artículo no publicado

El canon de los raros

Varios autores

Archivo negro de la poesía mexicana

México, Malpaís-Fonca, 2014, 10 volúmenes

El canon de la poesía es un agua aparentemente estancada, pero con recias corrientes subterráneas, que buscan llevar a la superficie materiales sumergidos. Cierto, pese a la sobrecarga de prestigios inerciales, no hay una historia definitiva de la poesía y las reputaciones en este ámbito se van sedimentando y alternando mediante un complejo proceso de imposiciones y rebeliones, pugnas y consensos entre comunidades poéticas. La polémica poética no solo está entre los vivos, sino que en las tumbas hay cadáveres que, imantados por las querellas presentes, mantienen encarnizadas batallas por salir a la luz. De esta manera, escuelas desdeñadas e individuos inasimilables en su tiempo adquieren segundas oportunidades y renovados créditos. La reivindicación de un autor no solo es un acto de justicia poética, permite darle un lustre intergeneracional a las prácticas e ideologías poéticas del momento y constituye una forma de proyectarse y airear los cotos de poder literario y académico. Por eso, los excéntricos, los olvidados, los marginales, los desplazados o los malogrados son especies altamente demandadas en el mercado editorial de la poesía.

La caza de “raros” puede responder a un gesto de rebeldía maquinal o a un cálculo mercadotécnico, pero también puede convertirse en un acto simultáneo de ruptura y enlace crítico por parte de los lectores más nuevos y exigentes, que requieren validar y renovar su pléyade de antecesores. La colección Archivo negro de la poesía mexicana busca poner de nuevo en circulación a una decena de autores que se encuentra fuera de las vitrinas de novedades. Se trata de una suerte de contra-canon de la poesía mexicana, que se caracteriza por la magnitud y seriedad de su proyecto. Son varios los rasgos que distinguen la colección: primero, el hecho de que se haya optado por editar libros completos (y no, por ejemplo, libros antológicos o una antología general), lo que permite una apreciación más precisa del peso y calidad individual de los autores en lugar de subsumirlos en un discurso unificador; segundo, que el rescate no se limite a una época o corriente y mezcle generaciones y perfiles; tercero, que cada libro venga prologado por un crítico joven, lo que le brinda un carácter dialógico y actual y, finalmente, el formato amigable y bajo costo de la colección que propicia un ciclo de vida y difusión más prometedor.

Los diez libros y poetas fueron seleccionados por el equipo de Malpaís y disponen de prólogos de académicos del Seminario de Investigación de la Poesía Mexicana Contemporánea, que reconstruyen el contexto del autor, contribuyen a justipreciar su representatividad y valor literario y, sobre todo, muestran el surgimiento de una avezada generación de críticos. Así, pese a que la poesía brinda poca rentabilidad y proyección a sus críticos, resulta estimulante ver un nutrido grupo de especialistas de esta disciplina que intentan dialogar más allá del ámbito de sus pares. Si bien la colección incluye un grupo heterogéneo de poetas, puede decirse que casi todos están vinculados por una noción de compromiso social que, en varios casos, llega a combinarse con un ánimo experimental. La colección incluye desde la poesía proletaria de Carlos Gutiérrez Cruz en Sangre roja; el alegre vanguardismo del estridentista Luis Quintanilla en Radio; la honda y fina lírica militante de Alfredo Cardona Peña en Poema nuevo; el extraordinario aliento y delirio poético de Raúl Garduño en Los danzantes espacios estatuarios; el revelador y esmerado tono intimista de Miguel Guardia en El retorno y otros poemas; la extravagancia esperpéntica de Ramón Martínez Ocaranza en Patología del ser; el áspero y renovador lirismo de Jaime Reyes en La oración del ogro; la espontánea provocación de Carlos Isla en Maquinaciones; el vitalismo místico de José Vicente Anaya en Híkuri o la colorida lírica de Roberto López Moreno en Morada del colibrí.

Esta colección ayuda a brindar un panorama más completo de la poesía mexicana (aunque, como ya se ha dicho, se extrañan las voces femeninas). Habría que distinguir, sin embargo, entre la pertinencia que representa reimprimir estos títulos y el hecho de elevarlos automáticamente como el canon más correcto y auténtico de la poesía mexicana. Por un lado, sería empobrecedor considerar la colección simplemente como el resarcimiento de un conjunto de damnificados del sistema poético y, por mencionar algunos ejemplos, en su breve existencia Carlos Gutiérrez Cruz militó en una ruta poética muy popular y respaldada oficialmente, mientras que algunos otros de los autores, sobre todo Jaime Reyes, obtuvieron merecida atención crítica y difusión. Por otro lado, si bien este Archivo negro contiene un estándar de alta calidad no puede presumirse que todo el material deba colocarse en los altares y corresponde a cada lector ponderar cuáles libros quedan como meras referencias literarias o hallazgos pintorescos y cuáles se integran a las lecturas esenciales. Para mí, hubo descubrimientos como el de Miguel Guardia, cuya depuración formal y conciencia del sufrimiento implican una cima desconocida dentro de la corriente de la poesía coloquial, o redescubrimientos como la originalidad del método de composición de ese clásico subterráneo que es Jaime Reyes o la formidable mezcla de visiones y registros lingüísticos de José Vicente Anaya. Acaso el gran valor de la colección consiste en mostrar la complejidad y logros de corrientes estéticas (la vena social y utópica de la poesía mexicana, por ejemplo) que han sido satanizadas, soslayadas o, peor, insulsamente elogiadas, así como en reiterar la actualidad de los recurrentes debates en torno a la función del poeta y la poesía. Ojalá haya nuevos títulos de este Archivo negro que sigan completando el mapa poético y brindando materiales para ampliar el gusto y la memoria. ~