artículo no publicado

El Big Bang de la Cuba contemporánea

Rafael Rojas

Historia mínima de la Revolución cubana

México, El Colegio de México/Turner, 2015, 202 pp.

Los libros de Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965) son, al mismo tiempo, exploraciones históricas y críticas historiográficas; rastreos del pasado y especulaciones de lo que está por venir. Mitad genealogía y mitad prescripción, su historiografía se ocupa de los hechos, aunque suele ordenarlos a partir de unos planos preestablecidos. A todo eso, hay que añadir el dilema de alguien que oscila entre el científico social entregado a la academia y el ensayista angustiado porque esta no acabe devorando su estilo.

Historia mínima de la Revolución cubana –escrito en la frontera entre la indagación profesoral, el ensayo de ideas y el libro de divulgación– no es una obra ajena a tales tensiones ni a esa manera de abordar la historia.

Concentrado en las dos primeras décadas de la Revolución, el libro comparte la seducción por esa época que parece estar imantando a los intelectuales cubanos más jóvenes. Una arqueología en la que se han implicado Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco (Los pasos del cronista, sobre la vida y obra periodística de Guillermo Cabrera Infante en Cuba), Jorge Fornet (El 71. Anatomía de una crisis) y Ahmel Echevarría (La noria). Incluso en el arte tiene lugar un regreso semejante en las obras de José Ángel Toirac, Hamlet Lavastida o Reynier Leyva Novo.

Si estos autores acometen investigaciones exhaustivas de asuntos o personajes muy específicos, Rojas prefiere establecer un registro más general, próximo a la “historia mínima” de Daniel Cosío Villegas. Y si ellos enfilan sus pesquisas a través de la crítica, el periodismo o la novela, Historia mínima de la Revolución cubana nos ofrece, precisamente, una mirada que es histórica no solo porque viaje a los orígenes del acontecimiento sino también porque constata su final, con el dibujo de la elipse que describe un ciclo cerrado y cuyo último capítulo no puede llamarse de modo más elocuente: “Después de la revolución”.

Así las cosas, el núcleo de este recorrido queda encajado entre la insurrección contra Batista, previa a la entrada de los rebeldes en La Habana, en 1959, y la expulsión de otras “huestes” (unos 125,000 efectivos calificados como escorias) por el puerto del Mariel hacia las costas de la Florida en 1980.

Dos décadas distintas –enfrentadas incluso– aunque encadenadas por el mismo poder y en las que encontramos claves fundamentales de lo que hoy son los cubanos vivos de cualquier latitud. Dos décadas que no han puesto de acuerdo a los historiadores, enfrentados desde siempre por sus ideologías y, en consecuencia, por unos cortes cronológicos diferentes que se deben, según el caso, a la magnitud de las nacionalizaciones, los grados de institucionalización, la tensión con Estados Unidos o la inserción del país en la órbita soviética.

Tratamos con veinte años decisivos en los que el proceso conocido como Revolución cubana ensaya la forma de construir una sociedad socialista en el “jardín de Estados Unidos” y –dentro de una hostilidad permanente con esta potencia– consigue un cambio radical en su economía, sus relaciones de propiedad o su demografía (la población, por una parte, se duplica y, por otra, más del 10% de los cubanos se ve obligado a vivir en el exilio). Para Rojas, estos dos decenios testimonian el devenir paradójico de un país socialista y latinoamericano, pro soviético y antiimperialista, nacionalista y universal, humanista y dictatorial, pobre y soberbio, tradicional y cambiante. Unas mezclas explosivas que alimentan, pero también convulsionan, a una revolución que nace, como enfatiza el autor, de una pulsión decididamente moderna.

En esa sintonía, Rojas nos presenta una historia comparada a la que sirven tanto los aportes sobre el caso cubano en concreto –Carlos Franqui, el Che Guevara, Samuel Farber, Louis A. Pérez Jr., Oscar Zanetti, Marifeli Pérez-Stable, Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado–, como aquellos estudios de otras revoluciones modernas –François Furet, Isaac Deutscher, Richard Pipes, John Womack Jr., Greg Grandin y Gilbert Joseph.

Tomando como punto de partida ese Antiguo Régimen a la cubana que fue la dictadura de Batista, Rafael Rojas persiste en iluminar la pluralidad primigenia de la insurrección y de la propia revolución (que “no se limitaba a Fidel Castro”). En esa línea, se aplica en desempolvar –en algún caso sublimar– el multipartidismo del frente revolucionario, así como la diversidad ideológica que, en su día, fraguó un proyecto que comenzó necesitando de la hegemonía y acabó imponiendo la homogeneidad.

Pero las revoluciones –además de conmociones políticas, vuelcos históricos, actos de fe– son también hechos semánticos: generan, a favor y en contra, un diccionario singular que les sirve para fijar el relato de sí mismas. Aquí, y desde su conocida propensión ecuménica, el autor explaya un vocabulario mixto que lo mismo saca rédito de la historiografía marxista (Playa Girón y no Bahía de Cochinos) como de otras definiciones que se corresponden con el lenguaje del exilio (Guerra Civil en lugar de Lucha contra Bandidos, por ejemplo).

Lo que ocurre con el lenguaje sucede también con la posición del historiador que por una parte debe atender a los hechos y, por la otra, manipularlos. Si, como dijo Foucault, “ser historiador y ser marxista es prácticamente lo mismo”, Rojas parece sentirse igualmente atraído por la idea de que un historiador necesita cierta dosis de positivismo cuando se enfrenta, sin más, a lo que ha pasado.

Con estos mimbres, el libro dibuja una historia en la que caben los acontecimientos y las voluntades, los seres comunes y los héroes, desde una narración amena y minuciosa que consigue mitigar el name-droping y la densidad analítica tan característicos de este polemista.

Dicho esto, no está de más indicar que el libro confronta algún problema de proporción: el periodo de Batista ocupa prácticamente la mitad de sus páginas, mientras que el último capítulo resulta demasiado corto y nos deja la ansiedad de leer más sobre esa dimensión posrevolucionaria que queda esbozada. Tal vez resulte discutible el peso concedido a los antiguos comunistas en la Revolución y se echa en falta una presencia más determinante de la historia intelectual. Sobre todo, si tenemos en cuenta que este es el punto más fuerte del autor y, sin duda, el aporte más sobresaliente de toda su trayectoria.

Historia mínima de la Revolución cubana no pretende mostrarse como el estudio definitivo de un proceso sobre el que quedan todavía muchas zonas por escudriñar y debatir. Pero, desde ahora, esa historia no podrá comprenderse como es debido sin desandar el camino que abre esta obra. Más que ante un corolario, estamos ante un libro de iniciación: un rito de paso para todo el que necesite comprender el Big Bang remoto de la Cuba contemporánea. ~