artículo no publicado

Respuesta a Francisco Segovia

 

Con motivo de “Javier Sicilia y su causa”, aparecido en Reforma el pasado 15 de mayo de 2011, Francisco Segovia (Proceso, 5 de junio) ha trazado una caricatura de mi posición que no puedo sino rechazar. Si alguien leyera lo suyo sin leer lo mío le parecerá, quizá, que soy un majadero desdeñoso que “bosteza” ante uno de los episodios más sobrecogedores, al menos, en la historia de nuestra generación (la de Sicilia, la de Francisco Segovia, la mía), el asesinato de Juan Francisco Sicilia Ortega, su hijo, y el movimiento que ha desencadenado. Para evitar cualquier equívoco, debo repetir algo de lo que dije y que Francisco Segovia escamotea.
Tras compartir con los lectores ciertos antecedentes en la formación intelectual de Sicilia, escribí que su condición de poeta “no lo hace un vidente ni tampoco lo convierte en un ingenuo”, de tal forma que no veo de dónde saca Francisco Segovia munición para acusarme de creer que Sicilia o su movimiento son ingenuos. No, no creo que lo sean y veo en la naturaleza política, cívica y apartidista del movimiento una buena cosa que se ha ido profundizado desde las primeras manifestaciones en Cuernavaca hasta la Caravana del Consuelo. La amplitud del movimiento permite que ciudadanos de ideas políticas a veces irreconciliables depositemos esperanzas diversas en él. Habrá quien quiera, con todo derecho, que el movimiento de Sicilia ocupe el vacío dejado por el zapatismo en la confrontación anti-sistema; hay quienes deseamos, como escribí el 15 de mayo, que este movimiento ocupe un lugar en el centro político y moral, convirtiéndose en fuente de consuelo y en un instrumento eficaz de la política de seguridad de los tres poderes de gobierno. Espero que los ingenuos no seamos otros y que no se desperdicie esta oportunidad para que México deje de ser esa “democracia bárbara” de la que hablaba José Revueltas.

La izquierda, vieja y nueva, que viene del nacionalismo revolucionario y del leninismo en todas sus variantes, debe estar viendo con preocupación y envidia lo que se está gestando en torno a Sicilia. Los tres partidos hegemónicos, a su vez, quizá tendrán que enfrentar, en vísperas del año electoral, una oposición política de nuevo tipo nacida de la horrenda agravación de lo que Francisco Segovia llama la “injusticia jurídica” que es, lo dice él con precisión, “la injusticia en sentido lato”.

Subrayé, con admiración, la integridad con la que Sicilia ha transformado una tragedia personal en el corolario de una trayectoria como poeta, como cristiano heterodoxo, como pacifista. Dije que Sicilia podría “contribuir a organizar en una agrupación nacional, permanente y ecuménica” a las víctimas de la violencia y subrayé la importancia de “devolverle su nombre y su historia a cada uno de los muertos”. Yo estaba pensando en las poderosas asociaciones de víctimas del terrorismo que en España, por ejemplo, han surgido desde hace muchos años y lamento que Francisco Segovia las desprecie y quiera, además, endilgarme su desprecio. Es él, no yo, quien las desdeña como “instituciones de asistencia social”. Y tal parece que lo que el pacto acordado por Sicilia y su movimiento, en Ciudad Juárez, el 10 de junio, se propone ser es una permanente y ecuménica comunidad de víctimas de la violencia.

Hay, desde luego, una diferencia muy importante para quienes creemos que el enemigo a vencer no es el gobierno del presidente Calderón sino el narcoterrorismo. Ello me lleva a la pregunta que me hice de por qué la izquierda (generalicé entonces y generalizo ahora) es tan reacia a poner a los criminales en la primera línea de la responsabilidad. Me la hice, retóricamente, a mí, no la puse como argumento en boca de nadie, contra lo que dice otro de mis críticos, el periodista Hugo Vargas, que me dirigió una carta abierta que circuló en la red. Cuando me enteré de que el poeta y ensayista Francisco Segovia iba a comentar mi artículo creí que, dado su temperamento especulativo, le interesaría el tema. Me equivoqué: veo que siente perdidos algunos de sus años en la torre de marfil y anda apurado por graduarse de “animal político”, lo cual celebro. Me gusta menos la rutinaria ausencia de los sicarios en un comentario como el suyo: apenas los menciona una vez como “delincuentes crueles y sin conciencia” y saca a cuento al ejército británico por aquello de que Sicilia es gandhiano.
Haber hecho pública mi pregunta de por qué la izquierda suele ser reluctante a esa reflexión me ha granjeado acusaciones, como la de ser fascista, aunque “tenue”, según escribió Carlos López Beltrán en Facebook. Él mismo masticó luego su exabrupto y lo adelgazó etiquetándome con el mote de “hobbesiano”, destacando, eso sí, mi mala leche. Lamento que académicos como él, en apariencia preparados para discutir con cierta altura, recurran al adjetivo fácil y pendenciero tan tristemente característico de la opinión en la red. Me rehúso a aceptar el monopolio de la buena onda que se arrogan algunos de mis colegas escritores, concibiéndose a sí mismos como las célebres almas bellas retratadas una y otra vez por los filósofos. Solo ellos, según se lo figuran, pueden ser solidarios y generosos, solo a ellos les sale y les sabe la buena leche. El resto somos, en el mejor de los casos, poco generosos, impacientes o escépticos indiferentes y en el peor de los casos resultamos ser catedráticos de la violencia legítima o hasta fascistas.

El artículo de Francisco Segovia se titula “Acerca de las opiniones de Krauze y Domínguez sobre Javier Sicilia”, lo cual me obliga a decir otra cosa. Salió de excursionista Francisco Segovia a pepenar divergencias en el campo de quienes ha escogido como adversarios y recolectó los matices entre un par de artículos de Enrique Krauze y yo, que lo sorprenden por venir ambas opiniones de Letras Libres. Francisco Segovia, acaso por herencia familiar, no ignorará que revistas como la nuestra se caracterizan por coincidencias esenciales enriquecidas y probadas por una gama constante y rica de diferencias.

Por supuesto que el movimiento de Sicilia nos ha movido a muchos. Él mismo se ha ido moviendo sobre la marcha, abandonando propuestas ajenas al estado de ánimo de los ciudadanos, sofocando el griterío de sus partidarios radicales para ofrecerle algo en verdad nuevo a la sociedad y respondiendo a las preguntas que desde la opinión pública le hemos formulado tantísimos mexicanos. A principios de junio, en San Francisco, por ejemplo, recibió el premio Global Exchange de Derechos Humanos, y lo hizo refiriéndose a la despenalización de las drogas, ya sea como un mal menor por el que debemos optar o como aquello que iluminaría el camino hacia la salida del túnel. Hugo Vargas se preguntaba por qué hay que discutir el papel de los consumidores de drogas y si en mi mención del asunto, en Reforma, no se asomarían inconfesables intenciones punitivas. No, no es eso: si se quiere discutir integralmente el problema, ¿es creíble separar el consumo y el negocio de la prohibición y la despenalización? Es una falla moral que quienes consumen no se asuman como parte del asunto y miren hacia otro lado.

Me admira –lo repito– la rapidez y la energía con la que Sicilia ha reaccionado y creo que ese temple no es resultado de una metamorfosis, sino el correlato de una congruencia. Le tocará conciliar a él y a quienes lo rodean la urgencia de una agenda política eficaz con el lugar profético (un profeta es originalmente un testigo) que cientos de mexicanos le están otorgando. Por ello, estoy de acuerdo con Francisco Segovia en que Javier Sicilia nos seguirá leyendo con generosidad. ~

 


México, D.F., a 16 de junio de 2011.