artículo no publicado

Los 41 y la gran redada

Esto no es un ensayo general, señores. Esto es la vida
     — Oscar Wilde
      
      
     Notó el gendarme de la Cuarta Calle de la Paz que en una accesoria se efectuaba un baile a puerta cerrada, y para pedir la licencia fue a llamar a la puerta. Salió a abrirle un afeminado vestido de mujer, con la falda recogida, la cara y los labios llenos de afeite y muy dulce y melindroso de habla. Con esa vista, que hasta al cansado guardián le revolvió el estómago, se introdujo éste a la accesoria, sospechando lo que aquello sería y se encontró con cuarenta y dos parejas de canallas de éstos, vestidos los unos de hombres y los otros de mujer que bailaban y se solazaban en aquel antro....
     El Popular. Diario independiente de la mañana,  
     21 de noviembre de 1901.
      
      
     A Robert McKee Irwin
     A José Quiroga
      
      
     Los antecedentes: el Ninfo entre las doncellas
     En la literatura del siglo XIX, un tratamiento inesperado de la homosexualidad lo proporciona Chucho el Ninfo (1871), uno de los episodios novelados de La linterna mágica, la serie costumbrista de José Tomás de Cuéllar "Facundo". Como novela, Chucho el Ninfo es aterradoramente mala, desorganizada hasta el fastidio y la incomprensión,
y colmada de sermones y divagaciones. Lo interesante es su protagonista, un gay evidente, descrito con encono, burla... y cuidado de no ofender a los lectores, que no admitirían el reconocimiento impreso de las aberraciones ("sí, ya sé de esas cosas, pero si las leo me entero y eso no lo podría soportar"). El determinismo del relato obliga al personaje, desde muy niño, a ostentar sus preferencias: "Chucho... estaba muy contento entre las niñas: bienestar a que quedó aficionado perpetuamente." Elena, su madre, viuda prematura, es un sueño parafreudiano: devota del hijo (que la golpea), chantajista sentimental, "un terrón de amores... casi tan consentidora y tolerante como la patria", obediente al capricho de su hijo hasta la ignominia (le paga a la madre de un niño para que éste se deje golpear por Chucho). Los mimos de Elena vuelven a su hijo "más barato cada día", es decir, más femenino y feminoide.
     La descripción del gay es clarísima, pero sin notificar con detalle la existencia de la sodomía. Por eso Cuéllar se abstiene de la palabra fatal (maricón), para no etiquetar al personaje que va acentuando su afeminamiento, su dandismo y su habla, presumiblemente la de los homosexuales de la época, inmersos en el cultivo de la apariencia y del sonido "refinadito".
     Sin las palabras que los impresores no aceptarían, el "vicio nefando" se despliega. En el momento más atrevido de la novela, Cuéllar menciona a "la raza ninfea", la especie de los ninfos o "mujerucos". Y aun esto con disfraces. En uno de los capítulos finales, al ser retado a duelo, Chucho adquiere sorpresivamente la energía viril. "Le faltaba a Chucho este toque característico de la raza ninfea, y holgábase en su interior de la ocasión que le proporcionaba desmentir su fama de afeminado."
     No es todavía la hora de la acusación de sodomía, conducta que el analfabetismo sexual y las manías persecutorias del conservadurismo arrinconan en las tinieblas de "lo intuido" (es decir, lo que, deliberadamente, se describe con  vaguedades para no responsabilizarse del conocimiento). Apenas en la segunda mitad del siglo XX se aborda en México la homosexualidad desde una perspectiva científica o que pretende serlo. Antes, lo masculino es la substancia viva y única de lo nacional y de lo humano, entendido lo masculino como el código del machismo absoluto que nunca requiere de una definición, lo humano como el cumplimiento de los deberes para con la mitología de la especie, y lo nacional como el catálogo de virtudes posibles, que ejemplifican los héroes y, en la vida diaria, "los muy machos". La tradición jactanciosa de lo viril mezcla la herencia hispánica y el difuso catálogo de valentías, y juzga tan remota y abyecta la homofilia que ni siquiera la menciona "para no mancharse los labios". Por eso, Guillermo Prieto, el patriarca de las letras mexicanas, alaba a Cuéllar, ya que el nombre de Chucho el Ninfo "le sirve a nuestra gente para designar al niño mimado y consentido, entregado a los vicios". Entonces, el carácter de "niño consentido" anticipa y vuelve secundaria la especificación de los vicios.
      
     "Viejo ridículo"
     ¿Qué se conoce de la vida homosexual en México antes del escándalo social y policiaco del Baile de los 41? Desde la perspectiva gay, sólo se dispone del testimonio del escritor Salvador Novo (1904-1974) en sus memorias sexuales, La estatua de sal, escritas en 1944 o 1945, y publicadas por Conaculta en 1998. Novo refiere la historia de un "aristócrata", Antonio Adalid, hijo de un caballerango del emperador Maximiliano y ahijado de bautizo de los emperadores. Con el sobrenombre de Toña la Mamonera, Adalid, alma de las fiestas clandestinas de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, evoca "con una risa sus excursiones colectivas y tempraneras a Xochimilco, en tranvía, todos con sacos azules y sombreros de jipijapa". Y cuenta además la historia de amor que le refiere al Novo adolescente:
      
     Había alcahuetes —¿la propia Madre Meza?— que procuraban muchachos para la diversión de los aristócratas. Una noche de fiesta, Toña bajaba la gran escalera con suntuoso atavío de bailarina. La concurrencia aplaudió su gran entrada; pero al pie de la escalera, el reproche mudo de dos ojos lo congeló, lo detuvo. Parecía apostrofarlo: "¡Viejo ridículo!" Toña volvió a subir, fue a quitarse el disfraz, bajó a buscar al hermoso muchacho que lo había increpado en silencio. En ese momento se ponía al remate al mejor postor la posesión de aquel jovencito. Antonio lo compró.
      
     Hasta ahora, nada más esto se sabe de la vida gay en el Porfiriato: fiestas "exclusivas", travestismo que evita la molestia de pensar en la identidad, rifa de jóvenes agraciados y, para los "desenmascarados" por el escándalo, la condición de "sepultados en vida". Casi toda la información disponible viene del cotejo con los documentos de otras sociedades: ligues de los burgueses con soldados y marinos, adoración de la energía proletaria, imposibilidad de concebir la relación amorosa entre iguales (no hay tal cosa como la pareja gay), identidades sólo definidas negativamente, descubrimiento espantado de la inclinación sexual, rezos obsesivos "para que la Virgen me cure de esta aberración", frecuentación de ciertas cantinas, parques y albercas, mentiras piadosas en beneficio del padre confesor ("acúsome padre de que me gustan tanto las mujeres que no me caso porque no sé por cuál decidirme"), chantajes, humillaciones, construcción dificultosa de la "familia tribal" de los amigos ("que me delate yo, no mis compañías"). Y antes del Baile de los 41, sólo hay chistes salvajes o menciones espantadas de los "invertidos", especie que no alcanza registro en los —muy desinformados— libros de psicología. En Inglaterra, los procesos de Oscar Wilde (1895) divulgan sitios, estilos de trato y apariencias de jóvenes "equívocos", e iluminan la defensa patética y a fin de cuentas extraordinaria del "amor que no se atreve a decir su nombre"; en México, donde los procesos de Wilde se comentan con algún detalle después de 1901, le corresponde a la Gran Redada quebrantar el silencio del tradicionalismo y su odio "que no se atreve a escribir el nombre de los seres odiados. Ni eso merecen".
     Si de algo sirven las inferencias, casi seguramente una parte de la minoría gay, por la movilidad cultural o el poder adquisitivo, está al día de la cultura y/o la moda de Francia, así no viaje. Por eso, han oído de los escándalos de los escritores gays, del culto a los marinos, de la adopción del símbolo de San Sebastián, y por eso han leído a Walt Whitman, Wilde, Verlaine y Huysmans.
     Los gays de sociedad o del sector cultural guardan las apariencias, suelen casarse y tener hijos. Un soltero no únicamente levanta sospechas: también traiciona a la Naturaleza, que es toda fertilidad, y de allí que al célibe se le exija la virginidad profesional o la monomanía prostibularia. Y si, pese a todo, hay quienes optan por esa microsociedad que, por ejemplo, organiza el Baile de los 41, es debido a lo hoy evidente: nada exalta más a los deseosos de sexo con los de su especie que la ilusión de lo prohibido, en este contexto una utopía romántica, por contradictorio que esto se vea o se lea ("me querían desdichado y puedo serlo, pero no cuando me acuesto con otros hombres; la cópula es la única libertad a mi alcance, por eso concentro allí mis sentimientos"). Si se atiende a las excavaciones históricas de lo gay en Estados Unidos, Inglaterra o Francia, no es exagerado afirmar que, para los homosexuales mexicanos de 1901, cada acto sexual es una hazaña, sobre todo si, previsiblemente, se produce en circunstancias calificadas de sórdidas. En estos casos, la sordidez es el acceso a la experiencia última que, por lo mismo, y como técnica compensatoria, localiza los deleites fuera de la normalidad. A los seres despojados de un registro mínimamente satisfactorio de su conducta, el orgasmo les resulta la épica de la marginalidad, y si esto no es consciente, la continuidad de los actos algo demuestra: de no gozarse el acto "contranatura" como logro extravagante, las sensaciones del pecado aniquilan. Por así decirlo, cada acto sexual es "un altar de paso" y cada seducción una bandera arrebatada a ese enemigo, la castidad.
     ¿Elimina la censura social al instinto? La mera existencia de Los 41 demuestra lo contrario: son una ventana a la segunda mitad del siglo XIX y sus tabernas, sitios de mala muerte, proxenetas, jóvenes "alquilables", burdeles "especializados" (más que lugares fijos, lo que parece imposible, laberinto de guaridas). Se intuye que para los segregados sexuales el mayor estímulo es la existencia de otros como ellos: mal de bastantes, consuelo de marginados. En especial, las tradiciones gay nacen, se desarrollan y se institucionalizan a través del juego de miradas que explica el mundo a través de la promulgación del deseo y la gana de consumarlo de inmediato. Se adivinan los quehaceres de los muy afeminados (tareas domésticas, restaurantes), y se ignoran las profesiones de los gays "susceptibles de respeto", en el caso de que se desconozca su orientación sexual. Muy probablemente son clérigos, escritores, abogados, artistas, rentistas. Y el Baile de los 41 los arroja a la claridad del escándalo, que aprovechan los clericales para moralizar y los jacobinos para desprestigiar a los moralizadores de oficio.
     Antes de la Redada, cuesta trabajo verbalizar siquiera el pecado nefando. La vergüenza aísla, para acudir a la cita tan repetida de Sartre, y los gays de entonces hallan la solidaridad posible, la mayor, casi la única, en el trato de un avergonzado con los demás, así como la salud mental se aprovisiona en la conversión del avergonzado en desvergonzado (es tan enorme la opresión que el cinismo es un acto de valor civil). La comunidad se esboza con la disciplina del trato de los semejantes y, por eso, un baile en 1901 es casi literalmente la Marcha del Orgullo Gay de 2001. A su manera, lo que es posible se aproxima a lo deseable.
     En el preámbulo de la comunidad, los excluidos se atienen a las nebulosidades de la condición célibe o, en el caso de los gays casados, a su pertenencia a la Familia. En las operaciones de la mentira, lo que afianza el control del patriarcado es el temor a ser descubierto. El oprobio es un código penal en sí mismo. ¡Ay del que escandalizare, porque ése habrá ya renunciado a las ventajas de la hipocresía! (Por carecer de datos de cualquier índole, no aludo en estas notas a la especie urbana que seguramente existió en tiempos de Los 41: los gays proletarios. De ellos todo se ignora.)
     Los hechos: El policía se da cuenta
     A las tres de la mañana del domingo 18 de noviembre de 1901, en la céntrica calle de la Paz (hoy calle de Ezequiel Montes), la policía interrumpe una reunión de homosexuales, algunos de ellos vestidos de mujer. (En estas notas, me atengo a la excelente investigación hemerográfica de Antonio S. Cabrera.) La escena, inventada con brío en cada recuento periodístico, es sucesiva o simultáneamente patética o apocalíptica, al gusto del moralismo que selecciona a las víctimas de la ley y del morbo (una y la misma cosa). De ellos, 22 visten masculinamente y 19 se travisten. Estos son los haberes de los detenidos, imaginados o extraídos de los chismes policiales (no hay un parte oficial): faldas, perfumes caros, pelucas con rizos, caderas y pechos postizos, aretes, choclos bordados, maquillajes de blanco o de colores estridentes, zapatos bajos con medias bordadas, abanicos, trajes de seda cortos, ajustados al cuerpo con corsé. En una recámara, un niño de mercería sobre el lecho. A medianoche, se rifa un joven apuesto de sobrenombre Bigotes Rizados.
     En las crónicas de los primeros días se insiste: son 42 los detenidos. Luego, se ajusta el número: 41, y eso aviva el rumor (leyenda) ("verdad histórica"): el que desaparece de la lista, compra su libertad a precio de oro y huye por las azoteas, es don Ignacio de la Torre, casado con la hija de Porfirio Díaz. Más que ningún otro hecho, lo que distingue a la Redada es la presencia, certificada por el chisme masivo, del Primer Yerno de la Nación. Esto afianza la lealtad de la memoria histórica, no obstante la imprecisión de las noticias, el rumor debilísimo según el cual el participante 42 es una mujer, la ausencia de fotos y el nada más estar seguros de los nombres de tres: Jesús Solórzano, Jacinto Luna y Carlos Zozaya (lo más común durante las redadas es el olvido de la identidad). A los cien años de la razzia toda certidumbre se ha desvanecido, menos la presencia de Nacho de la Torre.
     También se habla de la detención de jóvenes de "familias conocidas y de buena posición". El Popular delata: "Además de eso, va resultando que todos son pollos gordos, algunos riquillos que la portan; criados en paños azules." Los excluidos de la elite porfiriana aprovechan la oportunidad y cubren de estigmas a los privilegiados, que ni con eso dejan de serlo. La lista exacta de Los 41 nunca se divulga y ningún nombre conocido se publica. Se dice el pecado pero, si los pecadores tienen dinero, su identidad circula únicamente en los patíbulos del chisme, tan volátiles por lo común. Los gays de la elite, "invisibilizados" por su status, sólo padecen las asechanzas del rumor, y la excepción que desborda la regla es la aureola de Nacho de la Torre, del que se difunden sus excentricidades, su fortuna, su calidad de jinete consumado, sus desplantes y su homosexualidad, tan conveniente para los necesitados desuperioridad moral instantánea. En La feria de la vida (1937), José Juan Tablada evoca a De la Torre, relata sus relaciones con Porfirio Díaz, "visiblemente ceremoniosas y tirantes", y lo defiende tibiamente de su prestigio negativo: "En cuanto a otros rumores que la envidia desató en torno de aquel personaje, él mismo los invalidaba por los actos bien enérgicos de un cabal sportman, entre ellos su decidida admiración por el bello sexo, con todas sus consecuencias."
     En la hacienda de don Nacho, en Morelos, trabaja por un tiempo Emiliano Zapata, quien —según la leyenda— va por vez primera a la ciudad de México como caballerango de don Nacho, y este viaje, también se dice, perfecciona su homofobia.
     La pregunta persiste: ¿Por qué el dictador no consigue eliminar los rumores sobre su yerno? Tal vez porque, ciudad todavía chica, infierno divulgado, y porque ni siquiera el poder supremo desvanece las argucias del circuito oral.
¿Y a qué otros se les endilga el milagrito de Los 41? Además de Antonio Adalid, la información consiste en restos de habladurías. El periodista Alfonso Taracena cita con encono al periodista Jesús M. Rábago, y el chismerío antiguo de Sinaloa señala a un hacendado, el solterón Alejandro Redo, que manda construir un aviario de grandes dimensiones en donde pasa las tardes, "el pájaro entre los pájaros". Los demás "aristócratas de Sodoma" muy posiblemente se asilan en sus matrimonios o emigran.
     Por el escándalo, a la visibilidad. Además del caso de Oscar Wilde, alcanzan repercusión internacional los procesos judiciales y de corte marcial en Alemania (1907-1909), donde se condena la relación homosexual del comandante militar de Berlín, general Von Moltke, y el diplomático Philipp Eulenberg, al que también se atribuye una relación con el Káiser. La Redada de los 41 participa de este surgimiento de la identidad sexual moderna, que estimula y estructura la idea pública de la sexualidad normal y anormal. En este orden de cosas, debe recordarse el atraso cultural de México en relación con Inglaterra y Alemania. Si México, como tanto se ha dicho, carece del equivalente de la Ilustración europea, ¿qué espacio queda para el saber científico sobre comportamientos de la diversidad?
     En el envío de los homosexuales a Yucatán, a pagar con trabajos forzados su crimen, el número disminuye considerablemente. Son apenas 19. Sin temor de calumniar la honradez proverbial del aparato de justicia en el México de 1901, es seguro que 22 o 23 víctimas de la Redada compraron su libertad.

     El baile de las Buenas Costumbres
     Para entender el odio a lo diferente en el México de principios de siglo, conviene revisar la moral imperante durante la dictadura de Porfirio Díaz, en lo público estricta con todos, normales y "anormales" (en lo privado no les va tan mal a los heterosexuales promiscuos). A esta moral le indignan, por ejemplo, el adulterio, la pérdida de la virginidad antes del matrimonio, el sexo sin fines reproductivos, la exhibición de las piernas desnudas de las mujeres, el conocimiento de la anatomía. La masturbación, se afirma, causa daños irreversibles, entre ellos el florecer de vellos en la palma de las manos. Y sin definición alguna, se alaban el decoro, la dignidad, el pudor, la castidad.
     Lo más significativo de la Redada de los 41 es, reiteradamente, la detención arbitraria de un grupo que se divierte una noche de sábado. En 1901 se alega que Los 41 "carecen de permiso", pero en las crónicas de la época no se menciona la exigencia de permisos o notificaciones previas de las reuniones. No se conciben siquiera los derechos civiles y humanos, y "el mal ejemplo" es delito suficiente. De allí el comentario de Daniel Cabrera, cuya frase explica las estrategias del silencio en torno a la homosexualidad: "La mordaza que ponen en nuestro labio el respeto al pudor y las buenas costumbres." Mencionar a "los sodomitas" no es sólo concederles existencia, sino despertar la curiosidad de los jóvenes, "ignorantes de las desviaciones del instinto". En México no está prohibida la homosexualidad, y esto se debe en muy amplia medida a la admiración desbordada por Francia. En 1791 la Asamblea Revolucionaria suprime las leyes contra la sodomía, en rechazo explícito de las prohibiciones judeocristianas. Durante el Consulado, Napoleón Bonaparte es el Primer Cónsul, y el Segundo Cónsul es JeanJacques de Cambacéres, que traslada al Código Napoleónico la despenalización revolucionaria de la homosexualidad, así persistan de manera irregular las detenciones por "atentados a la decencia". La ausencia de menciones específicas a la sodomía, además del alejamiento estatal de las nociones de pecado, y la presencia de Cambacéres, tiene que ver con el miedo a describir puntualmente el "acto más nefando":
      
     Cuando se le pidió a Napoleón que se juzgase con severidad a un grupo de homosexuales arrestados en Chartres, el emperador precisó: No estamos en un país donde la ley tenga que ocuparse de este tipo de ofensas. La Naturaleza se ha encargado de que no sean frecuentes. El escándalo de los juicios penales sólo multiplicaría esa conducta. (Citado por Edmund White en The Flânneur.)
      
     En América Latina, la adopción del Código Napoleónico es un gran avance. Según Rafael Gutiérrez Girardot, en Modernismo (FCE, 1988), este código civil, que liquida el ordenamiento feudal, constituye a la vez la legalización de la sociedad burguesa, y es la cima de la racionalización del derecho y el polo opuesto de la visión teocrática. Por eso, explica Gutiérrez Girardot, el tradicionalismo se opone al Código Napoleónico, adaptado en Chile por Andrés Bello en 1854, e implantado después en el resto de las repúblicas. Ante esto, los tradicionalistas, sin oposición alguna, establecen como espacio represivo "las faltas a la moral y las buenas costumbres", su magno instrumento persecutorio, que todavía hoy sigue sin definirse, aplicado drásticamente por las autoridades.
      
     "¿Por qué me hiciste así, Dios mío, y no fui como mi hermana?"
     ¿Qué piensan de sí mismos los detenidos en el Baile de los 41? A estas alturas es imposible entrevistarlos y —a través de las circunstancias de la época— es imposible no entrevistarlos. Se califican de "huéspedes de la anormalidad", presidio de los pecadores y edén de los gozadores; se viven como mujeres atrapadas en cuerpo de hombres; se sienten víctimas de un perverso designio de Dios; se consideran arrastrados por el impulso que arrasa los controles de la religión. Su catolicismo los lleva a creerse en vísperas del fuego eterno y sólo aguardan el perdón de última hora. Por así decirlo, acechan el instante de su propia agonía para arrepentirse y salvarse. Así nacieron y así se han construido, no como homosexuales (el término no circula), sino como la especie doble o triplemente degradada: los maricones, sean clandestinos o no tengan ya nada que perder. Si, de acuerdo con Didier Eribon, el homosexual aprende a hablar dos veces, para su segundo aprendizaje los gays del Porfiriato anhelan el equilibrio entre la hipocresía (que es sobrevivencia) y el apetito sexual que, al desatarse, hace añicos las imposiciones de la Decencia.
     El epíteto maricones es la sentencia implacable y es, en última instancia, la huida a través de la autoparodia y el ánimo orgiástico. Al no admitirse el orgullo, se ejerce el humor desesperado que, por sí solo, otorga a contracorriente las libertades al alcance. Esto sería el mensaje: "Si no me río de mí mismo no reafirmo mi humanidad." Y —de acuerdo con las evidencias de las generaciones siguientes— el punto de partida de la resistencia de los gays es la conversión del determinismo en relajo, de la culpa en desfile de modas, de la condena en ridiculización de las convenciones idiomáticas. En la mayoría de los casos se habla en femenino, no tanto por acatar el dogma unánime ("las locas están locas"), sino con tal de adecuar el lenguaje al comportamiento y apoderarse lingüísticamente de las licencias del acto heterosexual. Si, por así decirlo, los maricones no se burlan del Destino (que así los hizo), y no se ríen de paso de algunos de los axiomas sociales que tan cruelmente los vejan, jamás adquieren la identidad indispensable que es, a un tiempo, el abandono de las esperanzas y el regocijo de saberse vivos pese a todo. Las autoridades refrendan su vocación moral con arrestos, humillaciones y golpizas, y los maricones intuyen borrosamente sus derechos gracias al único y magno recurso: la persistencia de su conducta.
     En las resonancias de la Gran Redada, el relajo es la justificación precisa para hablar del tema. A lo largo del siglo XX, el número 41 provoca la risa que acompaña al chiste circular. "Vamos a contar: 39, 40, 42." La expresión pertinente es "¿41? ¡Zafo!" (me zafo, me exceptúo): es la sustitución del juego de albures por el ingenio instantáneo, ese que se disipa junto a las carcajadas autocelebratorias. En Cancionero folclórico mexicano, Margit Frenk consigna dos coplas:
      
     De aquellos que están allá,
     no me parece ninguno:
     el uno ya está muy viejo
     y el otro es 41.
      
     Uno, dos, tres, cuatro, cinco,
     cinco, cuatro, tres, dos, uno,
     cinco por ocho cuarenta,
     con usted cuarenta y uno.
      
     Un número que aísla y veja a los homosexuales y ensalza, sin más, el sentido del humor de los que los chotean. Y el Baile de los 41 sirve además para identificar la sodomía con el travestismo, iniciando el recelo sobre una práctica que, hasta el 17 de noviembre de 1901, parecía en lo básico una recurrencia carnavalesca. En un artículo muy bien documentado, Alejandro García informa de un baile presidido por el gobernador del Distrito Federal, Pedro Rincón Gallardo, al que acude el dictador y la corte porfiriana, todos de etiqueta rigurosa; la novedad, según informa El Universal del 7 de septiembre de 1894, es la presencia de varios jóvenes disfrazados de mujeres, como un tal F. Algara, que asiste de demoiselle de compagnie. Algo semejante, fuera del periodo estricto de los carnavales, resulta ya imposible luego del Baile.
      
     "Así que es epidemia"
     Los poderes religiosos, sociales, culturales, penales, prohíben el análisis de la condición maricona, pero no evitan el vértigo, la libertad de movimientos en las horas del gueto, los chistes autolacerantes, los atavíos y las coreografías del desplante. La reflexión podría ir así: "Soy un condenado desde el nacimiento, pero mis temporadas en el infierno se alternan con los indultos sucesivos de la diversión, el relajo, el coito, el disfraz que es la adquisición por unas horas de la segunda piel, la más profunda, porque la elegí." Por la ley de las compensaciones psíquicas, el esbozo del gueto se convierte a sus horas en un espacio libertario sui géneris. Allí, la severidad de los juicios condenatorios queda neutralizada por el humor y la búsqueda del estilo.
     ¿Se percibe aquí lo que se llamará "el gueto gay"? Creo que no. Ni siquiera se dispone de las actas policiales, no se conservan diarios personales, ni testimonios de época. Se sabe cómo se afirma el mito de la virilidad, pero no cómo algunos escapan de su hegemonía. Todo o casi todo se adivina: la ansiedad en las albercas, las cantinas, los baños de vapor, los carnavales, los paseos del ligue. Pero si, antes de 1918 o 1920, no tiene demasiado sentido hablar de un gueto propiamente dicho, sí procede describir el proyecto, centrado en el "travestismo verbal", o como se le diga al uso implacable del femenino. Gracias a esto, los gays de fines del siglo XIX y principios del XX se evaden por momentos, y por el recuerdo de esos momentos, de las cárceles del comportamiento. Sin mutar de género y feminizar la realidad, y sin autodenigrarse, no se soporta la persecución.
     El principio de identidad de Los 41 es el modo en que se les contempla y juzga. Como entidad social, el gay nace del estigma y del choteo, y en su caso las imágenes negativas resultan —si se admite la metáfora— el estanque del narcisismo inaugural. Un gay de 1901 habría tal vez dicho con otras palabras: "Me reflejo en la inmoralidad que me atribuyen y el asco que provoco, y de mi imagen pública, porque no lo puedo evitar, extraigo mi imagen íntima. Soy lo que me han obligado a ser, y a partir de allí y mezclando diversión y tristeza, soy algo distinto." Sin que nadie lo suponga o a nadie le interese, la condición de expulsado de las buenas costumbres conduce, si no a la —impensable— crítica de la sociedad, sí a la indiferencia ante la mayoría de los valores en uso. Según los testimonios de la generación siguiente, no hay gays superpatrióticos, ni abundan los interesados en el desarrollo de la sociedad.
     Aunque no lo parezca, y por así decirlo, la Redada "inventa" la homosexualidad en México. Los que comparten las inclinaciones están al tanto de su buena suerte: pudieron formar parte de Los 41, y se salvaron al menos esa vez. (De allí la frase que en la década de 1950 aún circula: "De la redada de los 41 te salvaste, manita. Del infierno, todavía no.") Al precisar los límites de los homosexuales, la Redada descubre las fragilidades del determinismo. El estigma cubre a todos, pero los castigos físicos se ceban sólo sobre unos cuantos, y los demás no tendrán que barrer las calles en algún momento de su vida. Por más recelo que mantengan, por más en secreto que guarden su orientación, luego de la Redada los homosexuales de la ciudad de México ya no se sienten solos; de alguna manera, en el espíritu de la fiesta interrumpida, los acompañan Los 41, la señal de la existencia de la tribu. Si los homosexuales ya están allí —y el Baile delata una mínima pero ya sólida organización social—, la Redada, al darle a la especie un nombre ridiculizador, le imprime el sentido de colectividad en las tinieblas. Las anomalías ascienden a la superficie de la burla y la amenaza penitenciaria, y esta primera visibilidad es definitiva.
      
     De la deshumanización de lo diferente
     Lo relevante en la perspectiva actual del episodio de Los 41 es, desde luego, la negación absoluta de los derechos humanos y civiles de los homosexuales. A partir de ese momento, "se sienta jurisprudencia" y las represiones son legales, no porque correspondan a texto alguno, sino porque ya se han perpetrado con esa pretensión de legalidad. Y esto promueve las redadas incesantes, los chantajes policiacos, las torturas, las golpizas, los envíos a las cárceles y al penal de las Islas Marías sin motivo alguno. Sólo se necesita una frase en el expediente: "Ofensas a la moral y las buenas costumbres." No hace falta más, no hay abogados defensores (en el caso de los jotos, ni siquiera de oficio), no hay juicios, sólo caprichos judiciales dictados por "el asco". Y la sociedad, o la gente que se entera, encuentran normales o admirables estos procedimientos.
     La Gran Redada le entrega a los gays de México el pasado que es, en síntesis, la negociación interminable con el presente. Vienen del momento de felicidad destruido por la gendarmería, y son una comunidad a pesar suyo, al ser todos susceptibles de razzias.  De la madrugada del 18 de noviembre de 1901 a 1978, en la marcha conmemorativa del 2 de octubre, cuando desfila un contingente gay, los homosexuales han sido presa del pánico de la Redada, y que esto no es psicologismo lo exhibe la alianza de los atropellos policiacos y de la Redada moral: otra vez las detenciones, golpizas e insultos, y el desprecio, la ira y la congoja de los padres. Y sólo cuando el término gay se populariza, la Redada se ve interrumpida, no porque se elimine el ánimo persecutorio, sino porque la invocación de las leyes disminuye las razzias (excepción hecha de las de travestis) y prepara la irrupción de la voz pública de los que ya no admiten el silencio.
      
     "Aquí debería ir tu nombre
     pero no lo pongo porque es de hombre"
     Por intercesión de Los 41, la homosexualidad se construye sobre bases penales y humorísticas. También, con la Gran Redada se inicia la "secularización" de la anormalidad, y una prueba trágica al respecto la dan los crímenes de odio, los asesinatos "porque sí" de los gays, tan frecuentes y tan atenidos, en última instancia, a la tradición de las hogueras que el Santo Oficio dedicó a los "sométicos" o sodomitas. ¿Qué distancia hay del "que las llamas purifiquen tu pecado" al "lo maté por maricón"? Sin que lo sepan los asesinos, y sin que dejen de actuar la consigna, los crímenes de odio contra los gays, esas orgías de saña en hoteles baratos, en departamentos y casas, son la reafirmación de las visiones teocráticas que extirpan el pecado de modo ejemplar.
     Misterios de la semántica: con la palabra gay se introduce, casi al mismo tiempo, la defensa de los derechos humanos de los por ella representados. -