artículo no publicado

Se está haciendo cada vez más tarde, de Antonio Tabucchi

Antonio Tabucchi, Se está haciendo cada vez más tarde, Anagrama, Barcelona, 2002, 204 pp.
NOVELA
UNA NOVELA HIPOTÉTICA

Conviene no invertir los términos a la hora de integrar este libro en el conjunto de la obra de Antonio Tabucchi, cuyo punto de referencia inevitable es Sostiene Pereira y su afluente La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Estos dos libros, los que más claramente se identifican con lo que entendemos por novela, no pueden verse como la culminación de una trayectoria sino como la salida al exterior de un mundo denso, misterioso, de raíz lírica, que ahora se hace diáfano a través de una clara propuesta ética, de conflictos fácilmente identificables dentro de un contexto social, con personajes bien definidos que se erigen como protagonistas dentro de un sólido hilo argumental. En un plano menos visible está el aliento espiritual de este mundo, la temporalidad, el pesimismo, la melancolía, una suerte de estado de ánimo, el resquicio por el que se nos insinúa el denso y al mismo tiempo alado mundo interior del que surge la prosa de Tabucchi.
     En el núcleo de la escritura de Tabucchi está lo que se oculta detrás de la máscara, el envés de las personas y la vida, nuestro sufrimiento del tiempo, simultáneamente transcurrir y circularidad, pasado inaferrable, presente precario, futuro inexistente y que sin embargo nos abre las puertas a la muerte. Un mundo en el que lo cotidiano se confunde con lo fantástico en una perpetua metamorfosis, metempsicosis también que nos lleva a otras vidas que tal vez no existieron y que el recuerdo inventa. Textos que pierden su identidad como género, concebidos como un recorrido por un paisaje donde la realidad ha perdido su consistencia y su unidad, y que necesitan de un lenguaje más cercano a la poesía que a la novela.
     En este sentido, Se está haciendo cada vez más tarde viene a ser la obra más ambiciosa de Tabucchi, la que más lejos ha llegado en el camino opuesto al de Sostiene Pereira, un sumergirse en los arcanos de la escritura, allí donde está el germen de lo que más tarde se hace inteligible. En estas cartas reales o imaginarias que trazan una historia interior se han invertido los términos con respecto a sus novelas más tradicionales. Lo que sobresale es lo denso, lo oscuro, lo misterioso, lo indecible que necesita ser dicho. Los elementos de lo cotidiano, de la realidad exterior, aparecen simplemente insinuados, o perfectamente nítidos pero percibidos como irrealidad, como si hubiesen perdido para siempre su coherencia visible.
     Curiosamente, un libro que se presenta como un oscuro monólogo, como una negación de la unidad (la última carta está escrita por una mujer y muestra la imposibilidad de encontrar un nexo entre las distintas cartas, esa mínima unidad narrativa que le exigimos a la novela), encuentra su unidad en el carácter de búsqueda o recorrido del narrador, y su inmediatez en la clave irónica que alimenta cada uno de los textos para convertirse en un rasgo unificador. Esta ironía permite cuestionar la inevitable morbosidad del narrador, cuyas cartas surgen muchas veces del resentimiento y cuya actividad mental gira inevitablemente en torno a sí mismo. Es decir, la ironía permite trascender el enfermizo narcisismo para penetrar en una problemática que nos afecta a todos.
     Y lo que convierte a este obsesivo torbellino de reflexiones y de observaciones en una novela es, curiosamente, el rencor, la angustia y la desesperación, el deseo y la nostalgia. Son estos sentimientos personales los que llevan al narrador a inventar o reinventar esa galería de mujeres que van dibujando un espíritu individual, marcadamente subjetivo, pero que es asimismo el espíritu de la existencia humana, esta necesidad de "dar sentido a lo que carece de sentido". Y la primera expresión de este dar sentido es, precisamente, a través de las reflexiones sobre la escritura: sobre la escritura de unas cartas que se van convirtiendo en la escritura de la novela que es un itinerario en busca de la raíz de la existencia, no sólo para darle un sentido (esa tarea corresponde también a los filósofos), sino para poder vivir la vida que no ha sido concedida como si se viviera en otra dimensión.
     En esta otra dimensión nos encontramos en aldeas sin nombre y abandonadas, en paisajes expresión de la soledad y de la desolación pero también de la sensualidad pánica, lugares esenciales que nos recuerdan el exceso de nuestra época, ríos sin orillas donde transcurre el tiempo, ventanas en las que aparece una mujer desnuda pero también las ventanas de la cabeza, las etapas de un extraño viaje en uno de los mejores textos del libro, "He pasado a buscarte pero no estabas". Ventanas asimismo en las que se pueden ver desde cada una de ellas espectáculos distintos pero sólo hasta cierto punto, porque, como ocurre en esta novela de ventanas, "cualquier espectáculo habla de la misma vida, que es la vida de un hombre y de una mujer". Y están también la Toscana que ha aprendido a amar, la Salónica que, como Nápoles, "está llena de gente hermosa de alma", o el significado del viaje que no se debe hacer, el viaje a Samarkanda: "Yo conservo de él un recuerdo inolvidable, y tan nítido, tan detallado, como sólo pueden proporcionarlo las cosas vividas de verdad en la imaginación."
     Estos viajes marcan el transcurrir de la vida pero también su circularidad, puesto que no buscamos el futuro inexistente sino el origen del transcurrir. Como quien lee un libro cuyo final le lleva de nuevo al principio, le pregunta a su amada: "¿Estarás de nuevo? ¿Habrás hecho, como yo, tu viaje de regreso y todo estará de nuevo a punto de comenzar, empezando desde el principio?" En este círculo que marca un recorrido donde principio y fin se confunden, están encerrados todos los misterios de una novela, una verdadera meditación sobre el tiempo y el amor con resonancias plásticas, musicales y poéticas: Ovidio, Virgilio o Dante, Dino Campana, Montale o Sereni, una canción de Charles Trenet, de Leo Ferré o de Jacques Brel, la humilde silla de Van Gogh o la excesiva belleza de un fresco de Simone Martini, las aterradoras palabras de Kazantzakis o las extrañas formas de vida de Enrique Vila-Matas son parte del paisaje espiritual de una novela que en su continuo trascenderse "te da un sentido de lo sacro, aunque no creas en lo sacro". ~