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Harry Mathews en su casa de rue de Grenelle en julio 2016 / Foto Daniela Franco

Harry Mathews (1930-2017)

Mathews fue un escritor de inmenso ingenio y erudición, pero en quien el ingenio siempre disimuló algo más y cuya erudición fue invariablemente la maquinación para el colofón de un chiste.

1. El Oulipo americano

Una carrera de gusanos. Los contrincantes colocan sus gusanos ­–secos, al inicio, pero vivos– en la línea de partida de una pista humedecida con alimento para gusanos. Conforme las criaturas avanzan, cada contrincante humano debe acompañar el progreso de su gusano con una escala en modo mayor tocada en un tubo de madera en forma de “S” conocido como “serpentón”. El ganador heredará una invaluable azuela de oro.

Tal es la escena inicial de The Conversions (1962), la primera novela del escritor norteamericano Harry Mathews, fallecido el 25 de enero pasado. Como en la obra de Raymond Roussel (el proto-Harry Mathews), uno tiene la impresión de un mundo de ficción que es surrealista sin ser caótico ni arbitrario, un mundo en el que un orden no del todo discernible funciona bajo la superficie.

Así, era lógico que Mathews llamara la atención del Oulipo, la camarilla parisina de escritores y matemáticos dedicados a explorar el uso de “restricciones” en literatura.  Aunque fue detectado por el Oulipo desde 1960, Mathews no entró al grupo hasta 1973 y fue sin duda conocido como “el Oulipo americano”, papel que desempeñó excepcionalmente (y a pesar del nacionalizado Marcel Duchamp) hasta hace muy poco.  El grupo tendría un efecto poderoso y positivo sobre la escritura de Mathews, como él mismo lo describió: “empoderándome para llegar a aquello hacia lo que ya me dirigía... clarificando y expandiendo la consciencia de lo que hacía”.

Mathews creció en una familia neoyorquina de cierta riqueza, de “respetabilidad blanca protestante (WASP) del Upper East Side”, como lo definía él mismo.  A los diecinueve, mientras aún cumplía con el servicio militar en la Marina, se fugó de casa con la artista y modelo Niki de Saint Phalle y, tres años después, ambos dejaron Estados Unidos por Europa para vivir entre París, Niza y la pequeña comunidad artística asentada en torno a Robert Graves en Deià, Mallorca. En 1961, con dinero recibido en herencia, Mathews financió la revista literaria Locus Solus (en honor a su querido Roussel) en la que publicaba a sus amigos John Ashbery, Kenneth Koch y James Schuyler, los poetas que más tarde serían conocidos como la Escuela de Nueva York. (La intervención de Koch, años después, hizo posible la publicación de The Conversions). 

Tras su separación de Niki, Mathews siguió viviendo en Francia durante los años sesenta; su segunda novela, Tlooth, fue publicada en 1966. En 1970, Mathews recibió una carta del novelista Georges Perec y acordaron encontrarse: “Bebimos juntos y más tarde fuimos a cenar, y así empezó la relación más estimulante, divertida, intensa y satisfactoria que he tenido con un hombre y que sin duda jamás volveré a tener”, diría Mathews de aquel encuentro. Fue Perec quien recordó al Oulipo que renovara su invitación previa, que culminaría con la inducción de Mathews.  

Como novelista, Mathews no fue prolífico bajo ningún parámetro: a partir de los años sesenta, publicó con ritmo estable una novela por década. La última, The Solitary Twin, se publicará esta primavera. Pero la producción literaria de Mathews abarcaba también poesía, cuentos, ensayos, traducciones y los experimentos cortos del Oulipo, Bibliothèque oulipienne, publicados en edición limitada. Su obra incluye una secuencia de estampas de masturbación (Singular Pleasures), la parodia completamente plausible de un crítica literaria académica (Roussel et Venice, en colaboración con Perec) y un práctico recopilatorio de faux amis: palabras que pertenecen tanto al inglés como al francés, pero cuyo significado difiere en cada idioma (dire, manger y groin, por ejemplo).

Como estadounidense embebido en la cultura literaria francesa, era natural que la traducción y sus problemas fueran piedra angular en la escritura de Mathews. Su obra de ficción está salpicada de extraños idiomas inventados: el Pagolak, que no puede ser traducido; Oho y Uha, idiomas de solo tres palabras y Pan, idioma supuestamente del sureste asiático, en el que escribió partes de su tercera novela The Sinking of the Odradek Stadium. Uno de sus personajes reflexiona: “Entre más vivo, entre más escribo, se fortalece mi convicción de que la traducción es el paradigma, el parangón de toda escritura”; es difícil no leer esto como una meditación en voz alta del propio Mathews quien tradujo y fue traducido por Perec y a cuya traducción debemos muchos de los ejemplos incluidos en el fundamental Oulipo Compendium.

En la escena final de la gesta Armenian Papers (otra traducción paródica), el caudillo militar Parno muere en batalla. La crónica supuestamente medieval recuenta este evento: “Al final, reía y juraba que ningún hombre podría menguar el embeleso de un acto vital, aun si es el último, aun si es la muerte”. Un epitafio apropiadamente patafísico para Mathews, un escritor de inmenso ingenio y erudición, pero en quien el ingenio siempre disimula algo más –un momento de patetismo o filosofía– y cuya erudición es invariablemente la maquinación para el colofón de un chiste (punchline).

–Dennis Duncan

(Publicado originalmente en el suplemento literario de The Times el 27 de enero del 2017. Traducido por Daniela Franco)

2. El amigo americano

Dicen (o dice él mismo) que Jodorowsky llegó a París llamando a la puerta de André Breton para decirle que había venido a salvar al surrealismo. A mí me parecía haber llegado a París llamando a la puerta de Harry Mathews para salvar al Oulipo. No sé si Breton finalmente abrió, pero Mathews, siempre curioso por conocer y generoso para dar a conocer, no solo abrió, sino que fue artífice directo e indirecto de muchos encuentros; entre ellos el académico Dennis Duncan, quien enseña y estudia la obra de Mathews y cuyo justo y elegante obituario literario (oblituario, diría Duncan) me ha permitido traducir.

Antes de forzar mi presencia a la puerta de su apartamento en París, supe de Harry Mathews de forma providencial: como estudiante de arte sin ninguna experiencia previa, me resultaba difícil dar a entender mi trabajo entre mis colegas en el Art Institute de San Francisco.  Hasta que un día, lo que yo batallaba por explicar quedó al parecer claro gracias a una misteriosa conferencia a la que no había podido asistir.

El conferencista había presentado a un extraño (y francés) grupo vanguardista al que pertenecía. Ese mismo día compré por cinco dólares (y de las manos de Martin Schmidt del grupo Matmos quien entonces se encargaba del departamento de “tecnología”) un casete verde con un HARRY MATHEWS escrito con sharpie negro.  A los pocos días de escucharlo, compré y devoré el recién publicado Oulipo Compendium y mi trabajo (y vida) nunca volvió a ser el mismo: importé la sintaxis y gramática del Oulipo para hablar de mi propio trabajo visual y de su relación con la literatura.

Antes de graduarme, el poeta Bill Berkson me puso en contacto con Harry, a quien busqué en París (a donde llegué, fuera de toda broma, solo para entrar en contacto con el Oulipo). Mathews me recibió en su salón, entre obras de la recién fallecida Niki de Saint-Phalle, y respondió a mi invitación a colaborar en un proyecto de exposición, presentándome al resto de sus colegas del Oulipo (de Jacques Roubaud a Marcel Bénabou), algunos de los cuales se volverían buenos amigos y colaboradores.

En ese mismo salón pasaríamos varias tardes de verano, la última en julio del 2016; Harry Mathews fue un amigo querido y admirado, un escritor brillante, un caballero dandi y, a sus 86 años, sin duda el miembro más joven y vanguardista del Oulipo. Mantuvo hasta el último momento y a pesar de una salud mermada, un intelecto intacto y lleno de curiosidad. La amplitud de sus intereses quedaba manifiesta en nuestras charlas (que me permitía –me animaba a– grabar): le preocupaba el futuro del Oulipo (creo que las posibilidades de modernidad del grupo reposaban en gran parte en la mente joven y abierta de Harry); era consciente de la influencia del grupo en la poesía conceptual contemporánea y conocía bien a sus representantes; le intrigaban los escritores que acababa de descubrir (el último, Vila-Matas); era crítico (cada vez menos favorable) del arte contemporáneo y estaba siempre lleno de anécdotas propias y ajenas (de su amistad con Georges Perec, de Joyce, de su juventud).

Nunca salí de su apartamento en la rue de Grenelle sin al menos un libro de regalo. En la última visita Mathews estaba particularmente orgulloso de la publicación en castellano de “20 líneas por día” (en una triste paradoja, dado su interés en la traducción, la obra de Harry Mathews es escasa en castellano). La contraportada incluía una cita de Enrique Vila-Matas (por quien tenía muchísima curiosidad e interés) cuya traducción Harry había memorizado, la encontraba exagerada y quizá apócrifa y le fascinaba justo por ello.

Al empezar a escribir esto, pedí a Vila-Matas la cita y su fuente, pero ni la recordaba, ni sabía de dónde había salido, ni lograba encontrarla en Internet.

Hoy, minutos antes de enviar este texto, recibí un e-mail de Enrique:

“Esta mañana llegó inesperadamente -no lo había solicitado- el libro de Mansalva, (Veinte líneas por día) ya es casualidad.

Detrás estaba la frase que buscábamos: "Harry Mathews no es ningún personaje de novela. Es, en todo caso, el autor de varias novelas. Y como tal, ostenta un record, pues en su día 63 editoriales de su país rechazaron la publicación de Náufrago del estadio Odradek, alegando motivos tan pintorescos como que ser norteamericano y adorar a un tal Raymond Roussel perjudica seriamente la salud."”

 

La casualidad como punchline de Harry Mathews...

–Daniela Franco