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Foto: Wikimedia Commons

Rulfo en los diarios de la Fundación Rockefeller

Una entrega más de la serie dedicada a relatar las iniciativas culturales que apoyó la Fundación Rockefeller en México.

En las últimas entregas de esta columna he enumerado las muchas iniciativas culturales que financió la Fundación Rockefeller (RF) en México a partir de 1950. (Las científicas, a partir del combate contra las enfermedades infecciosas en la década de los veinte y hasta la “revolución verde” de Norman Borlaug, sería un relato mucho más extenso.)

En esas entregas previas vimos los diarios de Charles Burton Fahs, director de la División de Humanidades de la RF en la década de los cincuenta: su trabajo en apoyo a El Colegio de México, a la Escuela Nacional de Antropología, a la Biblioteca Nacional, entre otras instituciones, así como sus oficios para apoyar los proyectos de Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes, Leopoldo Zea y, desde luego, al Centro Mexicano de Escritores (CME) donde becó a muchos de los mejores escritores de México de la segunda mitad del siglo XX.

Buscando más papeles de la RF sobre México, y los “diarios” de Fahs, me encontré con un interesante artículo de Servando Ortoll, profesor de la Universidad Autónoma de Baja California, publicado en la revista Signos literarios (julio-diciembre 2015), “Obstáculos en la escritura de Juan Rulfo” que el autor resume así:

Después de publicar El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), Juan Rulfo abandonó su producción literaria. Las respuestas de los críticos que se han preguntado por qué Rulfo dejó de escribir han sido tan variadas como sus ideologías. En este estudio añado otra faceta a este debate y describo lo que le ocurrió cuando pudo vivir como becario durante un año y dedicarse exclusivamente a escribir. Baso esta explicación en cartas y reportes archivados en el Rockefeller Archive Center. Escribo en mi papel de historiador, no de crítico literario, con la esperanza de que mis hallazgos ayudarán a los estudiosos a conocer mejor a Rulfo y permitirán a otros acercarse a su vida y obra de maneras novedosas. Sólo al apartar a Rulfo de la niebla de cinismo con que ciertos críticos literarios lo han envuelto, podremos entender mejor al hombre y al escritor.

Es un artículo extenso, muy bien documentado en archivos de la RF que no están en línea, y que amerita una lectura cuidadosa. Yo me limito a comentar algunos aspectos que se relacionan con lo que he estado publicando aquí sobre esa Fundación realmente benemérita para las letras y las humanidades en México en ese periodo.  

El trabajo de Ortoll trata el asunto que preocupaba especialmente a Fahs y luego a su sucesor John P. Harrison, a la directora del CME, Margaret Shedd y a Ramón Xirau, director interino que hacía las veces de coordinador intelectual del Centro, y que reflejaba una preocupación compartida por muchos escritores mexicanos (incluyendo a Octavio Paz): qué hacer para que Juan Rulfo volviese a escribir.

En 1956, Fahs interroga sobre el tema a esos escritores: Luisa Josefina Hernández, por ejemplo, de modo por demás tajante, opina que Rulfo no necesita una beca, sino apoyo psiquiátrico, pues “en las circunstancias actuales Rulfo realmente es peligroso para su familia y otros”. Alfonso Reyes, por su parte, le dice que ha estado “aportando un apoyo a través de El Colegio de México (alrededor de 600 pesos al mes)” al “brillante pero alcohólico ex becario del CME”.

Señala Ortoll que “a la Fundación le interesaba el talento de Rulfo y buscaba forma de apoyarlo. Su hipotético alcoholismo no era algo que preocupara a sus representantes en México. Lo que buscaban era justificar una subvención para el joven escritor y su método era sumar opiniones respecto a su persona, de preferencia positivas, por parte de otros escritores.”

Cita después una entrevista de Octavio Paz con Harrison, en enero de 1957, en cuya relatoría de la charla se registra que el poeta (en traducción de Ortoll) dice que 

Juan Rulfo y Adolfo Bioy Cáceres en Argentina, dos jóvenes talentos creativos de primera clase, están absolutamente sin conexiones institucionales. Paz dijo que la mente académica parecía totalmente incapaz de entender a una persona como Rulfo quien, ciertamente era un poco alcohólico, porque era una personalidad neurótica, pero que esto no significaba que no fuera un buen marido y un buen padre: Paz observó que la forma en que Rulfo proveía —o no proveía— a su familia era una preocupación agobiante para él. Dijo que escritores como Rulfo claramente se beneficiaban de becas, como se podía ilustrar por su producción durante el periodo en que fue becario del Centro [Mexicano] de Escritores, la única vez en su vida que ha estado relativamente libre de preocupaciones financieras, y tuvo tiempo para escribir.

Ortoll anota que Paz le ha dicho que otros escritores, como Julio Jiménez Rueda, critican a Rulfo por “estar esencialmente más interesado en la literatura que en México”, opinión que incomoda a Paz, a Shedd y, opina Ortoll, a Harrison mismo. Margit Frenk y Antonio Alatorre, por su parte, le dicen a Harrison que Rulfo y Arreola batallan para sostenerse, sobre todo Rulfo que tiene familia, y que llevan por eso año y medio sin escribir. Les parece una tragedia que la demanda editorial no baste para sostenerlos. Les parece esencial que tengan becas, pues ambos demostraron que cuando las tienen es cuando pueden dedicarse a la escritura. Margit Frenk es de la opinión que de haber más apoyos, pero que el dinero debe ser administrado por una institución, “más que dárselo directamente a ellos”.

Harrison le escribe entonces a Xirau (aún en 1957), para explicar la opinión de Paz, Alatorre y Frenk y concluir que el CME debe administrar una nueva beca para Rulfo, pero que Xirau debe supervisarla y manejar el dinero: Rulfo deberá producir y probarlo cada dos meses ante Xirau. Deberá dejar los cuatro trabajos que tiene y concentrarse sólo en escribir (esos trabajos eran la dirección de la biblioteca de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, investigador en la Secretaría de Educación Pública, un trabajo en Radio UNAM). Esta condición, agrega Harrison, es una que Rulfo mismo ha pedido, pues piensa que sólo así se obligará a trabajar y cumplir la promesa de entregar “una novela y una serie de cuentos”. La apuesta de Harrison es que Rulfo producirá dos nuevos libros que, traducidos al inglés, el francés y el alemán, lo establecerán “definitivamente como escritor” y podrá así vivir de sus regalías.

Apoyado por Fahs (cree Ortoll con razón), Harrison decide que la RF le dé una nueva beca a Rulfo, luego de convencerla de la importancia de flexibilizar sus reglamentos en este caso. Le darán a Rulfo una “beca especial” de 2,500 pesos mensuales mas un “subsidio familiar” de otros mil. El asunto se mantendría en secreto para impedir que otros escritores pidieran un trato similar. Para cubrirse con la RF, Harrison incluye en el expediente copia de una carta a Rulfo en la que subraya la naturaleza “excepcional” de la beca, su compromiso de no tener otros trabajos, dedicarse de tiempo completo a la escritura y reportar sus avances mensualmente a Xirau, de cuya evaluación dependerá que la beca siga o se cancele. Y Rulfo aceptó y envió una carta en la que expresa “mi más grande y cumplido reconocimiento”. Y Harrison le respondió que nada había que agradecer –y menos a él, pues el contrato es con la RF– pues que se trata de estimular la creación literaria y, por tanto, “del enriquecimiento de nuestras vidas”. 

Pero –siempre siguiendo el trabajo de Ortoll– Harrison comenzó a preocuparse cuando no llegó el primer reporte mensual. Xirau explicó que Rulfo estaba “mejor de salud y más en forma” y que si bien ha visto “poco de lo que escribe” confía en que va bien, pues ya hay un esbozo de la novela y “partes escritas”, por lo que pide otro mes de plazo. Harrison le pregunta si Rulfo dejó sus otros trabajos y Xirau sólo responde que “tiene menos trabajo” y que lamenta no poder informar más pues él mismo no tiene una idea clara de sus asuntos.

Por fin el 5 de mayo de 1958, Xirau reporta haber visto “60 páginas escritas” de la novela de Rulfo y que está trabajando bien. Pero un mes más tarde envía un mensaje “confidencial”: ha escuchado decir que Rulfo está enfermo. Xirau lo ve más delgado pero, como está escribiendo, supone que no está bebiendo. Y en junio, Xirau reporta que Rulfo fue a verlo quejándose de “una neuritis aguda” y que le dijo estar viendo a “un psiquiatra joven, un estudiante de psiquiatría y un médico general”. Y al final agrega:

Anteayer supe que iban a internar a Juan en un hospital especializado. Él mismo vino a decírmelo rogándome que no dijera nada, ni a ustedes. ¡Por fin! Parece que está Juan en buenas manos. En manos del doctor [Alfonso] Millán que es uno de los mejores psiquiatras de México. Según me dijo su médico particular (un médico poco simpático y que no quería revelarme nada aun cuando yo le dije que no quería saber secretos sino que se trataba de ayudar a Juan) será cuestión de que esté internado unas dos o tres semanas. El doctor en cuestión se llama Castorena. Aún no he podido localizar al doctor Millán pero en cuanto lo haga le comunicaré a usted su impresión. Se trata, en conjunto, de un proceso de desintoxicación y de revigorización física de Rulfo que estaba pesando ¡53 kilos!

Ese “¡Por fin!” de Xirau parece expresar el alivio ante el hecho de que Rulfo parecía reconocer él mismo que había tocado fondo.

Xirau acompañó a Rulfo a internarse. Pensaba seguir escribiendo esas semanas, pero Xirau le dijo que no, que se concentrara en curarse. Argumenta ante la RF que todos sabían que Rulfo debía curarse antes de volver a escribir y que si bien ya no bebe y su condición es “seria pero no grave” se debe a “muchos años de problemas que crearon en él una neurosis de angustia”. Obviamente, agrega Xirau, “sería catastrófico” cortar la beca, pues “lo único que parece mantener a Juan vivo y esperanzado es la urgencia de escribir”.

Al volver de un prolongado viaje por América del Sur, Harrison abre la primera carta de Xirau y responde manifestando su decepción al comprobar que Rulfo incumplió lo pactado al no dejar todos sus trabajos. Luego lee la carta sobre los problemas de salud y escribe de nuevo: no, desde luego no suspenderán la beca, y le pide a Xirau que salude a Rulfo en su nombre.

Y ahí se detiene la pesquisa de Ortoll, pues el archivo –o al menos lo que pudo revisar–, se detiene en ese punto, por lo que ignora si continuó la beca de Rulfro o si fue suspendida. 

Harrison –sigue Ortoll–  volvió a ver a Rulfo en el viaje de 1959 y registró en el “diario” que parecía “estar en un estado físico y mental razonablemente bueno y está de nuevo escribiendo eficazmente”. La RF no puede becarlo más, pero parece avanzar solo, con lo que concuerda Octavio Paz. El diario registra una sesión de trabajo en el CME en la que Rulfo destaca:

R[ulfo] tomó parte activa en la discusión crítica que siguió a la lectura de un capítulo de una novela que Tomás Mojarro está escribiendo. JPH [Harrison] se divirtió al escuchar a R, generalmente considerado como el genio impráctico por sus colegas mexicanos, hacer unas 30 correcciones de gramática —las únicas que se hicieron— y luego ocupar como media hora analizando minuciosamente imágenes y figuras retóricas. R parece estar sólidamente con sus pies sobre la tierra, lo cual los mexicanos consideran un milagro, aunque ellos no pueden creer que a la larga él no vuelva a su antiguo estado trastornado y frecuentemente ebrio. Está escribiendo regularmente de nuevo, y gozando tanto de su reputación como de ingresos por sus traducciones extranjeras. En la actualidad se está financiando él mismo y a su familia únicamente gracias a su escritura, y [Harrison], así como Octavio Paz, creen que si puede sostenerse así durante los siguientes dos años, la causa de todas sus otras dificultades se desvanecerá. Será una ganancia importante para la literatura mexicana, y una muestra de gran trascendencia para la generación actual de serios escritores jóvenes que no tienen ni familia ni conexiones políticas que los apoyen.

De acuerdo con Ortoll, Margaret Shedd procuraría conseguir entonces más apoyos para Rulfo en otras fundaciones, como la Fairfield. En 1963 buscó “al representante en México del CCF” (el Congress for Cultural Freedom, financiado por la CIA) para pedir que “financiara un salario para Rulfo, que sufría regularmente de depresión y alcoholismo, para traerlo al CME a trabajar”.

Ese representante, creo yo, pudo ser alguno de los agentes a los que ya me he referido en entregas anteriores, Keith Botsford, o Keith Bastear, o “Enrique P. López”, patrocinador de la revista Diálogos. Ortoll cree, cuando escribe su ensayo, que “no había evidencia” de que Shedd supiera que la Fairfield era un frente de la CIA. Luego de constatar la presencia de Shedd en las discusiones internas de la CIA en de 1961 en adelante, en las que se discute el control del CME (que Shedd quiere que dirija Rulfo), la remoción de Xirau, la creación de la revista Diálogos, etc., me parece difícil dudarlo: conservar al CME y cuidar a Rulfo bien valía una CIA.

El CCF –continúa Ortoll– estuvo de acuerdo con Shedd y “como gesto de apoyo” le pagó a Rulfo 14 mil pesos en 1964 y otra suma para que figurase como empleado del CME en 1965 (como documentó Patrick Iber en su libro, citado por Ortoll). Cuando vino el alboroto al saberse que la Fundación Fairfield era un frente de la CIA, Shedd siguió en tratos con ella. Y en 1967, como documentó Iber, Shedd convenció a la Fairfield de comprarle a Rulfo la propiedad en Chimalhuacán para que tuviera la calma necesaria para escribir…

Lamentablemente, ya no lo hizo.