artículo no publicado

Tania, Tanne, Titania

Dominique de Saint Pern

Karen Blixen

Traducción de Isabel González-Gallarza

Barcelona, Océano Circe, 2015, 360 pp.

 

Las biografías noveladas no aspiran a dotar al personaje biografiado de una vida distinta a la que llevó, sino a enmarcar su existencia en una trama de mejor digestión que el mero repaso de episodios por riguroso orden cronológico. Biografías con elementos novelescos son las de Henry Troyat, biógrafo entre otros muchos autores de Dostoievki y Pushkin. O la deliciosa La vida de Chéjov de Irène Némirovsky.

Esas biografías animadas suelen tener en común no arrancar con el nacimiento del personaje. A diferencia de Judith Thurman, autora de la biografía ortodoxa Isak Dinesen. Vida de una escritora, que empieza anunciando que la autora nació un 17 de abril, la francesa Dominique de Saint Pern abre su libro en 1983, en pleno rodaje de Memorias de África, la exitosa adaptación que dirigió Sydney Pollack, y dando voz a la mujer que permaneció al lado de su artífice durante largos años, Clara Svendsen. Ella será la que nos narre en primera persona la historia de quien, tal como cuenta su hermano Thomas Dinesen en Mi hermana Tanne, sintió “la necesidad vital de buscar una forma de vida nueva y absolutamente diferente, muy distinta del espíritu victoriano de nuestro hogar que había llegado a ser insoportable”.

De entre todas las grandes escritoras que el siglo XX ha dado, Karen Blixen (1885-1962), quien firmara sus obras con el pseudónimo masculino de Isak Dinesen, es quizá una de las más arrojadas, no solo por la vida aventurera que llevó durante sus largos años africanos, regentando no sin esfuerzo una plantación de café en Kenia, sino por haber practicado una literatura única, a la que supo dotar de una personalidad que aún hoy la singulariza. Por sus obras no pasa el tiempo, pues nacieron ya de algún modo en un espacio literariamente atemporal.

Su existencia atraviesa las décadas más apasionantes del siglo XX: de su experiencia africana, feliz y doliente a un tiempo, solo comparable en esas fechas a la de Doris Lessing, que creció algo después en la antigua Rodesia, a su regreso cabizbaja a la anciana Europa donde estaba a punto de estallar la cruenta Segunda Guerra Mundial, una vez clausurada a causa de su escasa rentabilidad la granja en la que ella creyó ciegamente. Entonces Dinamarca la vio crecer como autora, con no poco esfuerzo, hasta convertirse en toda una celebridad.

A esos agitados escenarios africanos y europeos hay que sumar una sífilis que no cejó hasta convertirla en una figura espectral de apenas 31 kilos, entre cuyas escasísimas carnes centelleaban unos ojos color azabache adornados con una buena dosis de khol igualmente oscuro. Esos ojos incendiados en 1959, en una fría velada neoyorquina, pusieron en pie a la concurrencia que la vio aparecer en el escenario más muerta que viva, aunque pronto comprobó que su capacidad para contar historias de memoria estaba al alcance de muy pocos.

Allí se dieron cita embelesados personajes como Truman Capote o Gloria Vanderbilt, tal como cuenta Saint Pern en su biografía, donde la autora de El festín de Babette es retratada en toda su humanidad y en toda su excentricidad, provista de un espíritu aristocrático más artístico que terrenal. De esa Sherezade nórdica dijo Hemingway que tendría que haber ganado el Premio Nobel en su lugar; el año de su muerte llegó a ser candidata.

Sin ánimo de exhaustividad, Saint Pern ha seleccionado los episodios que le han parecido más sugestivos y los ha narrado con amenidad, atravesándolos por las idas y venidas de la memoria de Clara Svendsen, que veló por ella con gran dedicación desde que en los años cuarenta llamó a su puerta como admiradora devota, no siempre recibiendo una buena paga. El juego narrativo nos permite ahondar más en su psicología y nos adentramos en terrenos pantanosos antes casi prohibidos, como su trato altivo o su fragilidad sentimental.

Así, vemos a la baronesa desembarcando en 1914 en la húmeda Mombasa; construyendo torres con copas de cristal en compañía de su amado Denys Finch Hatton en la granja al pie de las colinas de Ngong; llenando las veinticinco cajas en las que cupo su vida africana; y ya en Dinamarca refugiándose en Skagen, ese lugar mágico de la costa norte danesa, para escribir el libro que la haría célebre. Sin soslayar la inquietante relación con el que fuera su interlocutor en sus años de madurez, el poeta del que se prendó como en su día Pigmalión de la estatua de marfil que él mismo había modelado.

Blixen/Dinesen resistió incólume hasta el final. Titania, la shakesperiana reina de las hadas, tal como Denys la llamaba, la misma que confesaba que solo sabía montar a caballo, tirar con arco y decir la verdad. Conocerla… La he visto como una vela a punto de consumir la última fibra de su mecha y cuya llama se aviva de pronto. O doblada de dolor, escribiendo sus cuentos para seguir viva una noche más […] La he conocido como un remolino relampagueante, como un grito de alegría, incisiva o vulnerable, alegre, siempre distinta, siempre animada por su pasión por el juego.” Así la recuerda su fiel Clara en esta obra que, lejos de traicionarla, nos la acerca. ~


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