artículo no publicado

Humorista en estado puro

Ana García Bergua

La bomba de San José

México, Era, 2012, 341 pp.

 

El humorismo es una de las tradiciones menos frecuentadas en la literatura mexicana. Se cuentan con los dedos de la mano aquellos de nuestros escritores capaces de aliviar la desventura con la risa y los primeros que se me vienen a la mente son satíricos más o menos despiadados, como Jorge Ibargüengoitia, Guillermo Sheridan o Francisco Hinojosa. A la solemnidad oficialesca se le suele combatir con el humor negro y al ridículo, con la caricatura. Se prefiere, para decirlo en términos de Chesterton, exagerar los bigotes ya de suyo impresionantes del káiser a ponérselos, para ver cómo le quedan, al arzobispo de Canterbury, “desatino” al que recurriría una humorista en estado puro, a la inglesa, como Ana García Bergua (ciudad de México, 1960).

García Bergua, por desgracia, es leída con condescendencia porque en México solo se toma en serio al humorismo cuando tiene por materia la asignatura más fácil, los políticos de ayer y de hoy, mientras que hacer comedia de nuestros próximos y semejantes es asunto más grave y comprometedor. Por ello, García Bergua es juzgada como una practicante honrada y laboriosa, pero nunca mucho más, de un género menor, pese a que sus cinco novelas (El umbralPúrpura, Rosas negras, Isla de bobos y, ahora, La bomba de San José) muestran una regularidad estilística infrecuente en nuestro país literario, oficio probado al cual deben sumarse buenos libros suyos (entre los más recientes, Pie de página y Edificio, de 2007 y 2010) en el territorio, ese sí más competido entre nosotros, de la varia invención.

El humorismo en García Bergua, tras esa primera novela suya en la que sublimó mediante lo fantástico-romántico (El umbral, 1993) la mitología del hermano suicida, ha sido el itinerario de una escenógrafa que devino escritora dominando todos los planos y los materiales exigidos por la puesta en escena, esa temporalidad que el espectador debe juzgar como eterna. Pocos menos improvisados que García Bergua: todas sus novelas son fruto de la documentación, del archivo, del cuaderno de contador a tres colores, del croquis y la ficha, hábitos académicos imprescindibles cuando son puestos, como en su caso, al servicio de la comedia.

Su pasión documental, a su vez, le permitió escribir Isla de bobos (2007), que no es una novela humorística sino de aventuras, dedicada a la conocida desgracia de la guarnición mexicana abandonada, junto con sus familias, en las islas Clipperton, durante la Revolución mexicana. Hizo García Bergua, en Isla de bobos, su propia versión de Cumbres borrascosas, demostrando, otra vez, su dominio de lo romántico: su novela clippertoniana nunca es melodramática. Compárese la de García Bergua con la que escribiera, sobre el mismo tema, Laura Restrepo años antes y podrá procederse a ilustrar académicamente lo que es hacer buena y mala literatura, respectivamente, de un acontecimiento histórico.

Asumo que repito algunos de los elogios escritos ante Rosas negras (2004), su novela espiritista y mi favorita entre las suyas: mientras otros novelistas, creyendo que se van a hacer ricos saqueando los tesoros gratuitos ofrecidos por la historia, se despiertan con baratijas en las manos, García Bergua posee el raro talento de la síntesis, sabe escoger, no desperdicia y es alérgica al fárrago.

La bomba de San José, ambientada en el México de los años sesenta y en el mundillo del cine, habría dado motivo a otros escritores de nuestra generación y de la siguiente para el rollo sociológico, incluida alguna escena de Tlatelolco, Praga, Woodstock o, de perdida, Avándaro, sin privarse de alguna sentencia claridosa o profética sobre aquellos años. A García Bergua le fue suficiente con escoger una vida (la de Maite), en concordancia estricta con su tiempo. Rige en García Bergua lo esencial: la ingenuidad, la sorpresa, el atrevimiento. Lo demás es escenográfico y de primera calidad, compuesto con minucia, pues ella sabe, con Wilde, que vestir adecuadamente a sus personajes no era poca cosa para Shakespeare: en La bomba de San José, desfilan la Zona Rosa y sus cafés con nuestros padres que se contaban una y otra vez los unos a los otros hasta darse cuenta aliviados de que solo eran diez, las bacanales en los Edificios Condesa, esa combinación de mal gusto y esnobismo tan característico del pequeño estilo a gogó mexicano, capaz de combinar a Julissa con Herbert Marcuse. El resto, finalmente, viene a cuenta del dominio que García Bergua tiene de la comedia de enredos y de la conspiración chestertoniana: La bomba de San José cuenta el paso, catastrófico y fugaz, de una actrizucha llamada Selma Bordiú por la ciudad de México, destruyendo un matrimonio y dándole motivo al pariente incómodo del presidente de la república para secuestrar técnicos y guionistas con la ilusión de hacer su gran película.

Pero no me parece, debo decirlo, que La bomba de San José sea la mejor novela de García Bergua. Como novela del cine, es superior Púrpura (1999), y hay un trecho que debiendo ser cumbre, resultó planicie: las páginas dedicadas al secuestro de Hugo y sus amigos, en el Ajusco, me aburrieron, de la misma manera en que la solución al enigma de la Bordiú, quien en realidad se esfumó desde el día bombástico, es manida, como poco sustancioso el personaje que hace de malo de la película, una concesión de García Bergua a lo caricaturesco –a la exageración de los bigotes del káiser– que le es impropia.

Decía Fabio Morábito, comentando Edificio (en Letras Libres, en 2010) que los personajes femeninos de García Bergua son más convincentes que los masculinos. En general, disiento: abogo por Julius y su alma prófuga, en El umbral, como por el no tan cándido Artemio, en Púrpura, y por Bernabé Góngora, el prisionero al cual interroga la ouija en Rosas negras... Empero, en el caso de La bomba de San José, la estrella no es, naturalmente, la Bordiú ni tampoco lo son los varones en trance de intelectualización a quienes infatúa y enamorisca, sino Maite, el ama de casa provinciana a quien le toca liberarse sexualmente, desapegarse, ser instruida en el Kama sutra en un motel, descifrar el misterio de esa falsa pacata que es su tía, quien tras la fachada de una mercería en el primer cuadro sirve a la causa de los últimos comunistas emboscados contra el general Franco.

García Bergua, notoriamente, ha creado un teatro de este mundo, una pequeña y atractiva comedia humana, un edificio cuyas ventanas iluminadas, por la noche, incitan a la novelería del transeúnte destinado a ser su lector. Maite, víctima de una invasión de su propio domicilio que Luis Buñuel, otro de los espíritus tutelares de Ana García Bergua, habría seguido con delectación en tanto variante de El ángel exterminador, es un personaje de aquellos decididos, por voluntad de su creador, a hacer su propia vida, y desde la naturaleza instructiva de lo cómico, a ser más reales que muchos engendros trágicos. Esta verdadera humorista no cuenta chistes y cuando lo hace, resiste a la debilidad de repetirse. ~