artículo no publicado

Expansión cuantitativa para pobres

La monserga contra el populismo es su mejor aliado. El sentido común, la mesura y todas esas virtudes del que tiene un sueldo se deshacen ante la punzada del hambre o el miedo. El miedo y el hambre. Las uvas de la ira. Reconvenir al votante populístico como si su decisión fuera mera ignorancia es inútil. El voto, donde lo hay, es el último gesto del desesperado, que puede dinamitar sin exponerse. Con el big data, el voto de siempre, el de la urna, es el último secreto, de momento.

Ese voto populístico se puede interpretar como un aviso o una apuesta decidida por el caos: es más realista verlo así. Reconvenir al votante populista y denostar al populismo en general solo sirven para incitar al tibio. Esto ya ha pasado otras veces, las más llamativas en los años treinta: desesperación e impotencia llevan al poder a un tarado. Quizá las otras veces fue un desliz: ay, no queríamos llegar tan lejos, se nos fue de las manos. Pero ahora ya estamos advertidos: sabemos que encumbrar a un chiflado o a un psicópata siempre acaba mal y, además, es contagioso. Por eso este voto es consciente, meditado (o sufrido, porque para meditar hay que comer), padecido. Es un voto letal.

Ya no es un aviso ni un mensaje. El voto a personajes delirantes, peligrosos, fuera de control, hay que considerarlo una impugnación al sistema. El voto populista es un atentado legal contra algo que se considera que no tiene remedio (y que, encima, insiste en que ya se ha remediado).

Cuando alguien llega a ese extremo es porque quiere dinamitar el sistema y que salte todo por los aires. La desesperación, la impotencia y el miedo no requieren más argumentos, y tampoco se pueden rebatir con razones. La sobredosis de advertencias contra el populismo –que ya es un subgénero (en el que también incurre este artículo)– actúa como una provocación.

Los últimos avisos son tremendos: Brexit, nominación de Trump como candidato republicano, golpe en Turquía. Los tres casos de estudio –si hubiera tiempo para estudiar– incumben a la OTAN, a Occidente. El último es un mix de Oriente y Occidente (aunque ya todo lo es: Houellebecq va teniendo razón). Debajo y antes de estos casos hay una larga lista populante. En Brasil ni siquiera (tampoco) sabemos qué ha pasado instantes antes de olvidarlo. Los golpes de Estado ya no se declaran, no se reivindica su autoría. Lógica borrosa.

La democracia por partes –países– resulta poco útil ante los desafíos globales. Las compañías más grandes ya son tecnológicas. Los medios de comunicación ya no existen: están mutando; en algunos casos son apéndices de esas compañías, que los tienen como museos vivientes; en otros son pura deuda que cambia de manos cada día. El surtido de oprobios que va de la precariedad a la esclavitud se ha consolidado ya como el requisito técnico para salvar al sistema. Como casi todo lo importante, la esclavitud es incuestionable. La frontera entre vender los órganos vitales, alquilar el uso del cuerpo o hacer una tarea becaria, en prácticas, es técnica, circunstancial.

Por lo demás, todo parece funcionar. Visto desde los medios ya mutados, el sistema se está reactivando. Los grandes memes paliativos de la década –optimismo, actitud positiva, resiliencia, hacer ejercicio– renuevan su armario para concluir que el sistema es perfecto excepto tú, maldito desesperado populista. Esta mejoría estadística es letal para el que se queda atascado, al que solo le resta –si aún puede hacerlo– votar al más loco.

Atemperar el individualismo inoculado durante décadas es imposible: habría que entrar con crispr, el editor del genoma (en China están editando ya en vivo el genoma de enfermos incurables; pronto estará en el mercado la edición íntima del carácter, o lo que haya enroscado por ahí). Este retoque del genoma sería dolorosísimo para el ego educado en el espejismo de la independencia: una de las causas del fervor secesionista puede ser la dolorosa comprobación de que esa independencia individual era mentira, o había que pagarla pidiendo un crédito ya inalcanzable.

Algo se podría hacer por rescatar al 30% de desesperados, impotentes y aterrorizados. Algo duradero, similar a lo que hacemos con los bancos, que se han instalado en una especie de rescate permanente. A la oleada de rescates concretos (que aún debemos) le ha sucedido el rescate indefinido: ¡podríamos habernos ahorrado los primeros! De hecho, el sistema antiguo, vigentísimo, se reduce a eso, aderezado con siglas guays: QE. (Las siglas y los acrónimos son los emblemas mutantes del poder). QE: expansión cuantitativa. Mola. El caso es que las grandes tecnológicas, que van muy sobradas, no se deciden al abordaje del dinero/dinero. ¿Por qué? ¿Acaso ese sector está obsoleto?

La idea es ampliar la expansión cuantitativa al 30% aprox. de desesperados que sin salirse de la ley solo tienen un gatillo que apretar: votar a un tarado y que reviente el sistema (¡Brexit!). A cambio, los rescatados podrían incorporarse al universo memético adorador del propio sistema que, clic a clic, gatito a gatito, selfie a selfie, podría, quién sabe, ir trampeando el desbarajuste letal que le corroe las entrañas bla bla, y reecontrar a su consumidor perdido. ~


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