artículo no publicado

El mono gramático: Cima y testamento

Con la frase “Lo mejor será escoger el camino de Galta...” comienza una de las obras mayores del poeta, una pieza de largo alcance, que acude a la literatura clásica de la India para cuestionar las insuficiencias del lenguaje. Un libro que pide formas igualmente desafiantes de acercarse a él. 

I

Hanuman o Hanumat o Janumat es –según el epígrafe de John Dowson m. r. a. s. que aparece citado en El mono gramático (1970), el inclasificable libro de Octavio Paz– un famoso jefe de los monos que era capaz de volar y una figura notable del Ramayana: Hanuman saltaba de la India a Ceylán en su solo movimiento; arrancaba árboles, cargaba a los Himalayas, agarraba las nubes y realizaba muchas otras hazañas prodigiosas. Entre otras facultades, Hanuman tenía la de ser un gramático, y de él dice el Ramayana: “El jefe de los monos es perfecto; nadie lo iguala en los sastras ni en erudición ni en su capacidad de descifrar el sentido de las escrituras (o en modificarlas a voluntad). Es cosa bien sabida que Hanuman fue el noveno autor de la gramática.” Esta inscripción que figura al inicio de la selva de letras titulada El mono gramático pone sobre aviso al lector: el autor mexicano no ignora la literatura clásica de la India y es capaz de viajar por la arquitectura, la fauna y la flora de aquellas remotas escrituras hasta el punto de jugar con el sentido según su deseo y de pensar la acción y la palabra como quien estuviese adentro de Hanuman y ser él mismo uno de los nueve gramáticos.

Según consta por una carta de Octavio Paz a Alfonso Reyes que se remonta al 27 de enero de 1952, escrita durante su primera estancia en la India, el poeta –al acusar recibo del envío que le hace Reyes de la traducción de la Ilíada– le dice que será un “buen antídoto contra el Mahabharata y el Ramayana que me propongo leer en estos meses”.1 Esto significa que la familiaridad de Paz con la literatura antigua de la India se remonta a varios lustros antes de la escritura de su sorprendente poema.

Con El mono gramático Octavio Paz ha buscado no solo aludir o evocar al Rey de los Monos –para la tradición china, puede leerse Viaje al Oeste. Las aventuras del Rey Mono– sino de recrear a Hanuman mismo y escribir un libro en veintinueve capítulos que podrían ser a su vez leídos como una reescritura y una virtuosa traducción del Ramayana y de otros libros de literatura sánscrita y clásica de la India. Recuérdese que el Rey Mono llevó a China la sabiduría sánscrita que desembocaría en el océano del budismo zen, familiar a Paz. El mismo texto de El mono gramático da las pistas y teatraliza en clave esta mise en abyme2: se trata de una composición inspirada en el Sarga ix del “Sundarakanda” que lleva por título “Hanuman inspecciona el gineceo”, en la traducción de don Juan B. Bergua. Dice el Ramayana de Bergua:

El gineceo brillaba con el resplandor de aquellas mujeres; cual en el otoño un cielo apacible, sembrado de constelaciones [...] Unas tenían su cabellera y sus coronas lucientes y desatadas, sus preciosas joyas esparcidas a causa de la orgía y de sus retozos, el alma enterrada en sueño; otras, entre aquellas tan hermosas mujeres, tenían el tilaka deshecho o los anillos fuera de los pies; a estas sus guirnaldas les caían sobre los costados; a aquellas, cubiertas con sus collares de perlas, los vestidos en desorden, sus cinturones y sus broches sueltos, asemejábanse a jóvenes yeguas en reposo. Otras, que ya no poseían pendientes y cuyas guirnaldas estaban rotas y ajadas, tenían el aspecto de lianas abiertas, pisadas por los pies de un Indra de los elefantes, en un gran bosque. Semejantes a los rayos brillantes de la Luna, a veces los collares desprendidos, tenían el aspecto de hamsas dormidos en el seno de aquellas mujeres [...] Aquel grupo de mujeres de brazos entrelazados asemejábase a una guirnalda atada con un cordón de abejas muertas de amor: como lianas, descogidas a la caricia de una brisa primaveral, que se entrecruzan para formar ramos de flores. Cual un vasto bosque de bello ramaje bien mezclado y cargado de enjambres de abejas, así estaba aquel bosque de esposas de Ravana.3

Compárese ahora con la refundición operada por Paz del mismo pasaje:

Vio a muchas mujeres tendidas sobre esteras, en variados trajes y atavíos, el pelo adornado con flores; dormían bajo la influencia del vino, después de haber pasado la mitad de la noche en juegos [...] Unas se habían desplomado dormidas en medio de sus bailes y yacían, el pelo y el tocado en desorden, fulminadas entre sus ropas desparramadas; otras habían arrojado al suelo sus guirnaldas y, rotas las cintas de sus collares, desabrochados los cinturones y los vestidos revueltos, parecían yeguas desensilladas; otras más, perdidas sus ajorcas y aretes, las túnicas desgarradas y pisoteadas, semejaban enredaderas holladas por elegantes salvajes [...] Aquellas mujeres eran ríos: sus muslos, las riberas; las ondulaciones del pubis y del vientre, los rizos del agua bajo el viento; sus grupas y senos, las colinas y eminencias que el curso rodea y ciñe; los lotos, sus caras; los cocodrilos, sus deseos; sus cuerpos sinuosos, el cauce de la corriente [...] Aquellas mujeres de talles estrechos se entrelazaban entre ellas al modo de las trepadoras cuando cubren los troncos de los árboles y abren sus corolas al viento de marzo. Aquellas mujeres se entretejían y encadenaban con sus brazos y piernas hasta formar una enramada intrincada y selvática (Sundara Kund, ix).4

No es en rigor una traducción. Es un inspirado ejercicio de translación y paráfrasis del espectáculo que ofrecen a Hanuman aquellos racimos de mujeres que son a su vez espejo y reflejo de la naturaleza.

En El mono gramático Paz deja que sus felinos sentidos interiores jueguen y corran en libertad sin dejar de ser fiel a la constelación de sus obsesiones. Las veintinueve estancias en que está compuesto el libro parecen escritas como variaciones de un puñado de frases insistentes. El libro da la impresión de haber sido transcrito después de una experiencia singular en la cual la escritura, la flora, la meteorología, el mundo interior y el espacio exterior aparecen unidos por una yedra subyacente de etcéteras... En el centro de ese bosque de signos se abre un claro y en el centro del claro vibra una pregunta incesante en torno al decir, a la posibilidad de decir, las cuestiones perennemente planteadas, evadidas y pendientes se estremecen como hojas que cuelgan de los árboles: son las preguntas que Buda mismo elude responder y que alimentan o deslindan la orilla de este cráter textual que es El mono gramático. En él se dibuja la figura de un poeta cuya canción son las preguntas y cuya casa son las palabras que lo inventan a él y a su doble Esplendor, quien es también un personaje de Valmiki.

El poeta dice que ha hecho de Hanuman, el “mono gramático”, una de sus figuras tutelares: “en todo el diccionario no hay una sola palabra sobre la que reclinar la cabeza, todo es un continuo ir y venir de las cosas a los nombres a las cosas”. De ahí la importancia de establecer un “catálogo de un jardín tropical” como el que este avatar-lector mexicano de Valmiki y Hanuman recoge en el octavo capítulo de su obra. El bosque recreado por Paz trae a la memoria la voracidad léxica de Saint-John Perse. El mono gramático se presenta en la obra de Octavio Paz como una cima y un testamento, un pliego de mortaja, una herencia y un ritual que el poeta eleva como un sacrificio a esa figura cuyo sol lo hermana y lo devora y lo hace capaz no solo de descifrar el sentido oculto de las escrituras sino de hundirse en ellas con todo y sombra, con todo y Esplendor.

El profundo conocimiento que tenía Paz de la literatura antigua de la India no se limitaba al de estos textos que inspiraron la escritura de El mono gramático. Otra uña del león se puede tocar en la nota que hace Paz a La hija de Rappaccini, donde se reconoce la genealogía de esta obra que va de Hawthorne a Thomas Browne, tan leído por Reyes y por Borges, y antes a El sello del anillo de Rakshasa del poeta Vishakadatta (siglo ix).

La mañana del 10 de septiembre de 1991 me apersoné en el departamento de Octavio Paz a recoger unos libros de los cuales, me había comentado casualmente, quería deshacerse, pues –dijo– había conseguido ediciones más modernas y actualizadas de los mismos. Me dio solo dos obras. Una de ellas era A classical dictionary of Hindu mythology del reverendo y doctor John Dowson que está citado en el epígrafe de El mono gramático, obra que desde luego conservo. En esta obra hay dos entradas sobre Hanuman,

un celebrado jefe de los monos. Era hijo de Pavana, el “viento”, con Anjana, la hija del mono llamado Kesart. Era capaz de volar y es una figura conspicua del Ramayana. Él y otros monos que ayudaron a Rama en su guerra contra Ravana eran de origen divino y sus poderes eran sobrenaturales, Hanuman era capaz de brincar desde la India hasta Ceylán con un solo salto; desgarraba árboles, sujetaba a los Himalayas y los cambiaba de lugar, cogía las nubes y realizaba muchas otras hazañas prodigiosas. Su forma era la de una montaña y era tan grande como una gigantesca torre...

Entre otras facultades, como ya he señalado, Hanuman era gramático. A continuación, Dowson pone la ficha del Hanuman-Nataka: “Un extenso poema debido a varios autores sobre las aventuras del jefe de los monos llamado Hanuman. La fábula sostiene que este drama fue compuesto por Hanuman e inscrito por él en las rocas. Valmiki, el autor del Ramayana, lo vio y temió que el poema eclipsara su obra. Se quejó con el autor, quien le dijo que sembrara sus versos en el mar. Así lo hizo, y ahí quedaron escondidos durante siglos. Algunos fragmentos fueron descubiertos y llevados al Rey Rhoja, quien envió a Danustarr Mirra a arreglarlo y llenar las lagunas. Así y lo hizo, y el resultado fue este drama.” Se trata de una obra del siglo x o xi.

El otro libro que Octavio Paz me regaló aquel día era también un diccionario: el de English synonyms and antonyms de James C. Ferland, publicado en Nueva York en 1947 por Funk & Wagnalls. Más tarde, cuando me di cuenta del sentido del regalo, me percaté de que se trataba de las armas que lleva el lector-autor de El mono gramático.

II

Mono Gramático: el animal que cree en Dios, la bestia que babea sentido. Con la gramática disfraza su condición simiesca: llama a esa mascarada: poesía, cultura, religión. Pero la hormiga, la última amiba, ¿no es también gramática?, ¿no es lenguaje la más elemental partícula de vida?

Mono: simio, pero también sexo.

Gramática: academia, policía.

Mono-gramático: sexo castigado, cuerpo sometido por el lenguaje.

Animal capaz de sacrificarse. Animal caído en la red de la significación y el sentido crucificado. La gramática, par excellence: la cruz. El sentido de la vida: desplazar, enterrar, desenterrar la cruz y, con ella, el rostro. El mono se asoma al espejo de la gramática –es decir de la cruz– y descubre un rostro –pero solo lo acepta realmente cuando logra pulir el espejo y hacer del sacrificio una nueva, segunda naturaleza: humanidad–. Pero esta solo es una sombra de la esperanza, una hipótesis. Antes, la escisión, la separación entre zoología y cultura, inmanencia bestial y apuesta ética, poética.

Escisión: cántaro roto, mono gramático. La soledad del mono sin gramática. Ceguera, sordera del laberinto en ausencia del mono que lo recorre. La gramática ordena el mundo. Es el tesoro secreto de Adán, la llave que le permite no perderse entre sus denominaciones. Pero la gramática es también un proyecto, una utopía, el sueño que desvela al mono y lo precipita en la escritura, la política, la tentación de ordenar el mundo y devolver a las cosas-palabras su verdadero, utópico, futuro nombre.

Gramático, el mono, ¿no? Un chango monstruoso que se viste de abogado, de catedrático, de sacerdote; un cínico chimpancé que cuando le conviene permanece en los árboles y cuando no, baja al púlpito. Escolástico, sentimental, voraz, chismoso –a veces confunde la gramática con el contagio, el sentido con el calor tribal y, necesariamente, la sintaxis con la teología–. A veces mono, a veces gramático, siempre pordiosero de la verdad, mendigo del Esplendor, huérfano del bosque y de la mónada, su verdadero, su único amor. Le da cita, cita en el espejo de la palabra, pero ella no siempre aparece. La invita a todas las conjugaciones, pero ella desdeña las contingencias; la corteja en todos los casos pero ella se escabulle por entre los subjuntivos. El mono, decepcionado, le da la espalda y se dirige hacia la ciudad de los fuegos extintos y en las cenizas del diccionario busca a su sombra gramática –casi nunca con éxito–. Huye. Quisiera colgarse de una liana, caer en un pozo: los demás monos, los monos no-gramáticos, solo ven un simio a veces melancólico, furioso a veces, devorado por la invisible y legendaria lepra. Se llama gramática. La contraen quienes se obstinan en seguir un camino. Por lo general, terminan así, crucificados sobre una letra, desollados sobre el signo de su elección –y es frecuente verlos desfallecer con una sonrisa beatífica y una mirada atroz que cualquiera, hasta el menos gramáti- co de los monos, sabría reconocer–. Al desfalleciente lo rodean de inmediato los semimonos; los semigramáticos pues ahí casi todos son mestizos y, en consecuencia, estériles.

Esa es la diferencia con el Mono Gramático que es invariablemente fecundo y capaz de preñar a cualquier hembra con un leve roce de su lengua, de su cola o de cualquiera de sus extremidades. Desde luego, son muchas las monas encinta pero pocos los gramáticos que llegan a la madurez. Son abortados o se malogran pronto. Incluso cuando llegan a desarrollarse duran poco pues los monos gramáticos se destruyen entre sí. Y no solo eso: ciertas sectas son caníbales y sostienen que la única vía de fecundar el ingrediente gramático de su ser es devorar cerebros de otros monos gramáticos. Esta práctica no está exenta de peligros y los monos (gramáticos, semigramáticos o no gramáticos) rechazan instintivamente a los changófagos pues despiden un olor inconfundible y, sobra decirlo, insoportable.

Otra práctica habitual es la de las parejas de simios macho y hembra que se unen para hacer juntos el camino y alcanzar juntos la soñada gramática. Así, no es inusual ver a un mono visionario sobre las espaldas de una mona que dice oír voces. Desde luego terminan peleando pues el rubro de El Dorado Gramatical no coincide casi nunca con el pregón de las voces. De un lado la gramática lleva al mono a caminar en línea recta; del otro su condición simiesca lo impulsa a andarse por las ramas. Pero lo más común es ver a los monos gramáticos reunirse en pequeñas bandas enemigas unas de otras. Cada banda inventa un idioma a condición de que cada uno de los monos renuncie a su sueño de una gramática. Sustituyen la comezón obsesiva de un lenguaje trascendente –capaz de trascender la condición simiesca– por las piltrafas de un idioma utilitario y limitado, que comparten, mastican y escupen como una goma de mascar.

El resultado es que poco a poco pierden la memoria –el recuerdo del canto– y también por cierto, sus características simiescas –al menos eso creen ellos–. También existen hordas de monos o de monas gramáticos que tienen prohibido comunicarse con los monos de otro sexo o de otras bandas. Al morir, los monos son incinerados. Sus cenizas se diluyen en agua y aceite y con ellas fabrican un líquido con el que pintan una suerte de cebollas cuadradas que ellos llaman libros y que almacenan en unos templos llamados bibliotecas. Ahí –según rezan las tradiciones– habita el dios invisible de la gramática. Los guardianes de esos templos son unos monos ojerosos, melancólicos e irascibles. Se dice que, si bien parecen morir desollados como se ha dicho, poseen el secreto de la inmortalidad. Debe ser realmente secreto pues hasta ahora nadie lo ha divulgado.

Pero la asociación de mono gramático y poeta, eso ya es un escándalo. El primero –¿quién lo puede dudar?– es un mamífero, entre todos, cerebral, mientras el segundo se ha distinguido desde siempre por carecer de seso. O quizá no habíamos pensado bien las cosas y no nos dábamos cuenta de que la conciencia del poeta equivale rigurosamente a la del simio enviciado por los acres jugos de la gramática. Tienen, sí, algo en común: ambos andan por las ramas.

Pero al poeta –que no tiene seso– la rectitud le viene del corazón, el pensamiento del amor. Se parece a don Quijote, al “idiota” del libro de Dostoievski; no va en el tumulto de los listos, de los sagaces y eficaces: no tiene seso y se diferencia de los otros simios en que se sabe reducido a la condición bestial en la medida en que no lo transfigure la pasión. Solo descubriremos su nombre en el libro del alma, aprendiendo la gramática del amor.

Mono gramático: mono enamorado.

El enamorado que pierde la razón, se torna hombre de los bosques, loco salvaje, selvático. Es el Cardenio del Quijote en quien el caballero no deja de reconocer algunos reflejos del incendio que a él mismo lo devasta. La gramática del mono desgarra y se desgarra: traduce la ley de una letra incendiaria –la ley del amor–. Al perderse en el bosque de los símbolos y analogías, el mono gramático recobra el sentido, la savia: se vuelve árbol, un súcubo del árbol. Adentro del árbol, está él; desde afuera solo se ve el follaje –esa prenda a la que también llamamos obra.

“Preguntó uno a Garci Sánchez por qué causa habiendo hecho tan buenas coplas, las hacía entonces tan malas, respondió: ‘Porque ahora no ando enamorado.’” (Patrick Gallagher, The life and works of Garci Sanchez de Badajoz). ~

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Anthony Stanton (ed.), Alfonso Reyes/Octavio Paz. Correspondencia (1939-1959), México, FCE/Fundación Octavio Paz, 1998, p. 168.

2 Esta observación también la hace Marja Ludwika Jarocka en “La influencia de la cultura sánscrita en El mono gramático de Octavio Paz”. El texto fue originalmente publicado en el marco de la VII Conferencia Mundial de Sánscrito en Leyden, Holanda, y aparece en el libro El concepto de la divinidad en el hinduismo, de Marja Ludwika Jarocka y Juan Miguel de Mora, México, unam, 2003, p. 175.

3 Valmiki, “Sarga ix. Hanuman inspecciona el gineceo” en El Ramayana. Sundarakanda. Yuddhakanda, Uitarakanda, tomo II. Traducción, estudio preliminar y estampa ramayánica de Juan B. Bergua, Madrid, Clásicos Bergua, 1963, pp. 38-42.

4 Octavio Paz, Obra poética I. El mono gramático, volumen 11 de las Obras completas, México, FCE, 1997, p. 485-486.