artículo no publicado

El Paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa produce entre sus contemporáneos una incomodidad que se me antoja similar a la que Thomas Mann provocaba entre los suyos. En el novelista peruano todo es anhelo de perfección y oficio labrado con admirable paciencia. Su aspecto impecable, la naturalidad con la que permite a los periodistas seguirlo hasta Tahití mientras prepara El Paraíso en la otra esquina, y sus opiniones políticas, siempre sensatas aun cuando exhiban una valentía radical, hacen de Vargas Llosa una figura ejemplar. Esa singularidad lo convierte en uno de los últimos novelistas burgueses, en la noble acepción que lo cobija junto a Balzac, Victor Hugo, Flaubert, Dickens.
     El Paraíso en la otra esquina es una novela escrita y pensada desde la tradición decimonónica, que cuenta las vidas paralelas de Flora Tristán (1803-1844) y de su nieto Paul Gauguin (1848-1903). Como es habitual en Vargas Llosa, ambas historias fluyen naturales y meticulosas, convirtiendo al lector en un espectador agradecido. El periplo de Flora Tristán, menos conocido que el de su célebre nieto, deviene en un riquísimo panorama de la Europa de las utopías socialistas. Flora Tristán se rebeló contra su propio matrimonio, una atrocidad que la llevó a condenar la institución entera; convirtió su vida privada en el combustible de la lucha pacífica por los derechos de los condenados, terminando por ser una admirable precursora tanto del feminismo como del socialismo moderno.
     Me conmovió la forma en que Vargas Llosa le dio vida a Flora Tristán, esculpida como una balzaquiana mujer de treinta años que, lejos de plegarse al gazmoño mundo de los rentistas y de los pretendientes, se lanza a la conquista de la ciudad en un sentido inverso al de los codiciosos oportunistas de Las ilusiones perdidas. Para despertar la conciencia de clase de las mujeres y de los obreros, Flora Tristán peregrina, llena de candor y de fuerza, entre los sansimonianos y los cabetianos, los fourieristas y los hegelianos de izquierda, recorriendo esa corte de los milagros con un celo misionero que asume una debilidad no exenta de humorismo. Y al describir los tugurios que, en Londres o en el sur de Francia, habitaban aquellas víctimas de la Revolución Industrial, Vargas Llosa, ahíto de una inmensa piedad, logra lo que se proponía: ser un émulo de Dickens o de Victor Hugo. Y dado que Vargas Llosa es un hombre político, esas páginas son legibles como parte de su prédica liberal: en el origen, la miseria insultante de millones de hombres y mujeres sigue siendo el acertijo sin resolver de todas las libertades.
     El recorrido de Paul Gauguin, desde su cómoda vida como agente de bolsa hasta su muerte romántica en las Islas Marquesas de los Mares del Sur, ofrecía, por fuerza, una paleta más rica para el arte de Vargas Llosa. Gauguin, a quien nunca le interesó mucho la vida de Madame-la-Colère, su sulfurosa abuela, es seguido a través de su previsible ansiedad de ruptura con la civilización occidental. El pintor sólo logrará ese cometido a través de sus cuadros, pues en Tahití y en las Islas Marquesas se topa con la naciente e irremediable corrupción colonial, deshaciéndose en sus manos el sueño de un paraíso sobre la tierra. A cambio, Gauguin, como lo corroboró Victor Segalen al seguir sus pasos, encarnará a un nuevo tipo de civilizado, ese exota que sólo se alimenta de lo que le es ajeno. Pero, una vez más, el sentimiento más poderoso que se desprende de la escritura de Vargas Llosa es la piedad. Es fascinante ver cómo Vargas Llosa va dibujando la desaparición clínica de Gauguin, esa enfermedad impronunciable que acabará por oscurecer por completo el horizonte de un ser fervorosamente encomendado a Eros.
     Las historias paralelas que componen El Paraíso en la otra esquina sólo se unen de manera didáctica. Tanto Flora Tristán como Paul Gauguin fueron utopistas prácticos. Sus empeños, aunque ambos murieron en un relativo abandono, se adueñaron del siglo XX. El legado de Flora Tristán, a través de la liberación de la mujer y de los derechos democráticos obreros, fue vastísimo, tanto como el de Paul Gauguin, apóstol del arte moderno y de las libertades eróticas. Estamos, qué duda cabe, ante una novela poderosamente optimista, digna de leerse en una época que sólo ve barbarie en el saldo civilizatorio. Pero es este punto donde reaparece mi incomodidad ante Vargas Llosa. Tanta pasión puso el novelista en la imitación del saber novelesco decimonónico que incurrió en las facilidades de la pedagogía, alejando de Flora Tristán y de Paul Gauguin los verdaderos demonios, las crueles paradojas, esa ambigüedad fatal que hace la diferencia entre una buena novela y una obra genial. Él, como otros escritores de su generación, tiende a hacer del arte de la novela una disertación didáctica, como si el lector fuese solamente un buen alumno a quien hay que darle una lección magistral. ~