artículo no publicado

Estados Unidos entre el cáncer y el sida

La pregunta es ¿valdría la pena deshacernos de Trump para encumbrar a Pence?

Confirmado, Donald Trump es tóxico en Estados Unidos, en Europa, en América Latina y en casi todo el mundo, pero antes de abogar por su destitución habría que analizar varios puntos y empiezo por el posible sustituto ¿estaríamos mejor con Mike Pence como presidente?

Pence es un político que se distingue por su falta de carisma, que nunca cenaría solo con una mujer que no fuera su esposa y que no va a reuniones donde se sirven bebidas alcohólicas sin su mujer. Antes de ganar la vice presidencia, fue gobernador de Indiana y antes estuvo en la Cámara de Representantes. Ideológicamente está situado en la derecha extrema, simpatiza con el Tea Party y se le considera más conservador que Ronald Reagan. Pence se autodefine como “Cristiano, conservador y Republicano, en ese orden.”

Su agenda doméstica se apega al libreto republicano más ortodoxo e incluye una defensa constante de la reducción de impuestos, sobre todo a las corporaciones. Para la Cámara de Comercio de Estados Unidos su historial defendiendo los intereses corporativos es casi perfecto, entre otras cosas porque se opone a regularlas y sostiene que las políticas que les favorecen traen más beneficios a la gente que el aumento de salarios o la equidad en el pago. Aboga por reducir el papel, la función y el tamaño del Estado, y se ha opuesto a casi todos los rescates económicos y a los programas de construcción de viviendas para los pobres.

En lo social se opone al aborto y a todo lo que tenga que ver con la expansión de derechos a la comunidad gay, como el matrimonio entre personas del mismo sexo o la adopción de niños a parejas gay. También objeta la legalización de la marihuana. En educación, favorece políticas consideradas anti-educación pública; en medio ambiente, niega la veracidad del consenso científico sobre el cambio climático, y apoya la explotación petrolera en la costa. Su historial en temas de protección al medio ambiente y a los animales salvajes es deplorable.

Su nacionalismo es exacerbado y defiende el “Ley Patriota” que permite a los servicios secretos estadounidenses vigilar la vida privada de los ciudadanos en nombre de la protección contra el terrorismo, el “juramento de lealtad a la patria”, y se opone a la profanación de la bandera nacional. Es también defensor a ultranza del derecho de la gente a poseer y portar armas, y de la Asociación Nacional del Rifle, los poderosos cabilderos de los fabricantes de armas. Es un acérrimo enemigo del Obamacare y de cualquier otro programa de salud pública que no sea privado, y aboga vehementemente por aumentar el gasto militar del país.

En asuntos migratorios, está a favor de la construcción del muro en la frontera sur y de las deportaciones de inmigrantes indocumentados; votó a favor de rescindir la ciudadanía por nacimiento en ciertos casos y por declarar el inglés la lengua oficial. Está en contra de las ciudades santuario y obviamente apoya el veto de Trump a los inmigrantes de siete países musulmanes. Está en contra del Pacto Nuclear con Irán.

Por otro lado, según muchos de sus colegas es una persona integra y capaz de trabajar con los demócratas en temas de interés común. Junto con Adam Schiff, uno  de los congresistas más liberales y quien ahora comanda la investigación sobre Trump en el caso de su posible intento de obstruir la justicia, Pence introdujo el Proyecto de Ley para Proteger el derecho de los Periodistas a mantener en secreto sus fuentes.

En el pasado, propuso luchar contra Rusia con fuerza y en coordinación con los países aliados, hoy no sé cuál sea su posición dados los acercamientos de Trump a Putin. En temas de comercio exterior ha apoyado todos los Tratados de Libre Comercio que el país ha firmado pero tampoco sé si ahora sigue pensando igual.  

Últimamente se le ha reprochado su enconada defensa de las barbaridades que dicen y hacen Trump y su equipo. Sus defensores alegan que le debe lealtad al patrón pero algunos pensamos que todo individuo debe tener un mínimo de dignidad que le impida defender lo indefendible. Por ejemplo, es poco convincente su alegato de que no sabía que Michael Flynn estaba siendo investigado por el FBI. Tampoco es justificable que repitiera la inverosímil versión de que fue la recomendación del Departamento de Justicia la que motivó el despido del director del FBI James Comey, que horas después fue desmentida por el propio Trump.

Así las cosas, las preguntas obligadas son: ¿Cuáles serían los argumentos para enjuiciar y condenar a Trump? ¿Se le puede destituir por inepto? Es difícil probarlo y todos sabemos que la evidencia necesaria para hacer de lado el resultado de la elección, debe ser contundente. ¿Por coludirse con los rusos para ganar la elección? Sabemos que los rusos intervinieron pero no sabemos si la maniobra fue coordinada con la gente de Trump. Si se probara que hubo colusión estoy seguro que habría apoyo de suficientes republicanos en el Congreso para enjuiciarlo y condenarlo.

¿Cuáles serían los peligros de enjuiciarle políticamente? Muchos dirían que aún cuando el juicio político está previsto por la ley, accionarlo cuestiona la legitimidad del sistema político. Otros diríamos que ya otras veces se le ha invocado, por ejemplo con Richard Nixon, quien renunció antes de ser enjuiciado y condenado para luego ser perdonado por su sucesor, y el sistema político se fortaleció. También se habló de someter a juicio a Ronald Reagan por mentir en el caso Irán-Contra. Reagan no fue enjuiciado porque el trauma de lo sucedido con Nixon estaba demasiado cercano. Bill Clinton sí fue enjuiciado por la Cámara de Representantes pero no fue acusado en el Senado.

La última pregunta es ¿valdría la pena deshacernos de Trump para encumbrar a Pence? La pregunta me recuerda a Mario Vargas Llosa quien en 2009 dijo que si en la elección presidencial peruana habría que escoger entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori sería como elegir entre el cáncer y el sida. ¿Usted qué cree?