artículo no publicado

Fuentes póstumo

Carlos Fuentes

Federico en su balcón

México, Alfaguara, 2012, 296 pp.

 

Federico en su balcón, la novela de Carlos Fuentes que se publica póstumamente, se lee con un dejo de nostalgia, con un gesto de adiós al titánico escritor que encabezó algunos de los proyectos más ambiciosos y audaces de la novela contemporánea. En la abrumadora cantidad de libros que Fuentes publicó, puede observarse a un autor seminal y a uno residual; a un autor que inauguró vetas de exploración narrativa y ensayística, y a otro que las explotó hasta el agotamiento. No hay un punto de inflexión definitivo en esta oscilación entre lo inaugural y lo repetitivo, pues, después de obras menores, Fuentes podía sorprender con renovaciones de sus propias obsesiones y con nuevos hallazgos. Federico en su balcón es una novela a medio camino entre la repetición y la innovación: Fuentes se desliga de la actualidad política mexicana que lo había ocupado en muchos de sus libros recientes para establecer una fabulación más abstracta sobre el poder. Desde el balcón de un hotel, Federico Nietzsche habla con Dante Loredano y comienza una narración sobre las circularidades de la historia y los vicios del poder. Entre el abigarramiento de situaciones y personajes, el núcleo anecdótico podría ser este: tres amigos, un intelectual idealista, Dante Loredano; un abogado torturado y dogmático, Aarón Azar, y un iluminado político, Saúl, junto con su mujer, una exmonja, encabezan una revolución social cruenta y extraviada. Los tres son engullidos rápidamente por el caótico movimiento: Saúl, reacio a la contaminación del poder, sucumbe asesinado en un acto de piedad y admiración por su mujer, antes de ensuciar sus ideales; Dante es impugnado por la muchedumbre por su parentesco con su hermano Leonardo, representante de la oligarquía, y es condenado a muerte por su propio amigo Aarón; Aarón mismo pronto cae en desgracia y termina vejado y fusilado por las turbas revolucionarias. El militar que detenta el poder tras el trono, Andrea del Sargo, decide ofrecer la Presidencia al antiguo oligarca, Leonardo Loredano, quien así cumple el ciclo fatal de revolución, corrupción y restauración. Alrededor de este pretexto anecdótico, se recrea una atmósfera de oscuridad y decadencia donde cobran vida personajes hondos, como Elisa, la niña víctima de abuso sexual que deviene asesina y que establece una extraña relación con su salvador, Aarón; Gala, la hija de una actriz eclipsada que aspira a una relación simbióticamente espiritual con los hermanos Loredano; Dorián, la hermafrodita que es obligada a prostituirse; Rayón Merci, el pedófilo, o Charlotte Colbert, la madre de los hermanos Loredano.

Federico en el balcón evoca muchas de las mayores virtudes de Fuentes, como su capacidad de inventar lenguajes, su catálogo inagotable de personajes excéntricos y hasta abundantes chispazos de humor y perspicacia psicológica. Hay, en momentos, una mirada penetrante, cruda y compasiva al mismo tiempo, que busca indagar en los abismos del poder y de la condición humana y que se adentra, de manera inédita en Fuentes, en los fenómenos del mal y la crueldad. Sin embargo, esta prometedora perspectiva no se consolida, pues el autor no deja crecer a sus personajes más inquietantes y se amuralla en sus propias convenciones narrativas. Así, por las cerca de trescientas páginas de la novela desfilan múltiples personajes que son esbozados en trazos soberbios, pero que se confunden a la hora de interactuar y se pierden en los excesos y desplantes de la trama. De modo que si como crítica de la idea de revolución resulta un tanto trasnochada, esta novela atestigua la capacidad de Fuentes para crear y destruir seres entrañables. Porque en su breve vida, Dante, Aarón, Saúl, Elisa, Gala, Dorian y demás dejan una cálida huella y uno se pregunta por su destino en caso de que su autor les hubiera deparado una mayor permanencia. Pero ya se sabe que la narrativa de Fuentes se caracteriza por un complejo juego de códigos y por una caprichosa adulteración de recursos narrativos que elude lo lineal e intenta hacer de sus novelas una suma de epopeya, carnaval, picaresca, historia de formación, prosa de ideas, teatro del absurdo, intriga y actualidad. Como es habitual, el autor ejerce una soberanía peculiar que consiste en torcer la lógica de la narrativa, apresurar o simplificar la trama, deformar a sus personajes e introducir el acto gratuito. El poder literario se despliega, entonces, en un constante desafío al lector y, en las discontinuidades narrativas y los trazos caprichosos, se advierte su doctrina de la escritura como un discurso desestabilizador que no quiere “psicologías agotadas”, sino “figuras desvalidas, gestándose en otro rango de la comunicación y el discurso…”. No deja de ser emocionante esa dialéctica entre el gran psicólogo y narrador que puede ser Fuentes y la manera deliberada en que escinde la identidad de sus personajes y les resta verosimilitud y profundidad para volverlos representativos. Uno cierra el libro con una sensación simultánea de impaciencia y añoranza: difícilmente podrá pensarse en el futuro en un interlocutor narrativo que genere reacciones tan encontradas; que oscile entre tantos registros contradictorios; que toque los extremos que van de la genialidad a la broma, y que merezca, como quería el propio Nietzsche, una admiración genuina y violenta. ~