artículo no publicado

Los hijos del florero

Hay un momento de su historia en que Colombia hace lo que en términos hípicos llamaríamos un "extraño". Ese "extraño", una apuesta por lo civil, la aparta del curso que van siguiendo —y seguirán— muchas de las repúblicas latinoamericanas que trotan a su costado.
¿Cuál es ese momento? ¿Es, como creyó Germán Arciniegas, el instante en que Santander abandona la lucha militar y, haciendo una muda a un tiempo política y jurídica, se convierte en gobernante civil de su encabritada nación? ¿Es el día de 1863, muchos años después, en que los liberales estampan la ilustrada Constitución de Riogrande? ¿O la ocasión reciente, en 1958, en que tras la caída de Rojas Pinilla los civiles forman el Frente Nacional y, gracias a la alternancia pactada,previenen los cuartelazos que en los sesenta y los setenta campearán por casi toda América Latina?
     Aunque México también se evitó el militarismo gracias a su peculiar sistema político y Chile produjo los primeros códigos civiles y nuestras primeras gramáticas gracias al importado Andrés Bello, Colombia tiene un singular mérito institucional que la reciente victoria de Álvaro Uribe Vélez, en vez de desmerecer, realza. Creer, como se cree en Europa, que la aplastante apuesta popular por Uribe es una opción por el militarismo es ver las cosas patas arriba. Uribe resulta, precisamente, de una sociedad que a pesar de su desesperación ha querido evitarse a sí misma a un Pinochet, un Fujimori o un Hugo Chávez. Cuando en los últimos tiempos, bajo el asedio triple de los dos terrorismos de izquierda y el terrorismo de derecha, los colombianos seguían ciñéndose al marco constitucional, bajo el mando civil, muchos nos preguntábamos: ¿Cuándo se hará trizas la tradición civilista y, bajo el antiguo pretexto de lo nuevo, irrumpirá en el escenario, con la ley de su espada, el salvador de la patria? Pero no ocurrió nada de eso. Ni en los momentos de más angustia, cuando se oía en los taxis de Bogotá suspirar por Fujimori. El civilismo, apretando los dientes, resistió. No hubo golpe, no irrumpió un candidato marginal y desconocido con dobles intenciones, no se quebró el molde institucional, como ha pasado en situaciones menos explosivas en tantos países alrededor de Colombia. Lo que hubo es algo distinto: una afirmación, desde el interior del sistema democrático y la cultura civil, de que la primera misión del Estado es velar por la seguridad. No lo dice Pinochet: lo dijo en 1776 Thomas Payne, en el panfleto que disparó la revolución libertaria de los Estados Unidos.
     Siempre resulta peligroso hacer pronósticos sobre un gobierno que se estrena, elogiar a un presidente que ni siquiera ha asumido el mando. A despecho de lo que suceda en adelante, hay que entender la victoria de Uribe, un político que nació de la placenta del Partido Liberal y gobernó Antioquia, por lo tanto no un outsider propiamente ni un improvisado, como la fórmula que han encontrado los colombianos para responder a su actual experiencia límite desde la tradición civil y el sistema de instituciones formales, por defectuosas que ellas sean. Los colombianos le dicen al mundo, pues, como antes los peruanos o los venezolanos, y aun antes los demás, que quieren orden, pero, a diferencia de esos antecedentes latinoamericanos, un orden distinto del prototípico —ese "orden" más bien descrito por Ortega en su "Mirabeau o el político" y que "no es una presión que desde fuera se ejerce sobre la sociedad, sino un equilibrio que se suscita en su interior". Ese equilibrio perdido es lo que piden recuperar los colombianos. Que Uribe sepa o no darlo es la incógnita que se abre a partir de su elección impecable.
     El mensaje del triunfo de Uribe no tiene nada que ver con el "militarismo". Tiene que ver con su geométrico contrario: "el civilismo". Los colombianos llevan desde 1982 ensayando todas las formas de concesión posibles frente al terrorismo. Sin resultados. Mejor dicho: con terribles resultados. Han llegado a hacer algo que nadie osó jamás ofrecer en una campaña electoral: entregar durante años 42 mil kilómetros cuadrados al terror. Y miren lo que pasó. ¿Cómo, pues, negarles el derecho a los colombianos a optar, dentro del sistema, por la opción que más se aleja del consenso fracasado de las últimas dos décadas? Lo extremista hubiese sido apostar por más de lo mismo: extremismo del statu quo. A lo cual debe añadirse que la propuesta de Uribe no reside tanto en el aumento de efectivos militares y policiales cuanto en la participación de la sociedad civil en la lucha por devolver a Colombia el principio de autoridad. Son justificados los temores de quienes creen que hay peligro de excesos. No serán mucho mayores de los que ya se cometen, y para colmo por gusto. Para prevenirlos o castigarlos, seguramente la muy civilista y bastante libre sociedad colombiana está en mejores condiciones que otras de la región. En todo caso, aquí ha habido un mandato claro, entre las opciones legítimas en juego, en favor de una propuesta minuciosamente expuesta al país por el candidato elegido. No puede decirse lo mismo de la mayor parte de las elecciones que tienen lugar en el continente, donde las campañas son un kabuki japonés en el que las máscaras ocultan todo.
     No es imposible, si Uribe logra movilizar a la sociedad civil colombiana al tiempo que impide el debilitamiento de unas fuerzas del orden en clara desventaja frente a su enemigo, que sea este supuesto "guerrerista" el que termine negociando con éxito la paz. No sería la primera vez que, desde la legitimidad que le confieren sus antecedentes de hombre "duro", un líder político negocia el fin de un conflicto con el enemigo mortal. Las primeras declaraciones del presidente electo han apuntado, sorpresivamente, en ese sentido.
     América Latina necesita a gritos reemplazar a su clase dirigente. Cada vez que hemos llevado esa iconoclasia a la práctica en el pasado reciente ha sido a costa del sistema democrático, y el resultado ha sido que algo cambió para que nada cambiase. Es muy propio de Colombia, ese país de las formas que declaró la guerra de independencia porque no le respondieron con gentileza cuando pidió prestado un florero, decir ahora: vamos a estirar las formas hasta donde llegue el elástico, sin romperlo. ~