema de muchos tratados sobre artes visuales es que son demasiado voluminosos. ¿A quién le interesan esos tomos pesados? De ahí que pensara hacer un libro breve que pusiera en perspectiva la historia completa del arte. Mi intención era escribir un ensayo que no abrumara al lector, que lo invitara a admirar la rápida sucesión de estilos artísticos a lo largo de los siglos. Al hacerlo, confronté directamente las posturas sobre arte en boga en las universidades, que han adoptado perspectivas posmodernas y rechazado la tradición histórica. Mi concepción del arte es tradicional, en el sentido de que toma en cuenta los grandes ciclos históricos: creo que podemos trazar la historia del arte en Occidente hasta sus inicios en Egipto. El edificio en el que nos encontramos ahora, por ejemplo, fue construido en 1825 y retoma las bases de una construcción de la Grecia clásica. El pórtico frontal, que imita un templo griego, evoca también a las pirámides egipcias. Estamos hablando de tres mil años de tradición artística. Para la escuela posestructuralista y posmoderna cualquier narrativa que se proyecte hacia el pasado es, automáticamente, una construcción falsa. Sin embargo, en el mundo del arte hay objetos concretos que existen más allá del lenguaje y de la subjetividad.

A menudo me defino como una atea que mantiene su herencia católica italiana. Mis cuatro abuelos y mi madre nacieron en Italia, y aunque provenían de la clase obrera respetaban el arte. El ataque de algunos académicos contra el arte en nombre de la política de izquierda está errado. Es ofensivo que consideren el arte una solución a los problemas sociales, como la pobreza o la desigualdad de género o de raza. Me opongo a la deconstrucción por la sencilla razón de que estoy a favor de la construcción, a favor de la creación y la preservación de valores artísticos. Pienso como una arqueóloga: ensamblo fragmentos que nos permiten intuir el origen de las obras de la Antigüedad.

Su crítica se extiende también a las vanguardias artísticas.

En Glittering images sostengo que la vanguardia, alguna vez un movimiento de gran valor estético y cultural, ha muerto. La vanguardia floreció como un producto del romanticismo. Sin embargo, hoy, el arte contemporáneo se convirtió en un parásito de esta. Pongo un ejemplo: algunos artistas contemporáneos creen que manifiestan auténtica rebeldía porque atacan a la Iglesia católica, piensan que deben ser recompensados por sus gestos escandalosos y aplaudidos por una élite sofisticada. Es momento de que los artistas rechacen esos aspavientos pretenciosos y trasciendan los pequeños círculos a los que pertenecen. Una vez que lo hagan, se encontrarán con que la mayor parte de las personas se suscriben a algún tipo de religión.

En este libro argumento que existe una trayectoria espiritual en la historia del arte, una rama en la que motivaciones religiosas se reflejan en las obras, incluso en el caso de que no sean abiertamente religiosas. Pongo el caso de Mondrian, al que la mayoría de los críticos considera un pintor abstracto. Mondrian explicó en sus papeles privados el intrincado significado espiritual de su arte. Jackson Pollock es otro ejemplo. Ambos emprendieron una búsqueda espiritual en sus obras que pocas veces se menciona.

La izquierda contemporánea parece tener solo inquietudes políticas, pero en los años sesenta la izquierda tenía preocupaciones tanto políticas como culturales. La contracultura de esa época se acercó a tradiciones distintas de la occidental: exploró las ideas del hinduismo, el budismo o las religiones mesoamericanas. Quizá la gran mentira del marxismo es que la religión es “el opio del pueblo”. La religión, en realidad, está relacionada con la identidad cultural.

En el último capítulo de Glittering images habla de La venganza de los sith, el tercer episodio de Star wars de George Lucas. ¿Este libro apela a los lectores jóvenes?

Fue accidental, no tenía la intención de incluir una película. Escribir este libro me llevó cinco años, y sabía que debía terminar con un capítulo contundente. Busqué algún ejemplo significativo y dramático en el arte contemporáneo, pero no lo encontré. En ese tiempo vi con mi hijo la serie completa de Star wars. Hasta ese momento solo había visto la primera trilogía, pero no las últimas tres películas, donde Lucas experimenta con animación por computadora. Me asombró su poderoso discurso visual. Llamó especialmente mi atención la última secuencia de La venganza de los sith, una pelea en un volcán. Pensé que no hay en el panorama actual un artista capaz de ensamblar una escena tan bien musicalizada en la que se instrumenta una pasión tempestuosa entre el amor y el odio en un escenario visual apocalíptico. Es una gran ópera. La habilidad de George Lucas para tocar las emociones de una gran cantidad de personas contrasta con la incapacidad de los artistas contemporáneos. Para algunos críticos, el artista más relevante de nuestro tiempo es Gerhard Richter; en cada gesto hay un antecedente que lo precede, no es original. En el libro sostengo que tal vez Lucas es el artista más influyente en el mundo desde Warhol.

Glittering images apela, espero, a dos tipos de lectores: primero, un público amplio que rechaza el arte, especialmente el abstracto, y que considera que Jackson Pollock fue un fraude. Mi intención es mostrar que Mondrian o Pollock son artistas de la misma categoría que, por ejemplo, Bernini. El segundo tipo de lector al que intento llegar son los jóvenes universitarios de cultura laica, que practican cierta ironía cínica y que creen que la izquierda es el único horizonte político y cultural. Para ellos mi mensaje es que el arte no resucitará hasta que recobre su sentido espiritual.

En Sexual personae argumenta que el paganismo en las artes y la cultura nunca fue superado por el cristianismo.

La idea más importante que he desarrollado en mis ensayos es que el cristianismo nunca pudo derrotar al paganismo. La cultura pagana subterránea emergió en tres momentos de la historia: durante el Renacimiento humanista, durante el romanticismo –que integró lo sobrenatural, el horror gótico y el sexo al pensamiento occidental– y, finalmente, en el momento en que –en su afán de obtener mayores ganancias– la industria cinematográfica de Hollywood descifró lo que la gente quería ver. La mayor parte de las universidades están bajo la influencia de la sobrevalorada Escuela de Fráncfort, un sistema filosófico que promueve la visión puritana de la vida anterior a la Segunda Guerra Mundial, ¡cuando aún no había televisión! ¿Qué nos puede enseñar Adorno hoy? Sus discípulos condenan a Hollywood, una industria que desde su punto de vista es patriarcal, sexista y homófoba e impone sus opiniones al pueblo. Esta idea es errónea. Desde el cine mudo, Hollywood ha estado interesada en amasar dinero. Con una buena campaña publicitaria una película puede tener cierto éxito por un par de semanas, pero si al público no le gusta será un fracaso financiero. Los grandes éxitos de Hollywood son películas que dan a la gente lo que desea. La teoría de la Escuela de Fráncfort de que Hollywood impone su visión al público es ridícula. El problema de Hollywood es que las productoras quieren tener éxito en todo el mundo, por lo que favorecen el desarrollo de películas de acción y de aventuras. Como resultado, el cine ha degenerado desde los años setenta.

Se ha dicho que el cine perdió calidad porque el talento que solía trabajar en la industria cinematográfica ahora trabaja en la televisión.

Parece haber una migración de escritores del cine a la televisión, a causa de los problemas que entraña trabajar en Hollywood: los escritores se convirtieron en esclavos. Con la televisión por internet y otros sistemas, los escritores han adquirido mayor libertad. La televisión esta atrayendo talento literario otra vez. La situación actual me recuerda al momento que vivió la televisión en los años cincuenta y sesenta, cuando figuras como Rod Serling, el creador de La dimensión desconocida, escribían para teatro y televisión. El tratamiento de algunos programas, como Alfred Hitchcock presenta, era muy sofisticado. Mis alumnos que quieren graduarse en escritura para televisión están entusiasmados por las posibilidades que ofrecen Amazon y Netflix. Pese a este buen momento que vive el medio, no veo series de televisión porque no me parecen visualmente interesantes. Además de películas viejas, solo veo la serie The real housewives. Como las telenovelas latinoamericanas, este programa de telerrealidad presenta a mujeres vistosas que pelean unas contra otras.

Quizás ve The real housewives porque siente nostalgia por la figura de la femme fatale. Ha dicho que la femme fatale representa el retorno de lo reprimido.

La femme fatale es una de las grandes figuras del arte y de la mitología universal. Con escasas excepciones, como la de Rihanna, muy pocas mujeres de la cultura popular actual tienen sentido del glamour. La situación es diferente con las actrices latinas, que poseen un sentido de la sensualidad. Entienden su mística erótica y el poder que tienen sobre los hombres. La ironía es que Estados Unidos, con su ethos igualitario, ha producido una generación de actrices sin sensualidad. Esto se debe a que a las mujeres jóvenes se les ha enseñado que no hay diferencia entre los géneros y que pueden ser iguales a los hombres en cualquier situación. Pero en muchos de los países con cultura patriarcal las mujeres aún tienen un sentido de lo que son como mujeres. Los estadounidenses tienen aún mucho que aprender de la cultura latina sobre la fiesta, los placeres de la comida, la bebida y la danza. La cultura estadounidense todavía es muy puritana.

En su carrera ha polemizado sobre la figura de una de las intelectuales occidentales más relevantes del siglo XX: Susan Sontag. ¿Cuáles son sus razones?

Justo en este momento se está escribiendo la biografía autorizada de Susan Sontag. Hasta ahora se han publicado dos biografías no autorizadas, una de ellas muy crítica y la otra más matizada. David Rieff, el hijo de Sontag, comisionó a Benjamin Moser escribir la biografía y le ha dado libre acceso a los papeles de su madre. De hecho, el biógrafo ha conversado ampliamente conmigo. En 1994 escribí una pieza negativa sobre ella llamada “Sontag, bloody Sontag”, publicada en mi colección de ensayos Vamps and tramps (Valdemar, 2001). Sontag estaba viva, por lo que no pude decir todo lo que quería. La leí cuando estaba en la universidad y me entusiasmé por encontrar a una intelectual que hablaba de temas de cultura popular. Por Simone de Beauvoir, Mary McCarthy y Susan Sontag entendí que una escritora podía ser también una figura pública. No tuve la menor duda de que cuando el tiempo llegara, yo haría lo mismo. Cuando estaba escribiendo la tesis doctoral me percaté de un problema con Sontag: en sus libros no encontré ningún enunciado memorable. Me gusta la brevedad y el estilo aforístico de Oscar Wilde –mi escritura está llena de máximas afiladas y breves en imitación de Wilde–; en contraste, en la obra de Sontag no encontré una sola frase que encapsulara sus ideas: desde entonces me parece una escritora descuidada. Cuando Sontag intentó hacer un gran pronunciamiento resultó trivial, como cuando dijo que “la raza blanca es el cáncer de la historia”. Después se lamentó. Muchos de sus ensayos son transcripciones de lo que pasaba a su alrededor, en el centro de Manhattan, en un momento en el que la vanguardia atravesaba un renacimiento. Estoy convencida de que Sontag debió permanecer en la academia, ahí podría haber desarrollado sus habilidades. Le interesaban muchas cosas, pero su atención apuntaba distraídamente en muchas direcciones, por lo que su escritura se debilitó con el tiempo. Aunque Sontag es una figura muy importante, su contribución como gran intelectual pública a la cultura mundial es mínima.

Ha dicho algo parecido de Martha Nussbaum, aunque ella se mueve en un medio distinto al de Sontag: la academia y la alta diplomacia.

Nussbaum está en todas partes, pero es una académica común y corriente con una prosa terrible, a un tiempo verbosa y bombástica. Con frecuencia Nussbaum no tiene la menor idea de lo que está hablando. Aunque aduce ser una filósofa, sus títulos académicos son en estudios clásicos. Pero su mayor problema es que pasa buena parte del tiempo cultivando relaciones públicas en lugar de investigar y escribir. Me impresionó La fragilidad del bien, pero luego descubrí que había tomado las ideas de su director de tesis, G. E. L. Owen. A pesar de su prominencia internacional, no la considero una intelectual pública: Nussbaum no es una pensadora original. Si abres The New York Review of Books o The Times Literary Supplement, que suelen publicar sus largos y tediosos artículos, pensarías que se trata de una pensadora de alta escuela, pero nunca he leído a algún intelectual serio citándola, excepto para burlarse de ella. Se trata de una de las más poderosas luminarias de la academia estadounidense, que, sin embargo, no ha contribuido al discurso intelectual, pero, en cambio, ha aprendido a controlar los mecanismos burocráticos de las universidades. Sus puntos de vista de izquierda no me parecen genuinos, sino meras herramientas para la autopromoción. Su página de Wikipedia lista 51 títulos honoríficos otorgados por universidades en todo el mundo. Cualquiera que reciba tantos doctorados honoris causa debe considerarse parte del establishment y no alguien de izquierda.

El éxito de Nussbaum en el mundo académico es parte de la gran crisis cultural que nos aqueja en el siglo XXI. Nussbaum es un producto de la discriminación positiva generada por el deseo de tener mayor presencia femenina en la filosofía, dominada por hombres. De ahí que la debilidad de sus trabajos se haya pasado por alto. Es claro que cualquier profesor en constante gira mundial no está leyendo o haciendo investigación. Un verdadero intelectual busca la reclusión y desdeña el mundo de las celebridades y los políticos.

En Sexual personae escribió que “si la civilización hubiera quedado en manos de las mujeres, seguiríamos viviendo en chozas”.

Lo que quise decir es que las mujeres han estado siempre en armonía con la naturaleza. En un inicio ellas atendían el fuego del hogar y resguardaban las chozas. En las culturas primitivas las mujeres no asumían riesgos en la exploración del mundo. Eran los hombres quienes realizaban las expediciones de cacería para llevar alimentos a la tribu. La sociedad, desde el periodo nómada tardío a la era agraria, estaba organizada de ese modo. La idea de que a lo largo de la historia los hombres han sido los opresores y las mujeres las víctimas es absurda. La vieja división del trabajo tenía sentido y daba el mismo poder al hombre y a la mujer. Las mujeres embarazadas y en estado de lactancia necesitaban estar resguardas, igual que los niños y los viejos. He postulado, después de años de observación, que hay diferencias entre los cerebros de los hombres y los de las mujeres. La mayor parte de las mujeres se siente cómoda en la esfera emocional y disfruta de conversaciones íntimas. La mayor parte de los hombres, en cambio, parecen tener la habilidad innata de analizar y crear estructuras impersonales. Los hombres también pueden tener un sentido espacial distinto al de las mujeres. Se puede ver este patrón en los niños, a quienes les gusta construir cosas y luego destruirlas, encuentran gran placer en el caos, a diferencia de las niñas. Los hombres son grandes arquitectos e inventores, pero también responsables de iniciar guerras que han traído tanta miseria a la humanidad.

La estructura del cerebro masculino, ¿puede explicar el ascenso y la caída de los imperios?

La historia de la civilización es una sucesión permanente de construcción y destrucción, atribuible sobre todo a la acción masculina. Se realizaron unos experimentos, inspirados por la segunda ola de feminismo a finales de los sesenta y principios de los setenta, para educar a niños en formas no basadas en el género. Les dieron muñecas a los niños y soldaditos a las niñas. El resultado fue que los niños destruyeron las muñecas y las niñas jugaron a darles de comer a los soldaditos. Los hombres han sido grandes arquitectos y grandes compositores de música porque sus cerebros tienden a la creación y control de estructuras complejas. A pesar de que mujeres de clase media han tenido acceso a pianos por doscientos años no ha habido grandes compositoras. Hoy hay muchas compositoras, pero la única que, a mi juicio, está haciendo algo interesante es, y esto es revelador, una lesbiana, Jennifer Higdon, cuyo Concierto para orquesta de 2002 es deslumbrante. Cuando lo escuché por primera vez pensé que sonaba como Sexual personae.

Se desató una controversia en Estados Unidos cuando aseguró que podía entender la mente de un violador.

Entiendo bien las obsesiones y compulsiones del psicópata sexual. Sexual personae, que me llevó muchos años de escritura, tiene una estructura monumental que construí porque, de alguna manera, tengo un cerebro masculino. Esa es la razón por la que entiendo bien el comportamiento sexual de los hombres y he sido capaz de interpretar el arte masculino, como los retratos de mujeres sexualizadas de Picasso. En Sexual personae escribí que no hay mujeres con el genio de Mozart porque no hay mujeres con la psicosis de Jack el Destripador. Con esto quería decir que el cerebro masculino está construido de manera tan conceptual que muchos hombres pueden ser genios o también asesinos en serie. El asesino en serie, privado de emoción y empatía, es un pensador abstracto. Conocemos la existencia de cientos de asesinos en serie en el siglo pasado, pero casi no sabemos de mujeres que hayan asesinado en serie. En el terreno del arte, aunque con su obra Helen Frankenthaler nos enseñó la delicadeza del color, nunca tuvo la potencia formal de Jackson Pollock. En Glittering images incluí a la pintora art déco Tamara de Lempicka porque tenía la virtud inusual de crear formas en su obra. Resulta significativo saber que era una seductora bisexual, adicta a la cocaína y de personalidad agresiva: quizás de ahí viene su energía y confianza. Lempicka fue una artista de enorme ambición, que rayaba en la megalomanía. Pero, además de ella, ¿cuáles son los grandes logros de las artistas modernas? Las mujeres, por casi cincuenta años, han tenido oportunidades importantes. En la música, Patti Smith fue maravillosamente audaz y reaccionaria en su primer álbum, Horses. Pero es un hecho que usualmente a las mujeres no les gusta trastornar nada, porque buscan ser apreciadas y queridas. A los artistas hombres no les importa si son o no queridos.

A contracorriente de numerosas investigaciones y de la opinión de distintos expertos, ha dicho que los homosexuales no nacen siendo homosexuales, sino que es una condición adquirida, aunque a una edad muy temprana.

Nadie nace homosexual. Esta es una fantasía política que no puede continuar. Algunos hombres no están en sintonía con las formas ásperas con las que los hombres heterosexuales se comportan entre sí. En Vamps and tramps escribí que los hombres no nacen homosexuales, pero que existen ciertos rasgos y características innatas presentes en algunos de ellos que tienden a producir conflicto o alienación con la cultura predominante. No puede ser coincidencia que muchos hombres gays en el mundo tengan un gusto artístico sofisticado o un agudo sentido del diseño o la moda. Esto no es cierto para todos los hombres gays, pero sí para una parte significativa, algo que no se observa entre las lesbianas. He concluido que muchos hombres homosexuales tienen un gen artístico o, mejor dicho, un rasgo que puede llevarlos a convertirse en artistas. Se trata de una sensibilidad especial hacia el color y el sonido, una aguda conciencia sensorial. Cuando los hombres gays aseguran que siempre han sido gays, lo que recuerdan es que siempre han sido distintos, no que siempre hayan sido homosexuales. Este proceso no es sexual en sus orígenes, pero adquiere posteriormente características sexuales.

Si entiendo bien, asegura que lo que determina la homosexualidad es una causa menos natural y más bien convencional.

Así es, los seres humanos tienen una tendencia hacia la bisexualidad. Sin embargo, la heterosexualidad tiene a su favor la presión intensa de las hormonas reproductivas. La naturaleza contribuye con el instinto sexual de la reproducción de la especie –menos prioritario en épocas de sobrepoblación, como la nuestra–. La hormona masculina busca implacablemente procrear. Por ello creo que las hormonas son activadas en la pubertad y nos empujan hacia la heterosexualidad. Sin embargo, la cultura puede intervenir para hacernos bisexuales, un estado muy positivo de apertura. Lo que rechazo de manera categórica es que la homosexualidad exclusiva sea innata, pues las hormonas buscan unir desesperadamente a los sexos opuestos. Si una persona no se siente atraída por el sexo opuesto, se debe a que algo le sucedió en la infancia. Las lesbianas que no se sienten atraídas por los hombres probablemente hayan sido alienadas de ellos en su niñez. Es perfectamente comprensible que a una mujer solo le atraigan otras mujeres –ese es mi caso–, pero no puedo aceptar que a las lesbianas les resulten repugnantes los genitales masculinos, eso es anormal. Lo mismo debe ser dicho de los hombres homosexuales que expresan disgusto por los genitales femeninos. Los derechos humanos de los homosexuales y la igualdad ante la ley, cuestiones que toda persona racional debe apoyar, tienen que separarse de la idea de la homosexualidad innata.

Otra de sus facetas más polémicas es su postura con respecto al cambio climático. Ha argumentado, en contra de las conclusiones de diversas investigaciones, que la causa de este problema global no es la acción humana, sino los ciclos naturales de la Tierra.

Nací y crecí en la zona central de Nueva York, donde los glaciares que cubrían la mitad de América del Norte empezaron a disminuir al final de la Edad de Hielo, hace unos doce mil años. Este proceso dejó rastros en el paisaje, el ejemplo más famoso son las cataratas del Niágara. Veo estos procesos como ciclos largos. El clima y la temperatura están en constante transformación y nadie tiene la capacidad de predecir qué pasará. Desde el nacimiento de la civilización, en la antigua Mesopotamia, las personas saben que cualquier ciudad construida a las orillas de un río o en una costa corre el riesgo de ser destruida por inundaciones o por el aumento del nivel del mar. No deja de sorprenderme la ignorancia de ideólogos como Al Gore, que dijo que el huracán Katrina fue causado por efecto de la acción humana. Los mayores huracanes en la historia de Estados Unidos sucedieron al principio del siglo xix. Además, no tenemos manera de medir o entender la forma en que los ciclos de calentamiento o las llamaradas explosivas del sol afectan nuestro clima o el modo en que el magma se filtra a través de las placas tectónicas afectando la temperatura del océano. Los defensores del calentamiento global se han convertido en fanáticos religiosos que prefieren el dogma a la ciencia. Estamos a merced de la inmensa fuerza de la naturaleza y los seres humanos somos muy débiles como para influir en ella. Predicar que la humanidad, pequeña como es, tiene el poder de cambiar el clima es arrogante.

Su tesis de doctorado fue supervisada por Harold Bloom. ¿Cuál cree que sea la mayor contribución de Bloom a la cultura?

Cuando estudiaba en Yale no tomé ningún curso con Harold Bloom. Lo había tratado muy brevemente, una noche en compañía de Mark Strand. Por unas compañeras, Bloom se enteró de mis planes de tesis y supo que tenía dificultad en encontrar un supervisor: mi tema era el sexo y nadie quería involucrarse. Bloom me invitó a su despacho donde me dijo dramáticamente: “querida, soy el único que puede supervisar esa tesis”.

La mayor contribución de Bloom a la academia son sus estudios tempranos sobre poesía romántica, considerada entonces demasiado sentimental y carente de ideas. Después empezó a ser reconocido fuera de las universidades por su ensayo La ansiedad de la influencia. Años antes, Walter Jackson Bate, de Harvard, había publicado un libro con una tesis similar, The burden of the past and the English poet, pero nunca fue valorado. El libro de Bloom aplica conceptos freudianos a la batalla primordial de los artistas contra sus precursores. Bloom también se alejó de la deconstrucción de Derrida, que comenzaba a apoderarse de los campus universitarios. Mi crítica a Bloom es que, aunque tenía el poder y la influencia, nunca atacó a Derrida y Foucault cuando aún había tiempo de salvar las humanidades de la invasión francesa. Incluso, en 1991, Bloom me advirtió que perdía mi tiempo al escribir una larga diatriba (“Junk bonds and corporate raiders”) contra la deconstrucción y el posestructuralismo. Después, con la publicación en 1994 de El canon occidental, Bloom se convirtió en una celebridad mundial. Desde entonces ha sido injustamente catalogado como conservador por varios adalides de la corrección política, que rechazaban todos los cánones al considerarlos inherentemente excluyentes y opresivos. En cambio, Bloom ha sido celebrado por el gran público: es considerado una figura casi rabínica que posee una memoria prodigiosa y es capaz de defender la grandeza de la tradición con la idea de impulsar el amor a la literatura. ~