artículo no publicado
Ilustración: Emmanuel Peña

Brexit blues

Cuando el Brexit ganó el referéndum, tras una campaña llena de mentiras y tergiversaciones, muchos analistas hablaron de un país partido en dos. La fractura es más profunda y compleja de lo que parece, y para entenderla hay que tener en cuenta la geografía.

La “ventana de Overton” es un término de ciencia política que designa el abanico de ideas aceptables en el pensamiento político de una cultura en un momento dado. Fue una creación de Joseph Overton, un intelectual que trabajaba en un think-tank, vivía en Michigan y murió en 2003 a los 43 años en un accidente de vuelo en solitario. Su observación crucial, que emergió de su trabajo y fue decisiva para el think-tank Right, era que la ventana de la aceptabilidad se puede mover. Una idea puede empezar muy lejos del mainstream político –los impuestos planos, la abolición de la agencia encargada de la recaudación fiscal, el irs, que haya más armas de fuego en los colegios, construir un hermoso muro y hacer que lo pague México–, pero una vez que se ha declarado y defendido, enmarcado y vuelto a defender, se vuelve concebible. Pasa de la periferia de las ideas de los think-tanks de derechas a periodistas compañeros de viaje; después pasa a la periferia de la política electoral; luego se convierte en algo que la gente empieza a aconsejar con seriedad como posible política. La ventana se ha movido, y ásperas bestias se deslizan a través de ella para nacer.

La política británica nunca ha visto un ejemplo más puro de la ventana de Overton que el referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea. En 1994, el billonario James Goldsmith fundó un partido político cuyo único propósito era abogar por un referéndum. El Partido del Referéndum estaba muy lejos del mainstream político, y un número significativo de sus miembros estaban claramente locos. El momento en el que el partido obtuvo atención mainstream –hablar de “éxito” no sería justo– fue cuando el propio Goldsmith se presentó a las elecciones generales de 1997 en Putney contra David Mellor, el ministro al que habían pillado cuando tenía un lío con una actriz. Su historia de “folla y cuéntalo” salió en los tabloides e incluía el detalle ficticio de que (por citar la primera página del Sun) “Mellor hizo el amor con la camiseta del Chelsea puesta”. En una sociedad mejor organizada, inventar ese tipo de cosas te da un Premio Goncourt. A Goldsmith le fue mal y quedó cuarto con 1518 votos, pero Mellor perdió de todas formas. Cuando se declaraban los resultados, Goldsmith y sus partidarios cantaban “Out! Out! Out!”, mientras Mellor pronunciaba el discurso donde aceptaba la derrota, y las palabras sonaban de forma muy parecida a “Raus! Raus! Raus!”, lo que provocó uno de los momentos más memorablemente feos de las elecciones de 1997. El Partido del Referéndum disputó 547 escaños y los perdió todos.

La historia de cómo esa idea, evidentemente ridícula en 1997, se convirtió en una realidad en 2016, se contará a menudo mientras vivimos sus consecuencias en las próximas décadas. Una de las características de la historia es una falta de seriedad típicamente británica: tragedia y farsa, como ocurre tan a menudo en la vida política del país, eran difíciles de separar. El clímax fue el propio referéndum, que se prometió en 2013 cuando David Cameron estaba seguro de que no tendría que celebrarlo. La evidencia sugería poderosamente que podría hacer en 2015 lo mismo que había hecho en 2010: culpar a sus compañeros de coalición, los liberal-demócratas, por no haber podido cumplir los compromisos del programa. Cuando llegó la campaña, su principal protagonista, Boris Johnson, era un hombre conocido por no estar a favor de sus propios argumentos, que maniobraba para tomar posición en la batalla por el liderazgo de los tories que debía producirse en algún instante entre una victoria de la opción de la permanencia y las elecciones generales de 2020. No creo que haya habido un momento de la política británica en el que tantas personas dedicasen tanto tiempo a declarar ruidosamente cosas que sabían falsas.

Kipling hizo una buena pregunta: “¿Qué saben de Inglaterra los que solo conocen Inglaterra?” Pero hay una variación que, hoy, puede ser más relevante: “¿Qué saben del Reino Unido los que solo conocen Londres?” La respuesta a las dos preguntas resulta ser la misma: “No lo suficiente.” Inglaterra es tan pequeña, desde el punto de vista geográfico, que es fácil olvidar que también es sorprendentemente grande. No hay ningún país rico de tamaño equivalente que esté más densamente poblado. El único país que tiene más habitantes que Inglaterra y más personas por kilómetro cuadrado es Bangladesh. Lo que esto significa, desde el ángulo de la experiencia, es que hay una especie de densidad en Inglaterra y en ser inglés; Inglaterra es muy parecida a sí misma y significativamente diferente si te desplazas quince kilómetros. Cuando mi familia vivía en Norfolk, yo podía notar de inmediato la diferencia entre el acento de Suffolk y Norfolk. Lo hacía de manera inconsciente, sin pensarlo: esta persona no es de por aquí. La frontera con Suffolk estaba a unos veinte kilómetros. Me mudé a Londres a principios de 1987 –cuando conseguí un trabajo en la London Review of Books– y no echo de menos Norfolk, pero pienso a menudo en la zona.

En los años que han pasado, la mayor parte de mis viajes por el Reino Unido ha estado vinculada a varias formas de trabajo para los medios. Se necesitaría un satirista esforzado para imaginar un oficio más metropolitano que el de crítico gastronómico, pero la cuestión es que yo lo fui, en dos ocasiones, y un efecto secundario es que pasé mucho más tiempo viajando por Inglaterra de lo que habría hecho de otro modo; especialmente por partes de Inglaterra que, en condiciones normales, no habría tenido motivo para visitar. Si no hubiera estado alardeando de promocionar libros y/o quejándome de vieiras insuficientemente caramelizadas, nunca habría tenido razón para visitar Hull, Wellingborough, Newcastle, Liverpool, Manchester, Leeds, Sheffield, Hexham, Budleigh Salterton o el Wirral, Chesterfield, Stowmarket, Brighton, Lancaster, Ludlow o Stamford. Estoy encantado de haberlo hecho, porque fue una parte esencial de mi educación. Las cosas más importantes que saqué de ello son las siguientes: que Inglaterra es al mismo tiempo un país grande y pequeño; que hay mucha Inglaterra profunda y que las distintas formas de la Inglaterra profunda son muy diferentes unas de otras: Ludlow es tan inglesa como G. K. Chesterton, y también lo son Newmarket, Chesterfield y Redruth, pero no son el mismo lugar en absoluto.

Una vez le pregunté a Danny Dorling por qué, cuando yo estudiaba, la geografía trataba de las formas de los ríos pero ahora los geógrafos más conocidos parecen ser marxistas. Dijo que es porque cuando miras un mapa y ves que la gente a un lado de una línea es rica, está sana y vive mucho tiempo, y la gente del otro lado es pobre, enferma y muere joven, empiezas a preguntarte por qué, y eso te lleva a explicaciones que buscan la causa profunda, que luego te llevan en la dirección del marxismo. Al viajar por Inglaterra, he tenido a menudo motivos para recordar esa observación. Estamos acostumbrados al análisis político basado en la clase, y la menor de la razones no es que el sistema político británico se organice en torno a dos partidos políticos cuyas orientaciones principales tienen que ver con la clase. Lo que te asombra si viajas por distintas partes del país, sin embargo, es que la realidad primaria de Gran Bretaña no es tanto la clase como la geografía. La geografía es destino. Y para buena parte del país no es un destino feliz.

Nacer en muchos lugares de Gran Bretaña es sufrir una derrota irreversible que dura toda la vida: un truncamiento de las oportunidades, de la educación, del acceso al poder, de la esperanza de vida. La gente que crece en estos lugares viene de un ambiente cultural que los equipaba para un trabajo manual razonablemente bien pagado, no cualificado, semicualificado y cualificado. Los hijos dejaban el colegio en cuanto podían y trabajaban en las mismas industrias que habían empleado a sus padres. Los jóvenes con aptitudes académicas iban a la grammar school y recibían una educación que les permitía convertirse en clase media. Todo eso ha desaparecido, esos puestos de trabajo y las grammar schools, y la vista ofrece un paisaje donde a menudo hay trabajo –existen bolsas de desempleo, pero en general no hay escasez de trabajo y la tasa de participación de la fuerza de trabajo es la más alta que ha habido, quince puntos por encima de Estados Unidos–, pero es insatisfactorio, inseguro y está mal pagado. La palabra “precario” tiene como significado subyacente “dependiente del favor de otra persona”. Alguien puede quitarte las cosas que tienes cuando quiera. El precariado, como se denomina esta nueva clase, quizá no conozca la etimología, pero no lo necesita: la realidad es demasiado familiar.

¿Cuál ha sido la “oferta” política para esa gente, a lo largo de los últimos decenios? La verdad es que no mucha. La realidad de la moderna economía británica es que los sectores prósperos generan los impuestos que pagan lo demás. El viejo trabajo ha desaparecido y no va a volver. El declive de la industria británica es real, pero la cifra principal –era el 25% de nuestra economía y ahora es el 10%– oculta el hecho de que todavía somos una economía industrial importante. Nuestra proporción industrial es más o menos la misma que la de Estados Unidos o Francia; somos la octava economía industrial del mundo. Pero esos trabajos ya no son lo que eran. La industria manufacturera británica es todavía una industria de alta cualificación y valor; no fabricamos coches, frigoríficos, lavadoras, teléfonos y cosas que todo el mundo ve, pero hacemos componentes de alta tecnología y aparatos industriales de un tipo en el que nadie piensa. El Reino Unido, por ejemplo, tiene la segunda industria aeroespacial del mundo. La parte más complicada de un avión es el ala; el avión de pasajeros más grande del mundo pertenece al Airbus 380, que se fabrica en Gales. (Son tan grandes que tienen que viajar desde el estuario del Dee en el norte de Gales hasta Pauillac, en el estuario de la Gironda, en un barco construido ex profeso). Este trabajo industrial es de alta cualificación y valor y no da un empleo masivo; se parece mucho al tipo de trabajo en servicios que florece en Londres y en el sureste.

Estos puestos de trabajo dependen de que el Reino Unido sea una economía liberal, abierta e internacionalizada con niveles de alta cualificación en áreas concretas. Esta ha sido la dirección que han seguido la política y economía británicas desde 1979, y los dos partidos han desarrollado políticas con ese objetivo en la cabeza. El gobierno laborista ofrecía más protección social, pero lo hacía en buena parte a escondidas y sin explicar ni defender sus acciones. No había una estrategia para sustituir la industria perdida; eso quedaba en manos del libre mercado. Con estas políticas, partes del país han quedado atrás, simplemente. La clase trabajadora blanca tiene razón al sentirse abandonada: ha sido abandonada. Ningún partido político tiene nada que ofrecerle excepto distintos niveles de prestaciones. La gente que vive en las partes ricas del país paga los impuestos que mantienen a las partes pobres. Si tuviera que elegir un solo dato que no ha desempeñado el menor papel en el discurso político, pero que resume la situación actual del Reino Unido, sería que en el Reino Unido la mayor parte de la gente recibe más del Estado, en transferencias directas de efectivo y prestaciones como atención sanitaria y educación, de lo que contribuye a él. Las cifras son inquietantemente similares a las del resultado del referéndum: el 48% son contribuyentes netos, el 52% son receptores netos. Es un sistema que despierta un profundo resentimiento tanto en quienes reciben las prestaciones como en quienes aportan su generosidad.

James Meek, “Robin Hood in a time of austerity”, London Review of Books, 18 de febrero de 2016.

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Una de las cosas que ves cuando viajas por el país y hablas de economía con la gente es que los jóvenes en particular tienen la impresión de vivir en un sistema económico y no en un sistema político. Piensan en puestos de trabajo, en pagar el alquiler y en si alguna vez tendrán una casa propia y, cada vez más, en deuda estudiantil, y no creen que la política tenga nada que decirles sobre esas cosas. Eso es porque la economía es la misma independientemente del partido que esté en el gobierno. Esta es una de las razones por las que la campaña a favor de la permanencia no logró ganar el debate. Presentar argumentos económicos a votantes que se sienten oprimidos por la economía es arriesgado: es bastante probable que te manden a la mierda. Eso es lo que hizo el electorado a la casi cómica cabalgata de sabios y peces gordos que se tomaron la molestia de explicar que el Brexit sería una locura ruinosa: Obama, Lagarde, Carney, el fmi, la ocde, el Banco Central Europeo y cada comentarista y analista que se te ocurra. El contraargumento no era en realidad un argumento sino un llamamiento muy hábil a la emoción, a la idea de que el Reino Unido debía “recuperar el control”.

Quien diera con ese eslogan había pasado más tiempo escuchando que hablando. La campaña del Remain no logró hacer eso. El tono dominante en el país desde la restricción crediticia y la gran recesión ha sido de perplejidad, desconcierto y desorientación. ¿Cómo ha ocurrido? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué nadie nos escucha, por qué no le importamos a nadie? Es lo que oyes cuando hablas con el público sobre este asunto. Aunque muchos hablan a menudo de la ira, es revelador que lo hagan tan a menudo preguntando por qué la gente no está más enfadada. Si tuviera que elegir una frase que he oído más que ninguna otra en los últimos seis años de conversación sobre la economía, sería: “¿Por qué la gente no está más enfadada?” El voto del Brexit mostró que muchos lo están. Pero quizá expresó esa otra sensación, la de desconcierto, en la misma medida. “Recuperar el control” es una llamada cínica pero extremadamente astuta para un electorado en ese estado mental.

La inmigración, el tema sobre el que los defensores del Leave hicieron campaña de forma más efectiva y cínica, es el asunto sobre el que este desconcierto resulta más evidente. Hay elementos obviamente fuertes de racismo y xenofobia en el sentimiento antiinmigración. Todos los racistas que votaron votaron por Leave. Pero hay mucha gente a la que los inmigrantes no le provoca tanta hostilidad como perplejidad. Se sienten abandonados, olvidados pobres, ignorados y con dificultades; entonces, ¿por qué los inmigrantes quieren venir aquí, y les va tan bien cuando llegan? Si Gran Bretaña está rota, y eso es lo que piensan muchos votantes pro-Brexit, ¿por qué es tan atractiva? ¿Cómo hay tanta gente que puede tener éxito cuando ellos están fracasando? Un texto revelador y triste que el Economist publicó en 2014 describía Tillbury, a cuarenta minutos de Londres, donde la clase trabajadora blanca veía con resentimiento cómo los inmigrantes se levantaban pronto y cogían el tren para trabajar en la capital, que, para ellos, parece imposiblemente lejana. “La mayoría de los residentes de la localidad, uno de los lugares más pobres de Inglaterra, tienen tantas posibilidades de ir a trabajar a la capital como de volar a la luna.”

La evidencia sobre la inmigración es clara: los inmigrantes de la ue son contribuyentes netos a las finanzas del Reino Unido, y tienen menos posibilidades de pedir prestaciones que los nativos británicos. El inmigrante medio es más joven, mejor educado y más sano que el ciudadano británico medio. En otras palabras, por cada inmigrante que dejamos entrar, el país es más rico, más capaz de pagar sus necesidades de salud, educación y bienestar. En cuanto al muy publicitado “sistema de puntos” australiano, no tenemos nada que aprender de él: los inmigrantes que llegan al Reino Unido están más cualificados que los que llegan a Australia. Además, la mayor parte de la gente que aparece en las estadísticas como inmigrante son estudiantes, porque el ministerio del interior ha decidido contabilizar como inmigrantes a los estudiantes que están aquí mientras hacen los cursos de su titulación. De las 330.000 llegadas netas de las cifras más recientes, 169.000 corresponden a estudiantes. ¿Crees que los estudiantes son inmigrantes? Personalmente, yo no.

La justificación para incluir a los estudiantes en las estadísticas migratorias es que muchos de ellos se quedan cuando termina su curso. Los datos, sin embargo, son tan confusos como controvertidos, hasta tal punto que la Oficina Nacional de Estadística envía al lector interesado a una página que debate la cuestión de por qué la cantidad de estudiantes que se quedan varía tanto según cómo los cuentes. Se sabe que el ministerio del interior prefiere seguir incluyendo a los estudiantes en las cifras, a pesar de peticiones de las universidades y la comunidad empresarial. Para ser justos, debería decirse que contar a los estudiantes en las cifras de la inmigración es una práctica común internacionalmente.

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Estos datos, disponibles libremente para cualquiera que sienta interés por el asunto, no tuvieron ningún impacto en el debate del referéndum. Eso en parte tiene que ver con la incompetencia de la campaña de Remain, pero quizá también refleja que la realidad de los inmigrantes jóvenes, sanos, con aspiraciones, trabajadores y exitosos tampoco habría ayudado a los partidarios del Remain: toca demasiados puntos dolorosos que aluden a quedarse atrás.

Una de las ideas más importantes que han surgido de la microeconomía –o, al menos, la que ha tenido más consecuencias para la política democrática– es la “aversión a la pérdida”. La gente detesta que le quiten cosas. Pero franjas completas del Reino Unido han convivido los tres últimos decenios con la percepción de que les quitan cosas: puestos de trabajo, la sensación de que se les escucha, su idea de cómo funciona el mundo y su lugar en él. Las distancias en nuestra sociedad se han vuelto demasiado grandes. Escribí en las últimas páginas de Cómo hablar de dinero que las tensiones estructurales que había en la sociedad occidental eran tan grandes que las cosas no podían seguir así.

Eso no significa que lo viera venir en 2014. Pensé que la crisis en la sociedad británica (y de hecho occidental) sería económica antes que política. Todavía puede ocurrir. Sin embargo, por ahora, lo que ha sucedido equivale a un colapso de nuestro sistema político. El hecho de que el liderazgo de los dos partidos principales se haya desintegrado sería una historia tremenda en circunstancias normales, pero en el caos actual no es más que un efecto secundario. El problema de fondo es que el referéndum ha expuesto fracturas en la sociedad que no cubren los partidos políticos tal como están constituidos actualmente. La gente dice que Gran Bretaña está “dividida” como si eso fuera algo nuevo, pero las sociedades están divididas a menudo, y los intereses de todos los grupos e individuos no se alinean. Si lo hicieran, la humanidad sería los Borg. Los partidos políticos son el mecanismo a través del cual se discuten las divisiones de la sociedad y se afirman los intereses que compiten entre sí.

El problema con el lugar en el que nos encontramos ahora es que la configuración de los partidos no encaja con los asuntos que se deben resolver. Simplificando, los Tories son una coalición de nacionalistas, que votaron por salir, e intereses empresariales, que votaron por quedarse; el laborismo es una coalición de liberales urbanos, que votaron por quedarse, y la clase trabajadora, que votó por salir. Esto significa que si se celebrasen unas elecciones generales mañana sobre el único tema del referéndum, el votante no sabría a quién votar. No estaría en absoluto claro qué facción de cada partido prevalecería cuando los detalles enormemente importantes de lo que significa el Brexit fueran a debatirse.

Este problema se complicó, o incluso se creó, por la naturaleza de la campaña del Leave. Los argumentos a favor de la salida se basaban en mentiras. La primera era que Gran Bretaña envía 350 millones de libras a la semana a la ue. Esto es una falsedad clara y consciente, y que tantos defensores destacados del Brexit empezaran a dar marcha atrás con respecto a ella al día siguiente es una señal de que lo sabían de antemano. La segunda gran mentira de la campaña era que el Reino Unido podría tener acceso al mercado único sin aceptar la libre circulación de los ciudadanos de la ue. Ningún país tiene este acuerdo, y no hay razón para pensar que es posible. Si Gran Bretaña fuera a cerrar un trato por el que tendría acceso al mercado único y control sobre la inmigración de la ue, sería el final de la ue, porque otros países dejarían la Unión y pedirían lo mismo. Los defensores del Leave no parecen entender que las élites continentales tienen los mismos sentimientos intensos sobre la supervivencia de la ue que los Leavers hacia el Brexit. Para que la ue sobreviva, será importante que se vea al Reino Unido pagando un precio elevado por marcharse. No sabemos todavía cuál será ese precio, y no tengo ganas de descubrirlo.

Se ha señalado a menudo que la naturaleza geográfica y de clase de las divisiones del Reino Unido hace que mucha gente viva en comunidades donde no conoce a nadie que votara por el otro lado en el referéndum. Para mí, esto es cierto en general: Lambeth, donde vivo, fue el lugar más partidario del Remain en el Reino Unido, y todos los vecinos con los que hablé estaban horrorizados por el resultado. Conozco a algunos partidarios del Leave, sin embargo, sobre todo gente que trabaja en las finanzas. Sus argumentos para votar por la salida son una mezcla de preocupaciones abstractas por la soberanía (con las que es fácil simpatizar), una profunda aprensión ante los riesgos económicos de la Eurozona (lo mismo) e inquietud por una regulación más dura para la City de Londres (no tanto). Lo que todos esos partidarios del Brexit tienen en común es la creencia de que las cosas no cambiarán mucho después del voto. El Reino Unido tendrá el mismo acuerdo que Noruega: haremos pagos en efectivo a la ue y aceptaremos la libertad de circulación de las personas a cambio del acceso al mercado único. Eso me suena bien; parece el resultado menos malo teniendo en cuenta dónde estamos. El problema, sin embargo, es que no es por lo que votó la mayoría de los partidarios del Brexit. Les prometieron que ellos/nosotros “recuperaríamos el control”, en una campaña cuyo principal foco era la inmigración. Un apaño para la inmigración y acceso al mercado único sería de lejos la mejor opción para el Reino Unido, pero también sería una traición a esos votantes del Leave.

La mendacidad de la campaña del Leave puede representar una recalibración de nuestro sistema siguiendo líneas estadounidenses, donde los votantes solo escuchan a gente a la que ya creen, y no se penaliza la falsedad, especialmente en la derecha política. El segundo legado tóxico de las preocupaciones de la campaña es la naturaleza descaradamente xenófoba del mensaje del Leave. Había buenas razones por las que la vida pública británica tenía fuertes tabúes sobre el tema de la inmigración. Es cierto que esto causaba resentimiento porque se había vuelto imposible declarar inquietud por la inmigración sin que te acusaran de racismo. Los temas prohibidos generan emociones poderosas. El tabú también impedía que la gente presentara argumentos a favor de la inmigración y cortaba el debate antes de que empezara. Los argumentos económicos a favor de la inmigración, en países ricos occidentales con bajas tasas de natalidad, son bastante claros: como la próxima generación de contribuyentes no está naciendo, vamos a tener que importarlos, si queremos mantener nuestros sistemas de atención sanitaria, pensiones y Estados del bienestar. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria pone el nivel necesario de inmigración a largo plazo en 140.000 personas al año. Pero, aunque los beneficios de la inmigración generalmente se comparten, los impactos locales pueden parecer abrumadores a veces, especialmente cuando una zona que no tiene experiencia previa de inmigración se encuentra de repente con decenas de miles de recién llegados, y ningún aumento correspondiente de recursos frente a la presión de los alojamientos, los colegios, la atención sanitaria y todo lo demás. Los gobiernos han tardado demasiado en responder a esta tensión entre el bien colectivo a largo plazo y los costes locales a corto plazo. El plan a veces parece invocar una espera hasta el siguiente censo, dentro de diez años, y luego pensar en ello. (Una técnica simple pero efectiva sería observar los aumentos locales en los idiomas empleados en las búsquedas de Google.) Pero eso no es ningún plan, y es un área donde los gobiernos del Reino Unido, así como la política del Reino Unido, ha fracasado ampliamente, tanto a la hora de presentar argumentos sobre las realidades de la inmigración como a la de hacer planes para abordarlas.

Quizá sea demasiado tarde para solucionar el debate sobre la inmigración. El silencio en torno al tema tuvo consecuencias negativas, pero la ruptura del tabú es un desastre a largo plazo. Condujo de inmediato a un pico en las agresiones racistas. Todos esos millones de nuestros conciudadanos que han pasado los últimos decenios murmurando para sí que Enoch

Enoch Powell (1912-1998) fue un político británico. En 1968 pronunció un célebre discurso contra la inmigración. [Nota de la redacción.]

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tenía razón ahora se sienten empoderados, justificados, libres de decir al fin lo que piensan. Hay una verdadera oscuridad en este país, una enfermedad xenófoba y racista, y está más cerca de la superficie ahora que en decenios. Esto es un resultado directo de la campaña del referéndum. El legado dual de la campaña es el final de la idea de que la política se basa en el argumento racional, y un nuevo permiso para odiar a los inmigrantes. En política, esas nuevas realidades van a ser mucho más importantes en los años venideros que los detalles de quién es el Tory medio espabilado que está al mando. Aunque en el Partido Conservador nadie parece tener esa opinión. En un artículo publicado en el Guardian inmediatamente después del referéndum, Rafael Behr citó una fuente de Downing Street que describía lo que había ocurrido como la ejecución de un plan a largo plazo de la derecha Tory para destruir a Cameron. Por raro que les parezca a los que no son Tories, muchos conservadores no consideran a Cameron uno de los suyos: es demasiado metropolitano y socialmente liberal, y en persona es famoso por su frialdad, lo que importa en el partido del parlamento. Los medios, decía la fuente “estaban obsesionados con el fuego amigo y no lo entendían. No era Dave contra Boris. Era un golpe bien organizado de la derecha”. Los nombramientos de ministros de Theresa May dan mucha credibilidad a esa teoría. Parece que el partido hubiera tomado prestado a Cameron para concurrir en unas elecciones difíciles que nunca podría haber ganado sin él, y luego lo hubiera depuesto.

En cuanto a la economía del mundo post-Brexit, el caos inmediato era previsible y se predijo. La imagen a largo plazo es mucho más difícil de discernir. No todo son malas noticias: una libra más débil es algo bueno, y el probable crash de la propiedad en Londres se esperaba desde hace tiempo. Podría incluso hacer las propiedades en la capital accesibles para los jóvenes, lo que sería algo muy positivo para nuestra vida nacional. Es bastante probable que las incertidumbres en torno al futuro inmediato hagan que la demanda se reduzca tanto que produzca otra recesión. Las primeras víctimas serán los electores de clase obrera que votaron por el Leave; la disminución de la recaudación impositiva por la recesión también les afectará. La economía vacilante hará que descienda la inmigración, que causará más perjuicios a la economía.

Una vez que estén establecidas las particularidades de la disposición post-Brexit, sabremos mucho más sobre dónde estamos. Una gran cantidad de la incertidumbre económica no se debe tanto al asunto del comercio –puesto que las ventajas del comercio más libre posible están claras para todas las partes– sino al estatus de la City de Londres. Nadie que no sea parte de la City ama a la City, pero la recaudación impositiva derivada del papel global de Londres en los servicios financieros es muy importante para el Reino Unido. En este momento, la City se beneficia del passporting, que le permite tratar libremente con servicios por toda la Unión Europea. Este passporting tiene probabilidades, muchas probabilidades, de sufrir un ataque de los poderes combinados de Fráncfort y París (y también de la anglófona, con bajos impuestos societarios y bien educada Dublín). Pueden esperarse otros movimientos regulatorios contra Londres. Eso podría salirle caro al Reino Unido.

Una reducción del dominio de las finanzas puede ser un beneficio neto; tendríamos un pib más pequeño, probablemente, pero el país no estaría deformado –o no hasta el mismo grado– por la supremacía de la City. Sin embargo, hay mucho que matizar aquí. Para empezar, es posible que los movimientos contra Londres se hubieran producido de todos modos: un defensor del Brexit que conozco estaba a favor del Leave porque una victoria estrecha para el Remain (que es lo que esperaba) habría alentado, desde su punto de vista, que los cuerpos regulatorios se alinearan y actuaran sobre Londres. Es probable que haya todo tipo de consecuencias no deseadas que explotar, y la City está llena de gente cuya vida laboral gira en torno a la explotación de las consecuencias no deseadas. La mayor fuente de financiación en el mundo son los Eurodollars, el confuso nombre que reciben los dólares guardados en depósito fuera de Estados Unidos. Todo ese mercado era una consecuencia inesperada de la regulación bancaria estadounidense en las décadas de 1960 y 1970. El Eurobono (un bono denominado en una moneda que no es la del país donde se emite) fue un enorme mercado creado en la City en 1963, mucho antes de que el euro fuera un proyecto remoto para Fráncfort. La City es creativa, oportunista, experimentada y amoral; si alguna entidad tiene el “conjunto de habilidades” necesario para beneficiarse del mundo post-Brexit, es la City de Londres.

Además, los gobiernos nerviosos, desesperados por conseguir ingresos, pueden someterse todavía más para dar a la City las políticas que quiere. Una temprana señal en esta dirección fue el anuncio de George Osborne de que quería reducir el impuesto de sociedades al 15% para mostrar que la Gran Bretaña post-Brexit está “abierta a los negocios”. Osborne se ha ido; la medida probablemente no. La prensa económica ha especulado con la idea de que el gobierno renunciará a sus planes de endurecer el estatus de contribuyente no residente para los extranjeros superricos. La necesidad de ingresos hace que sea importante no echar a los no residentes del país, le dijo un abogado de la City al Financial Times. “Necesitamos un régimen amistoso.” Habrá muchas cosas parecidas.

Nada de esto es lo que los votantes de clase obrera tenían en la cabeza cuando eligieron Leave. Si se combina con la política que quieren todos los intereses económicos del Reino Unido –la opción noruega, donde contribuimos a la ue y aceptamos la libre circulación de trabajadores, es decir, la inmigración, como parte del precio–, será una profunda traición de buena parte del voto favorable al Leave. Si hacemos cualquier otra cosa, nos infligiremos graves daños económicos a nosotros mismos, y seguiremos una política que la mayoría del electorado (el 48% que votó por Remain, y los partidarios del Leave que son económicamente liberales) considera errónea. Por tanto, el resultado más probable, diría, es la traición a la clase obrera blanca. A estas alturas, deberían estar acostumbrados. ~

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                                    Traducción de Daniel Gascón. Publicado originalmente en London Review of Books.


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