artículo no publicado
Fotografía: Emilio Naranjo

Brevísimo diccionario de Tzvetan Todorov

Fue el más lúcido de los liberales de izquierda: combatió el totalitarismo soviético y criticó también los desaciertos de las democracias. Todorov encarnó, como pocos, el espíritu de la Ilustración.

Escribo estas líneas la tarde del domingo 7 de mayo de 2017, una vez confirmada la contundente victoria del candidato liberal Emmanuel Macron, llevado a la presidencia de Francia con el 66% del voto ciudadano, contra un 33% que optó, en la segunda vuelta, por la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen. El resultado habría llenado de júbilo a un Tzvetan Todorov, nacido en Sofía, Bulgaria, el 1 de marzo de 1939, y fallecido apenas el 7 de febrero de 2017, en París.

 

Fue el más lúcido de los representantes de una especie rara, la del liberal de izquierda. Llegado de la órbita del totalitarismo soviético, en 1963, lo combatió sin descanso, como ciudadano francés y expatriado búlgaro, para, una vez caído el Muro de Berlín en 1989, criticar con perspicacia y dureza todo cuanto fuese disfuncional o deshonroso en las democracias liberales, contra cuyos enemigos internos, reales o supuestos, se batió Todorov, profesor humanista y pensador libre, quien encarnó al espíritu de la Ilustración, con orgullo y como pocos.

 

La obra de Todorov es vasta y parte del giro lingüístico (Tel Quel, la nouvelle critique) en el que militó –como antólogo del formalismo ruso y uno de los descubridores de Bajtín–, explora la literatura fantástica, pasa por la otredad en la conquista de México e incluye una autocrítica (Crítica de la crítica. Una novela de aprendizaje, 1984) en la cual el crítico literario de Sofía regresa al mundo del sentido y asume con todos sus riesgos la denunciada por toda suerte de logocidas como “jerga de la autenticidad”, no otra cosa que la reivindicación problemática del viejo humanismo. Junto a sus obras capitales sobre la diversidad humana (Nosotros y los otros, de 1989, y El jardín imperfecto. Luces y sombras del pensamiento humanista, de 1998), Todorov escribió una autobiografía intelectual y política, con El hombre desplazado (1996), donde narra su infancia y adolescencia en el más primitivo de los reinos vasallos de la Unión Soviética, esa Bulgaria en la que, por falta de medios más sofisticados, se asesinaba en los poblados campos de concentración, a patadas y a bastonazos.

En sus últimos años, Todorov se convirtió en un fértil escritor de panfletos indignados como El espíritu de la Ilustración (2006), El miedo a los bárbaros. Más allá del choque de civilizaciones (2008), Los enemigos íntimos de la democracia (2012) e Insumisos (2015), sin olvidar su última temporada como crítico de arte, con el deslumbrante ¡El arte o la vida! (2008) sobre Rembrandt o Elogio de lo cotidiano (1993), en torno a la escuela holandesa del siglo XVII.

Leer a Todorov es pensar en voz alta y hacerlo frente a una suerte de búho, si se trata de zoomorfizar admiraciones. Asumir el centro de su ideario –lo mejor de la socialdemocracia y del liberalismo político nunca deben separarse– no impide descreer de su humildad mal entendida ante los llamados otros, de su condescendencia eurocentrista, él, que tanto la estudió. Frente al integrismo musulmán y sus crímenes reales y potenciales, Todorov prefería siempre pecar por el lado de la tolerancia, víctima como había sido del comunismo.

Este pensador –vecino, por su origen, del islam y del Imperio otomano– musitaba que fuésemos considerados con los belicosos musulmanes. Para él, las caricaturas danesas de Mahoma en 2005 o las de Charlie Hebdo (supongo esto último por lo que dijo de las primeras) fueron provocaciones que, por prudencia, debieron de evitarse. Esa postura le abría la puerta al derecho a querellarse o asesinar por blasfemia en aras del multiculturalismo, él que estaba tan lejos de profesarlo.

Otro ejemplo de mi discrepancia: la invasión a Irak en 2002 fue ilegal e inepta, como lo pensamos casi todos, incluido Todorov. Basada en mentiras, aquella aventura logró exactamente todo lo contrario de lo que se proponía: hizo de Irán el dueño del tablero y llenó el planeta de terroristas. Sin embargo, no hubo ningún levantamiento nacional de los iraquíes contra el invasor, como reza el libreto romántico. Al contrario, sunitas y chiitas aprovecharon el vacío de poder creado por la huida de Hussein y el desmantelamiento de su milicia por parte de los estadounidenses para lanzarse a una cruentísima guerra civil. ¿Es responsable Bush II del odio entre las criminales facciones islámicas? Todorov parece creerlo, siendo los musulmanes, como él lo siente, menores de edad incapaces de regirse por la razón. Las graves culpas de los Estados Unidos, me temo, son otras.

Como mexicano, no puedo sino discrepar de La conquista de América. El problema del otro (1982), noble (pues nada innoble dijo o escribió nunca Todorov) estudio de antropología moral, que difundió algunas ideas en mi opinión erradas: que la conquista de América a partir de 1492 fue un genocidio, lo cual, según la jurisprudencia de Núremberg –Todorov no podía ignorarla– solo aplica al imperar la intención explícita y manifiesta de liquidar por razones étnicas o religiosas a un grupo humano, lo cual no estaba en los deseos de Colón, Cortés, Las Casas o Ginés de Sepúlveda, evangelizadores todos, armados con la cruz y con la espada. La catástrofe inmunológica sufrida por los indios americanos fue un accidente monstruoso, no una “solución final” planificada. Aunque Todorov dista mucho de idealizar al sanguinario Imperio azteca, recurre al relativismo para justificarlo, incluso si en Nosotros y los otros trasquila nada menos que a Montaigne y a Lévi-Strauss por relativistas. Es lo mismo, dijo Todorov, asesinar mediante matanzas al estilo occidental que sacrificar en el orden mesoamericano. Y si bien dudó de ese libro –así me lo hizo saber cuando, en 2010, quise entrevistarlo para Letras Libres sobre la conquista y se negó por encontrarse, dijo, ya muy lejos de ese asunto–, en su universo, el otro, por serlo, goza de una superioridad ontológica inaceptable en la buena ley liberal. ¡Otredad, con cuántas buenas intenciones has empedrado el camino al infierno!

Finalmente, al último Todorov, indignado y panfletario –y pese a todos sus esfuerzos previos contra Solzhenitsyn y Lévi-Strauss–, terminó por caer en la vieja trampa de la izquierda heterodoxa: la equiparación final entre la inhumanidad del totalitarismo comunista y lo que actualmente conocemos como neoliberalismo capitalista. Su argumentación filosófica, inspirada en el debate entre Pelagio y San Agustín –para igualar ambas ideologías, que compartían el mesianismo y el determinismo– es filosóficamente más débil aún que la emprendida por Sartre y por Merleau-Ponty a mediados del siglo XX.

El destino me obsequió con disfrutar, al menos durante un par de horas, del carisma de Todorov. Fue en una cena donde festejamos, en Madrid, la aparición de Letras Libres en España. Era octubre de 2001 y los cazas sobrevolaban la Villa y Corte. Según yo, alharaquiento, eran aviones estadounidenses y se dirigían hacia la base de Torrejón, camino de Kabul. Según él, hombre de mundo, eran los españoles quienes tripulaban sus naves ensayando la fiesta ya próxima del 12 de octubre.

En aquella ocasión, Tzvetan Todorov hizo lo que hacen los grandes hombres con las personas de escasa significancia: hacerlos parecer tan inteligentes como solo ellos son. Para honrarlo, prefiero ofrecer a los lectores una brevísima antología de su pensamiento, a la vez ilustrado y piadoso: al mencionar esta última palabra me descubro ante su memoria. Mis objeciones son apenas pies de página en mi lectura de un hombre para quien la objeción y la réplica fueron el pan y la sal de una existencia plena en indoblegable valor civil y en lecturas no por rigurosas menos alegres.

Antiilustrados. “Pero determinadas características del espíritu de la Ilustración que señalan Eliot, Solzhenitsyn y Juan Pablo II le son en efecto propias: autonomía, antropocentrismo, fundamento exclusivamente humano de la política y la moral, y preferencia por los argumentos de la razón en detrimento de la autoridad” (El espíritu de la Ilustración, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2014, p. 37).

Arribismo. “El comunista típico ya no es un fanático, sino un arribista. Está dispuesto a cambiar de convicciones por encargo: a lo que aspira es al éxito y al poder personal, no a la victoria lejana del comunismo. Marx, Lenin y Stalin son las tres hadas que se han inclinado sobre la cuna del Estado totalitario y que lo han provisto de sus principales virtudes” (El hombre desplazado, Madrid, Taurus, 2008, p. 41).

Mijaíl Bajtín (1895-1975) “parece confundir dos cosas. La primera es que las ideas del autor sean presentadas por él mismo, dentro de una novela, con un carácter tan discutible como las de otros pensadores. La otra es que el autor se encuentre en el mismo plano de sus personajes” (Crítica de la crítica, Barcelona, Paidós, 1984, p. 79).

Bajtín y el desdoblamiento de voces. “La disidencia, tal cual se practicaba en los últimos decenios del régimen comunista, estaba igualmente relacionada con el desdoblamiento” (El hombre desplazado, p. 52).

Roland Barthes (1915-1980). “No comparto la actitud de Barthes respecto a la verdad: la literatura de por sí tiene una relación con la verdad, y la crítica tiene más de una. Sin embargo, me adhiero a la idea de que el resultado de la actividad crítica es un libro, y que ese hecho es esencial” (Crítica de la crítica, p. 67).

Bartolomé de las Casas (1484-1566) y sus profecías. “El descubrimiento por parte del ‘yo’ de los ‘ellos’ que lo habitan va acompañado por la afirmación mucho más aterradora de la desaparición del ‘yo’ en el ‘nosotros’, característica de los regímenes totalitarios” (La conquista de América. El problema del otro, Ciudad de México, Siglo XXI, 1987, p. 261).

Contra Claude Lévi-Strauss (1908-2009). “Ignorar la oposición entre totalitarismo y democracia, en nombre de los efectos comunes de la industrialización o de la urbanización (como también lo hace Heidegger), se justifica en una escala temporal geológica; pero no si la medida es una vida humana” (Nosotros y los otros, Ciudad de México, Siglo XXI, 1991, p. 91).

Deconstrucción. “Nunca se puede acceder al mundo, solo existe el discurso, que solo reenvía a otros discursos. [...] La literatura aparece entonces como una incesante nominación y renominación del vacío” (El hombre desplazado, p. 226).

Delación. “El único problema que plantea la delación es que, por ser accesible a todos, puedes ser tú también objeto de ella” (El hombre desplazado, p. 47).

Diablo. “Los humanistas demostraron que la primera amenaza del diablo no tenía fundamento: la vida con los demás no es el precio que debamos pagar por nuestra libertad. La autonomía del yo no obliga a cada individuo a aislarse en sí mismo, a separarse de los demás hombres” (El jardín imperfecto. Luces y sombras del pensamiento humanista, Madrid, Paidós, 1999, p. 201).

Fanatismo. “Al totalitarismo no le gustan los fanáticos, ya que estos son capaces, en un momento dado, de actuar de acuerdo con sus ideas, en vez de obedecer exclusivamente a las decisiones del poder central” (El hombre desplazado, p. 49).

Fantasía y sobrenaturaleza. “Si lo que leemos describe un elemento sobrenatural y, sin embargo, es necesario tomar las palabras no en un sentido literal sino en otro sentido que no remite a nada sobrenatural, ya no hay cabida para lo fantástico” (Introducción a la literatura fantástica, Ciudad de México, Premiá, 1980, p. 53).

Formalismo. “Lo que caracteriza al formalismo es un objeto, no una teoría” (Crítica de la crítica, p. 30).

Individuo neoliberal. “En la base del pensamiento neoliberal encontramos una antropología problemática, que presenta al hombre como un ser autosuficiente, básicamente solitario y que solo de forma puntual necesita a otros seres humanos a su alrededor...” (Los enemigos íntimos de la democracia, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2012, p. 104).

Justicia para Auguste Comte (1798-1857). “Al predecir que la vida industrial extendería el dominio mundial de las repúblicas democráticas, haría más homogéneos los principios estéticos, legitimaría una comunidad científica internacional e impondría una religión de la humanidad basada en un cierto deísmo laico, hay que reconocer que Comte vio las cosas con justicia” (Nosotros y los otros, p. 48).

Nelson Mandela (1918-2013). “El hecho de que incluso entre sus enemigos declarados pueda encontrar reacciones de comprensión y de benevolencia le infunde valor para la lucha que ha decidido llevar a cabo” (Insumisos, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2016, p. 166).

Moctezuma II (1466-1520) y los signos proféticos. “Moctezuma no está simplemente asustado por el contenido de los relatos; se nos muestra como literalmente incapaz de comunicar, y el texto pone significativamente en paralelo ‘mudo’ con ‘muerto’” (La conquista de América, p. 77).

Multiculturalismo. “En cualquier caso, la palabra ha adquirido también, especialmente en los Estados Unidos, otro significado, ya no descriptivo sino prescriptivo: valora positivamente la separación de las comunidades y al mismo tiempo la sumisión del individuo a las tradiciones del grupo” (El miedo a los bárbaros. Más allá del choque de civilizaciones, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2008, p. 107)

Nazismo. “El nazismo tuvo la prudencia de no cargar con un programa económico dictado por la ideología y mostró ser netamente más eficaz que el comunismo” (El hombre desplazado, p. 77).

Neoliberalismo. “Hoy en día son los empresarios los que ponen en práctica el antiguo eslogan marxista, ya que imponen la unificación de los proletarios de todos los países...” (Los enemigos íntimos de la democracia, p. 96).

George Orwell (1903-1950). “El derrumbamiento de la noción de verdad se le antoja a Orwell más peligroso que el resto de las atrocidades totalitarias” (El hombre desplazado, p. 232).

Borís Pasternak (1890-1960). “Lo primero que nos planteamos frente al régimen comunista es la mera posibilidad de la insumisión” (Insumisos, p. 83).

Pelagianismo. “Si el individuo fracasa, no tiene excusa y de nada sirve culpar a Dios, a la Providencia, a la sociedad o a las circunstancias. Solo depende de él, y todo es culpa suya” (Los enemigos íntimos de la democracia, p. 23)

Pintura holandesa. “En ella el pintor constata que la belleza puede ser albergada en el objeto más insignificante, en el gesto más común, siempre y cuando él, el pintor, lo plasme en toda su calidad” (Elogio de lo cotidiano, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2013, p. 37).

Posverdad en Estados Unidos. “Así, pese a la pluralidad de partidos y la libertad de prensa, es posible convencer a la población de una democracia liberal de que lo verdadero es falso, y lo falso, verdadero” (El miedo a los bárbaros, p. 160).

Rembrandt (1606-1669) “tiene una concepción de lo visible que lo diferencia de numerosos pintores holandeses contemporáneos: más que poner en valor la superficie de los objetos, insistiendo en las fronteras que los separan, más pues que glorificar la vista, intenta mostrar la superioridad de la visión interior sobre la de los ojos, de la interpretación sobre la percepción” (¡El arte o la vida! El caso Rembrandt, Ciudad de México, Vaso Rato, 2010, p. 37).

Reproche. “En una sociedad totalitaria ¿quién no tendría nada que reprocharse? El que no hubiera vivido en ella” (El hombre desplazado, p. 56).

Sade (1740-1814) y la Ilustración. “Los desvíos del pensamiento humanista de la Ilustración adquieren formas todavía más variadas, que están ya presentes desde el siglo XVIII. De nuevo es Sade el que proporciona las formulaciones más extremas. Partiendo del principio de que el hombre es un fin legítimo de su actividad, procede a una doble reducción: en primer lugar, la felicidad se reduce básicamente al placer sexual; acto seguido, la humanidad se reduce al individuo aislado, al sujeto que desea” (El espíritu de la ilustración, p. 94).

Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008). “Decir que la vida interior de la persona sufre tanto en democracia como bajo el totalitarismo –‘En el este es el festival del partido lo que la pisotea, y en el oeste, el festival del comercio’– da muestra del espíritu crítico siempre despierto de su autor, pero no deja de ser una descripción demasiado superficial de las democracias occidentales” (Insumisos, p. 131).

Germaine Tillion (1907-2008). “En los escritos que dedica a su experiencia de la deportación, Tillion intenta no solo establecer escrupulosamente la verdad de lo que ha sido, sino también valorarlo con justicia” (Insumisos, p. 68).

Xenofobia. “La xenofobia contemporánea se corresponde perfectamente con el llamado ‘derecho a la diferencia’: un relativismo del todo coherente puede exigir que todos los extranjeros regresen a sus respectivos países, a vivir en medio de los valores que les son propios” (Nosotros y los otros, p. 82). ~