La euforia perpetua / Sobre el deber de ser feliz, de Pascal Bruckner | Letras Libres
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La euforia perpetua / Sobre el deber de ser feliz, de Pascal Bruckner

La felicidad bajo sospechaPascal Bruckner, La euforia perpetua / Sobre el deber de ser feliz, traducción de Encarna Castrejón, Tusquets, Barcelona, 2001.La felicidad —y su manifestación puntual, la alegría— no ha tenido, hasta hace algo más de doscientos años, demasiada buena prensa entre los filósofos, quizás porque dicho estado presupone la suspensión, al menos momentánea, del filosofar, siempre que se lo entienda, con Platón, como una actitud que deviene de la carencia. Y no hay mayor carencia que reconocernos mortales. Pero desde el comienzo de la filosofía occidental, ante lo irremediable y lo carente se han dado dos respuestas que se apoyan, no tanto en la naturaleza de sus conclusiones, como en la diversidad del temperamento: la risa o el llanto, emblematizadas en Demócrito y Heráclito. Se dirá que no es lo mismo la felicidad que la alegría, ni ésta que la risa. No son palabras sinónimas, pero, sin entrar en distingos excesivamente retóricos, podemos aceptar que forman parte de una misma lógica.
     Si bien a todos nos parece en principio que la felicidad es buena, es ya viejo pensar que el empeño de obtenerla puede llegar a ser la madre de todos los males. ¿Pero obtener qué? Lo difícil de la felicidad no radica sólo en su aparente (y quizás profunda) gratuidad, sino en la dificultad de transformarla en algo objetivo. Ha sido definida como proyecto político —tras la rehabilitación optimista de la Ilustración— por la Constitución Norteamericana, por la Revolución Francesa, por el socialismo, sin que se lleve jamás a cabo. Es más fácil acabar con la lucha de clases y con el hambre que conseguir, por el mero ejercicio de proponérselo, que una sola persona sea feliz. Y sin embargo, buena parte del siglo XX occidental, y especialmente su segunda mitad, ha manifestado un esfuerzo casi enfermizo en el deseo de ofrecer la felicidad. Y quizás sólo hemos conseguido ser un poco más desgraciados.
     Fernando Savater, que ha dedicado páginas muy interesantes a la felicidad y su corolario  (la alegría, el placer), se refirió a ella como "suplemento subjetivo", comprensible como un estado tal de subjetividad que ni lo objetivo (lo ajeno a mí) lo altera ni hay forma de refutarlo lógicamente. Por su parte, el ensayista francés Pascal Bruckner (La euforia perpetua / Sobre el deber de ser feliz) propone, no para alcanzarla sino para evitar los males de engolfarse en lograrla, que la consideremos como algo secundario, algo a lo que se llega siempre a propósito de otra cosa. Esto nos recuerda la dificultad de definir el tiempo en sí mismo, empeñado en encarnar en cosas o procesos que no son el tiempo pero en los que el tiempo se manifiesta.
     El libro de Bruckner es un ensayo sobre la felicidad en la época moderna, especialmente en el sentido que hemos apuntado: como un síntoma del escamoteo del sufrimiento, de la pena, de la pérdida, en definitiva. En nuestros días lo moral es ser feliz, y la tristeza, la melancolía, el dolor son vistos como síntomas que hay que ocultar.  La secularización de nuestras sociedades democráticas nos ha llevado, en este aspecto y según Bruckner, a una alergia creciente ante el sufrimiento. Esta inmanencia de la humanidad en sí misma nos sitúa ante la imposibilidad de recurrir a Dios para consolarnos, y, por lo tanto, apunto yo, el sufrimiento se nos manifiesta como algo inútil. También habría que señalar otra dirección que Bruckner no explora: la de la sensación del absurdo (Kafka, Beckett y ciertas tendencias nihilistas). Este ocultamiento del dolor y sus aledaños tiene su reflejo invertido en la ansiedad consumista, sea de cosas o de años, en un denodado afán, no ya de intensidad, sino de duración, de aguante. La exaltación de la salud a toda costa supone vivir la enfermedad como algo con lo que  no podemos dialogar ni convivir y, en definitiva, la experimentamos como metáfora de la muerte, no como un suceso y un proceso que nos constituyen.
     De sufrir fatalmente (aunque con la inversión que significa sentirse culpable y sufrir, o sufrir sin saber por qué, con el apoyo teológico de una causa, sabida o ignorada, que está más allá de la historia) hemos pasado a sacar rédito y a culpabilizar a las instituciones de nuestros males. Sin duda esto ha enriquecido los derechos del ciudadano en los últimos años (también ha enriquecido al gremio de los abogados), especialmente en Estados Unidos, pero corremos el riesgo de convertir el afuera en chivo expiatorio de todos esos males nuestros. De esta forma, no hallamos una explicación, ni para los males ni para la felicidad, y sólo les damos alguna articulación al situarlos en un proceso social de obligaciones y derechos.
     Bruckner, como tantos otros autores modernos que han tocado este tema, se pierde un poco por las ramas, y oscila entre el juicio moral —con el que muchas veces estoy de acuerdo— y la fácil especulación de culta sobremesa. Su idea central es que la felicidad es intermitente y secundaria, y que hay que reconciliarse con el dolor, la pena y las enfermedades, no pasivamente, sino como algo que nos ocurre y no va a dejar de ocurrirnos y que, en definitiva, forma parte de nuestro cuerpo y de nuestra experiencia. "El error de Occidente —afirma— durante la segunda mitad del siglo XX ha sido dar a los hombres la insensata esperanza de que no tardarían en desaparecer todas las calamidades". Cierto, en parte. Hubiera estado bien dedicar un capítulo a los mitos de la medicina moderna, apoyados en un positivismo angustioso: "En el futuro me habría salvado", se dice confusamente el enfermo, hoy incurable; pero el futuro no es otra cosa que tiempo, sólo que aún no ha llegado. Cuando llega es presente, y entonces está preñado de bienes y males posibles, y, con toda seguridad, contiene la semilla de su propia desaparición.
     Otro tema que echo de menos: todos esos signos de ocultación de los huecos, las interrupciones y las máculas, bien analizados generalmente por Pascal Bruckner, suponen una visión del tiempo, y sería necesario analizar con detenimiento qué formas adopta el tiempo en nuestra conciencia y sensibilidad, y qué significan.
     Por último, hay que darle la razón al ensayista francés cuando afirma que, tanto la felicidad como el sufrimiento, no pueden ser ni el fin último ni el fundamento de la acción, y deben subordinarse a la libertad. -