artículo no publicado

Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay

  

Solo en una ocasión el director David Lynch ha dado pie a que una de sus películas sea descifrada. Fue a propósito de Eraserhead, su primer largometraje, que tiene como protagonista a un hombre siempre angustiado, y a quien su novia le dice que es el padre de “algo que no se sabe si es un bebé”. Cuando arrancó la filmación de la película, a principios de los setenta, Lynch estaba casado y tenía una hija de tres años. A mitad del rodaje, decidió divorciarse. Años después hablaría de su miedo de esos años a no estar a la altura de las demandas de la paternidad. El hijo de la pareja de Eraserheades una criatura frágil y pegajosa, con aspecto de feto de vaca. Hace un sonido como de animal en agonía, y sus padres lo miran sin poder hacer nada.

Tuvieron que pasar cuarenta años para que, de nuevo, una angustia derivada del acto de procrear saliera a la superficie en forma de buena película. El contrapunto femenino de los terrores de paternidad de Lynch, Tenemos que hablar de Kevin, de la escocesa Lynne Ramsay, muestra a su protagonista Eva en medio de una paradoja brutal: no puede separar su identidad de la de su hijo, quien, por otro lado, la detesta. Lejos de ser el nirvana del que todo mundo habla, la maternidad se le revela como maldición.

O bien, como pesadilla de la que no puede despertar. En las primeras secuencias, vemos a Eva retozando en una especie de lombricero humano: decenas de cuerpos prácticamente desnudos se empujan y embarran un líquido rojo y viscoso. En cosa de segundos, el gozo de Eva se convierte en horror. Los cuerpos alrededor se vuelven en su contra y en vez de jugar con ella la hunden al fondo del charco rojo. Ahora, la imagen recuerda a un molino de carne, y Eva es devorada por él.

Onírica, surreal y, tal como la filma Ramsay, repulsiva, es la metáfora de una maternidad temida, torturada y culposa. Aunque el Kevin del título, hijo de Eva, pronto se dará a conocer como el tipo de adolescente que les dispara a sus compañeros de escuela, esta no es una película sobre “temas de actualidad” (palabras de Ramsay). La sociopatía de Kevin es la punta de la madeja que lleva al espectador por un camino más negro: los sentimientos de Eva desde el día de la concepción de Kevin –alcoholizada y no prevista– hasta un tiempo después de la masacre. Mientras cada personaje tiene un rol moralmente definido –el culpable, las víctimas, sus padres, los vecinos– Eva los habita a todos. A ella, sin embargo, le está vedado el arrepentimiento, el duelo o la expiación.

Una encuesta organizada por el diario The Guardian puso a Ramsay en el número doce de los cuarenta mejores directores contemporáneos. Ella, por su lado, no tiene nada bueno que decir sobre la industria en la que se desenvuelve. Se declara, sin rodeos, en contra de lo establecido.

Por ejemplo, cuando la novela de Lionel Shriver, en que se basa la película, obtuvo el premio Orange y se convirtió en best seller, Ramsay dijo que no competiría con “la Biblia”. Así, convirtió una novela de cuatrocientas páginas en formato epistolar en una película de pocos diálogos, y en la que no se lee un solo fragmento de carta. La historia se cuenta a través de Eva (Tilda Swinton), pero no desde su voz. Sus percepciones no pasan por el filtro del lenguaje, y por tanto tampoco del juicio. El relato es un rompecabezas incompleto y revuelto, y sus piezas podrían ser recuerdos, vivencias, alucinaciones o sueños. Todo influido por todo, y, a fin de cuentas, para Eva, la única realidad.

La manipulación del punto de vista permitió a Ramsay jugar en su terreno y tomar decisiones de estilo que ponen a la película por encima de su argumento. Son notables el diseño de audio (sonidos que, según el contexto, son normales o inhumanos), la composición de las escenas (más que el caos generan inquietud la simetría y el orden) y el uso del color rojo, que merece punto y aparte.

Según Ramsay, la idea de usar ese color como motivo recurrente le vino al leer la novela, donde se describe a Eva tallando las manchas de pintura roja que todos los días aparecen en la fachada de su casa. Aunque la directora no parece ser de los que se quitan crédito, la escena impactante de la orgía-gusanero-tomatinaparece la versión surreal de otra en Morvern Callar, su película anterior. En ella, una joven asimila el suicidio de su novio tomando su dinero y viajando por el mundo. Un día, sin saber cómo, se ve atrapada en una pamplonada. Igual que a Eva, primero le gusta; como a Eva, después ya no. Perdida en un remolino de claveles y pañoletas rojas, advierte que está rodeada de impulsos primitivos y testosterona fuera de control.

Pocos directores hubieran pensado en Tilda Swinton como la opción natural para encarnar a Eva. Su aspecto andrógino y un poco alienígena hace que parezca un personaje de mitología celta dándose de tumbos en un suburbio gringo. Y ese, claro, es el punto. Eva vive pasmada ante su falta de instinto materno, y luego ante la incapacidad propia y ajena de ser vista como algo más que “la madre de Kevin”. O sea, como Kevin mismo. O sea, el diablo en la tierra. La escena que la muestra en un supermercado frente a hileras (ordenadas) de latas de sopa (rojas), resume lo antinatural de su interacción con el mundo.

Y si ella es lo contrario al cliché de la mujer suburbana, su hijo parece una parodia del Mal. Tanto el Kevin bebé, el niño pequeño como el adolescente (un casting impresionante) recuerdan a los distintos demians de sonrisa burlona y mirada diabólica que invadieron el cine de los años setenta. Esto, con su gracia camp, toma otra dimensión cuando uno mira fotografías de la propia Lynne Ramsay y nota que el actor Ezra Miller, el “Kevin” elegido entre quinientos adolescentes, es prácticamente su clon. Y es más interesante aún a la luz de lo que dijo Ramsay en entrevista con The Guardian: que entendía muy bien el vínculo perverso entre Eva y Kevin por haberlo observado entre su madre y hermano. Y remata: “De la familia, solo mi hermano y yo tenemos el pelo oscuro; nuestras hermanas son güeras. Fuimos las ovejas negras.”

Más allá de a quién se dirija, o de qué personaje sirva a cada espectador de espejo, Tenemos que hablar de Kevin es un modelo de narrativa visual. Lejos del realismo social que se esperaría de una producción británica sobre jóvenes criminales, la cinta evoca los mundos raros de quienes Ramsay considera sus tutores creativos: Tarkovski, Fassbinder y, por supuesto, Lynch. En su retrato del malestar psicológico de Eva, Ramsay hurga en terrores convertidos en tabú. Kevin será un asesino, pero es Eva quien no logra estar a la altura del arquetipo de la madre salvadora. Es a ella a quien Ramsay muestra consumida por la culpa y aceptando cachetadas de extraños. Madre e hijo son monstruos sociales; este por iniciativa y la otra por asociación. Él por acabar con la vida de otros. Ella por romper el mito de que cualquier versión de la maternidad será siempre preferible a ninguna. ~