artículo no publicado

Mitología / Todos los relatos griegos, romanos y nórdicos, de Edith Hamilton y Ulises y la Odisea, de Pietro Citati

He aquí dos libros luminosos y complementarios. La Mitología, de Edith Hamilton, famoso desde su publicación en 1942 y con razón oportuna ahora reeditado en español, es un recuento que historia los relatos y las figuras mitológicas griegas, latinas y nórdicas, y cuyas páginas se destinan a enseñarnos de qué manera resonante ese mundo remoto, creado por grandes poetas y que daría forma a lo que estaba oscuro, vacío y en silencio y era infinito, aún nos toca y nos colma. Ulises y la Odisea, del italiano Pietro Citati, se adentra en una reconstrucción intelectual y cultural para demostrarnos cómo una obra y su figura principal fueron desde su nacimiento los pioneros de un género literario (la novela) y de una clase específica de héroe (el héroe que es vulnerable y encarna a la raza elegida de los que deben acometer lo imposible para llegar a ser).

Los dos títulos comulgan en una pedagogía que da a luz una revelación: penetrar en el universo del mito clásico implica, de nuestra parte, dejar que ocurra una transitoria suspensión de nuestro descreimiento, dar un paso hacia la región de la magia y así permitir que el hecho estético se consume. No debe temerse a la variedad de dioses y de criaturas fantásticas que se entremezclan y a menudo resultan difíciles de identificar ni cabe asustarse ante una cosmovisión que suele arrastrar la retórica que le inocula una didáctica escolar. Y más: en las lecturas ejemplares que proponen estos libros hay que recordar, a cada vuelta de esquina, que lo propio de la literatura es que cuanto ella nos dice está para que lo entendamos bajo el supuesto imaginativo de que lo estamos viviendo actual y realmente y no estamos sólo tomando nota de ello. Comprometernos con lo que se nos dice es comenzar a disfrutar y a comprender.

La clara intención de Hamilton (Dresde, 1867 - Washington, DC, 1963) es despojar al campo olímpico y sus manifestaciones de grandilocuencia pero no de grandiosidad. No hay aquí hinchazones y tampoco simplificaciones. Hay, por el contrario, una sabiduría que se apasiona por sus temas y que se nos desea trasmitir con rigor y levedad, con viveza y suspicacia, y también con la libertad que generan la ironía y el humor. Y, sobre todo, esa sabiduría está habitada por el feliz propósito de dar cauce a un relato continuado, fluido, casi infinito. Las voces que retumban en el libro son las voces de las fuentes originales (Homero, Lucio, Ovidio, Apolonio, Virgilio, las sagas y las Eddas nórdicas) que se reordenan y se transforman al encadenarse a una secuencia elocuente que les impone una nobleza alta, un ritmo que no desmaya, un embrujo palpitante.

La búsqueda del vellocino de oro, la guerra de Troya, las suertes de Ulises son acontecimientos cercanos a nuestra sensibilidad y que mucho subyugan nuestra capacidad de asombro: son mitos que surgen desde el pasado para borrar los eventuales anacronismos y reactualizarse a cada momento y en todo presente. El Terror, la Destrucción y el Conflicto, más sus consecuencias envueltas en la piedad, el honor o la mesura, son fuerzas que enseñorean y dominan. Una eternidad se nos patentiza en un abrir y correr de páginas. Con fuerza dramática, con agudeza intelectual, con adjetivación inspirada, Hamilton nos hace entender que tan profunda es la huella mítica de lo que se relata, tan extendida está su memorabilidad y tanto aliento espiritual y tanta andadura épica conviven allí que necesariamente su libro habrá de llegar a ser el recordatorio de una esencialidad que a nosotros, sus herederos, por fortuna todavía nos constituye.

En la Odisea, y con Ulises y su trayecto, y también con la cartografía que alzan la obra y el personaje, amanecen los tipos y los arquetipos literarios que habrán de alimentar lo que podría llamarse la imaginación y el canon de un universo mental y de usos y costumbres que abandona lo arcaico y se adentra en esa forma de lo moderno que se empeñaría de ahí en más en erradicar del cielo a los portentos tutelares.

En efecto, lo que Citati (Florencia, 1930) llama el “segundo Homero” (no el Homero de la Ilíada sino el de la Odisea) inaugura con esta última obra una suerte de posépica que encuentra su curso en una novela a la que organizan y dan sentido las aventuras y desventuras que se suceden, y que halla en su protagonista la doble intuición –madre de la conciencia trágica– de ser a la vez inocente y culpable de su destino. El tema del viaje, el del exilio, el de la patria añorada, el de la audacia y la astucia como defensas ante la vida, el de la religión del hogar, el de la prueba y la fidelidad son –qué duda cabe– los temas que tejen y destejan, todavía hoy, nuestros avatares.

De ahí que nos parezcamos al Ulises “iridiscente” que, con inteligencia y erudición, nos restituye Citati: somos hombres “abigarrados”, “múltiples”, “formados por mil fragmentos y por mil rostros”. ¿Por qué tal cercanía entre el modelo simbólico y nosotros? Porque, argumenta Citati, “en la corte de los feacios nace el relato autobiográfico: Ulises es el primer eslabón de una cadena de testimonios personales”. Y añade: “A pesar de las inquietudes, de las pausas y los viajes y los países de la imaginación o de la magia, la Odisea nos enseña a aceptar la realidad tal como es: Itaca. Es decir, el lugar donde reinan el tiempo, el límite, la mesura, la enfermedad y la muerte.” En estas dos afirmaciones están resumidas las características de aquel universo moderno que se extiende desde los dominios de la Odisea hasta los de la burguesía. Por una parte, el hombre al que mueven los impulsos de la envidia, el orgullo herido y el hambre, el que sabe que vivir su vida es vivir el mundo a su manera, de una manera inesperada, única, como los demás y no como los demás, el hombre que al confesarse y al contarse toma distancia de sí mismo y se trasmuta en testigo crítico de su personal peripecia. Y, por la otra parte, el hombre que se empeña en dar testimonio de su verdad, una verdad que comparte zonas de verdad con la verdad de los otros y que sin embargo es una verdad intransferible, una verdad propia que hallará su voz, o su modo de ser voz, en esa novela que en sus innumerables hormas nunca dejará de ser el santo y seña de una individualidad.

Entre tanto libro apilado estúpidamente en las mesas de novedades de las librerías, encontrarse con esta Mitología y con este Ulises y la Odisea, encontrarse con personas como Edith Hamilton y Pietro Citati, cura las pesadumbres y tonifica el ánimo. Acaso no todo está perdido. ~