artículo no publicado

After Dark, de Haruki Murakami

Imaginemos que la cafetería retratada en Nighthawks, una de las obras más emblemáticas no sólo de Edward Hopper sino de la atmósfera de desánimo y pesar que cundió a partir de la Segunda Guerra Mundial, ha sucumbido a los embates de la globalización para convertirse en un Denny’s trasplantado al palpitante corazón nocturno del Tokio de inicios del nuevo milenio. (En realidad la cafetería del Greenwich Village neoyorquino en que Hopper basó su cuadro, comenzado luego del ataque a Pearl Harbor, dejó de existir hace ya varios años: fue demolida y remplazada por un estacionamiento conocido como Mulry Square.) Imaginemos que los cuatro bellos insomnes captados por el artista se fusionan –merced a un acto de magia que debe mucho a la literatura aunque también al cine– en una perspectiva única, una voz plural y mimética que apela a la complicidad del lector, un “nosotros” que exige la batuta narrativa para vagar por la capital japonesa entre las 11:55 p.m. y las 6:55 a.m.: “Somos unos intrusos, anónimos e invisibles. Miramos. Aguzamos el oído. Olemos. Pero, físicamente, no estamos presentes [...] Representamos las reglas de los genuinos viajeros a través del tiempo. Observamos, pero no intervenimos.” Imaginemos que de las bocinas de la cafetería transfigurada surge el trombón de Curtis Fuller en “Five Spot After Dark”, la pieza que bautiza la novela más reciente de Haruki Murakami para anexarla a una estirpe de títulos musicales: Tokio blues / Norwegian Wood (1987), Dance Dance Dance (1988), Al sur de la frontera, al oeste del sol (1992) e incluso Kafka en la orilla (2002), que toma su nombre de la balada compuesta por un personaje. Ahora dejemos de imaginar y estudiemos la silueta enfocada por la cámara en que se han fusionado los insomnes de Hopper: es Mari Asai, depositaria de la juventud melancólica a la que nos ha acostumbrado su creador y digno relevo de los héroes murakamianos que aguardan en sus microcosmos a que el macrocosmos irrumpa, los saque de sus cavilaciones y los lance a la acción en distintos planos. En este caso el macrocosmos es anunciado por Tetsuya Takahashi, trombonista incipiente que entra en el Denny’s donde Mari lee y fuma para echar a andar la Steadicam que Murakami opera con destreza a lo largo de corredores narrativos que –tras las huellas del Stanley Kubrick de El resplandor– construyen espacios localizados entre el orbe tangible y la esfera incorpórea.

Aunque el pintor de Nighthawks aparece mencionado una vez y a toda velocidad, apenas para describir la oficina donde Shirakawa –el ejecutivo informático vuelto verdugo de una prostituta– trabaja a deshoras, After Dark es una novela con claro o más bien sombrío espíritu hopperiano. Murakami (Kioto, 1949) rescata los stills de incomunicación y noctambulismo que Hopper abstrajo de la película de su inconsciente, los adapta a un Tokio conquistado por el neón y los pone en movimiento al servicio de una trama que actualiza y reinterpreta el mito de la Bella Durmiente mediante la hermana mayor de Mari, una modelo que lleva dos meses hundida en un letargo del que se niega a salir: “Conforme observamos a Eri Asai, nos invade la sensación de que en su sueño hay algo anormal. Su manera de dormir es demasiado pura, demasiado perfecta [...] Por muy profundamente que duerma, nadie puede adentrarse tanto en los territorios del sueño.” A diferencia de Zarzarrosa (1996), donde Robert Coover subvierte y parodia el relato asentado por los hermanos Grimm y Charles Perrault para explorar los laberintos del deseo, After Dark acude a la figura de la princesa que halló su trono en la fase REM para contrastarla con los súbditos desvelados que la rodean y usarla como símbolo de la alteridad, una de las obsesiones que rigen la literatura de Murakami: “Cuando escribo abro la puerta a otra habitación y me encierro en ella, voy al otro lado [...] La ficción me obliga a entrar en esa otra habitación que es muy oscura, silenciosa, y en la que soy testigo de multitud de cosas extrañas, salvajes y surrealistas.” La metáfora de la puerta que da a ese otro lado insondable, patente en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994) y Sputnik, mi amor (1999), adquiere renovados visos en After Dark gracias al televisor que pese a estar desenchufado se activa en el dormitorio de la princesa murakamiana y granjea el acceso a una realidad paralela. Este umbral electrónico se desdobla en los espejos donde quedan atrapados los reflejos de Mari y Shirakawa, unidos por un hilo sutil al reverso de una noche que se antoja eterna, y es traspuesto por la cámara que Murakami ha diseñado para transitar libremente por bares, despachos, hoteles y calles que demuestran que Nueva York no es la única ciudad que nunca duerme.

La escisión del yo, tema caro al autor japonés ya que se vincula con la alteridad, es encarnada por dos dualidades –una consanguínea (Eri/Mari, sueño/vigilia) y otra metafísica (Shirakawa/el “hombre sin rostro” que ocupa la estancia captada por el televisor desconectado)– y verbalizada por Takahashi, que al referir su experiencia en un juzgado como parte de una asignatura de Derecho dice: “Quizás es que el otro lado ya se ha introducido a hurtadillas en nuestro interior, aunque nosotros no seamos conscientes de ello.” A expensas de la trinidad cámara/espejo/pantalla, a la que se suma un cuarto umbral en forma del teléfono celular que suena abandonado en los anaqueles de un 7-Eleven, los bellos insomnes de After Dark son igualmente ajenos al espía múltiple que los sigue en el limbo de la medianoche. Fábula sobre el voyeurismo tecnológico que caracteriza nuestra época, mise en abîme del punto de vista narrativo, la novela trastoca el mito de la princesa Aurora al asignar el papel del príncipe Desiré a Mari, que justo al rayar el alba besa a Eri para romper el maleficio impuesto por el hada de la alienación juvenil. La escena es registrada por la Steadicam en que se ha convertido el cuarteto de Nighthawks: dos hermanas duermen juntas en una habitación bañada por el sol. Una de ellas, la mayor, empieza a despertar. Podría ser otro cuadro de Edward Hopper, pero esta vez Haruki Murakami se ha adueñado del pincel. ~