artículo no publicado

Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia

Hay ocasiones en las que determinados libros irrumpen en la vida de alguien y le crean el “compromiso” de leerlos. En algunos casos, dan lugar a historias que merecen ser contadas.

1

Todo lector se ha encontrado alguna vez en esa situación bastante incómoda en la que otra persona —un amigo, un familiar, incluso alguien de menos confianza— lo conmina a leer un determinado libro. Una suerte de exigencia establecida a partir de un gesto concreto: el que recomienda presta (y a veces hasta regala) el libro en cuestión. Lo da sin que el otro se lo haya pedido. Por cortesía, por educación, o quién sabe por qué otro motivo, el otro no lo rechaza, y se ve de pronto en el compromiso de leer un libro que de otro modo ni se le habría ocurrido leer, al menos no en ese momento.

Ante tal coyuntura, el lector afronta dos posibilidades: leer el libro o no leerlo. Si decide leerlo, puede que le guste y lo disfrute, y luego le agradezca al prestador por habérselo hecho conocer. Si, en cambio, el libro lo aburre o le desagrada, vuelven a abrirse dos opciones: que, pese a todo, lo lea hasta el final, o bien que lo abandone sin terminarlo. Si lo lee hasta el final, no tendrá mayores problemas para comentarlo, aunque luego tendrá que elegir si ser sincero con el prestador o no. Si lo abandona a medio camino, o si directamente ni siquiera empieza a leerlo, también tiene dos opciones: ser franco y admitir la verdad, aceptando el riesgo de que tal vez el prestador se ofenda, o recurrir a algunas de las enseñanzas de Pierre Bayard y su magnífico Cómo hablar de los libros que no se han leído.

En cualquier caso, la situación siempre incluye una cierta dosis de violencia. Y es que, de improviso, como un bandolero que intercepta un convoy en mitad de la noche, el libro ha salido al cruce del lector. Es cierto que al final el lector puede enamorarse del bandido y decidir quedarse para siempre con él. Pero eso no quita a la situación su cuota de brusquedad.

 

2

Hay otras situaciones en que los libros también salen al cruce, con cierta violencia, en el camino de quien no los espera. Hace un par de años, la revista National Geographic publicó un reportaje fotográfico sobre personas indigentes que buscan cobijo en bibliotecas públicas de California. En ese estado —según el último informe del Departamento de Desarrollo de Vivienda y Urbanismo de Estados Unidos— viven casi 120 mil homeless, el 22 % del total del país. Dos de cada tres no acceden a refugios, ni a viviendas temporales, ni a ningún otro sitio donde alojarse.

Las bibliotecas públicas los reciben y “llenan el vacío, protegiendo durante el día a los desamparados”, escribió Fritz Hoffmann, autor del reportaje. La biblioteca de San Francisco, de hecho, fue la primera que contrató a tiempo completo a una trabajadora social, la cual afirmó, con mucho tino, que “las bibliotecas son el último bastión de la democracia”.

Parece lógico imaginar que en lo que menos pensaban esos hombres y mujeres la primera vez que entraron en las bibliotecas era en leer libros. Seguramente buscaban evitar el frío, escapar de situaciones de violencia y maltrato, acceder a un poco de calma y silencio. “A veces hay mucho drama allí fuera, en las calles, y es bueno contar con algo de paz y tranquilidad”, dice Jeffrey Matulich, uno de los sin techo retratados por Hoffman. Ya que estaban allí dentro, tenían que hacer algo; y ya que el lugar estaba lleno de libros, por qué no leer alguno…

Buscando libros de Henry Miller, Matulich descubrió la obra de Kurt Vonnegut. “Vengo casi todos los días”, revela por su parte Rebecca Rorrer, una lectora voraz: recorrió las 324 páginas de If I Can’t Have You, de Gregg Olsen y Rebecca Morris —un libro que cuenta el caso real de la desaparición de una mujer y el destino trágico de su marido y sus hijos— en las cinco horas de la tarde de un viernes.

A su manera, los libros también irrumpieron de forma inesperada en los caminos de esa gente. Vivir en la calle suele hacer de la lectura un lujo inaccesible; en este caso, sin embargo, resultó un factor decisivo para que estas personas se convirtieran en lectoras.

 

3

Diego, un amigo, contó días atrás una historia preciosa. Hace años, cuando cursaba en la universidad un seminario de literatura latinoamericana, un amigo suyo le prestó una edición vieja y gastada de El libro de arena, de Borges. Diego había leído a Borges, pero muy poco: era casi como si no lo hubiera hecho. Muchos años después se encontró con su amigo y le dijo que gracias a él, y concretamente a ese libro, había descubierto a Borges. El otro le contó entonces la historia de aquel libro: pertenecía a su madre, quien trabajó durante muchos años limpiando casas en el centro de la ciudad. Viajaba todas las semanas en tren, rodeada de gente que leía. Ella se dijo que no iba a ser menos y se compró El libro de arena para leer en el tren.

“El libro de arena”, el cuento que da título al libro, narra la historia de un hombre que experimenta uno de los modos más violentos en que un libro puede salirnos al cruce, irrumpir en nuestro camino: recibe la visita de un desconocido que se presenta como vendedor de biblias. “No solo vendo biblias —dice el hombre después—. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese”. Se trata de un libro infinito, con infinitas páginas que parecen brotar del volumen: el libro de arena, “porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin”. El desconocido lo había comprado “a cambio de unas rupias y de la Biblia” a un hombre que no sabía leer y que, según su sospecha, “en el Libro de los Libros vio un amuleto”.

El cuento, publicado en 1975, había sido anticipado más de tres décadas atrás, en la nota al pie final de “La Biblioteca de Babel”, el cuento en el que describe una biblioteca infinita. Borges escribió allí que tal biblioteca es inútil, pues “bastaría un solo volumen […] que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas”.

La historia del amigo de Diego termina con una explicación: su mamá, la que había comprado El libro de arena para leer en el tren, no sabe leer. Igual que el anterior propietario del libro de arena, vio en el libro un amuleto. Un amuleto para conjurar la violencia de los libros que le salían al cruce: los que leían los demás viajeros en el transporte público. Del mismo modo que un único libro de arena compendia la biblioteca interminable, se me ocurre que la imagen de esa mujer en el tren condensa la de todas las bibliotecas en las que tantos indigentes californianos hallaron su destino de lectores.

“La imagen no deja de resultarme hermosa —escribió mi amigo Diego en el final de la historia—: la de una mujer analfabeta que lee, aunque no sepa leer, a un escritor ciego y brillante allá lejos, en aquellos trenes del sur”.