artículo no publicado

Sea breve, por favor, de Václav Havel

Como no podía ser de otra forma, las memorias de Václav Havel conforman un libro heterodoxo. Por una parte, corre a lo largo del volumen una suerte de diario de la vida de Havel tras dejar la presidencia de la República Checa. Estos apuntes arrancan con un viaje a Estados Unidos, acompañado de su segunda mujer, y avanzan cronológicamente hasta el presente. Por la otra, el libro es una larga entrevista con el periodista checo Karel Hvízd’ala, que sin contemplaciones ni cortesías somete a Havel a un duro interrogatorio. Como contrapunto a estos dos ejes básicos, la obra presenta una selección de las instrucciones que, por escrito, el presidente Havel daba a su equipo en la oficina de la presidencia.

En un tono íntimo, su diario revela la angustia que le produce su incapacidad para regresar a la escritura, la fascinación –y el horror– que le concita la vida en Estados Unidos, codeándose con su clase política, y la dificultad de encarar con optimismo su vida futura, sin hijos, enfermo y alejado del poder de manera definitiva. Destaco las entradas en que Havel, como un moderno Tocqueville, consigna las virtudes de la democracia americana en comparación con la incipiente democracia checa, aún atrapada en sus múltiples enredos poscomunistas.

Las preguntas de Karel Hvízd’ala tienen la virtud de ser un recorrido puntilloso por la vida pública de Havel, y las respuestas revelan al político profesional, a pesar de sí mismo, que tiene para todo reparo una justificación. Hijo de una familia burguesa que perdió todos sus bienes con la llegada del comunismo, Havel es, a diferencia de otros disidentes de Europa del Este, como su amigo Adam Michnik, alguien que por razones familiares, religiosas e intelectuales nunca se dejó seducir por los cantos de sirena de una ideología que prometía la resolución de todos los problemas. Eso hizo de Havel un personaje marginal desde los primeros años de la Republica Popular de Checoslovaquia. Encontró una salida a sus frustraciones, tras una fracasada carrera de químico, en el teatro, primero como aprendiz de tramoyista y después como actor y autor dramático. Es su trabajo de artista lo que lo llevó a enfrentarse con el régimen de su país, sobre todo tras la invasión de Praga por los tanques del Pacto de Varsovia y el fin de la primavera democrática de Dubcek. La disidencia de Havel fue heroica, minoritaria y difícil. El documento que le dio origen, la Carta 77, no tuvo más de dos mil firmantes y le hizo padecer años de ostracismo y cárcel.

La entrevista es interesante también porque ilumina de otro modo la “revolución de terciopelo” y la enorme cantidad de circunstancias fortuitas que hicieron posible que en unos cuantos meses la República de Checoslovaquia eligiera como primer presidente democrático al líder moral de la disidencia. Las discrepancias con el periodista checo llegan a su cenit cuando abarcan el periodo de su presidencia. Havel fue electo presidente de un Estado que se autodisolvió a los dos años para dar pie al nacimiento de dos países independientes, la República Checa y Eslovaquia. El mérito obvio de Havel fue lograr una separación incruenta y pactada de dos pueblos unidos por decreto en el Pacto de Versalles, y que nunca lograron construir una verdadera “red de afectos”, por usar la expresión de Arcadi Espada; mérito no menor si tomamos en cuenta que sucede cuando la guerra de los Balcanes. Pero, por otra parte, como le reprocha el periodista Hvízd’ala, se pudo haber hecho muchas más cosas para evitar una separación que ha empobrecido a ambas naciones y que las ha obligado a reafirmar su idiosincrasia con valores identitarios que uno desearía ver superados. El reproche mayor va dirigido al empeño de Havel de presentarse a las elecciones una vez consumada la escisión, pasando de ser presidente de Checoslovaquia a presidente de la República Checa, consignando su incapacidad de asumir ninguna responsabilidad en la separación.

Para Hvízd’ala también es polémica la forma en que Havel se relacionó con el Partido Comunista y sus cuadros. Quizá consciente de que el sistema comunista volvía a las víctimas verdugos, y a los verdugos víctimas, en una red simbiótica, perversa y eficaz, como nos enseña el reciente caso Kundera, Havel decidió evitar la cacería de brujas y los chivos expiatorios, aun si esto implicaba la legitimación democrática del viejo Partido Comunista y la amnistía a sus cuadros represivos. Y él, que tenía un pasado intachable, obró con magnanimidad y espíritu reconciliador. Asimismo, es triste descubrir cómo la política democrática acaba entrampada en discusiones bizantinas, anatemas, pactos y subterfugios que la alejan del ciudadano común y corriente. La revolución de terciopelo congregó multitudes en las plazas e hizo creer por un fugaz momento que el sueño de la política ciudadana era posible. La democracia profesional, con los intereses de los partidos, las obtusas discusiones legislativas y la vacuidad y aridez de los debates, desvaneció este sueño, paradoja que debemos tomar en cuenta.

En contraste con este riguroso examen público, el libro presenta las partes privadas de la política, que nunca vemos. El Havel presidente instruyendo, alentando y regañando a su equipo de colaboradores más cercanos. Estos apuntes de la presidencia son indispensables para bajar de las abstracciones que inevitablemente forman parte de las respuestas al periodista checo, y nos presentan el día a día concreto del presidente Havel. Subrayo en este apartado la preocupación casi obsesiva de Havel por redactar él mismo sus discursos y porque estos sean sometidos a la crítica más rigurosa. Buena parte de los fines de semana y de los días de descanso de su presidencia Havel la dedicó a preparar sus grandes discursos públicos. El celo del escritor frustrado por no poder escribir se volcó en esas piezas oratorias.

En ese sentido, Sea breve, por favor es un alegato a favor del valor de las palabras. Sólo con el servicio de su inteligencia, Havel encabezó el derrocamiento de una dictadura y la construcción de una democracia. Gracias a estos apuntes, podemos conocer la génesis de algunos de sus discursos cruciales, como el de la disolución del Pacto de Varsovia, o la incorporación de la República Checa a la OTAM y a la Unión Europea. Estos apuntes también revelan la fragilidad de una presidencia construida desde cero, y cómo el mismísimo Havel tenía que ocuparse de toda clase de detalles molestos o nimios. En el Castillo de Praga, una ciudad dentro de la ciudad, sede del poder ejecutivo de los checos, de una forma o de otra, por más de ocho siglos, suceden cosas que sería demasiado fácil y obvio calificar de kafkianas. ¿Pero de qué otra manera podemos interpretar las reticencias de su personal doméstico a planchar las camisas del máximo representante del Estado, o la ineficacia para instalarle un buen sistema de computación, o la incapacidad para establecer reformas arquitectónicas que le devolvieran aunque fuera parcialmente al pueblo checo el privilegio de visitar su más emblemático monumento? El Castillo era un sórdido nido de espías y burócratas que Havel intentó ventilar y adecentar; incluso llega a quejarse de que una de las mangueras de un jardín interior es demasiado corta y que en una dependencia vive un murciélago que es necesario ahuyentar sin cazarlo.

La concepción de la política de Havel está emparentada con su labor de dramaturgo y la presidencia checa le brindó una oportunidad única: inventar y sancionar, poner en escena, unos usos y costumbres políticos desde cero. De ahí la obsesión de Havel por el protocolo que se desprende de las instrucciones a su equipo.

Quien se acerque a este libro podrá transcurrir de la Historia con mayúscula a la historia doméstica, y podrá espiar por los entresijos de los grandes salones hasta descubrir el rostro humano de sus protagonistas. En ese sentido, resulta memorable la visita al Kremlin en que Gorbachov quiso imponerle la continuidad del yugo soviético y acabó aceptando su disolución. O el vínculo casi de hermandad que logró establecer con la secretaria de Estado de Bill Clinton, Madeleine Albright.

Havel fue un disidente también en la presidencia, que no cayó en lo políticamente correcto y que siguió llamando al pan pan y al vino vino. Sin miedo a enemistarse con China recibió al Dalái Lama, y no dejó de condenar la dictadura castrista en cuanto foro y oportunidad tuvo. Pero, como toda persona inteligente, su actividad crítica no se detuvo con el triunfo de la democracia, sino que se exacerbó, volviéndose también un implacable enemigo de las injusticias del mercado, de la vacuidad de la sociedad de consumo y de las trampas con que se construyó la economía capitalista en los países de Europa del Este. Un aspecto que desnuda el oprobio de la cultura contemporánea es la forma en que los medios de comunicación checos, por fin libres, en particular la televisión, convirtieron su segundo matrimonio en un injusto circo mediático. Un autoerigido tribunal mediático no le perdona a Havel haberse casado de nuevo tras la dolorosa muerte de Olga, que lo había acompañado toda su vida de disidente y que era una especie de figura materna del pueblo checo.

Se dice que la política cambia a las personas, pero pocas veces se entiende por qué. Este libro es la mejor manera de entender cómo un actor bohemio, disidente iconoclasta, amante del rock, se convierte en el tercer checo más importante de la historia, según una encuesta reciente, y cómo lo vive esa persona: el alejamiento de los amigos, la inevitable arrogancia, el trastorno de personalidad que implica el poder y el reconocimiento público; los daños colaterales del héroe. ~