artículo no publicado

Prosas, de Hugo Gola

La obra de Hugo Gola (Santa Fe, Argentina, 1927) es breve: su poesía se reunió en dos escuetos volúmenes, Jugar con fuego / Poemas 1956-1984 (1987) y Filtraciones (2005). Las Prosas, aunque no están fechadas, muestran evidencia de haber sido escritas, también, a lo largo de varias décadas, y suman apenas más de cien páginas. Pero la atención que Gola presta a la poesía no es episódica: es una alerta permanente. Hace veinte años, a propósito de Jugar con fuego, Eduardo Milán escribió en Vuelta: “La historia de la poesía latinoamericana es, también, la historia de algunos poetas que cultivan un lenguaje al margen de la fiesta del mercado.” Este apartamiento de la “fiesta del mercado” no es muy distinto de lo que Juan José Saer –en la semblanza dedicada a Gola recogida en Trabajos (2005)– denomina, con insistencia, “la espera del momento poético”, “una espera a veces dolorosa”, “una espera que [...] puede parecer inacción”, “la espera lírica”, “la paciencia del poeta lírico”. Concentración y espera; diálogo con unos pocos amigos y unos cuantos libros, y atención continua al momento en que el poema puede aparecer: en buena medida las prosas de Gola tratan de estos asuntos.

“Se necesita [para escribir un poema] no de la voluntad de escribir sino de una fuerza mayor que logre dinamizar la voluntad. La decisión, el deseo, el aislamiento, el ocio, el tiempo libre y vacío, tal vez ayuden a desencadenar el proceso pero de ninguna manera son su causa.” O bien: “Saer me dijo una vez: ‘Hace más de dos años que no escribo un poema.’ ¿Por qué razón logra escribir [...] una novela de 250 páginas en menos de un mes, y el poema, 10 versos [...], le presenta tanta resistencia?” Esa “fuerza mayor”, la “causa” –ajena a la voluntad– del “proceso” poético, esa “resistencia”: he aquí el núcleo de la posición de Gola frente a la poesía, tal como se va dibujando, puliendo, en las Prosas. Podemos llamarlo inspiración, espera, paciencia, resistencia a la palabra vana: “Cada vez me atrae más la idea de la poesía como un ‘no decir’”. Debemos incluso señalar que Gola le da hoy un nuevo sentido al misticismo romántico en el que se funden estética y moral, o una moral de la estética. En un momento en que hemos aceptado –más que razonado– el hecho de que la poesía pertenece por entero a eso que denominamos literatura, una enorme masa de líquido verbal que se forma, circula y se evapora como un vaho eufórico, Gola cree que el poema es siempre otra cosa, que reside en otro lado, que mana de otra fuente, que su irrupción es enigmática y la posibilidad de captarla se reserva a quien le dedique una atención completa.

Pero no se encontrará ningún lamento por este exigente trabajo, ninguna protesta de ingratitud: al contrario, lo que persiste a lo largo de estas páginas es una especie de felicidad –no de manía sino de serena intensidad– por el mero hecho de permanecer cerca de la poesía, aunque el acceso a ella sea tan esporádico como imprevisible. La actitud de Gola se parece en esto a la del hombre ante la puerta de la Ley en la famosa parábola de Kafka: incluso aunque no pueda franquearse hay que aguardar siempre allí, porque esa puerta sólo está destinada a nosotros. En esa proximidad orbita, por otra parte, su trayectoria, su notable trabajo como editor de revistas de poesía, como Poesía y poética, que empezó en Argentina a mediados de los ochenta y siguió en México –donde Gola vive desde hace treinta años– hasta ser sucedida, en 2000, por El poeta y su trabajo. Y las colecciones de libros de y sobre poesía vinculadas a esas revistas. Hay muchos escritores que se dedican en exclusiva a aumentar el número de sus libros publicados; la principal ocupación de Gola ha sido la de formar lectores. Cuántos poetas habrán aprendido, por lo menos en México y en Argentina, esa vibración que viene de Juan L. Ortiz, de aquel núcleo originario de Santa Fe, y cuya emanación se ha mantenido viva gracias a esta labor editorial de insobornable independencia.

Prosas es un cuaderno de notas al hilo de la lectura en el que insisten los nombres de Paul Valéry, William Carlos Williams, Wallace Stevens, Pavese, Celan, Cioran. Como todo poeta que lee intensamente, Gola se lee; cuando apunta, por ejemplo, acerca de determinado poema breve de Huidobro, que “cada palabra es una granada que estalla, un proyectil que se deshace en la página”, ¿cómo no pensar en el deliberado, lento, persistente trabajo de condensación de cada poema suyo? Veamos, por ejemplo, en Filtraciones: “Ni ave de verano/ ni murciélago ciego/ ni escorpión/ ni trompo/ ni salida// La garza que sube/ solitaria/ el insecto/ que se arrastra/ o vuela...” Felicidad de la observación minuciosa (en el paisaje, en la página); murmullo que, en la reflexión, nos hace pensar que el agua de la sabiduría no se ha evaporado al sol de “la fiesta del mercado”: pero para escuchar ese arrollo hay que prestar atención, hay que ser paciente, participar de la espera. “El artista –decía Yves Klein, el pintor obsesionado con la monocromía– es una suerte de pila atómica, de generador de radiación constante”: así el poeta que lee y apunta en estas inmediaciones del poema. ~