Un viaje dulce, no tan arriesgado | Letras Libres
artículo no publicado

Un viaje dulce, no tan arriesgado

Paula Parisot

Partir

México, Cal y Arena, 2013, 312 pp.

Los viajes suelen tener dos destinos: uno interior y otro que corresponde a la realidad concreta, a un sitio fijo que puede representarse en un mapa. Y los viajes son tan interesantes como quienes los realizan. Basta ir, en la ciudad misma en que se vive, a los lugares más turísticos, para saber que la mirada que se posa sobre los muros antiguos, sobre las reliquias o sobre los árboles centenarios no siempre puede aprehender lo que abarca –y muchas veces porque no quiere.

Cuando el viaje se plantea como la trama de un libro, se le añade la dimensión literaria: las fuentes de las que abreva y su capacidad de transportar de un lado a otro no solo a sus personajes, sino a la trama entera, dejándolo en el destino prometido.

El viaje es, para Paula Parisot (Río de Janeiro, 1980), precisamente eso: un destino prometido. En su novela Partir, la autora busca un viaje contrarian; es decir, desarrolla la renuencia a viajar porque –al menos eso propone– la fantasía brilla con una luz más intensa que la realidad.

Un hombre entrado en años y en carnes quiere recorrer el continente americano en automóvil. Vive en Brasil y su objetivo es llegar a Alaska, así que decide ir primero hacia el sur, hasta la Tierra del Fuego, para de ahí partir hacia el anhelado paisaje de hielo norteño, hacia el lugar en el que todos los problemas de su vida cotidiana desaparecerán. Debe descender para ascender después, ya liberado de sí mismo.

La travesía de este hombre está delineada por palabras que fluyen como de un surtidor que, a veces, es muy preciso y rítmico; otras, desordenado e incontrolable. Al inicio, todo se proyecta hacia delante, con miras a un futuro prometedor o, al menos, no desesperante. Más tarde, la mirada del narrador se vuelve hacia atrás con frecuencia para dar contexto, sustento y riqueza a la decisión que el protagonista ha tomado. Los elementos que apuntalan el recorrido poco sensato de un hombre por el continente americano provienen, cada uno, de su vida pasada y son empleados por él como pretextos constantes. El auto que lo transportará miles de kilómetros pertenece a su amigo Gonçalo y forma parte de un adeudo. La cadena de favores sigue porque el viajante, que vive únicamente con un pato –llamado, para mayores señas, Kerouac–, deja al animal encargado con el Gonça, lo que los obliga a estar en contacto más o menos regular y le ofrece un asidero al protagonista. También está la vecina, doña Rita, un personaje que ayuda a darle un poco más de vida al pato y un poco más de sentido a la soledad del viajero, y que lo remite a una madre perdida, a las mujeres que tuvo y dejó ir o no quiso retener, a una idea de sí mismo que le resulta preciosa.

Además de estos fragmentos sólidos, desfila por las páginas de Partir una sucesión de seres pintorescos que aparecen y desaparecen con regular velocidad. Hombres ventrudos con mucho dinero, mal gusto en el vestir y fascinación por las púberes; mujeres de todo tipo, desde ninfetas hasta mujerones sin dientes, por las que el protagonista siente una atracción casi obligada; hay personajes que hablan poco, otros que no paran de hablar y que dan consejos, se contradicen o entregan indicaciones para llegar a la siguiente parada del viaje a la vez que ofrecen verdades vitales.

En distintos puntos de Brasil, en Bolivia, en Uruguay y Argentina, en Colombia y Venezuela, los personajes se congregan alrededor de dos imanes imponentes: la comida y la bebida. Además de la variedad de recetas, la novela habla de los distintos licores que pueden probarse en esos países y el protagonista detalla las desiguales calidades que adquieren sus borracheras. Conforme avanza la narración y este hombre va y vuelve del pasado para visitar su futuro, siente la tenaza de la soledad y se detiene a llamar por teléfono para saludar a su pato. Del animal obtiene la compañía y la comprensión que necesita (el pato siempre responde “Kerouac, kerouac, kerouac” a todo lo que su dueño dice) en vista de que, mientras más kilómetros recorre nuestro personaje, más claro resulta que no puede entablar relaciones profundas con las personas.

Paula Parisot reconoce que comenzó a escribir gracias a la lectura que hizo, a sus trece años, de Rubem Fonseca, quien ha sido para ella un padrino literario y una figura muy cercana. Fue él quien dio la anuencia a sus primeros textos (una novela que terminó transformada en cuentos) y quien puede verse como una influencia innegable en las páginas de Partir. Está en los vuelcos locos de la trama, en las decisiones viscerales de los personajes, en los saltos al delirio que parecen llevar al protagonista hacia un lugar peligroso. Pero esta novela es más dulce que los viajes cavernosos de Fonseca y no se decide a explorar los rincones oscuros que tan bien conoce el autor de Axilas. Por ejemplo, Parisot tiene la oportunidad de enfrentar a su personaje principal con un hampón hecho y derecho que lo ha desafiado y la solución que propone la autora es ponerlo a beber tranquilamente, con la barriga expuesta, cerca de una alberca. El momento es simpático, pero deja morir la tensión que se había creado a través de escenas muy bien construidas. La autora tiene inclinaciones hacia lo sórdido pero apenas logra asomarse, no explora ese planteamiento que ella misma ha propuesto y que le daría a la novela otra cualidad: una más profunda, arriesgada.

Tampoco es una novela de viaje en sentido estricto (a pesar de los honores a Kerouac y de las evocaciones del título); el road trip es más nominal que de fondo: al final, el protagonista no parece cambiado o tocado en esencia por su largo recorrido. Si acaso, da la impresión de reafirmarse en un estado ambiguo que lo arrastra por largos trayectos para terminar en lo mismo. Es más un viaje a su memoria, un descenso a la nostalgia de los tiempos mejores. Es un recorrido disfrutable y un poquito desalentador.

La formación de Parisot en el diseño y su fascinación por las artes plásticas le regalan una dimensión casi gráfica a su narración. Sus palabras construyen escenarios plausibles, dan forma y color a los personajes que los habitan y componen una lectura ágil, muchas veces divertida, sabrosa. Las reflexiones sobre la vida por parte del protagonista, las acotaciones que proporcionan quienes lo rodean, las recetas y varias descripciones dejan entrever una mirada acuciosa y nuevas posibilidades, más ricas e interesantes, en la narradora carioca. Partir puede leerse con gozo, por supuesto, y debe leerse como la anticipación de algo que está por venir. ~