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Foto: Eneas de Troya/Flickr

Venezuela: Godzilla va a elecciones

Los venezolanos pasaron cuatro meses en las calles. Ahora la batalla ha pasado a otro plano: las elecciones regionales que se celebrarán el 15 de octubre. Godzilla no se rinde. Godzilla se batirá en duelo con King Kong. Esta vez es en las urnas electorales.

Cuando salí de Venezuela rumbo a Madrid, a finales de julio pasado, el país estaba encendido por los cuatro costados. Balas. Bombas lacrimógenas. Tanquetas. Muertos. Heridos. Los venezolanos se habían sublevado contra la dictadura de Nicolás Maduro. Lo arriesgaban todo. Sin exageración: sonaban las trompetas del Apocalipsis. Hasta se hablaba de una guerra civil. Regresé a Caracas hace poco y el paisaje luce diferente. Ya no traquetean las escopetas de la Guardia Nacional o las de la Policía Bolivariana. Ya no hay gente cerrando las calles. Ya no hay marchas multitudinarias. Acá las cosas cambian en un instante. Cinco minutos equivalen a un año. Y dos meses, que fue lo que tardé fuera, corresponden a una era geológica. Me sorprendió mucho que aquella batalla campal mutara a esta aparente calma de hoy. Bestiario: parece que a la fiera que se insubordinó contra el régimen chavista le hubiesen inyectado un calmante para apaciguarla. Godzilla domesticado.

Mi peluquera, que tiene su negocio en la conflictiva zona de Altamira, donde cayeron varios estudiantes durante las manifestaciones que ocurrieron entre abril y julio, describe la metamorfosis mejor que un sociólogo: es una paz ficticia. Cierto. Los venezolanos no han claudicado. Las protestas languidecieron, pero el descontento está intacto. El malestar social es una energía en reposo. Un monstruo que en cualquier momento se levanta. O es un monstruo que ahora no muestra sus colmillos porque se ocupa de una faena más civilizada: las elecciones regionales que se celebrarán el próximo 15 de octubre para escoger a los gobernadores de los 23 estados. Peligro: el reino de fusiles que tiene a Maduro como monarca se tambalea cuando la pugna se desplaza del conflicto de calle al terreno electoral. En la esgrima del voto, Maduro es débil. Ya ocurrió en las parlamentarias de diciembre de 2015: la oposición conquistó 110 curules mientras que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) apenas obtuvo 55 escaños.

Justo por el shock que le produjo semejante resultado fue que el chavismo dinamitó la vía del referendo revocatorio y colocó en hibernación la convocatoria para las elecciones regionales, que, según la Constitución, debían realizarse en diciembre pasado. La matemática del voto constituye el gran dolor de cabeza del régimen. ¿Y por qué entonces Maduro aceptó ir a las urnas? Paradoja: el cierre del camino electoral desató la furia de los ciudadanos, que optaron por lanzarse masivamente a las calles. El costo fue muy alto: 139 muertos y miles de heridos. Maduro quedó en evidencia ante el mundo como lo que es: un verdugo dispuesto a apretar el gatillo con tal de sostenerse en el poder.  Pero la presión internacional ha sido enorme. Y la amenaza de que Godzilla salga de su letargo provisional y retome las calles está latente. Venezuela roza el precipicio de la hiperinflación: el alza de precios sumará 1.438 por ciento al cierre de este año, según proyecta la firma Ecoanalítica.

Maduro truncó la ruta electoral y, por truncarla, ha tenido que regresar a ella. Le urge una válvula de escape. Le urge lavarse la cara ante el mundo. El dictador se unta colágeno democrático. Y lo ha hecho apostando a que los ciudadanos, desesperanzados porque las protestas de abril-julio no desembocaron en la caída del régimen, se abstendrían masivamente. El PSUV, sin ser mayoría, se llevaría el grueso de las gobernaciones. Al principio, la jugada pintaba bien. Hay un antecedente: en 2005, la Asamblea Nacional quedó bajo control absoluto del chavismo porque la oposición  se abstuvo de participar en las elecciones celebradas ese año bajo el argumento de deslegitimar al régimen. Ese parlamento funcionó perfectamente: nadie en el mundo lo desconoció. Maduro apostaba a que esta vez ocurriera algo parecido. Pero los ciudadanos aprendieron la lección. Godzilla no se rinde. Los sondeos de la encuestadora Datanálisis indican que más de 80 por ciento de quienes se declaran opositores irá a votar el próximo 15 de octubre. Y el Banco de Inversión Torino Capital vaticina que, si se vence la abstención, la oposición podría coronar 18 de las 23 gobernaciones en liza. Maduro se unta colágeno: el pueblo toma Prozac y se sobrepone.

Los números son alentadores, pero no se puede cantar victoria todavía. Hugo Chávez, un titán político, solía citar al pelotero Yogi Berra cada vez que se enfrentaba a una contienda: el juego solo se acaba después que se acaba. La tarea es colosal. Las encuestas efectivamente sugieren que la participación será alta. Pero hay que saltar otros escollos. El chavismo tiene bajo su puño al Consejo Nacional Electoral. En 2015, por ejemplo, el CNE colocó cerca de la tarjeta de la MUD (Mesa de la Unidad Democrática, coalición opositora) otra tarjeta con idénticas siglas para confundir al elector. Fue una clonación perversa. Los votantes no cayeron en la trampa. Para las regionales del próximo domingo recurrió a una artimaña similar: no eliminó del tarjetón electoral las candidaturas de la oposición que ya no están vigentes. En una boleta pueden aparecer dos candidatos de la alternativa democrática, pero solo uno de ellos es el postulado.; el otro es un “fantasma”. Si el elector desconoce cuál es el  verdadero abanderado y marca la opción equivocada, el voto será nulo. La MUD enfrenta un desafío: instruir a los electores sobre la forma correcta de votar en el breve plazo que queda para que se celebren las regionales. Godzilla no se rinde. Pero Godzilla debe batirse en duelo con King Kong.