artículo no publicado

La vida entera, de David Grossman

De las cuatro novelas que he leído de David Grossman, Véase: amor (1986), El libro de la gramática interna (1991), Chico zigzag (1998) y La vida entera (2008), tres son obras maestras. Chico zigzag es la excepción, no obstante se trate de una excelente novela juvenil o de un loable intento de crear ficción adulta a partir de los elementos propios de la literatura para jóvenes. Los otros tres títulos remiten a otras tantas novelas sumamente ambiciosas y del todo logradas. Como explica Grossman (Jerusalén, 1954) en uno de los ensayos recogidos en Escribir en la oscuridad, “Libros que me han hablado”, su big bang como escritor llegó después de madurar durante décadas su lectura infantil de los libros de Sholem Aleijem y, durante años, su descubrimiento adulto de Bruno Schulz. La explosión dio como resultado la novela de ficción más compleja y redonda que he leído sobre el exterminio nazi: Véase: amor. Para entonces, por supuesto, Grossman había interiorizado la gran tradición hebrea y había leído, entre otras, la obra de Thomas Mann y de Franz Kafka. Su exploración de la tensión entre la infancia y el mundo adulto, las posibilidades expresivas del lenguaje o la transformación de la historia del horror en ficción analítica prosiguió con la novela más compleja y redonda que he leído sobre la lenta metamorfosis interior que supone la primera adolescencia. Con El libro de la gramática interna siguió trabajando artísticamente el conflicto entre Israel y su pasado europeo, al tiempo que demostraba ser un maestro de la indagación psicológica en sus personajes divididos entre dos mundos (el traumáticamente ganado y el traumáticamente perdido). Si el conflicto con Palestina aparecía de través en esas dos novelas anteriores, en La vida entera es enfocado de frente. Eso no significa que Grossman sitúe en el rol de protagonista a un personaje árabe-israelí o palestino; la familia, desgraciada a su manera, que absorbe la mayor parte de la novela es judeo-israelí, y solo un personaje secundario es de origen árabe. Pero la guerra incivil de nuestro presente aparece en toda su crudeza y dificultad e historicidad. Como en el resto de sus libros, las pasiones, los cambios, las herencias, las guerras, las lecturas se ubican en una cronología que intenta explicarlas, en un contexto híbrido de metáfora y hechos históricos, que multiplican su sobresentido y neutralizan la tentación reduccionista, la posibilidad del maniqueísmo. Por eso las guerras de los últimos años se imbrican en las guerras de las últimas décadas y todos los personajes son o han sido víctimas de una o de otra. En Israel todo el mundo es víctima y verdugo. Por eso la mejor escena de la novela es el viaje en taxi en que el taxista árabe de la familia es obligado a llevar a Ofer, el hijo militar, al frente. Pocas veces se ha logrado tanta tensión narrativa, tan sutilmente formulada, en una novela contemporánea.

¿Qué tienen en común Véase: amor, El libro de la gramática interna y La vida entera? Más allá de un contexto compartido con las novelas de Oz, Yehoshúa o Kaniuk (Israel inscripto en la Historia, hijo del exterminio nazi, migrante, mestizo y problemático) y más allá del submarinismo psicológico, una misma obsesión por el lenguaje. El lenguaje del nazismo enfrentado al lenguaje del amor y del sexo (“Sólo me quedaron las palabras; huecas, despedazadas; y en sus cáscaras vacías, hice mi nido como el último pájaro, el superviviente de una gran catástrofe”). La evolución del lenguaje de la adolescencia como un correlato de los cambios hormonales y morales (“nosotros aún no comprendemos lo que son los valores y los ideales, nosotros tan sólo declamamos con palabras grandilocuentes que hemos oído de los adultos”). El lenguaje como búsqueda y como herencia (“Sois como lobos, vuelve a darle vueltas en la mente, no quiero estar con vosotros. En lo más hondo de su ser se siente conmovido por esas palabras tan sencillas que él mismo lleva buscando hace casi treinta años”). En esa dimensión metalingüística, en esa obsesión por la consecución del símbolo que entraña la palabra, la poética de Grossman se aproxima a la de W.G. Sebald o a la de J.M. Coetzee. Un lenguaje que es cultivado con rigor y con arte a causa de una doble conciencia: la literaria y la política, porque –de nuevo “Libros que me han hablado”– “desgraciadamente, hace casi un siglo que los israelíes vivimos en una situación de conflicto brutal cuya influencia se nota en todos los aspectos de la existencia y, por supuesto, también en el lenguaje y en lo que a través de él se expresa”.

La vida entera, no obstante, se aleja de los dos títulos anteriores en su voluntad de representación realista. Porque estamos ante una gran novela realista. Ante una actualización, en pleno siglo XXI, de las mejores novelas sobre mujeres, escritas por hombres, del siglo XIX. La protagonista, Ora, se encuentra dividida entre cuatro hombres: sus dos hijos (uno de ellos llamado a filas en plena guerra, el otro de viaje con su padre por América Latina) y sus dos amantes (su ex marido y su gran amigo, torturado por el ejército egipcio durante la Guerra de los Seis Días). Esa división se ve exacerbada por la decisión de su hijo Ofer de presentarse voluntario justo cuando su servicio militar ya ha concluido, borrando de un plumazo la posibilidad de un viaje por Galilea que iba a realizar junto con su madre. Desesperada, para salvarse de la locura, Ora decide llevar a cabo una suerte de objeción de conciencia: no estar en casa el día que llegue la carta en que le digan que su hijo ha muerto. Negarse a esa posibilidad viajando a pie por el país, sin teléfono móvil, como un conjuro. La acompañará Abram, que desde que fue torturado no ha vuelto a ser el mismo y que es el auténtico padre del joven militar. La conversación entre Ora y Abram, un monólogo femenino la mayor parte de las veces, tiene como objeto mantener al chico con vida. Contar su vida, producir lenguaje sobre él, lo apartará de la muerte. Contar su vida significará hablar de los años sesenta, cuando se formó el triángulo amoroso que todavía mantienen, explorar las divergencias y las semejanzas entre la paternidad y la maternidad, analizar la relación entre los dos hermanos, sus pactos, sus juegos, su forma de entender la magia de la palabra.

Pero el título La vida entera no solo refiere a la necesidad que siente Ora de narrar la vida entera de Ofer y, por extensión, de Abram, de Ilan y de Adam; también implica la voluntad del propio proyecto novelístico de contar la vida entera de su protagonista, de convertirla en un personaje, más que redondo, absolutamente esférico. Pero con el adjetivo del título nos encontramos, al mismo tiempo, ante un desafío y ante una trampa. Porque Grossman, pese a que las reglas que le impone su propia obra de arte, unas reglas que, por su adscripción al realismo decimonónico y su empatía con algunas poéticas modernistas (pienso en Woolf o en Mann, no en Joyce ni en Faulkner), lo alejan en principio, técnica y conceptualmente, de sus obras maestras anteriores, parcialmente posmodernas, es un artista contemporáneo y, como tal, no traiciona la conciencia de la imposibilidad del todo. Aunque la sensación que transmiten las páginas de la novela es de totalidad (la familia y el país, recorridos y narrados hasta en sus últimos pormenores), su final abierto, si no interrumpido, nos recuerda que esta es imposible y nos retrotrae al comienzo de la novela, que recuerda el de Hiroshima mon amour, el único momento un tanto experimental de la obra, la conexión simbólica con las que la precedieron en la trayectoria del escritor. Para entonces, Ora ha crecido tanto en nuestra conciencia de lector, que sigue viviendo tras el punto y final. ~