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México 86: Las estampitas del álbum del Mundial

La temporada mundialista es una de nostalgia, de episodios memorables, de escenas, objetos que condensan años. Esta serie repasa los mundiales más recientes y los sucesos cautivadores de cada uno.

Cuando yo era niño, no existía McDonalds. Si queríamos hamburguesas, íbamos a TomBoy o a BurgerBoy y nos comíamos una rebanada de plástico con sabor carne, emparedada por dos panes que eran tan delgados que había que tener una servilleta al lado, en caso de que se hubieran roto en el proceso. Aún así, nos sabían a gloria.

Tampoco había Haagen Dazs, ni Cinemex ni Zara. Los Honey Snacks se llamaban Dulcereal de Trigo. Y, por supuesto, a México no había llegado el álbum de estampitas Panini. Como no lo conocíamos, no lo extrañábamos, y antes del torneo coleccionábamos rabiosamente las estampitas, descoloridas y a veces fuera de foco, del álbum Coca Cola, que tenía al chile Pique (sin acento) y una silueta del país en la portada.

Sus páginas se convirtieron en el centro de nuestra atención por meses y meses. No sólo se trataba de llenarlo, sino que, sin internet, FIFA o miles de canales de televisión, era la única manera de conocer a los jugadores que estarían en el torneo. Y muchas de mis pasiones de ese Mundial se originaron con esas fotos de unos chicos de veintitantos años que a mí me parecían gigantes y que aún hoy, al verlos, siento que son eternamente mayores que yo, como si en aquellos tiempos la edad no se determinara con el calendario.

¡La barba de Eric Gerets! Era como un leñador de cuento. ¡El bigote de Ramón María Calderé! Bien español. El irreverente Doctor Sócrates, con su bandita en el pelo. El portero felino Zaki Badou, que en el álbum se llamaba sólo Ezaki. El arquero de Dinamarca, Rasmussen, con el pelo corto adelante y largo atrás. Sólo por eso quería que él fuera titular y no el otro, Hogh, que tenía un look más normal.

Y, claro, los mejores de los mejores. Maradona, Platini, Zico, Rummenigge, Hugo… Todos queríamos tener sus estampitas y, contra lo que podría esperarse, no era la del genio argentino la que más queríamos, sino todas por igual.

Lo que el futuro dictamina como cosa juzgada bien pudo haber sido muy distinta con un golpe de suerte, una decisión imprevista o una circunstancia impredecible. En 2018, está grabado en piedra que “D10S” llevó a Argentina a un inesperado título del mundo, y que ese triunfo lo catapultó al Olimpo del futbol mundial. Pocos recuerdan realmente que antes del famoso partido ante Inglaterra, casi nadie completaba la frase “Diego Armando Maradona” con “el mejor de la historia”. Es más, ni siquiera las palabras “el mejor del mundo” encajaban tan bien como lo hacen ahora.

La Albiceleste llegaba a ese Mundial en un mar de dudas, con pésimos resultados en los partidos amistosos previos y cuestionada rabiosamente por su prensa. El técnico, Carlos Salvador Bilardo, usó esa desconfianza como su máximo motivador, pero eso sólo lo sabían sus jugadores en ese entonces. Argentina no era favorita, y Maradona, que venía de un mal Mundial en 82 y un rotundo fracaso en su etapa con el Barcelona, no era, ni mucho menos, visto con la veneración que llegaría a él después del torneo.

Si hubiera habido casas de apuesta como las que hay ahora, el favorito en los momios a mejor jugador del torneo hubiera sido, sin duda, Michel Platini. El francés había comenzado a maravillar al mundo con su visión de campo y exquisita técnica en el Mundial 82, pero su pináculo llegó en la Euro 84, donde lideró a Les Bleus a un triunfo brillante, dándose incluso el lujo de ser el campeón goleador del torneo.

El genio galo era mi ídolo absoluto. Mi pasión por el futbol comenzó a los 5 años, cuando la suerte quiso que me enfermara de hepatitis y tuviera que pasar un mes en cama, ¡justo durante el Mundial 82! Vi todos los partidos, todos los resúmenes y todas las repeticiones. Mi primer corazón roto futbolero fue con la derrota de ese excelso equipo francés, en penales, contra los leñadores alemanes, en uno de los mejores partidos de la historia de los Mundiales. Para México 86 no deseaba nada con más ahínco que un triunfo de Les Bleus, incluso más que una victoria de México.

Se podría decir que esa Copa del Mundo fue la última de los grandes genios, en la que cada equipo importante tenía por lo menos un futbolista que aspiraba a llamarse, “el mejor del mundo”. En esos tiempos sin McDonalds ni Zara, tampoco existía el 9 y medio, o el falso 9, o el mediocampista mixto. Los números 10 eran los genios, y los 9 los matadores del área. Y sólo ellos aspiraban a la gloria individual.

E increíblemente, si quitamos al ruso Belanov, al danés Laudrup y al gran Enzo Francescoli, a los cuartos de final de México 86 llegaron los ocho mejores, repartidos en uno por equipo. Listos para llevar a sus equipos a la gloria y, al mismo tiempo, grabar para siempre sus nombres en la historia.

Argentina tenía, por supuesto, a Diego y Francia a Michel. El 10 de Brasil era el legendario Zico, el de la pierna de seda, que había tenido que luchar con las lesiones y no llegaba en su mejor forma. El caso de Rummenigge, con Alemania, era similar. La misma suerte que le había tocado en 82 lo perseguía cuatro años más tarde. Su innegable talento se veía empañado por sus problemas físicos.

España, tenía en Emilio Butragueño el contrapunto de magia a su filosofía de esfuerzo que le valía en ese entonces el apodo de “La Furia”, y no “La Roja” como se le conoce ahora. El niño prodigio del Real Madrid había, casi por sí mismo, despachado a los hasta entonces irreductibles daneses, marcando 4 goles en una goleada histórica en octavos de final. México tenía a su compañero merengue, Hugo Sánchez, que apenas había anotado una vez en el torneo, y parecía sufrir con la desmedida presión de ser el ídolo local.

En Inglaterra brillaba Lineker, un 9 tan técnico como oportunista, que llevaba ya 5 tantos en el torneo. Y el último de la lista era el más joven, el belga Scifo, que a los 20 años era capaz de ser sublime un día y anónimo al siguiente, pero que si salía inspirado era simplemente incontenible.

Por supuesto que no sucedió así, pero me gusta imaginar que antes de los cuartos de final, sólo me faltaban esas ocho estampitas para completar el álbum. Y que una a una, fueron saliendo junto con las derrotas de sus equipos.

El primer partido está tan grabado en la leyenda que queda muy poco qué añadir. Fue el de la Mano de Dios y el del mejor gol de la historia. El que anunció al mundo que Diego Armando Maradona, ahora sí, había llegado para quedarse. Así, tocó pegar la estampita de Gary Lineker, que se había despedido con gloria, anotando un gol más; suficiente para consagrarse campeón goleador, pero no para disputarle el Olimpo al genio albiceleste.

En el España-Bélgica, los dos aspirantes más jóvenes demostraron que les quedaba grande el escenario. Ni Butragueño ni Scifo fueron determinantes, y , fueron los penales los que decidieron la suerte de ambos. Aunque España lo mereció más, ganaron los Diablos Rojos..

Al día siguiente, Brasil jugaba ante Francia, en lo que se consideraba la final adelantada, y cuando Zico entró a la cancha, promediado el segundo tiempo, el partido estaba 1-1, después de que Platini había cancelado el gol inicial de Careca.

El técnico verdeamarelho, Telé Santana, envió a su mejor jugador sabedor de que, pese a no estar en su mejor forma, su genio podría ser suficiente para darle el triunfo. Y apenas un minuto más tarde, se presentó la oportunidad perfecta. ¡Penal para Brasil! ¿Y quien más para cobrarlo? Zico se perfiló y, con su primer toque en el terreno, intentó mandar la pelota a la red desde los once pasos. Y ahí el portero galo Joël Bats acabó para siempre con sus sueños de gloria. Con una estirada felina rechazó el disparo, y media hora más tarde, cuando el partido ya estaba en la fatídica serie de penales, detuvo el del otro genio amazónico, el Doctor Sócrates.

Con el último penal de Luis Fernandez, Francia se alzó como la ganadora del mejor partido del torneo, pero el drama de los 11 pasos se llevó también a otra víctima. Cuando Platini se alistaba para cobrar, los narradores de Televisa sentenciaban que ese ya era “medio gol”. El galo, sin embargo, mandó la pelota por encima, y nunca se recuperó; pero eso, entonces, aún no lo sabíamos.

Cerró la ronda el Alemania-México. Rummenigge, aún sin estar a 100%, salió de cambio, y Hugo Sánchez tuvo una tarde aciaga. El “Pentapichichi” (que en ese entonces sólo era “Pichichi”), simplemente no apareció. Fue culpado –quizá injustamente- de cometer la falta que invalidó un gol al “Abuelo” Cruz, y después no cobró un penal en la tanda que definió al partido por tener calambres. Su estampita la pegué con las lágrimas derramadas por El Tri, las primeras de muchas a lo largo de los años.

La mesa estaba puesta para las semifinales, y quedaban sólo 4 estampitas por pegar. En ese momento,  el mundo entero soñaba con una final Argentina-Francia. Maradona vs Platini, el duelo final para definir al mejor del planeta.

A los galos, sin embargo, se les cruzó su némesis. Esa Alemania fría y despiadada que al final gana siempre en este deporte donde juegan once contra once. La que los había eliminado en 82. La que anotó rápidamente en un error de Bats y después se salvó una y otra vez del empate, antes de definir la historia en los minutos finales.

Michel lo intentó, corrió, tuvo algunas oportunidades y generó otras, pero no era el de 84 ni el de España 82. En ese momento donde los seres divinos aparecen para definirlo todo con su rayo etéreo, Platini demostró ser un simple mortal, y yo tuve que pegar su estampa con un nudo en la garganta. ¿Rummenigge? De nuevo hizo lo mínimo indispensable dado su estado físico, pero aún no había dicho su última palabra.

En el otro partido se enfrentaban los dos equipos más imprevisibles, con los únicos dos jugadores capaces de mover sus piernas de manera imposible de entender para los mortales. Maradona y Scifo; Scifo y Maradona. Uno, sin embargo, era capaz de hacer magia dos veces en un partido. El otro, desde entonces, lo hizo dos veces por año. Con un par de goles maravillosos, opacados sólo por su propio tanto ante Inglaterra, Diego acabó para siempre con los sueños del belga, que terminaría su carrera sin ser siquiera el mejor Enzo de la historia.

El día de la final quedaban dos cuadraditos vacíos en el álbum. Aunque, en realidad, era sólo uno. Maradona había dejado claro ya quien era el mejor jugador de México 86. Aún le quedaba, sin embargo, la gesta de grabar su nombre en los libros de historia. Como le sucedería a otro argentino, Lionel Messi, muchos años después, sin un título del mundo le sería difícil presumir ser el más grande de todos los tiempos. Y el Diego tenía ante sí una oportunidad inmejorable.

Pese a una férrea marca de Lothar Matthaus, que logró anular a su número 10 durante casi todo el partido, Argentina consiguió una ventaja de 2-0 que parecía insuperable con goles de Brown y Valdano. El camino al Olimpo del Diego estaba libre de obstáculos… Hasta que, por fin, apareció Rummenigge.

El mejor jugador alemán era una suerte de antítesis de Maradona. Tenía una gran técnica, claro, pero ganaba también por físico, por potencia. Era un panzer con los tobillos de una bailarina de ballet. Y de pronto, después de un Mundial que había pasado en las sombras, su cuerpo estaba listo para marcar diferencias.

Al ’74, el gran referente alemán redujo la desventaja al cerrar la pinza en un corner, y siete minutos más tarde Völler empató en otro tiro de esquina. La historia parecía, otra vez, estar lista para reescribirse.

Y entonces Maradona hizo lo que separa a los hombres de los genios. Cierto, sus goles en el torneo lo habían puesto ya frente al trono, pero para sentarse se necesitaba un paso más, ese que tantísimos intentan y tan pocos consiguen. Al necesitar el empate, Alemania había liberado a Matthäus de la obligación de marcar al genio argentino, y tras el 2-2, oliendo sangre, el alemán se lanzó aún más al frente. Grave error.

Con espacio al fin, Maradona mandó el toque perfecto, con la potencia y la colocación necesaria para dejar a Burruchaga con metros y metros de espacio y sólo el portero Schumacher enfrente. El 7 argentino corrió como si le fuera la vida en ello y selló la suerte de todos los protagonistas. Argentina era campeón del mundo y su capitán entraba para siempre en la discusión de los mejores de la historia.

Y con la estampita de Diego llené al fin ese álbum Coca Cola del Mundial. Después de pegarla me salí, claro, a jugar futbol con mis amigos, tratando de imitar a todos esos monstruos. Eso sí, no nos pudimos quedar hasta muy tarde porque al día siguiente íbamos a ir a Reino Aventura. Y aunque el balón mandaba, no iba a perderme por nada del mundo a la Canoa Krakatoa.